Fracaso y triunfo de Sturzenegger

Keynesianismo, marxismo y populismo ante la crisis

 

Poco antes del fin de 2017, la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) elevó por tercera vez sus tasas de interés en ese año y la previsión de crecimiento de la economía. Las tasas se elevaron en un cuarto de punto porcentual y la FED también estimó que el PBI estadounidense aumentaría 2,5% en 2018, con una tasa de desempleo de 3,9% (frente a la previsión anterior de 4,1%), ya que la Fed no sólo tiene la obligación de vigilar la estabilidad de los precios sino también la de favorecer una situación cercana al pleno empleo. En diciembre de 2015 había llevado a cabo el anteúltimo aumento de las tasas ubicándolas en el rango de 0,25% a 0,50%, tras siete años de mantenerse en mínimos históricos, continuando, desde el 2007, un largo estímulo a la economía cuando empezaron a aparecer las consecuencias de la que terminaría siendo la más fuerte crisis económica desde 1929.

Para 2018, en cambio, se proyectan tres nuevos aumentos de las tasas, que podrían llegar a ser cuatro. La tasa de desempleo es la más baja en 17 años, por lo que la FED aguarda un incremento de la producción, de los salarios y de los precios que hasta ahora tardó inexplicablemente en concretarse.

Cuando se habla de la tasa de interés estadounidense se hace mención al Federal Funds Rate, el interés que los bancos se cobran entre sí por préstamos a un día (overnight); está determinado por el mercado y no se impone explícitamente por la FED, pero esta, al retirar o añadir fondos a la oferta monetaria, establece una tasa de referencia que trata de alinear el Federal Funds Rate y, cuando la política monetaria modifica ese tipo de referencia, afecta el tipo de interés en Estados Unidos y en todo el mundo.

La concepción de que sólo el movimiento de la tasa de interés basta para poner orden en la inflación puede tener lugar hasta cierto punto en los países desarrollados, porque aplican la restricción de la política monetaria para no estimular la inflación, que en esos países es la mayoría de las veces propia de la fase expansiva del ciclo. Sucede que en la expansión, para incentivar el empleo de capital y ayudar al uso del crédito, el empresario recurre a pequeñas subas en los precios, y cuando ese fenómeno adquiere cierta trascendencia, el Banco Central lo ataca con tasas de interés más altas. Si bien con esa medida se consigue una inflación restringida y controlable, el crecimiento económico termina siendo muy limitado. La práctica de esta política se identifica con el monetarismo y, más recientemente, con la imposición de metas de inflación por parte de los bancos centrales.

 

Monetarismo y neoliberalismo

Por efecto del déficit comercial persistente y de endeudarse para financiarlo, Estados Unidos tiene un gran déficit público, de alrededor del 5 al 6% del PBI, que algunos ortodoxos aceptan con resignación si hay recesión, pero no en tiempos más normales. (Si fuera posible hablar de tiempos normales, en el capitalismo contemporáneo.) Para los monetaristas, su presupuesto ideológico básico es el liberalismo, no aceptar la intervención estatal más que para garantizar la seguridad interna y externa del Estado, administrar justicia y realizar algunas obras públicas esenciales para el desenvolvimiento de la economía.

El monetarismo considera determinante la cantidad de dinero disponible en la economía y sostiene que la inflación es un problema únicamente monetario, debido a que hay más dinero en circulación del necesario. Por eso considera que lo mejor es que el Estado no intervenga en el mercado más que para fijar y controlar la cantidad de dinero que requiere la economía, que el consumo no esté influenciado por los ingresos masivos de corto plazo sino por la renta a largo plazo y que mientras el sector privado sea estable, el Estado sea el responsable de las crisis económicas. Se considera que el monetarismo ha sido generado por la Escuela de Economía de Chicago. En la medida en que el neoliberalismo potencia la función del mercado y pretende reducir al mínimo la intervención estatal, defendiendo el libre mercado como mejor garante del equilibrio institucional y el crecimiento económico de un país, se lo suele identificar con el neoliberalismo. Este último se diferencia del liberalismo del siglo XIX en que no rechaza completamente el intervencionismo estatal y que, a diferencia del anterior, no se cuida para nada de la defensa de las libertades civiles, y menos cuando éstas son usadas por la sociedad para rebelarse contra las políticas contrarias al empleo público, a los subsidios sociales o a la baja de los salarios, y se destaca por promover a toda costa la apertura comercial del proceso globalizador a través de incentivos empresariales descaradamente ligados a beneficiar los intereses de los políticos que los promueven.

