Tengo un padre genocida y una tía desaparecida

“Un día abrí el cajón que era de mi viejo y encontré una capucha, una máscara de jersey marrón”

 

Mi nombre es María Laura Delgadillo. Soy hija de un genocida. Mi papá era de la policía de la provincia de Buenos Aires. Nunca supe muy bien en qué consistía su trabajo. Me cuesta decirle trabajo. Su actividad. Él era una persona muy cerrada, hasta con nosotros, su familia.

 

Laura con su madre.

 

Yo nací el 20 de enero de 1959. Fui hasta tercer año al colegio Mater Dei de La Plata. En el ’75 o ’76 repetí el año. Las monjas me sacaron volando y fui a parar a un colegio al que le decían “La legión”.

 

 

En mi casa no se hablaba de nada. Teníamos un espejo, que era parte del mobiliario en la habitación de mis padres, donde dejábamos los mensajes a mi papá. Papá, necesito plata para ir a tal lado. Papá, fírmame el boletín. Éramos seis hermanos. A veces algunos de mis hermanos más chicos le dejaban un dibujito.

Él venía de noche a casa. A altas horas de la noche, cuando nosotros ya estábamos acostados porque al día siguiente íbamos a la escuela. A veces lo que sentíamos eran las discusiones de mis viejos en la habitación. Mi mamá era radióloga. Cuando éramos chicos, ella hacía guardia en el Hospital de Niños y nos quedábamos con él. Era muy difícil estar con él. Nos levantaba un domingo tipo 7.30 de la mañana. Nos vestía y nos mandaba a misa. Sufría porque me hacía doler cuando me peinaba. Me ponía el gel que usaba él, así que cuando me sacaba los moñitos, las colitas me quedaban paradas. No tenía la menor idea de lo que era tratar a un chico. La palabra más suave que puedo usar para describirlo es “severo”.

 

Casamiento de los padres de Laura.

 

Mi papá se llamaba Jorge Luis Delgadillo. Jamás se fue de casa vistiendo uniforme. Lo que sé es que era comisario o comisario inspector de la policía bonaerense. En una ocasión me lo crucé saliendo de un edificio en calle 55 entre 13 y 14. La verdad es que ni siquiera sé si era su lugar de trabajo.

Tengo certeza de algunas cosas. Fue custodio de (Victorio) Calabró antes del golpe. Recuerdo que a las 23 en la noche del 23 de marzo de 1976, un carro de asalto paró en la puerta de mi casa. Golpearon, salió mi papá, lo buscaba un oficial. Alcanzo a ver ese carro de asalto parecido a un pan lactal y que tenía una puerta en el medio. De los dos lados había gente sentada. Eran policías que estaban pertrechados para asalto, con armas largas y chalecos. Salió mi papá, le dieron un chaleco, se lo puso y me mandó para adentro. Hasta el día siguiente no volvió.

Yo era adolescente. No tenía mucho contacto con la política, aunque el país estaba politizado. Estaba en un grupo scout de la parroquia Nuestra Señora de la Victoria (hoy es la Rosa Mística). Hace poco se hizo un homenaje a los cinco chicos que desaparecieron de la parroquia. Allí una compañera, Adela, me llamó aparte.

—Te tengo que decir algo. Me pasó que iba a una reunión en un departamento en un pasillo al fondo. Llegué al departamento y encontré a los chicos contra la pared. Lleno de policías y estaba tu papá. Cuando entré, me dijo: “No, no. Vos ándate”. Me reconoció y me dijo que me fuera.

El otro día le pregunté a mi hermano si sabía que mi mamá había hecho un intento de suicidio en el ’78 porque él era más chico que yo. Me dijo que sí y me contó sobre un tiroteo. Mi mamá y uno de mis hermanos iban a la casa de una amiga de ella. Cuando entraron, hubo un tiroteo enfrente. En ese tiroteo estaba mi papá.

En mi casa apareció una capucha —no las que se usaban para tabicar a los detenidos— sino una máscara de jersey marrón. La encontré porque tenía la costumbre de revisar todos los cajones de todo el mundo. Un día abrí el cajón que era de mi viejo y la encontré.

Otra situación que fue un hecho muy llamativo fue la aparición de ciertos artículos. Una vuelta, mi viejo trajo a mi casa un montón de cosas: ropa, gamulanes, un reloj de pared, una cajita de música, un cuadro, un microscopio de juguete que funcionaba muy bien. Cuando llegaron esas cosas, se encerraron y empezaron los gritos. Cuando salió mi mamá, nos prohibió tocar algo de eso. Por supuesto, como era costumbre, nadie preguntó por qué. ¿Para qué íbamos a preguntar? Se hacía lo que ellos decían.

