Ceder a cambio de nada

La política macrista sobre Malvinas expresa subordinación ciega al Hemisferio Norte

 

El ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Faurie, acaba de publicar en el diario Clarín (26/02/18) una nota titulada “La inserción inteligente” en la que expone la orientación que procura darle a su política exterior. Lamentablemente para él no comienza con buen pie. Señala en el primer párrafo que esa política apunta a “reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de los argentinos”. Curioso: más bien parece el objetivo de un Ministerio de Economía o de Desarrollo Social antes que el de una cancillería. Indica, también, que una inserción inteligente en el mundo se basa en principios generales entre los que enumera: una apertura sin condicionamientos ideológicos, concentrarse en nuestros intereses, la consolidación de la presencia argentina en el mundo y el crecimiento de nuestro comercio exterior. Sin embargo, nada de esto es per se ni bueno ni malo pues lo que cuenta son los contenidos políticos que se adjudican a esas premisas.

Como es obvio, Faurie se ve obligado a referirse a iniciativas específicas y a casos concretos para ejemplificar su opción. Menciona entonces el “relanzamiento internacional del Mercosur” y señala que además de la Unión Europea  también “nos acercamos” (¡sic!) a Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Corea del Sur, entre otras instituciones o países. Los significantes, empero, continúan vacíos: no menciona ni el qué ni el cómo de esa aproximación. Si hubiera que juzgar por los resultados obtenidos en las negociaciones con la Unión Europea, por ejemplo, no seríamos pocos los que impulsaríamos que se evitara el acuerdo, pues según lo trascendido, sería completamente perjudicial para nuestro país. Menciona también positivamente el acercamiento con los Estados Unidos, “lo cual ha abierto numerosas oportunidades comerciales”, acota. De nuevo la oquedad de las palabras. No da ningún dato concreto al respecto, lo que remite a recordar que, hasta ahora, en el plano comercial sólo hemos conseguido un gambito muy poco beneficioso: por unos pocos millones de dólares en favor de los limones hemos perdido muchos más millones de la misma moneda con el biodiésel.

Por otra parte, llama la atención que el ministro no se haya referido a la Cuestión Malvinas. No solamente porque es un tema prioritario de la agenda argentina de relaciones exteriores sino porque además, desde mediados de febrero, se han desarrollado conversaciones entre nuestra Cancillería y el Foreign Office relativas a la ampliación del número de vuelos que interconectan a las islas con el continente. Hubiera sido interesante que explicara cuál es la relación entre esta eventual ampliación y el ‘paradigma inteligente’. Como no lo ha hecho, no queda más remedio que escarbar y especular.

El 13 de septiembre de 2016 se dio a conocer en Buenos Aires aquel criticado comunicado conjunto elaborado por Sir Alan Duncan, Viceministro de Relaciones Exteriores británico, y Carlos Foradori, por aquel entonces Vicecanciller de Argentina. Su punto más saliente, que causó indignación en amplios sectores de la opinión pública local, estableció que se iban a “…adoptar las medidas apropiadas para remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, incluyendo comercio, petróleo, pesca, navegación e hidrocarburos”. Foradori no pudo explicar semejante dádiva —que en el fondo también concernía a otros— y renunció al poco tiempo. El penúltimo párrafo de ese comunicado indicaba, además, que se había acordado la ampliación de los vuelos “entre las islas y terceros países”. De manera que la cuestión no es para nada nueva.

Hoy, las dos generosas concesiones de nula relación con el interés nacional que se han consignado arriba —desarrollo de las islas e incremento de los vuelos— se explican en los mismos términos que en 2016: “Deshielo de las relaciones”, “favorecer la integración de los isleños”, “avanzar en otros ámbitos de la relación”, “mejorar los vínculos” y “aumentar del turismo”.

