Vidas Paralelas

Maurizio Macrì y Georges Méliès confrontados según el método de Plutarco de las Vidas Paralelas. Soñar, reír y producir belleza.

Méliès / Macrì

Plutarco (c. 46 DC-120 DC) concibió sus Vidas paralelas con un propósito que, antes que científico, se pretendía moral. "No es Historia lo que escribo", aclaró en el arranque de su retrato de Alejandro Magno. Lo que pretendía era explorar la forma en que el carácter, bueno o malo, influye sobre el destino de los personajes célebres. Se sentía más próximo al pintor que al historiador, desde que "un asunto menor, como una frase o una broma, aclara más las cosas sobre la disposición natural de los hombres que las grandes batallas ganadas".

Desde ese espíritu abordamos este paralelismo entre otras figuras —el cineasta Georges Méliès y Maurizio Macrì— que a simple vista no podrían ser más diferentes, pero aun así coincidieron en una obsesión: la del viaje a la luna.

LOS HEREDEROS

Tanto Marie-Georges-Jean Méliès (1861-1938) como Maurizio Macrì (1959-20...), fueron educados por padres de origen humilde que hicieron fortuna y soñaban legarles el negocio familiar. Con intenciones didácticas, Méliès père, que producía botas de calidad, empleó a Georges en lo más bajo del escalafón de su factoría, donde aprendió a coser.

Franco Macrì, que nunca produjo nada excelso, nombró gerente de su empresa a Maurizio a los 25 y le enseñó la esencia de su peculiar oficio: inflar negocios por encima de su valor, sobornar, evadir impuestos, defraudar al Estado.

MIGAS DE PAN QUE HACEN HISTORIA

Ambos mostraron una inclinación temprana por el espectáculo. Méliès se aficionó a la magia en Londres, donde trabajaba como empleado luego del servicio militar. Cuando Méliès père se retiró, el futuro cineasta vendió su parte del negocio familiar y compró el Théâtre Robert-Houdin. Sus comienzos fueron duros pero logró sacarlo adelante, prodigándose como director, productor, libretista, diseñador de vestuario y de escenario y creador de nuevos trucos mágicos. Una de sus ilusiones más populares era El Decapitado Recalcitrante, un académico que perdía la cabeza literalmente durante un discurso... y aun así seguía hablando.

A causa de una desaveniencia —otra más de una saga histórica— con su padre Franco, Maurizio Macrì probó suerte en un emprendimiento ajeno a su familia y se lanzó al ruedo de uno de los espectáculos más masivos: el fútbol. ("Ahí mi viejo no se va a poder meter —solía explicar—, porque es un tema del que no sabe nada".) Sus primeros pasos como presidente de Boca Juniors fueron accidentados. Chocó con Diego Maradona, que solía decirle que tenía "menos calle que Venecia". Pero puso en juego la fortuna familiar para pagar el sueldo del coach Menotti y regalarle al club jugadores como Perazzo. La suerte terminó aportándola otro coach, Carlos Bianchi. Así Macrì capitalizó la vidriera que Boca le ofrecía, adquiriendo una popularidad que no podría haber obtenido de otro modo.

Su fanatismo por alguien de popularidad genuina, el cantante Freddy Mercury, casi le cuesta la vida. Durante su casamiento con Juliana Awada, se puso una capa y un bigote postizo para imitarlo y, al entonar Love of My Life, aspiró el postizo y se desplomó, víctima de la asfixia. El barco de miga de pan que se tragó obligado, para remolcar el bigote por su tracto digestivo hasta la cosquilla final, ha tenido una influencia inusitada sobre la historia argentina.

J'ACCUSE

El 28 de diciembre de 1895 Méliès asistió a una demostración del cinematógrafo de los Lumière y vio, literalmente, la luz. Los Lumière seguían creyendo que su invención era de una naturaleza científica, pero Méliès intuyó el potencial de ese aparato para crear ilusiones.

Entre 1896 y 1913 dirigió más de quinientos films. Comenzó filmando trucos elementales —cosas que desaparecen o varían de tamaño— y fue desarrollando sus recursos narrativos hasta rodar una versión de L'affaire Dreyfus. Méliès creía, como tantos conciudadanos, que el capitán Alfred Dreyfus había sido emboscado por sus comandantes y condenado a pesar de que era inocente. Durante las proyecciones del film se generaron peleas entre el público, que tenía visiones contrapuestas respecto del presunto traidor. Finalmente la policía prohibió las escenas que culminaban con el retorno de Dreyfus a la prisión de la Isla del Diablo. El público no toleraba esa ilusión, por más que representase un hecho real.