En un momento en que mi mamá estaba mal, por esa depresión que sufría, agarró las cosas que quedaban, fue al fondo y les puso kerosén. A mí me agarró una angustia tremenda. Lo único que alcancé a rescatar –porque mi mamá en ese momento estaba alcoholizada– fue el microscopio. Lo escondí y después me lo llevé. Lo tuve en mi casa años. Cada vez que me mudaba, me preguntaba qué hago con esto. Un día la llamé a Chicha Mariani y le dije que necesitaba hablar con ella. Lo llevé y se lo dejé. Capaz que en una declaración o en una denuncia alguien dijo: “Se llevaron esto”.

 

Laura se casa por civil.

 

Yo tengo una tía desaparecida, María Ilda Delgadillo. Era hermana de mi padre y fue la partera de los mellizos Reggiardo Tolosa. Se la llevaron de la casa el 22 de agosto de 1977 junto a su compañero, César San Emeterio. Su desaparición fue la confirmación de un montón de cosas que yo venía viendo y que no las relacionaba. Había como una negación.

 

Ilda

 

Fue terrible porque mis abuelos estaban vivos, vivían a pocas cuadras. Mi tía era partera. Trabajaba en la Unidad 8, que en ese momento estaba en Olmos, y a pocos metros de ahí estaba La Cacha. Hacía poco habían hecho una sala de partos para las reclusas. El día que ella estaba de guardia en el ’77 cayó gente con una detenida, encapuchada. Ella estaba ahí y la atendió. Le hizo sacar la capucha, le vio la cara, le dio datos a las Abuelas. El relato que yo tuve fue por Chicha Mariani.

Ella también me contó que había contactado con mi tía. Ella y otra madre que estaban buscando a los bebés recién nacidos. Me dijo que la encontró en la parada del micro 307 en la Plaza Moreno que mi tía tomaba porque era el único que iba para la cárcel de Olmos. Me relató que estaba angustiada con todo lo que sabía y que le había dicho que habían nacido dos varones, que eran mellizos y que la chica era así y así. Pensaron que eran los mellizos Rossetti Ross, pero no.

Las Abuelas habían venido a mi casa. Mi tía vivía en 120 y 69. Yo, en 61 y 22. Un día que yo estaba sola atendí a una señora que buscaba a la partera.

—No, acá no vive ninguna partera. Allá en la otra cuadra hay un médico.

—No, no. Delgadillo.

—Ah, mi tía es partera.

Le di el teléfono y la dirección.

 

 

Durante muchísimo tiempo yo no supe cuál había sido el destino de ella. Me casé, me separé en 1998 y, al poco tiempo, empecé a militar en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de La Plata. En esa época se iniciaban los juicios por la verdad. Yo participé. Se presentó una sobreviviente de La Cacha, que había venido de Brasil. Le llevé una foto de mi tía.

—Decime: ¿la viste? ¿La viste?

—Sí, pero no en La Cacha. En Banfield.

—¿Cuándo la viste?

—Y… en el ‘79

—¡Ay, no puede ser! ¡Estuvo un año detenida!

Pero no: los restos de ella aparecieron en 2008 en el cementerio de La Plata y la entrada como NN fue un mes después de que desapareció. Fue un alivio porque estando en los juicios escuché todos los testimonios y sabía todo lo que les hacían. Estuvo en La Cacha. Ahí participaron los del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), que eran sus compañeros.

 

María Ilda Delgadillo

 

Yo sé que mi viejo metió un hábeas corpus por mi tía, que hubo reuniones de familia. Se reunían con la familia San Emeterio. Sé que después de que interpuso el hábeas corpus le dieron la baja, según el comentó con fastidio. Dijo que no le reconocieron todo lo que hizo. Era una baja deshonrosa, supuestamente.

Falleció en el ’99. Estuvo diez años cuadripléjico. Le dio mucho tiempo para pensar. Los últimos años estaba un poco más blando. De alguna manera yo creo que fue su condena, aunque nadie lo señaló.

Para mí fue una felicidad, la aparición del colectivo de Historias Desobedientes. Era algo que, en el fondo, estaba esperando. Una necesidad. Nadie anda por la vida diciendo: “Mi papá es un genocida”. Es una cosa que te da incomodidad, pudor, rabia.

Antes no encontraba mi lugar de pertenencia y ahora este lo es, y lo hago mi vocación hasta que yo muera.

 

 

  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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