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Opinión

La Argentina siglo XXI, en crisis civilizatoria

Rocco Carbone

Publicado

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Un modelo que pregona República, mientras implementa autoritarismo y favela

 

Estamos ante una crisis civilizatoria. La prueba está en los ataques que el gatomacrismo dirige contra la vida colectiva-popular. Los ejemplos abundan. En vez de tutelar la identidad cultural de las comunidades mapuches y tratar de entender un movimiento étnico-social de reivindicación territorial (que pone en tela de juicio la propiedad privada de Benetton y Lewis, defendida por el gobierno provincial y nacional), la racionalidad coactiva gubernamental usa el calificativo de terrorista. Y adosa a la adjetivación una acción complementaria. En vez de mostrar atención hacia una cuestión decisiva en un país como la Argentina —como las minorías migrantes y sus libertades civiles—, el gatomacrismo las persigue. Por eso mismo se da la emergencia de la campaña Migrar No Es Delito. Otro ejemplo: la foto que circula por las redes con motivo del conflicto en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), en la que un robocop con arma de caño largo al pecho ocupa el primer plano. Otro: el caso de Luis Chocobar, el policía que llevó a cabo la ejecución sumaria de un pibe de 18 años llamado Pablo Kukoc. Ahí no vimos ni uso racional ni progresivo de la fuerza, sino balazos por la espalda. Y el máximo poder político de la Argentina le abre de par en par las puertas de la Casa Rosada. Lo recibe con todos los honores. No creo que haya que leer ese ademán como un gesto demagógico, sino como una apología de la fuerza. La burguesía gatomacrista tiene los medios jurídicos, políticos y represivos para enfrentar el malestar social que ella misma provoca, pero la resolución que prefiere es siempre la fuerza descarnada.

Esa fuerza tiene por lo menos tres grados crecientes y progresivos, que se especifican en sus manifestaciones: amenaza, violencia, represión. Bajo ese signo el gatomacrismo se define como un modelo exitoso de violencia. Un modelo que pregona República (discursivamente) por fuera, mientras que puertas adentro implementa autoritarismo y favela. En cuanto a la violencia: es de tipo continuado y se aplica a personas, actividades y cosas vinculadas al campo popular. El gatomacrismo nos ha acostumbrado a un finísimo equilibrio que se balancea entre la violencia en potencia, es decir la amenaza (el caso más resonante del último tiempo: el Whatsapp del ministro Triaca, que concentraba una evidencia palmaria) y la violencia en acto, de los golpes y los palos (que vimos en acción en la Plaza o por las redes, cuando se discutió la reforma previsional) y la represión sin mediaciones (el caso de Santiago Maldonado, de Rafael Nahuel, de Milagro Sala). A esta violencia podemos acoplarle aún otra palabra: incertidumbre. Hacer vivir en la incertidumbre a las subjetividades que pueden/deben padecer la violencia. Violencia e incertidumbre entonces son dos articuladores centrales de la teoría del gobierno del gatomacrismo. Tien que ver con una estrategia de control y con el fin último de la política: el poder.

La crisis del orden, que se verifica a través de la multiplicación de conflictos sociales, tiene una salida “natural” para el gatomacrismo: el uso de la fuerza, que más que resolver, agrava cualquier problema vinculado con tal o cual emergente social cuya manifestación tiene el sentido último de defender un derecho, pero también una libertad conculcada y en última instancia el valor de la vida. ¿De qué van a vivir lxs miles y miles de trabajadorxs cesanteadxs por las políticas de ajuste que un año se implementan poco antes del pan dulce y al siguiente poco después? Además de la fuerza, el gatomacrismo detenta monopolios decisivos. En orden creciente: el de las comunicaciones y el financiero. El dispositivo que articula tiene impacto en la clase política, en una parte del sector intelectual, condiciona la política exterior de la Argentina, el gasto militar, la política de ciencia, técnica y educación, las relaciones del trabajo —pues decide dónde y cómo reclutarlo, apelando a las formas más aberrantes para atacar el poder de negociación de lxs trabajadorxs situado en los sindicatos y en la federaciones sindicales—, en las paritarias, etc. Lo que rige este dispositivo es la propiedad en la forma del capital. Contrariamente a los gobiernos posneoliberales latinoamericanos —experiencias políticas y conjunto de fenómenos que deberíamos pensar bajo la misma figura: de “democracia absoluta” (García Linera)—, el gatomacrismo, como las derechas continentales, tiene posibilidades de seguir proyectándose políticamente en los próximos años, pues cuenta con varios cuadros de recambio que casi no sufrieron desgaste a pesar de las muertes por la espalda, los 44 desaparecidos del ARA San Juan y algún que otro detalle. Lxs hay en el gobierno de la provincia de Buenos Aires, en el de Capital, en el gobierno nacional.

Si queremos superar esta crisis civilizatoria es imperioso repensar la organización: cada cual con los instrumentos y las energías de las que dispone. Para contrastar y superar esta crisis —el orden de las cosas, los valores, los poderes que los encarnan, en definitiva: el curso de la historia que nos propone el gatomacrismo—, necesitamos definir otro sistema, coherente por lo que concierne a su expresión popular. Son varios los ingredientes que se precisa juntar, para ser sintetizados en un mismo tiempo histórico. Una fuerza política para imponerlo: que tenga argumentos y pasión para enfrentarse con los dramas colectivos de esta Argentina, que esté dispuesta a formular una lectura crítica del pasado reciente, un análisis en filigrana del presente y un proyecto de acción futura. (Que no sea apenas una expresión electoral, pensada para el 2019.) Otro elemento es la capacidad de gestionar ese sistema. Un bloque social que pueda sostenerlo. Alianzas nacionales y latinoamericanas —en Brasil, Paraguay, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Chile, Honduras: países que atraviesan coyunturas parecidas a la Argentina— que compartan la urgencia fisiológica de gran transformación, que no veremos concretada por el mero sucederse de revueltas, rebeliones, resistencias aisladas, parceladas, dispersadas, espasmódicas ni por pequeñas reformas que pueda impulsar tal o cual bloque parlamentario. Sino por una gran ambición unitaria: común.

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