Mi padre, un nazi en clave morse

“Agarré una camiseta de frisa de mi viejo, la intervine y me dije: te convertí en pañuelo blanco”

 

Soy Lorna Milena. Mi padre era suboficial principal de Prefectura. Todavía no tengo información fehaciente sobre su accionar en dictadura, pero me quedan pocas de que fue uno de los cómplices. Yo escribo, hago ciencia ficción y cuentos fantásticos, pero desde el fallo del 2×1 me puse a escribir mucho texto autorreferencial donde hablo del mandato del silencio. Cuando ese día escuché la noticia del fallo estaba sola y me agarró desesperación. Vi la convocatoria a la marcha. Y me acuerdo de que las Madres estaban invitando a todos a ir con un pañuelo blanco. La verdad, yo no tengo cosas blancas porque no uso ropa así, pero tenía una camiseta de frisa blanca de mi viejo. Entonces, la intervine. Y escribí: Te convertí en pañuelo blanco. Transformé todo ese odio, esa cosa negra y oscura, en un pañuelo. Y me fui derecho a Plaza de Mayo.

 

Pertenezco al colectivo Historias Desobedientes al que me acerqué ante esa sensación. Y desde entonces todo explotó. En Historias hay trayectorias diversas. Distintos tipos de relaciones. Están quienes tienen padres violentos, pero entendemos que esa no es una característica del grupo. Padres violentos hay en todas las profesiones y credos. Lo que nos cruza es que nuestros padres participaron de un genocidio.

Papá es de 1927. Se metió en la Prefectura después del servicio militar. Dentro de Prefectura había distintas carreras. Él estudió morse porque hizo la especialización de radiotelegrafista para la época en la que se usaba el telégrafo. Y lo que hacía era pasar mensajes, una cosa que fue evolucionando con el tiempo durante el cual aprendió a usar distintos equipos de radio. Sé que siempre estaba en algún puerto. Antes del golpe estuvo en Ushuaia, después en Buenos Aires, de ahí a Puerto Pilcomayo en Formosa donde conoció a mi vieja, se casaron, yo nací en Clorinda en 1966. Cuando cumplí un año volvieron a Buenos Aires. Y aunque no sé si después tuvo otros destinos, me acuerdo que para 1979 tuvo su último ascenso y empezó a trabajar en el edificio Guardacostas, ubicado en el Bajo, frente al Luna Park que ya era el edificio central de la Prefectura como el Centinela de Gendarmería. Ahí estaba en el piso de Comunicaciones. ¿Qué haría? No sé porque el telégrafo ya no existía más.

Para esa época vivíamos en Florencio Varela. En casa éramos cuatro: mi padre, mi vieja, mi hermana y yo. Durante la dictadura yo era una adolescente, tenía diez años en 1976 y 16 años en 1983. Con el tiempo supe que muchos chicos desaparecieron a esa edad, pero yo estaba dentro de una burbuja, una burbuja nazi como le digo yo, porque era eso: no me autodenominaba de esa manera pero estaba formateada por la ideología de mi padre. Él odiaba a los zurdos, a los putos y a los comunistas, en cualquier orden. Oía la palabra subversivos. Creía que eso era una guerra. Y yo tenía la cabeza de esa manera. Un día terminé la secundaria, comencé a salir de casa para ir a trabajar. Y entonces empezó a cambiar parte de mi mundo.

 

Medalla al mérito. Prefectura Nacional Marítima. 1952.

 

Trabajé en un quiosco, una librería, como promotora en Aurora Grundig y más tarde en la mutual de Prefectura. Me di cuenta de que los dueños de los negocios no eran todos tan buenos y que los trabajadores no eran todos vagos o malos que no quieren hacer nada. Me anoté en sociología. Empecé a estudiar marxismo, a darle como un marco teórico a lo que me iba pasando, como a acomodar un poco las ideas. Agarré los trabajos porque quería irme a vivir sola, convencida de que no encajaba en mi familia. Cuando uno se cría en ciertos ambientes, todo te parece normal. Pero cuando empecé a salir vi que esas cosas no eran tan normales. Que no era tan normal ni tan común que describan las torturas, ni era normal que todos los padres hablen de ese tema. Ni la burla. Ni el goce. Ni la risa. Ni que se rían cuando le pegaban a una persona con barba. Ni era normal que protestaran todo el tiempo contra el mundo con mucho odio o diciendo que todo era una mierda.

