2017: año del giro denunciante

El patriarcado no cambia de rostro: macho, heterosexual, blanco y propietario

 

Como otras veces en la historia, estamos viviendo un cambio en el terreno del pacto sexual. Algunas situaciones que hasta hace unos años nos resultaban parte de un paisaje más o menos desagradable pero del orden de lo “regular” —que te apoyen en el bondi, un manotazo en la concha, un murmullo asqueroso en la oreja, una chupada de pija que en realidad no querías dar— empezaron a sonar con sus propias alarmas. Alarmas que son las voces (teclados, pantallas) de las mujeres que no se callan más: y eso también es parte del giro en el terreno blando y húmedo, duro y procaz del intercambio sexual.

2017 no fue el año del estallido del movimiento de mujeres, pero sí del estallido de las denuncias por acoso y abuso. Explotaron las denuncias públicas —que hasta el año anterior estaban reservadas para distintos casos que emergieron con ritmo esporádico—: en los muros de Facebook, Twitter, otras redes y en los medios, y se propagaron como bombas lógicas activando la capacidad de las víctimas de acosos o abusos a decirlo, a contarlo todo. Quién, cómo, dónde, cuándo. No nos callamos más.

Primero llovieron las denuncias. Después empezaron a llover, con la timidez de una garúa otoñal, los artículos que analizan qué va a pasar con eso. No es fácil ponerse a pensar con mirada crítica un fenómeno que a primera vista es de liberación: del secreto, de la voz, del espacio corporal. Sin embargo, parece claro para algunas analistas que el efecto dominó de las denuncias virtuales y mediáticas va a tomar la forma del monstruo de nuestras pesadillas. Todavía no sabemos si ese monstruo tendrá la cara de Donald Trump con su mano metida en la entrepierna de una chica, o la de Mauricio Macri, diciendo como una cabeza parlante que a las mujeres nos gusta que nos miren el culo. O si tal vez será un monstruo más fantasmal y complejo: con nuestras propias caras reflejadas en espejos, convertidas en damas victorianas.

¿Nosotros, victorianos? Hay algo abyecto en esta tendencia a los protocolos y la prohibición atravesada en el proceso de una historia que pretende acercarse a la liberación del sujetx.

La pregunta incómoda: ¿estamos promoviendo más tabúes? Hace unos años se volvió prohibitivo acompañar al baño a un niñx. Eso me dijeron cuando fui a anotar a mi hijo al jardín de infantes estatal del barrio. A los tres años, habiendo dejado los pañales un mes antes, el pibe tenía que hacer pis o caca solo en el establecimiento escolar. ¿Estamos frente a un paradigma de nueva moralidad? En un artículo en cuyo título cifra una hipótesis que no comparto, la periodista norteamericana Claire Berlinski (La caza de brujos, en The American Interest) cita un trabajo de Stanley Cohen. Cohen dice algo así como que los pánicos morales masivos “deben entenderse en su contexto sociohistórico más amplio”. Está claro: el paradigma que está en proceso de cambio no es el de las denuncias sino el de la estructura de dominación masculina que sostiene que esos abusos (sexuales, de poder) tengan lugar como si nada y con total impunidad.

En los momentos de transformación social, sigue Cohen, se da lugar a una crisis de límites: hay una incertidumbre fluctuante entre un comportamiento aceptable y uno que no lo es.

El vector que mueve esta aguja entre lo que se permite y lo que no, parece ser el de la subjetividad. Escuché relatos de amigas que corresponden a lo que podría entenderse como una situación de acoso diciendo: “Pero yo no me sentí acosada”. También escuché adolescentes contando que un tiempo después de esa fiesta donde “se dieron” con tal o cual, comprendieron que —en realidad— no habían querido estar involucradas en ese intercambio sexual y se sentían abusadas. Hay quienes recorren mentalmente escenas pasadas de sus vidas y las perciben distinto a la luz de los nuevos paradigmas donde la figura de acoso tiene sus bordes elásticos. Todas estas posiciones y sus variables son igualmente legítimas.

La postura feminista preponderante diría, seguramente, que esa, la verdad de la víctima, es la única atendible. Y en lo personal concuerdo. Al menos en esta instancia. Después se ocupará la Justicia, si esa es la vía elegida. Pero no deberíamos poner nuestras percepciones por delante de la Justicia. ¿O sí, cuando hablamos de una Justicia enterrada en el machismo y en el mal funcionamiento? Por eso, antes de linchar al acusado del caso, podríamos preocuparnos en llamarlo acusado y no abusador. Deberíamos ser garantistas también en esto.

