Puede fallar

A Macri no le quedaría otra que seguir devaluando y cruzar los dedos

 

En una nota anterior, publicada el primer día del año (Fiesta), expliqué que los supuestos logros del programa económico de Macri, en especial “la exitosa salida del cepo”, son tanto o más nocivos que sus inocultables fracasos. Las cifras alarmantes incluídas en los informes al 31 de enero del Banco Central sobre el mercado cambiario y del INDEC sobre el comercio exterior difundidos el miércoles 21 —mientras los analistas menos serios desatendíamos nuestras obligaciones profesionales, marchando por la 9 de Julio—, confirman esa convicción y agravan el riesgo de que se produzca una crisis antes de que finalice el mandato de Macri.

El INDEC informó que el comercio exterior del país arrojó un saldo negativo de u$s 986 millones durante el mes de enero, un monto casi veinte veces peor que el correspondiente a enero del año pasado cuando las importaciones superaron las exportaciones en u$s 51 millones. La mirada en detalle tampoco sugiere que el mayor volumen de productos importados contribuya a nuestro desarrollo. Los tres rubros de importaciones que más aumentaron durante este mes fueron automóviles y autopartes, combustibles y teléfonos.

En un solo mes ya se ha incurrido en un déficit comercial equivalente al 18% del total proyectado en el presupuesto para todo el año 2018. La disparidad entre los resultados obtenidos y las fantasías presupuestarias no debería sorprender a nadie que recuerde que el déficit comercial generado en 2017 (u$s 8.471 millones) excedió en un 350% el imaginado inicialmente por el presupuesto de ese año y advierta que la balanza comercial lleva trece meses consecutivos con saldo negativo mensual.

Por su parte, el Banco Central reveló que durante el mes de enero aproximadamente un millón de argentinos (el gentilicio incluye personas y empresas) compraron u$s 5.004 millones para “ahorro” (en la jerga, formación de activos externos del sector privado no financiero) y transfirieron al exterior, netos de ingresos, u$s 1.518 millones, lo cual constituye en palabras del propio Banco Central el “nivel máximo de salida neta en la historia del mercado de cambios”. Ese récord contrasta con los exiguos u$s 109 millones que llegaron al país en concepto de inversión extranjera productiva en enero y cuya liquidacion por pesos en el mercado de cambios doméstico habrá alcanzado para saciar la sed de dólares de los ahorristas locales durante tres o cuatro horas de alguno de los días hábiles del mes. Dicho para que Macri lo entienda: la fuga es inmensa, la inversión es pequeña.

Los 5.000 millones de dólares adquiridos el mes pasado no son una anomalía estacional. El promedio mensual de compras brutas para atesoramiento de los argentinos viene creciendo semestre a semestre desde que nos gobierna Macri: los u$s 1.900 millones de compras mensuales del primer semestre de 2016 subieron a u$s 2.800 millones en el segundo semestre de ese año, treparon a u$s 3.400 millones en el primer semestre de 2017, y escalaron a u$s 4.500 millones en el semestre pasado. Nada sugiere que la tendencia pueda revertirse en 2018, en cuyo caso 5.000 millones mensuales serán piso y no techo. Contrariamente, cada vez son menos los dólares que los argentinos con cuentas en el exterior repatrían y venden por pesos para invertir en las LEBAC del Banco Central y otros instrumentos denominados en moneda nacional. Durante el primer semestre de 2017, esas ventas de dólares alcanzaron para cubrir el 62% de las compras de residentes para atesoramiento, pero el porcentaje cayó al 47% en el segundo semestre y al 37% en enero de este año.

En total, el déficit comercial, las compras netas para atesoramiento y los gastos netos para turismo y compras con tarjeta en el exterior demandaron más de u$s 40.000 millones el año pasado, y, proyectando razonablemente las cifras de enero, podrían superar cómodamente los u$s 50.000 milones este año. A lo cual habría que sumarle los pagos de intereses de la deuda externa, principalmente del sector público nacional, que sumaron u$s 8.400 millones en 2017 y u$s 751 millones en enero.

Frente a la incapacidad demostrada por las políticas de Macri para compensar ese faltante con más exportaciones o inversión extranjera productiva, el gobierno tiene tres alternativas para evitar una devaluación descontrolada antes del final de su mandato: aumentar aún más el endeudamiento, vender reservas del Banco Central o reestablecer restricciones a la compra de dólares. La primera se ha complicado, las otras dos son virtualmente imposibles.

El gobierno viene abusando de la primera herramienta desde diciembre de 2015. (La operación inaugural de la estrategia fue un préstamo puente de u$s 6.000 millones, para fondear la salida del “cepo” otorgado por seis bancos extranjeros.) Pero este año enfrenta el encarecimiento de su deuda nueva a causa del aumento de la tasa del bono a diez años del gobierno estadounidense, utilizada como referencia para fijar la prima de riesgo de crédito de los paises emergentes, que ya roza el 3% y probablemente termine el año alrededor del 3,5%. Y el mercado eligió no esperar a que el aumento se materializara para expresar su disgusto por la falta de resultados concretos de la política económica y la interna del equipo responsable de gestionarla, elevando 14% el riesgo país argentino en lo que va del año.

Al gobierno nacional le costaría por lo menos 7% de interés anual colocar deuda en dólares en los mercados internacionales hoy. Lejos van quedando los días en que el ministro de finanzas Luis Caputo se permitía congratularse porque, gracias a su pericia, el país había logrado financiarse a “las tasas más bajas de la historia”. El informe cambiario del Banco Central revela el daño que le infligiría al programa económico de Macri una pérdida de apetito de los inversores internacionales por la deuda argentina: “Durante el primer mes del año, el principal factor del aumento de las reservas internacionales [en u$s 6.969 millones] fueron los ingresos de moneda extranjera del Tesoro Nacional por colocaciones de bonos de el mercado internacional (a cinco, diez y treinta años) por un total de u$s 9.000 millones”. Sin más deuda de mercado las reservas caerían de inmediato y significativamente.

Si la Casa Rosada decidiera persuadir al Banco Central de implementar la segunda alternativa —vender reservas frecuentemente para administrar el tipo de cambio —, su presidente, Federico Sturzenegger, debería elegir entre renunciar o quebrar el primer mandamiento de su política cambiaria, que le exige dejar que sea el mercado el que fije libremente el valor del dólar y le prohíbe vender divisas salvo para “prevenir dinámicas disruptivas del tipo de cambio nominal ante shocks internos y/o externos” (Entendiendo la participación del BCRA en el mercado cambiario, Blog del BCRA, enero 16, 2018), una excepción que sólo se permitió aprovechar una vez durante 2017 cuando vendió u$s 1.800 millones de reservas para mitigar la corrida previa a las PASO.

La tercera opción —volver a restringir, aunque sea parcialmente, la operatoria cambiaria que hoy está liberada por completo— traicionaría el principal pacto de Macri con el sector más fiel de sus votantes y sería leída por los mercados internacionales y los ahorristas argentinos como un síntoma de pánico que profundizaría la dolarización de carteras.

La cuarta posibilidad, ya fue dicho, es seguir devaluando y cruzar los dedos. Los economistas serios suelen repetir como un mantra que la situación económica “está complicada” pero que “no hay ningún riesgo de crisis”. Quien escribe estas líneas, que no es ni lo uno ni lo otro, les sugiere insertar una nota al pie: Puede fallar.

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