Desastres para desasnar al periodista

Emergencias, catástrofes y emergencias en el violento oficio

Como en las restantes esferas de la producción, en el periodismo la concentración monopólica repercute en un paulatino deterioro de la calidad del producto. A menor ritmo, mas en forma inexorable, decrece asimismo la exigencia de esa franja de público que el medio hegemónico considera cautiva. Lo que no es del todo cierto, por fortuna, dado que ese inasible que es la calidad se resiste a esfumarse en el resumidero del mercado. Y, en forma paralela, al engorde del monopolio le corresponde la emergencia de los medios alternativos en el mismo u otros soportes. La principal manera de ingresar en un mercado tan cerrado para éstos últimos es, precisamente, hacer punta de lanza con un producto de calidad: información certera, ampliamente investigada, de buena fuente y, en particular, bien escrita. Porque aún en tiempos audiovisuales la pantalla lleva títulos y zócalos, el noticiero tiene un guion y hasta el flash informativo una redactora por detrás. O redactor, claro.

Entre la menesterosidad cultural de los grandes y la táctica prueba/error de los pequeños suelen colarse pifios alevosos, pavadas surtidas, construcciones gramaticales imposibles, horribles barbarismos, cuando no meras burradas: acontecer por suceder, ladearse en vez de inclinarse, tráfico en lugar de tránsito, planta por piso, concreto por hormigón, tubería por cañería, superviviente por sobreviviente, investigativa por investigadora, su ruta, al infinito y más allá. Botones de muestra éstos últimos provenientes del inventario de Sibila Camps (Buenos Aires, 1951) en Periodismo sobre desastres, flamante compendio destinado a los estudiantes de las hoy en boga ciencias de la información y que le vendría de maravillas a más de un periodista, locutor, animador, aún panelista, impostados en la noble profesión martirológica del rumor en la polis. Que, desde lo más alto, Mariano Moreno, Dante Panzeri, Rodolfo Walsh, Paco Urondo y bastantes otros nos observan.

En su manual acerca de “cómo cubrir desastres, emergencias y siniestros en medios de transportes” —tal el subtítulo del libro— Camps resulta generosa y benevolente: la lista de brutalidades anterior la adjudica a problemas de traducción en las agencias internacionales de noticias, tanto como recluye su aporte a los medios de transporte. Así como tamaños barbarismos están cotidianamente presentes en las páginas de los medios gráficos y en las voces del show audiovisual, este volumen extiende su valencia no sólo a cualquier clase de desgraciado suceso de esa índole sino que abarca las normas básicas de cualquiera que se pretenda periodista. Y ya que estamos en los tiempos que corren, por qué no tales conceptos serían capaces de ser ampliados a los pormenores de un stand-by del FMI, la represión a una marcha de trabajadores cesanteados o al destino de la platita de los jubilados, sin ir más lejos. El campo es vastérrimo.

Así que la idea de “desastre” bien puede aplicarse en sentido pleno o como metáfora. Inscripta en una prosapia periodística ella misma, Sibila Camps sabe de este asunto de convertir un hecho en paradigma y viceversa; tanto como en decir las cosas por su nombre. Especializada en la cobertura de catástrofes a raíz de su conocimiento en temas de salud, cultura, medio ambiente, comunidades y problemática social, transitó las redacciones en los buenos tiempos de los grandes diarios, revistas y agencias, cuando se valoraba ese cable áureo que conecta el cerebro con la yema de los dedos sobre el teclado de la ruidosa Lexicon 80. De ahí que Periodismo sobre desastres contenga sin proponérselo una vasta lección de ejemplar, prolija y eficaz escritura profesional.

Organizado en cinco partes, cada una sistemáticamente dividida en sendos capítulos dotados de sus correspondientes referencias, fuentes y bibliografía, el libro va de lo general a lo particular. Mechado de comentarios y ejemplificaciones tomados de la nutrida experiencia personal —algunos muy divertidos—, arranca predicando con el ejemplo: evitar decir una cosa por otra. Afirma desde el vamos que la creciente frecuencia de las emergencias que le ocupan es influida por el cambio climático “pero también por la aplicación de un modelo político-económico que pone como condiciones el relajamiento o la ausencia de controles, el ‘ahorro’ en la seguridad (lo que a veces incluye la corrupción) y el empeoramiento en las condiciones de trabajo”. Factores que atraviesan el conjunto del texto en la tarea de especificar la cobertura periodística por sobre la comunicación del desastre o aún la loable guía de la buena práctica. Del trabajo de campo en el lugar de los hechos hasta la tarea en equipo (cámaras, choferes, productores, auxiliares, corresponsales, colegas, etc.), hasta la edición del material, pasando por la construcción de la nota y hasta la indumentaria para cada oportunidad, son diseccionados con paciente meticulosidad a fin de evitar en lo posible el descuido de esos detalles que pueden hacer tronar el más voluntarioso de los esfuerzos.

Es en tal dirección que Camps intercala una serie de advertencias dentro de ejemplificaciones o notas de color: “¿Cómo descubrir, por ejemplo, que el moncholo mencionado por un pescador chaqueño no es otra cosa que un simple bagre? ¿Qué el cerco del que habla un cacique wichí de la provincia argentina de Salta no es una empalizada, sino una plantación comunitaria?” Detalles, sutilezas que no sólo agilizan un texto que tiene en lo didáctico su propósito, sino que van sembrando criterios de sentido común, eventualmente capaces de florecer hacia perspectivas de mayor profundidad. Como en una buena crónica periodística, deja al lector, si no la tarea, la posibilidad de hacer de la lectura una experiencia.

 

 

 

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Periodismo sobre desastres

Sibila Camps

Buenos Aires, 2018

357 págs.

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