 

Dinero, tasas de interés y metas de inflación

Durante los últimos años se ha popularizado un esquema de política monetaria que utiliza la tasa de política monetaria como principal instrumento, estableciendo un cierto objetivo inflacionario de mediano plazo asociado a la fijación de una tasa de interés. Dado que los movimientos del dinero de corto plazo le quitan capacidad predictiva a las estimaciones inflacionarias por su mayor volatilidad, se estima que las hipótesis para proyectar la trayectoria de los precios serán más débiles en lo inmediato, pese al sólido vínculo de largo plazo entre dinero e inflación, lo que llevó a plantear por parte de los bancos centrales metas inflacionarias a alcanzar en períodos anuales. Pero, para que se pueda afianzar su cumplimiento, hay que lograr que el público les crea, por lo que la modificación continua de las metas o la fijación de las mismas sobre bases endebles le quita a esta política su capacidad de poner en marcha sus pretendidas políticas de estabilización.

 

Las respuestas posibles

Para el keynesianismo, el manejo del Estado es esencial para lograr el crecimiento económico y precios estables, por lo que exalta la política fiscal. Sus referentes más radicales piensan que la política monetaria no es demasiado importante. Los gastos gubernamentales influyen en los precios y en la producción y son necesarios para estabilizar la economía. Su acción se concentra en el corto plazo y desestima la influencia a largo plazo. El multiplicador keynesiano reside en que el gasto inicial tiene tal consecuencia transformadora en el resultado final que sobrepasa por lejos el gasto inicial, aumentando sus consecuencias en el ingreso y en el consumo, y lo mismo pasa en sentido inverso si se contrae el gasto, por lo que en definitiva es un firme partidario del aumento del gasto.

Desde 1970 en adelante el crecimiento persistente de la inflación debilitó las posiciones keynesianas, pero las frecuentes crisis de los '90 y las de este siglo equilibraron la pelea con los monetaristas ortodoxos, que se llevan cada vez peor con las turbulencias actuales, que indefectiblemente atribuyen al populismo. Pero la verdad es que la crisis está más viva que nunca. Quienes más procuran negarla son siempre los consultores, los asesores y políticos de la franja más próspera de la sociedad y los grandes medios.

 

Marxismo

El marxismo explica mejor el comportamiento del dinero, pero su óptica, casi exclusivamente teórica, a veces le resta sentido práctico. Los precios no son altos o bajos porque circule poco o mucho dinero sino que circula poco o mucho dinero porque los precios son altos o bajos. La cantidad de dinero no cambia porque es un medio de circulación, sino porque es la medida del valor de las mercancías que circulan. Los movimientos del dinero expresan la circulación de mercancías y no que la circulación de mercancías surja del movimiento del dinero. El precio total no puede representar otra cosa que el valor total de las mercancías en circulación. Si hubiera más dinero que el necesario el papel moneda se depreciaría y se expresaría en inflación. El crédito, ya casi absolutamente separado de la producción, funciona como un capital ficticio, que al ser creado al margen de la moneda crece muy por encima de su base real de sustentación y alimenta las burbujas bursátiles que terminan en bajas bruscas e inesperadas. Así que pretender corregir la inflación cortando la expansión de la moneda mientras se festeja la expansión de una especulación sin límites, es una estupidez inexplicable.

La extensión masiva del crédito da lugar a la especulación en gran escala, y con esa práctica de expansión ficticia del capital, la producción real no encuentra crédito para invertir, porque el capital prestable está limitado por su uso especulativo. El divorcio entre crédito y producción alcanza tal intensidad que mientras más capital ingresa en la bolsa o en la compra de letras o bonos para especular con ganancias enormes, el crédito para la producción se restringe y la tasa de ganancia se desploma porque el capital productivo no encuentra crédito barato mientras el mercado masivo de consumo se contrae. El milagro, entonces, sería que la crisis no apareciese. A tal punto la inflación tiene que ver con esta forma de acumulación de capital que no hay explicación posible a la contradicción de que, frente al aumento muy grande de la productividad en la posguerra, apareciese al mismo tiempo una tendencia a la mayor elevación de los precios.

Para que la productividad del trabajo aumente, es necesario que el empresario emplee máquinas más complejas y más caras. Las máquinas transfieren su valor al nuevo producto en la parte en que se usan o amortizan, pero el único capital que puede crear más valor es el que Marx denominó capital variable, que es el surgido del trabajo, que puede ser remunerado en mayor o en menor cantidad sin que por eso varíe fundamentalmente el nuevo valor que incorpora al producto. Ese nuevo valor surge exclusivamente de allí, porque es un trabajo vivo; las máquinas, al usarse y amortizarse en el uso, sólo pueden transmitir su valor al nuevo producto sin generar un valor mayor. Por eso la nueva producción es un nuevo valor y la plus valía agrega al valor que se remunera mediante el salario, otra parte apropiada por el capitalista como ganancia, más un excedente social representado por los gastos necesarios e innecesarios y el gasto del Estado financiado con los recursos obtenidos a través de los impuestos.

