Soy hija de un genocida que reivindica sus crímenes

“Lo único que me salió pensar, cuando se lo llevaron preso, fue: se está haciendo justicia”

 

Mi nombre es Liliana Furió. Soy documentalista y trabajo desde la danza para la integración. También soy hija de un militar que cometió un genocidio en la dictadura más espantosa que tuvo nuestra Nación.

Las causas por las que se lo condenó son del ’76 y del ’77 en la ciudad de Mendoza. Nosotros llegamos a Mendoza en el ’74 y nos fuimos a principio del ’78. En ese período llegó a ser jefe de operaciones del comando de la brigada que dependía de la Córdoba, de Luciano Benjamín Menéndez. Después fue jefe de inteligencia del departamento del mismo comando.

Ese siempre fue un tema muy doloroso, muy conflictivo, antes de saber con certeza lo que él había hecho. Desde chiquita cuando ensalzaban al Ejército, yo contestaba: “En todo caso es un mal necesario, pero estudiar para matar gente a mí nunca me cerró”. Después el machismo exacerbado de mi padre, casi caricaturesco. Yo diría que misoginia explícita. Le tocó una primogénita mujer un poco rebelde y, además, lesbiana.

 

 

Cuando vos te criás en cuarteles, vivís en un gueto. Yo viví dos años en Buenos Aires; dos años en Uspallata, Mendoza; dos años en Córdoba y ahí mi padre reprimió en el Cordobazo. De Córdoba volvimos a Buenos Aires. De Buenos Aires a la ciudad de Mendoza. De la ciudad de Mendoza a San Luis. De San Luis a Bahía Blanca. De Bahía Blanca a Buenos Aires.

Yo no empecé saliendo del closet desde la adolescencia porque además yo vivía en un entorno absolutamente castrense. Me crié en barrios militares, yendo a la escuela con amigos y amigas que eran todos hijos de militares, entonces terminé siguiendo mandatos. Me casé a los 19 años pensando que hacía un acto de rebeldía, cuando en realidad era un pasaje a la dependencia. Después de once años de matrimonio y tres bellas hijas, me asumo lesbiana y me separo. Me hago cargo de lo que siempre fui.

Cuando me estaba por casar —e incluso cuando ya me había casado—, seguía yendo al Círculo Militar. Yo llegué a repetir frases horrorosas como “bueno, en toda guerra hay excesos”. Hasta incluso avalar que un compañero dijera que en todas las guerras se torturaba. Era una mujer totalmente ignorante. Sin dimensionar, repitiendo como loro. Yo había crecido con eso de que los jóvenes revolucionarios eran el mismísimo demonio. La Iglesia también lo decía.

 

Lili documentalista.

 

Era un domingo el día que lo vinieron a buscar. Creo que en 2008. Estábamos en Pacheco, donde vivían. Un lugar con quincho y parque. Se paró un camión de la penitenciaría en la puerta y se lo llevaron. Fue una conmoción tremenda. Yo tenía unas contradicciones internas espantosas. Casi toda la familia estaba en estado de shock. Unos gritaban, otros lloraban. Mi papá diciéndole a mi vieja: “Llamá a no sé quién, llamá a no sé quién”.

Creo que lo más profundo que a mí me salió pensar en ese momento fue: “Se está haciendo justicia”. Muy a pesar de lo encontrado, de la conveniencia personal, yo sentía que se estaba haciendo justicia.

En ese momento dije yo: “Acá no me puedo hacer más la boluda”. Creo que tuve un rapto de conciencia. Para bien o para mal, tenés que poder enfrentar eso, que es nada más y nada menos que la verdad. Ahí no pude parar. Buscar documentales, escuchar las declaraciones de un montón de testigos —no pude con todas—, relatando el horror, las violaciones sistemáticas, la picana, los submarinos.

Después se lo llevaron a Mendoza. Ahí estuvo casi un año siendo juzgado. Después tuvo un achaque detrás de otro, achaques genuinos. Por eso en ese contexto lo dejaron en domiciliaria: operación del corazón, cáncer y finalmente diagnóstico de demencia senil. Pero, con diagnóstico de demencia senil, todavía cuando le preguntan en la megacausa Mendoza qué tiene para decir, el tipo dice que no está arrepentido de nada.

 

Paulino Furió

 

Cuando declaró eso, yo estaba en Alemania. Viajamos una vez por año por temas laborales de mi esposa y de su familia. Fue otro shock de los tantos, pero la reivindicación del horror fue otro hecho sumamente doloroso para mí.

