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Guerras “necesarias”

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Hay enemigos cuya existencia es preciso mantener

 

En agosto de 2016 Macri lanzaba el plan “Argentina sin narcotráfico”. Como en otras ocasiones en las que ha hablado del tema, fue contundente al afirmar que los anuncios apuntaban a “ganar esta guerra” (La Nación, 30/8/16); por otra parte, cuando se refirió al crimen de cinco argentinos ocurrido en Nueva York, convocó a la comunidad internacional a “estar todos comprometidos, de pie a cabeza, en la lucha contra el terrorismo” (Ámbito Financiero, 01/11/17). Y se podrían reproducir otros tantos fragmentos similares del discurso macrista. No son exabruptos, son signos del sometimiento pro orden —o desorden— mundial actual.

El proyecto de organización hegemónica global al que el macrismo se ha subordinado con antipatriótico fervor, implica formas de violencia institucional envueltas en un discurso cuya incidencia en los comportamientos de amplias franjas de la población —que las apoyan— es difícil de exagerar.

La actual fase de acumulación capitalista se sostiene en las grandes corporaciones transnacionales; el poder comunicacional es una de sus partes sustantivas. Si toda hegemonía implica coerción y consenso, el aparato comunicacional —sin ser ajeno a lo coercitivo— pertenece a la dimensión consensual del poder y hoy está organizado en grandes corporaciones de vocación monopólica que forman parte de la estructura básica de acumulación. Es el caso de Clarín.

Este proceso ha generado una concentración escandalosa de recursos, riqueza, poder y conocimiento, que se traduce en una polarización creciente a escala global. La oligarquía nuestra de cada día, leal a sus tradiciones, ha favorecido la penetración de corporaciones transnacionales, vinculándose a ellas en carácter de socia minoritaria y, así, ha integrado el país al desolador paisaje general.

Gramsci consideró que el Estado era una “hegemonía revestida de coerción”, pero en una democracia neoliberal podríamos pensarlo como coerción revestida de consenso. Si bien el uso de la fuerza y su discurso específico se adaptan a las particularidades de cada país, tienen en común inequívocos rasgos generales, razón por la cual su análisis permite aproximarse a la comprensión de un aspecto importante de la anatomía política de nuestro tiempo: la que corresponde a democracias como la de Cambiemos.

El sistema corporativo que ha instituido la oligarquía, por oposición al democrático, es jerárquico —restringe el derecho de decisión a la CEOcracia—; es orgánico —opera con espíritu de cuerpo, propiciando los intereses de grupo por encima de los de la mayoría—; concibe el conflicto como perjudicial y tiende al monopolio. Se comprende entonces esa especie de esquizofrenia entre un discurso que reconoce a la democracia como único principio de legitimación, frente a prácticas sociales y políticas que lo desmienten. Más aún, a partir de la legitimidad blanda que le ha otorgado la manipulación del proceso electoral, nuestra democracia real es útil para cerrar el paso a cualquier proyecto emancipador. A esto le llaman “la nueva política”, porque reniega de los partidos tradicionales. Nosotros pensamos que una cosa es la superación de los partidos como parte de un proceso de transformación progresivo, para instituir formas de representación verdaderamente democráticas, y otra muy distinta es reemplazarlos por corporaciones impuestas por la reacción: si en otro momento histórico fue el radicalismo conservador el principal eje vertebrador del antiperonismo, hoy son las corporaciones el principal eje vertebrador del antikirchnerismo.

Ahora bien, dado que en los países centrales la producción militar está en manos de corporaciones privadas, el extraordinario poderío militar, corazón de la soberanía estatal, se acopla al club de la acumulación, que lo nutre y condiciona, perdiendo autonomía. Representa la garantía de abrir por la fuerza cualquier espacio del mundo que se rehúse a ser penetrado en términos económicos, políticos, tecnológicos o de cualquier otro orden.

La desaparición del “enemigo” comunista diluyó la legitimidad de la intervención armada en el ámbito internacional, por eso fue necesario fijar un nuevo enemigo, construir la figura de un oponente de localización imprecisa y potencia indefinida, que justificara las acciones bélicas necesarias para imponer una expansión global. En un principio, las redes del narcotráfico parecieron ofrecer estos requisitos; en 1987 ya se hablaba de “guerra contra el narcotráfico”, tanto es así que una de las primeras acciones armadas ilegales, que se produjo apenas concluida la Guerra Fría con este argumento, fue la invasión a Panamá en 1989. Sin embargo el narcotráfico está demasiado entrelazado con la red corporativa y sus intereses económicos como para convertirlo en enemigo principal y permanente. Debía construirse otro para librar una “guerra” global y sostenida.

Sin analizar aquí el complejo fenómeno del terrorismo, lo cierto es que fue convertido en ese enemigo indispensable. En la actualidad, la mayoría de los Estados que se ubican como socios o bajo la tutela del imperialismo norteamericano han articulado un consenso en la lucha contra el terrorismo que les resulta muy útil para controlar la disidencia interna; pero la “guerra antiterrorista” se orienta también a destruir en el ámbito global cualquier freno, por débil que sea, al proyecto imperial. Un caso ilustrativo por su cercanía en el tiempo y el espacio, y porque sirve de inspiración a la represión macrista en la Patagonia, fue la aplicación de la legislación antiterrorista del Estado chileno contra el movimiento indígena mapuche, que no había ocasionado una sola víctima fatal, durante los gobiernos de la Concertación. Su antecedente es el genocidio mapuche que produjo ese Estado en el siglo XIX, con patrocinio del colonialismo alemán.

En estas condiciones, antes de hablar de cualquier terrorismo hay que hablar del terrorismo de Estado; ajeno al discurso macrista hasta cuando se refiere a la última dictadura, cuyo perfeccionamiento en la materia ha sido universalmente reconocido.

No está de más señalar que así como la supuesta guerra contra el terrorismo no ha hecho más que incrementarlo, la lucha contra el tráfico de narcóticos presenta resultados sospechosamente deplorables. Todo indica que el poder global crea las condiciones para el desarrollo de uno y otro fenómeno que luego reproduce; ambas “guerras” habilitan el escenario que requieren las dominaciones autoritarias, facilitando formas radicales de violencia represiva, pues tienen la finalidad de justificar la violencia estatal necesaria para intervenir en cualquier lugar del planeta y de cada sociedad, para disciplinarlos según las actuales formas de organización, acumulación y concentración capitalista. Son enemigos cuya existencia es imprescindible mantener.

Así, toda la actividad represiva es interior al sistema, dado su carácter planetario; por lo tanto, aunque en lo discursivo se las presenta en términos bélicos, en la práctica se desdibuja la distinción entre lo militar y lo policial, fundiéndose ambas instancias en una especie de gran aparato cuyo núcleo está formado por las actividades de información e inteligencia: se configura una red represiva supranacional que se vincula con las redes nacionales.

Este es el proyecto del tándem Macri-Bullrich, quienes se empeñan en negar las nefastas consecuencias que ya produjo en el país y que se repiten sin excepción ni distinción de épocas y lugares. A confesión de parte, relevo de pruebas: “Necesito a esa institución —la gendarmería— para todo lo que estamos haciendo, para la tarea de fondo que está haciendo este gobierno”. (Exposición de Patricia Bullrich en el Senado. Infobae, 16/8/17.)

Mario de Casas es ingeniero civil y docente en la UNCuyo. Ha sido director del Ente Nacional Regulador de Electricidad (ENRE).

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