Por otra parte, si el empresario quiere aumentar su producción y lo hace con máquinas más complejas y con más capacidad de potenciar el trabajo vivo empleado en la producción, aumenta la productividad, pero como la proporción del capital no humano crece por el valor de máquinas más complejas y la plusvalía no nace de allí sino del trabajo vivo, la rentabilidad proporcional del capital disminuye respecto al capital total empleado. Por ese motivo, a mayor desarrollo del capitalismo y mayor productividad por los adelantos tecnológicos, la tasa de ganancia tiende a disminuir y esa contradicción da lugar a que sólo con su desarrollo el capitalismo lleve a las crisis, en cuyo caso el capitalista querrá a toda costa bajar el salario, ya que no puede ahorrar en las máquinas porque si así lo hiciera perdería la lucha por la competencia con otros capitalistas en el mercado interior o en el mercado mundial.

 

Populismo

El populismo no es una doctrina uniforme sino una práctica política nacida de la crisis de oligarquías nativas, asociadas a la explotación de recursos naturales que, por la crisis de los años '30 y la Segunda Guerra, dio lugar a grupos políticos transformadores que pretendieron formar o fortalecer una industria nacional sustituyendo importaciones. Para eso recurrieron a una política monetaria absolutamente ligada a los objetivos generales del Estado, y casi siempre afín al keynesianismo, asociada a la llegada al poder de una nueva burguesía industrial que necesitó mejorar las condiciones sociales existentes para captar a la mayoría de la población. En el caso específico del peronismo, ese protagonismo correspondió a la nueva clase obrera llegada del interior del país y no captada a través de los partidos obreros tradicionales, que desechaban su particular forma de convertirse en actores fundamentales del nuevo poder.

 

La nueva complejidad del capital financiero

El crédito permite al capitalista encarar la renovación de la fábrica o acrecentar su capital, y lleva al empresario a deshacerse de su producción antes que quien la compra pueda pagarla. Los bancos realizan la actividad especializada en el otorgamiento de créditos. De esa manera la circulación del dinero tiende a independizarse de la circulación de las mercancías. También los grandes capitales pueden vender acciones en la Bolsa, que le servirán como un crédito para acrecentar su capital productivo o para emplear en colocaciones especulativas improductivas que no garantizan el aumento de la producción, pero con las cuales pueden realizar grandes ganancias. Esas ganancias no surgirán de la producción sino de la valorización que el mercado les pueda acordar en la Bolsa.

Los monetaristas creen que el aumento de los precios es una consecuencia del aumento de la moneda en circulación o del crédito, pero la realidad es que la crisis provoca una falta de efectivo en las empresas, que hace necesario un aumento del crédito, que sólo se puede pagar con precios más altos. Y la ampliación del crédito, al aumentar con mayor rapidez los valores producidos, aumenta la productividad y no provoca una baja de los precios sino más bien a una desvalorización de la moneda, porque el crédito en sus diversas formas (incluso la especulación bursátil) se expande con más intensidad que la suba de la producción, los salarios o el gasto social del Estado, a pesar de lo cual, la fórmula monetarista para bajar la inflación es reducir los salarios, el gasto social del Estado e incluso la producción capaz de aumentar la riqueza y la productividad. La expansión del crédito internacional para las naciones más desfavorecidas en el intercambio y más perjudicadas por la crisis coincide con una gran emisión de dólares y de expansión de las burbujas, mientras el resto del mundo debe recurrir a ajustes continuados, al principio para renovar los préstamos y después para encontrar una larga y sacrificada manera de pagarlos, siempre bajo la interesada y ciega auditoría del FMI y de otros organismos del mismo tipo.

En todo esto queda claro que la especulación bursátil o la introducción de dólares para comprar pesos que arrojan una gran rentabilidad al margen de la producción y que después se reconvierten a dólares para fugar del país constituyen un capital financiero especulativo que se autonomiza del proceso de acumulación de riqueza; son el alma de una acumulación financiera cada vez mayor que la productiva y que ya tiene suficiente fuerza para condicionarla. Por eso la inflación no es tanto un fenómeno monetario sino la expresión de un sistema de acumulación de capital que tiene como uno de sus ejes la contínua transformación de excedentes en especulación, ya sea en dólares para sacarlos de la circulación o retirarlos del país a las off shore, algo habitual en la clase política más afín a las prácticas monetaristas.

