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Economía

Macrì contra el fantasma de la Gran Depresión

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Un artículo escrito por El Experto Que Ya Vio Casi Todo 

 

La economía capitalista funciona con inflación. El estímulo de la demanda que incentiva la inversión siempre da lugar a una tendencia a la suba de precios, a tal punto que la Reserva Federal estadounidense estuvo hasta hace muy poco esperando que la inflación en ese país alcanzara al 2% anual, porque una inflación más baja amenaza frenar la actividad. Por lo mismo, cuando la inflación se combate con restricción de la oferta monetaria, su consecuencia va a ser una menor actividad. La restricción de la oferta monetaria no puede prolongarse por el peligro de estancamiento. Cuando la restricción monetaria funciona, provoca una baja rápida en la inflación y mejora en forma inmediata las condiciones de inversión, pero sólo en un país que controla su moneda, que no es el caso de la Argentina.

Sin embargo, la restricción de la oferta monetaria ha sido la política de Sturzenegger en el BCRA, y su objetivo es producir una deflación. En 2016, la devaluación de 2015 provocó un alza de precios de 41% que se trató de contrarrestar con el ajuste deflacionario que continuó en 2017, en que habrá existido una inflación de 24/25% después de fijar metas de 12 a 17%. Esa política provocó el retroceso del empleo industrial, más precariedad laboral y una baja en los salarios, rematado al final del año con dos de los tres ejes de la política económica del macrismo anunciadas hasta ahora: las reformas previsional y tributaria ya aprobadas y la laboral que se tratará en febrero. Estas reformas elevan los ingresos de las empresas y reducen los ingresos jubilatorios y de auxilio a los sectores marginales más pobres, limita los salarios y aumenta los impuestos al consumo, todo enmarcado en la política deflacionaria de suba de tasas de interés de Sturzenegger. A estas tres reformas, en 2018 Macri agregará la del Estado, de la que todavía no se habla. El brusco cambio de las metas inflacionarias que siguió a la aprobación de las dos primeras reformas desnudó el temor existente en el propio gobierno a un horizonte de receso como el que habitualmente produce el ajuste monetario que sostienen los apóstoles de la deflación, que son los grandes consultores del establishment financiero local.

El método deflacionario lo emplearon las economías industrializadas hasta la Gran Depresión de los años treinta. En la posguerra, la política deflacionaria fue dejada de lado para no repetir la Gran Depresión y su peligrosa secuela de freno a la acumulación de capital. Los años de prosperidad que siguieron a la Segunda Guerra Mundial estuvieron asociados a la ideología y la práctica keynesianas y su complemento, la economía asistencial. El keynesiansimo no hace desaparecer las crisis ni la inflación, que son inherentes al capitalismo; sólo regula el sistema para que los métodos para favorecer las ganancias y la inversión no terminen generando estancamientos de larga duración difíciles de remover.

Después de treinta años de posguerra, en los ’70, cuando reaparecieron la crisis y la inflación, resurgió el liberalismo empujado por las nuevas fuerzas conservadoras con Margaret Thatcher en Gran Bretaña e inmediatamente después, a principios de los ’80, en Estados Unidos con el presidente Ronald Reagan. Este neoliberalismo de los neoconservadores se apoyó en el monetarismo para que el libre mercado sustituyera la regulación del Estado. El monetarismo se concentra en controlar la oferta monetaria elevando la tasa de interés para reducir la inflación. Su programa consiste en que el Estado no intervenga en la economía, que se reduzca el gasto público y los impuestos, se supriman los subsidios, se transfiera la mayoría de las actividades del Estado al sector privado, y que los salarios disminuyan hasta que los empresarios inviertan, se eleve el empleo y se dispare el crecimiento. Esta política perjudica a los trabajadores y les da amplia libertad a los empresarios para reorganizar la producción en las condiciones más favorables a ellos. Una vez establecido el monetarismo, los capitalistas se niegan a removerlo. El límite generalmente proviene de la política, cuando la sociedad descubre que el paraíso perdido no llega nunca.

A medida que la economía mundial integraba a los países no industrializados de la periferia capitalista, la política deflacionaria se trató de imponer en ellos con el argumento de que era el único camino para igualar a los países desarrollados, pero en realidad para asegurar el pago de la deuda creciente —ofrecida con los mismos argumentos— y la consiguiente transferencia de fondos hacia los países industrializados y sus bancos. Sólo algunos pocos países no industrializados consiguieron industrializarse, entre ellos Corea del Sur y Taiwán, empujados por Estados Unidos y Japón para contrarrestar a China, y en menor medida Brasil, por la presión de su propia burguesía industrial y el fin del poder de la burguesía cafetalera. Para estimular el mercado, los neoconservadores no sólo rechazan al Estado sino también la defensa de la economía nacional, y todos los países no industrializados que trataron de industrializarse aumentaron la presencia del Estado, China en primer lugar, que en poco más de medio siglo pasó de ser un país atrasado y dominado a disputar con Estados Unidos el cetro de la economía mundial en la que su PBI representa el 18% del PBI global (Estados Unidos, 27,5%), aunque medidos en capacidad de compra doméstica son de magnitud similar.