Unos cuantos años atrás, yo lo había interpelado a mi viejo, porque me había encontrado con una mujer en París. Era la mujer de un desaparecido de la ciudad de Mendoza en 1977. Ese fue otro hecho muy conmocionante y me dio la motivación de hacer algo que yo no había hecho antes porque sabía que podía ser hasta físicamente peligroso para mí. El tipo no estaba tan mal como ahora, aún estaba lúcido. En ese momento sentí una necesidad imperiosa de pedirle que hablara, que había gente que todavía no había podido enterrar a sus muertos, que había personas que no tenían su identidad. La respuesta fue una cagada. Fue la misma que varios años después terminó declarando en la megacausa de Mendoza: que él no estaba arrepentido de nada.

Las domiciliarias generan mucho miedo. ¿Alguien tiene dudas de que a Julio López lo mandó a desaparecer Etchecolatz? No tienen escrúpulos,  yo se lo dije a mi papá la vez que lo interpelé. Yo sería una desaparecida si hubiese sido un poco más grande. No pudo decir que no. Yo entiendo que los nietos tienen mucho miedo, y tienen razón. Pero nosotras somos para ellos las mayores traidoras.

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Cuando vos empezás a salir de los muchos placares de los cuales yo fui saliendo, empezás a ver que la realidad es muy otra, pero, bueno, a veces poder ver la luz de frente encandila, te duele, y no podés y volvés a cerrar la ventana. Es un proceso lento y doloroso.

El hito histórico y ejemplar fue un Estado y los organismos de derechos humanos gestando y llevando a cabo los juicios, por eso lo reivindicamos tanto. Porque ahí vos empezás a buscar y a querer saber la verdad de las fuentes. Yo no había podido leer antes el Nunca Más. No había podido pasar de la primera hoja. Era muy jovencita y la respuesta que me dieron cuando cuestioné algo fue: “No, bueno, siempre hay excesos. Acá en la ESMA puede ser, pero en Mendoza no había sido para tanto”.

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Yo transito con mucho dolor lo que pasó en la dictadura. Primero, porque soy parte de esa humanidad lesionada. Saber que tu papá formó parte de ese horror y que, además, reivindica ese horror tiene una cuota extra de proceso interno. Fue muy liberador y sanador haberme encontrado con Analía a partir del libro Hijos de los ’70. Yo siempre cuento que Analía desde que la conozco decía: “Tiene que haber más hijos, vas a ver que somos muchos más”. Ella ya tenía el colectivo en la cabeza.

—Ay, Ana, ahora tenemos un montón de cosas para hacer nosotras, como podamos —le decía. Y eran muchas cosas, porque en un par de encuentros que se habían armado con esos hijos de los ’70 estaban estas voces que querían conciliar, que los juicios estaban mal hechos, proponiendo el modelo sudafricano. Nosotras parecíamos dos locas enajenadas ahí oponiéndonos categóricamente a esas propuestas conciliatorias. Yo decía: “Ana, concentrate en esto”. Y ella, todo el tiempo buscando. Y al final sucedió.

Nosotras vamos juntas al 2×1, y a los dos días creo que salió la historia de Mariana Dopazo, y eso fue la explosión. No nos daban las manos para contactar a otros hijos que se comunicaban. En la semana ya estábamos en casa en la primera reunión, que éramos seis. Fue el 25 de mayo. El Día del Padre éramos más de 25 en un local de Congreso. No se puede dimensionar lo que era eso. Todo el mundo ávido de contar su historia.

 

Historias Desobedientes. Lili, Laura Delgadillo, Bibiana Reibaldi (micrófono) y Analía Kalinec.

 

Ahí empezamos a tomar conciencia de lo que se estaba gestando. De a poquito. Confieso que Analía también tenía ahí la delantera. Yo estaba tan conmocionada y sentía la contradicción de convertirte en alguien conocido y tener trascendencia porque tu papá es un genocida. Era algo que me resultaba tremendo.

Las mujeres somos más del 90 por ciento del colectivo. Yo no tengo ninguna otra forma de interpretarlo que desde el feminismo. Yo he escuchado compañeros de militancia cuando yo contaba mi drama, cuando todo esto no se había hecho público y puteaba contra mi viejo y todas las instituciones castrenses represoras decir frases como ésta: “Las violaciones, ya sabemos que existen en toda guerra”. Eso me generaba una furia incontenible, no podía creer esa naturalización.

Hay códigos de los machos muy naturalizados con los horrores de la guerra. Aunque estén enfrentados politicamente, hay coincidencia en esa naturalización. ¡Háganse cargo! Para las mujeres no hay vuelta atrás: es algo absolutamente inadmisible. No es casual: la mayoría somos mujeres.

 

  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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