La crisis o la periódica interrupción de la producción es una consecuencia del propio desarrollo del capital. Como el empresario no puede bajar la cantidad ni la calidad de su producción para no perder la carrera en el mercado, ahorra indefectiblemente a costa del salario del trabajador. Al mismo tiempo que aumenta la productividad, las condiciones de vida y los salarios tienden a reducirse y el capitalismo lo presenta como una necesidad imposible de eludir, con la promesa de que el ajuste construirá un futuro mejor en que los salarios podrán volver a crecer. La crisis de 2008 no terminó en una depresión mayor porque los gobiernos y los bancos centrales de los países ricos no permitieron que el sistema financiero se desplomara y crearon la liquidez necesaria para evitar las quiebras bancarias, de modo que ese enorme gasto y emisión monetaria fue un salvavidas muy costoso para resguardar el capital especulativo a costa de la enorme mayoría de la población mundial.

 

Las dos caras de la moneda

En una realidad tan diferente a la de Estados Unidos como la de la Argentina, donde la falta de inversión baja la rentabilidad en gran parte por obsolescencia, falta de competitividad y de mercado y casi inexistencia de crédito productivo, el empresario no duda en contrarrestar la baja de la rentabilidad con la suba del precio. Que no se ajusta siempre a lo necesario, ya que como la acumulación en la industria no es suficientemente remunerativa ni encuentra un mercado en expansión, con el sobreprecio conforma un capital especulativo que acumula con mayor beneficio al margen del propio negocio. Sin embargo, el BCRA y la política oficial insisten en que hay que controlar la suba de salarios, jamás la de los precios. El criterio del presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, es que las expectativas inflacionarias para 2018 se pueden definir con más certeza si el mercado y sobre todo los gremios y los asalariados se ajustan a la meta del 15%, que no tiene ninguna fundamentación conocida, ya que aún las estimaciones del mercado son mayores y las metas previamente establecidas fueron irreales, pese a que el mercado creyó en ellas y sólo se fue apartando de las mismas a medida que la realidad les iba demostrando que eran imposibles de cumplir.

Como la acumulación de capital es más fuerte como colocación especulativa que como inversión productiva, la inflación no es por todo esto un fenómeno monetario sino una consecuencia de la forma de acumular. Por eso es un disparate tratarla con una política exclusivamente monetaria. Sturzenegger fracasó en controlar la inflación con su política de metas, pero tuvo un devastador éxito en la redistribución de ingresos.

 

CUADROS

 

1) Participación del salario en el Ingreso Nacional. Período 2003-2016.

Se aprecia la fase ascendente finalizada con la crisis mundial de 2008, que en la Argentina se sintió en 2010 porque el impulso ascendente se extendió a 2009 en parte sostenido por la inflación. Pero la fase ascendente pudo recuperarse sobre la base de los altos precios de los commodities y la inflación aún más intensa, hasta que la baja de la actividad se volvió a presentar con fuerza en 2014 y se recuperó en 2015. Entonces volvió a experimentar una intensa caída en 2016 con el cambio de la política económica, que elevó la inflación como consecuencia de la devaluación y empezó a implantar el ajuste.

 

 

2) Evolución del PBI de la Argentina 1983-2012

La línea negra, que difiere de la roja a partir de 2008, es el cálculo oficial de ese momento, realizado por una intervención al INDEC que fue objetada por manipular cifras, pero también hay diferencia por apoyarse en bases distintas. Se advierte el ascenso del período en que la convertibilidad pudo sostenerse pese a la igualdad atribuida por la paridad al peso con el dólar y el posterior deterioro de esa situación irreal que se presentó en forma de una fuerte caída que alcanzó su máxima expresión en 2002, después de la crisis de 2001. Con posterioridad se ve el firme ascenso del período del gobierno kirchnerista hasta el advenimiento de la crisis mundial de 2008 y el repunte posterior de 2010 y 2011 frenado por la reaparición de los efectos de la crisis a raíz de la depreciación más intensa de la moneda y la consiguiente inflación, que lleva a una baja en la variante crítica y a un bajo crecimiento en la estimación oficial.

 

 

3) Participación de los salarios en el ingreso nacional entre 1993 y 2013 según el modelo de mercado y el régimen populista.

La diferencia en la participación en el ingreso nacional que cuestiona la versión crítica de la serie del PBI tiene lugar desde 2009 y se advierte en el cuadro anterior.

 

 

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