En la Argentina, hasta el advenimiento del peronismo dominaba la burguesía terrateniente con su complemento de inversión financiera todavía relativamente módica, que excluía la posibilidad de una industrialización que le hiciera sombra. Desde 1945, el peronismo generó un fuerte mercado interno con el aumento de los salarios y del peso de los obreros e instaló la posibilidad de industrialización, limitada por la presión imperialista y de la burguesía agraria. Diez años después, su derrocamiento afirmó el límite a la expansión industrial, pero no pudo excluirla por el peso social de la clase obrera, que indirectamente resguardaba a una burguesía industrial ya más débil que la brasileña, y que no sólo no tuvo verdaderos incentivos para afirmarse, sino que ya había perdido fuerza para hacerlo. En su breve regreso de 1973, el peronismo dividido tampoco pudo apoyarla con la búsqueda del mercado soviético ideada por el ministro Gelbard. La dictadura cívico militar de 1976 terminó definitivamente con esa posibilidad, y en esa ruta se debieron orientar el alfonsinismo y el menemismo, que culminó con la Alianza del radicalismo delarruista en la gran crisis de 2001. En la primera década del nuevo siglo, el incentivo de la gran expansión de los países emergentes —interrumpida y limitada por la gran crisis mundial de 2008— sólo posibilitó rearmar muy parcialmente la posibilidad de una burguesía industrial por parte del kirchnerismo. Las persistentes consecuencias de la crisis debilitaron al populismo — o sea, el intento de mejorar los ingresos de los trabajadores y los marginados en el capitalismo. Y la derecha pudo captar para su política a gran parte de la clase media y aún de sectores populares.

La derecha aplica un programa monetarista porque su inversión fundamental es financiera, única ganadora en una economía de reiteradas subas en las tasas de interés y verdaderamente desentendida del progreso industrial, ideológicamente fanática de la política de ajuste deflacionario que sitúa el origen de la inflación exclusivamente en el déficit fiscal, cuando su mayor razón es precisamente la fuga de los ahorros, que es la fuga de los excedentes y la madre de la debilidad monetaria. Por ese motivo, esta economía no sirve para aplicar un programa monetarista porque la fuga del excedente capitalizado provoca que ni siquiera pueda haber moneda. Y no la hay porque esta burguesía es la que fuga los capitales, a la que se suman inversores del resto del mundo que extraen excedentes del país gracias a las altas tasas de interés. La austeridad de los salarios y el regalo de la baja de impuestos sirven para acrecentar la fuga. Por eso, por más restricción monetaria y baja de salarios, hay más fuga que inversión productiva, porque la fuga es la inversión financiera y ésta se encuentra en relación de 7 a 1 respecto a la inversión productiva, según lo reconocen los columnistas económicos de los grandes medios oficiales.

El tradicional rechazo a generar una fuerte burguesía industrial está en el origen de la clase dominante nacional de los grandes terratenientes, reforzados desde el origen de la historia nacional por sus socios británicos a los que debían comprar los productos industriales. Mutada desde los ’90 en una gran burguesía agraria por la demanda china de alimentos, la parte más fuerte y tradicional de la misma también transforma sus excedentes en capital financiero y en fuga, y por eso retiene la exportación hasta que consigue una adecuada devaluación, pese a que sus retenciones son cada vez menores. Queda claro que en esas condiciones la política monetarista no puede tener los efectos antiinflacionarios que se alcanzan en los países industrializados, ya que al fugarse sistemáticamente una parte del excedente no hay suficiente acumulación de capital productivo. Por eso no es un misterio que en dos años haya fracasado la política monetarista de alza de tasas. La siguen aplicando porque de esa manera, con la deflación continua, bajan los salarios y el gasto público, sacan del medio a sectores de la industria y reducen la inflación sin que termine por desaparecer, y así acrecientan un excedente destinado parcialmente a fugarse.

También es absurdo querer restringir la cantidad de moneda para bajar la inflación cuando las mayores causas de la inflación no son la cantidad de dinero sino la menor productividad, el alza de costos, la fuga de capitales y el costo de traer capitales para extraer un excedente que también se fuga. Es tan obvio, que más se asemeja a una política propia de comisionistas de deuda en muchos casos cegados por una ideología que se despliega en un ámbito en que no puede cumplirse. Su objetivo desinflacionario no atrapa una corriente de inversión más que en la aplicación financiera para extraer excedentes. La única que se perfila a través de ventajas es la de energías limpias a costa de una gran suba de tarifas y de gas y petróleo no convencional con precios superiores a los internacionales para afianzar una base productiva primaria extractiva.

De esa manera, el poder financiero es cada vez más decisivo. Quieren que el Banco Central independiente suba las tasas de interés. Si el Banco Central es independiente, ¿de quién depende? De ellos: del capital financiero que, eso sí, pide flotación cambiaria limpia. Y si hay flotación cambiaria limpia, quién fija el precio del dólar es el mercado, es decir, el capital financiero, que así, con dólares baratos y tasas de interés elevadas, tiene la máxima rentabilidad. La corrección de las metas inducida desde el gobierno reconoce sin decirlo que si deja solo al mercado va al desastre y que el programa centrado en bajar el costo laboral, tributario y previsional para las empresas y subirlo para los trabajadores empobrecidos y reducir los beneficios a los jubilados en el marco de una política deflacionaria puede llevar en poco tiempo a la peligrosa situación mencionada al principio: las políticas de la Gran Depresión, que extendieron en el tiempo el freno persistente a la producción, el empleo y a la acumulación de capital productivo.

 

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