“No quiero sentir que hice algo de lo que después me voy a arrepentir”, me dijo una adolescente. Los peligros que corremos son los de confundir la siembra de agencia y derechos con construcción de miedos. En la relación sexual, sobre todo en la incursión a ese camino incierto que es el de la sexualidad consumada, hay mil matices. Las ganas y el miedo, por ejemplo, son sensaciones que pueden convivir como dos para nada extraños. Tal vez sea posible asegurar la certeza del deseo de hacer lo que unx quiere, cuando quiere y con quien quiere. Pero es imposible borrar nuestras ambigüedades emocionales. Es innegable, también, el usufructo del capital erótico como herramienta en la estructura de dominación. Nada de eso le da derecho a un acosador, abusador o violador. Pero tampoco queremos que nuestra meta de libertad sexual se vea minada de terrores expandidos. Una crisis de pánico colectiva —miles y miles de botones de pánico sonando juntos y al mismo tiempo— puede llevarnos sin escalas a la era victoriana o a sacar una petición vía Change.org para que en un museo bajen un cuadro de Balthus con una nena en bombacha por resultar “perturbador”.

No vamos a dar ni un paso atrás. Cada logro conseguido es un derecho y estamos luchando por un cambio cultural. Nos preguntamos si el de la denuncia pública es el camino. En primer término, pone en acción un mecanismo punitivo por el cual el acusado pasa a una lista negra de machirulo no grato. La última semana del año circuló por las redes sociales un Excel y sí: vos también estás. No hay uno solo que no tenga en su haber un comportamiento que hoy sería visto como degradante y digno de denunciar. En buena hora ese reino de lo impune cayó. Ahora al menos, no lo hacen por miedo a salir escrachados. Si hay escrache, ¿hay justicia? Puede que haya un cambio de comportamiento, sí, pero no es a través de la manera que queremos. No sirve un tipo en rehab llevando a cabo una especie de sanación espiritual cuando lo que tiene no es una adicción ni una enfermedad. Lo dijimos mil veces y una más: Macho, sos hijo sano del patriarcado. El abuso sexual, como dice la antropóloga argentina Rita Segato, más que erótico es un acto de poder y dominación. Y vamos a volver una y otra vez con la misma cantinela: el camino es la educación y la implementación efectiva de los conocimientos que brinda la Ley de Educación Sexual Integral.

Una vez consumado, el acoso, el abuso, en la calle, en la casa, en el barrio, en el trabajo, en la academia, cada mujer, lesbiana, trans, travesti, cada persona de género disidente, deberá encontrar el modo de denuncia que le resulte más reparador. Puede ser contándolo en las redes, declarando en la Justicia, hablándolo con las personas elegidas, resolviendo la situación en su interior. Nunca escondiéndolo bajo la alfombra, como en la vieja era, como cuando todavía nos hacían creer que teníamos culpa. Este delito no tiene vencimiento, así que no corren los argumentos contra el paso del tiempo. Nadie puede decirle a la persona que sufrió un abuso sexual cómo y cuándo denunciar.

Entonces, si esta voz que se desata del nudo en la garganta y se alza en hashtags como #MeToo, que derroca hombres poderosos, del mundo del espectáculo, abusadores sólo por ser poderosos, que ya no deja impune a nadie, #MiPrimerAcoso, o #NoNosSorprende, es una voz celebrada, ¿por qué vale la pena pensar una vez más sobre ella? Una segunda cuestión sería que existe una violencia machista estructural que no se acaba con la caída de un pope del imperio del pijazo, llámese Kevin Spacey, Del Pópolo o @Foier. Hay miles de mujeres que no tienen la notoriedad necesaria para que una denuncia se viralice y las saque de su situación. Menos si el abusador es un don nadie. Pero además, es en el marco de una sociedad estructuralmente desigual, donde las condiciones para las mujeres y las sexualidades disidentes son peores —peores salarios, trabajo precarizado y no remunerado, mayor discriminación y violencias— que los acosos y los abusos sexuales entendidos como abusos de poder, son posibles. Y es esa desigualdad estructural a la que hay que apuntar para exigir una reforma radical.

En un ensayo vigente que tiene más de 30 años, la antropóloga norteamericana Gayle Rubin marca en la historia momentos cruciales en los que la sociedad tiene a renegociar el orden sexual. Por ejemplo, cuando en Estados Unidos la amenaza del comunismo se asoció con la comunidad homosexual. La escritora Masha Gessen sugiere en el New Yorker que es posible que nosotrxs estemos viviendo ahora un período de renegociación del orden sexual. Estos cambios, dice, “producen leyes, instituciones y normas que gobiernan la sexualidad incluso años después”.

No sabemos bien qué cara va a tener, pero es probable que el estallido de las denuncias en las redes y mediáticas nos vuelvan con la forma de un monstruo, puritano y asustado, punitivista, sanitario y securitario. Porque el patriarcado que a pesar de las denuncias habitamos sigue teniendo la cara que le conocemos bien, la del macho, heterosexual, blanco y propietario.

La foto de portada es de Gala Abramovich

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Marina Mariasch es escritora, docente y critica cultural

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