21 de diciembre, pesadilla y realidad

“Salí y contá lo que pasa acá”, dijo Luis. Lo seguimos haciendo

 

Sus grandes ojos oscuros, que las ojeras hacen más profundos, observan cada gesto, cada mínima expresión de su rostro y de sus manos. El encuentro, que la asombra y conmueve, se convierte en esperanza. Están de nuevo juntos, cuarenta años después de la forzada separación.

“¿Por qué nunca volviste a casa?”

Esta y otras preguntas se acumulan pero no las formula. Él, en tanto, habla de novelas y de tangos como antes del secuestro. Un mechón de pelo castaño le cae sobre la sien derecha y ella se divierte en reconocer su pancita precoz. Porque él sigue teniendo 33 años como cuando los obligaron a despedirse. Ella, en cambio, tiene el pelo completamente blanco. “Qué raro”, piensa, mientras la angustia crece y la obsesiona la imposibilidad de saber qué ha sucedido.

Entonces la escena se transforma y la ubica en un espacio húmedo y maloliente. Desesperada, intenta correr pero no puede moverse. Está tirada sobre un piso de cemento con las piernas encadenadas. Pregunta por él y nadie responde.

Con variantes, el argumento de las pesadillas es siempre el mismo: él no está muerto y sigue siendo joven y ella lo busca y se lo ve en diferentes momentos y lugares sin conocer dónde se encuentra ni qué ha ocurrido.

Del 21 de diciembre de 1977 han pasado 40 años pero el terror nocturno se repite.

La “leonera” y la celda número 29 del “Club Atlético” fueron demolidas para la construcción de una autopista y, tras un lento trabajo de recuperación, aún inconcluso, son parte de un sitio de Memoria.

Él, D7 para los militares, y ella , D73, fueron secuestrados en el centro de Buenos Aires, en la avenida Las Heras casi esquina Pueyrredón y llevados a El Atlético.

Ese lejano mediodía de sol mucha gente compraba regalos de Navidad mientras, en tres automóviles sin ninguna identificación especial, militares y policías armados pero sin uniforme los llevaron hacia esa construcción urbana del infierno en la tierra.

Ella fue liberada o “devuelta a la sociedad” según decían los represores durante la noche del 23 de diciembre. Él fue trasladado, es decir asesinado, poco antes del Mundial de Fútbol del 78. Ni su secuestro ni su muerte fueron reconocidos y es uno de los 30.000 desaparecidos.

Es duro vivir con el doble parámetro temporal a cuestas, el de la vida paralizada en un campo genocida y el de las necesidades cotidianas de hijos, trabajo, luchas, avances y retrocesos personales y sociales.

Ella buscó sobrevivientes, hizo preguntas, compartió sus escasos recuerdos con los de otras personas, entre ellas Nelva Falcone, Carmen Lapacó y Mario Villani. Con la señora de Falcone supo que el calvario de Luis pasó de El Atlético a El Banco; con Carmen descubrieron detalles del primero de esos lugares. Con Mario tuvo la certeza del final, de cómo lo torturaron, de su “abatimiento” cuando “estaba en la fila del traslado”.  “¿Hay una posibilidad en 10 de que esté vivo?” “No”. “¿En 100?” “No”. “¿Y en mil?”. Tampoco. Villani fue claro en esa primera cita, cuando Raúl Alfonsín acababa de ser electo presidente. Con los años agregó detalles: “Antes de trasladarlo lo colgaron de los pies, cabeza abajo, en el patio, al aire libre”. Era invierno y Luis sufría de asma.

Supo además que entre los verdugos estaban Soler (Oscar Rolón), el Turco Julián (Julio Simón), Paco (Juan Carlos Chacra), Toso y Guerra. Lo repitió en Argentina y en otros países. Lo declaró en causas judiciales. Sin embargo la pesadilla se repite y lo ve vivo pero inaccesible. Y sigue preguntándole a las sombras: “¿Por qué no escucho tu voz ahora?”