Un día nos fuimos con mi hermana a ver una película que se llamaba Los inundados, una película argentina muy vieja. Cuando volvimos, mi padre comenzó a preguntarnos con quién fuimos, adónde, y en medio de ese claro interrogatorio anunció que iba a pasarle los datos a un teniente coronel del Ejército. Yo creía que cosas así eran normales, hasta que después entendí que no.

En ese contexto de salidas, un día empecé terapia. Hablé con la psicóloga de mi familia y ella me dijo: ¿Pero entonces tu padre participó de la dictadura? Yo le dije que no. Que había estado en Comunicaciones. Era la primera vez que escuchaba eso. Pero ella me dijo que podía ser de todos modos una posibilidad. Todos dicen lo mismo, me dijo. Y ese día algo cambió.

No tengo recuerdos precisos sobre las descripciones de un día de trabajo, pero me acuerdo de otras cosas. En ocasiones, cosas que decía sobre la tortura. Hace un tiempo, hablando con una compañera, salió el tema de los testimonios durante los juicios de lesa humanidad. En uno de los juicios habían hablado de la tortura, ellas contaban algo y yo les pedí que por favor no cuenten más nada justo cuando mencionaron algo de lo que mi padre hablaba de manera divertida. Creo que evidentemente bloqueé las cosas.

 

Gochilla, el gato alrededor del cual se organiza el pequeño gran mundo de Lorna.

 

Mi viejo murió en 2008. Hablé algo con mi mamá que me acompañó en esta búsqueda, me ayudó, me contó lo que sabía, pero cuando yo le ponía palabras a lo que él había hecho, ella decía que no había participado en nada. Me decía que no estaba en los grupos operativos. Y a partir de lo que ella me dijo, yo empecé a preguntarme: y si sí, o y si no. Nunca me animé a preguntárselo a él porque casi no teníamos diálogo. A partir del 2003, con el cambio de gobierno, se levanta la obediencia debida y empiezan los juicios de lesa humanidad. Y con el avance de la Justicia es como que todos esos fantasmas se vieron aplacados de alguna manera. Como que todo quedaba en otro lado.

Pero ahora, llegado a este punto, algo pasó. Justamente cuando la evolución de las causas pareció trastabillar o frenarse o retroceder, fue como ver entonces que el pasado volvía a producir lo mismo. Y eso fue lo que hizo mover todos estos procesos internos, pero al mismo tiempo entender, al vernos, eso: que no es mi mambo, no es mi cosa, acá hay otros, y creemos que la cosa se viene fea.

Mi padre nunca estuvo detenido. Nunca lo acusaron de nada. No sé qué hubiera pasado si seguía con vida. Yo todavía tengo pendiente saber qué hizo. Cuando murió tenía 80 años. No fue exonerado de la Fuerza. Durante la dictadura no tuvo ningún problema, y eso para mí es un dato. Cuando llegó la democracia lo retiraron, pero después volvieron a reincorporarlo. Hablando con otras compañeras, me contaron que a muchos lo retiraban y los volvían a tomar, pero no podían seguir ascendiendo.

Ante situaciones como las que se vivieron hace pocos días cuando mataron a un chico de doce años por la espalda, nos preguntamos: ¿qué pasa con eso? ¿Cuánto falta para que comiencen a llevárselos y a torturarlos? ¿O a llevarnos a cualquiera de nosotros? Ese es uno de los objetivos principales de Historias: que nada de eso pueda volver a pasar.

Desde ese punto de vista, la relación con mi padre es anecdótica. El problema es lo que le hizo mi padre a la sociedad. Que estos sean crímenes de lesa humanidad implica que se trata de los crímenes más aberrantes. No estamos hablando de robar un celular, pero lo digo porque muchas veces, hoy, parece que los mismos autores ideológicos de la dictadura están creando el clima para que todo sea tomado de la misma manera. El día del 2×1 hice un blog al que le puse Hija de Milico como para descargar cosas allí, hasta que un amigo me pasó el artículo con la historia de Mariana Dopazo y de Lili Furió. Vi las páginas de Historias. Y me puse en contacto con ellas y ellos a través de Facebook.

 

Lorna sostiene la bandera de Historias Desobedientes. 24 de marzo de 2018. Plaza de Mayo.
  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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