Facilitar el desarrollo de las islas no satisface ni un ápice aquel interés. Empodera a los isleños y perjudica a la Argentina. Es como suponer que sería provechoso para España colaborar con el desenvolvimiento de Gibraltar. El retorno de la vieja e infructuosa tesis del acercamiento, de las buenas relaciones, de la búsqueda de entendimiento, incluso de la seducción —en este caso, de la mano de la ampliación del número de vuelos— va absolutamente en contra del interés nacional de Argentina. Beneficia la dominación británica, que administra un statu quo en sus territorios de ultramar sobre la base de una máxima que podría definirse así: “Que nada cambie demasiado, que nada se desborde”. Que aplica tanto en el Territorio Británico del Océano Índico (que incluye Chagos y otros archipiélagos), por ejemplo, como en Malvinas. En el caso malvinense estirará este juego todo lo que pueda para romperlo según le convenga. Ya lo hizo tanto en el marco del primer acuerdo conversado hacia 1971, de resultas del cuál Argentina entre otras aportes y muestras de buena fe construyó un aeropuerto e instaló en las islas depósitos de combustible de YPF, como en las dos ocasiones posteriores a aquella en las que el Reino Unido (RU) propuso establecer un condominio (1973) y luego un arriendo (1977), en ambos casos con desemboque —después de un tiempo— en la cesión de soberanía. Las tres veces cortó de cuajo lo acordado cuando le vino bien. Más tarde se divirtió —conforme a la cuarta acepción del diccionario de la RAE— con Menem, Di Tella y los osos de peluche. Esta vía ha probado históricamente ser por completo infértil. Volver a transitarla no tiene nada de inteligente y sí mucho de claudicante.

Deberíamos entender de una vez que el Reino Unido solo concederá una negociación en serio cuando el costo de mantenimiento de las islas sea mayor que el beneficio que le reporta. Así las cosas, la mayor posibilidad de que lleguen lechugas y tomates frescos a la Fortalezas Malvinas, en nombre de una mayor convivencia y de una mejor relación, no hace más que favorecer la posición inglesa. Bien lo saben los británicos, que se deben reír a nuestras espaldas de la ingenuidad argentina.

Hay sin embargo en este nuevo intento de Cambiemos un sesgo que conviene examinar. Argentina, cada vez más apremiada por la difícil situación económico-financiera fruto de las políticas aplicadas por el gobierno, procura cobijarse bajo el ala norteamericana. Busca afanosamente un intercambio de “favores”, tal como lo describió recientemente el embajador argentino en Estados Unidos, Fernando Oris de Roa: “Estados Unidos tiene un interés político y nosotros tenemos un interés económico. Estados Unidos está interesado en los asuntos de seguridad, apoyo internacional, combate al terrorismo y al tráfico de drogas… Nuestro desafío es trabajar dando satisfacción a los intereses que ellos tienen respecto de nosotros y al mismo tiempo que eso se traduzca en una actitud positiva hacia nuestra agenda económica” (Telam, 13/01/2018).

Es conocido que el Reio Unido es el aliado estratégico más importante de los norteamericanos. El ofrecimiento argentino de docilidad frente a Gran Bretaña en la Cuestión Malvinas implica beneficios directos en el campo de la seguridad internacional para los dos socios. Sabido es que ambos comparten intereses geopolíticos en el Indico y en el Atlántico Sur. No en vano han construido un arco de bases militares y puntos de apoyo que va desde la isla Diego García, ubicada en el centro del Índico, hasta la isla Ascención localizada en el centro del Atlántico Sur, que incluye hacia el sur a las islas Tristán Da Cunha y Santa Helena, desde las que es posible trazar una tangente hacia las Malvinas. La aquiescencia argentina abarata los costos de sus respectivos despliegues militares y favorece una mejora del relacionamiento de los Estados Unidos y el Reino Unido con la comunidad de naciones sudamericanas que mostraron en el inmediato pasado una activa colaboración solidaria con Argentina, complicada para ambos.

La «inserción inteligente» calla ante la cuestión Malvinas y apaña un pretendido intercambio de conveniencias –seguridad para unos / beneficio económico para la otra— del que Argentina, en rigor y hasta ahora, no ha sacado ningún provecho. Impulsa una subordinación a los intereses de los más poderosos que implica una irresponsable cesión de soberanía a cambio de nada.

 

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