Hoy sus hijos superan la edad que tenía en el ’77, tienen hijos e hicieron sus vidas, como escribió en una carta al mayor. “Seguí creciendo y viviendo tu vida”, le decía entonces. Y agregaba: “Quiero que sepas que estoy absolutamente convencido de que lo que hago es lo mejor para todos, aunque es duro y difícil”. La carta, escrita a máquina, está firmada por “Luis”.

 

‘Los 30.000’, obra de Nicolás Guagnini en el Parque de la Memoria.

 

Era Luis (Lolo) Guagnini, periodista y militante. Creía en la justicia social y luchaba para conseguirla. También leía poesías de Juan Gelman y de Nazim Hikmet. La ausencia no es tiempo ni camino / la ausencia es un puente entre nosotros, era una de las frases de Hikmet que amaba.

Odiaba los diminutivos y hablarle a los chicos con entonación de “bebotes tontos”. Jugaba al ajedrez, recorría librerías, escuchaba al Tata Cedrón y disfrutaba con el cine. Una de las últimas películas que vio fue Atrapado sin salida. El revuelto gramajo era uno de sus platos preferidos.

Trabajó en numerosos medios, como La Opinión y Noticias, colaboró con la RAI, Inter Press Service y el Latin American News Letters. Empezó a escribir un libro sobre el general Omar Torrijos, quien infructuosamente intentó averiguar dónde estaba secuestrado.

¿Cómo hubiera analizado Luis Guagnini las cuatro décadas que no le dejaron vivir?

Es casi seguro que hoy estaría a bordo de El Cohete A la Luna, memorioso, lúcido, llamando a las cosas por su nombre y apellido. Vinculando hechos. Denunciando. Lo hacía en el ’77 per medio de casetes en los que grababa una “Revista Oral” y luego dejaba en mesas de bares. Un tema de esa revista clandestina era hacer saber que las noticias sobre muertes en enfrentamientos, difundidas por los diarios de circulación masiva, eran falsas y encubrían asesinatos de personas “desaparecidas”. Como el de Verónica Basco, secuestrada y asesinada días después y cuyo cadáver se entregó al padre en una empresa fúnebre, previa firma de una declaración en la cual admitía que su hija había muerto en un enfrentamiento.

La “Revista Oral” difundía noticias sobre la resistencia a la dictadura y sobre personas desaparecidas. En esos temas Luis contaba con una valiosa fuente, su madre, Catalina (Cata) Guagnini, que desde el secuestro de Diego (Lito) Guagnini (el hermano menor de Lolo), el pequeño Emilio Guagnini (de año y medio) y de su mamá Isabel (Teté) Valoy, el 30 de mayo del ‘77 se había integrado a Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas.

Lo denunciado entonces fue probado en varios juicios de lesa humanidad, como los tres tramos del circuito ABO. En el Atlético mataron a Verónica y en el Olimpo a su compañero, Guillermo Pagés, militante amigo de Luis, a quien torturaron en El Atlético y El Banco. También en El Atlético estuvieron ilegalmente detenidos Diego, Emilio y Teté. El niño fue entregado días después del secuestro a la abuela materna, en Tucumán. Teté sigue desaparecida y los restos de Diego (que del Banco fue llevado al Vesubio) fueron recuperados e identificados en el siglo XXI: sin manos y con orificios de bala.

Un cenotafio recuerda a Luis en el Cementerio de La Chacarita pues sus restos no han sido encontrados.

Soler, el Turco Julián y Paco (Juan Carlos Chacra) han sido condenados.

La “Revista Oral” no mentía. La dictadura y los medios masivos, sí.

21-23 de diciembre. Fechas que no son fechas de defunción. Atlético y Banco no son cementerios sino campos de genocidio. Cadáver que nadie pudo abrazar. Una fosa vacía y abismos del mar o del río, para las lágrimas que jamás acariciarán sus párpados.

“Salí y contá lo que pasa acá”, dijo Luis a su compañera en el tubo 29, cuando los genocidas prometían liberarla.

Lo seguimos haciendo. Por los 30.000 y por el futuro.

 

 

Dora Salas es periodista.

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