Maurizio Macrì no se topó con una invención científica, sino con un alquimista: un fabricante de ilusiones llamado Durán Barba. Bajo su guía, Macrì entendió que política y verdad no estaban obligadas a relacionarse; lejos de ello, podían precipitar y ser aisladas merced a un proceso de precisión química. Convertida en mero cotillón verbal y visual, su mise-en-scène devino espejismo, una fantasmagoría tan deslumbrante como insustancial. Sólo así se explica que el líder de un grupo de evasores multimillonarios pueda hacer campaña hablando de honestidad; o que, ya como Presidente, se atreva a decir que hay que dejar de endeudar al país como si no fuese el artífice del proceso de endeudamiento más desaforado en medio siglo.

Méliès apreciaría el ingenio que propulsa esta ilusión, aunque le repugnasen sus intenciones. No es descabellado imaginarlo bautizando esta cabeza discursiva, tan desgajada del cuerpo de la verdad, como El Mentiroso Recalcitrante.

BLUE MOON

En mayo de 1902 filmó su celebérrimo corto Un viaje a la luna, inspirado por relatos de Verne y H. G. Wells. Narra una expedición liderada por un profesor llamado Barbenfouillis (barba enredada en francés; el mismo apellido que le había puesto al académico de El Decapitado Recalcitrante), hacia una luna donde hay hongos gigantes y la diosa Phoebe asoma en los sueños. El film consagró a Méliès en los Estados Unidos, donde Thomas Edison fabricó copias ilegales e hizo fortunas a expensas del autor. Esa frustración llevó Méliès a impulsar la agremiación con sus colegas y a declarar ante la prensa: "Yo soy un productor independiente, no una corporación".

Pero Macrì se apropió de esa imaginería, que ya forma parte de nuestro inconsciente colectivo, para llevarla en otra dirección. Puede que lo haya inspirado la naturaleza del cañón enorme que dispara la cápsula-bala, ya presente en Verne; o la noción misma del viaje a tierras remotas, de donde es casi imposible volver. En cualquier caso, que un Presidente en ejercicio hable de opositores a quienes desea meter en un cohete y enviar a la luna es más que inquietante en el País de los Desaparecidos, donde eufemismos como traslado no perdieron resonancia. (En materia de metáforas, Macrì no es de reprimirse. Todavía en vida de Néstor Kirchner, sugirió la conveniencia de arrojarlo por una ventana.)

Otra interpretación deriva del hecho de que le haya puesto número a ese contingente opositor que perturba su dormir. Dijo que eran 562, lo cual adquiere una gracia extra cuando se advierte que para los quinieleros 5 es el Gato y 6 el Perro. (O mejor aún, después del 5 —el Gato— viene el 62 de la Inundación.)

UNO DESCORCHA, EL OTRO ESCORCHA

La vejez fue impiadosa con Méliès. Sus fantasías perdieron el favor popular, su teatro fue demolido, su estudio cayó en manos de la empresa Pathé. Despechado, alimentó una pira a base de negativos, sets y vestuarios. Pero, aunque ya no volvió a filmar, entendió al fin que sería celebrado y que lo recordaríamos todavía hoy, desde este presente que escapó a su prospectiva. En efecto, para demostrarle cuánto lo valoraban las nuevas generaciones lo convirtieron en custodio del material que fundaría la Cinémathèque Française.

Poco antes de su muerte lo visitaron Henri Langlois y Georges Franju. Méliès les mostró el dibujo de una botella de champagne que desbordaba burbujas y les dijo: "Rían, amigos míos. Rían conmigo y rían por mí, porque yo sueño sus sueños". Esta chanza parece darle la razón a Plutarco, en tanto habla del carácter de Méliès con mas elocuencia que sus obras célebres.

En lo que hace a Macrì, es temprano para saber si reirá en el final. Aunque parece poco probable, porque a diferencia de Méliès, él no es un productor independiente, ni independiente en respecto alguno, sino una corporación hecha carne. Y las corporaciones, hasta donde sabemos, son incapaces de soñar, reír o producir la clase de belleza que los seres humanos atesoran en la memoria.

 

 

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