2026: Odisea del Presente

El film de Christopher Nolan dice que todos somos Odiseo

 

Hoy se habla de La Odisea gracias a una superproducción del cine. Pero existe otra historia que, funcionando en paralelo, merece ser considerada en esta instancia. En las raíces del film de Christopher Nolan hay un poema de 12.109 líneas de versos hexámetros, que habría sido compuesto en el siglo VIII A. C., hace aproximadamente 2.700 años. Cuando el común del pueblo griego no leía ni escribía, aún. Y sin embargo el texto —en tándem con lo que hoy Hollywood llamaría su primera parte, La Ilíada, relato sobre el asedio y conquista de Troya— fue asentado por escrito tan pronto se impuso esa técnica, para ser preservado y enseñado en las escuelas; cruzó fronteras; fue impreso por primera vez en 1488, lo cual facilitó un proceso de divulgación, estudio académico y debate que se prolongó durante siglos. Hoy nadie discute su preeminencia como una de las glorias de la literatura universal. El poema La Odisea ha sido protagonista de un viaje tan largo, azaroso y lleno de peligros como el de su protagonista — y por cierto, no menos maravilloso.

Su recorrido milenario inspira la pregunta: ¿qué encontró de vital nuestra especie, en el poema, para que decenas de miles de personas se hayan asociado en el tiempo, aun sin conocerse, a través de la Historia y más allá de las geografías y las diferencias lingüísticas, como co-responsables de la misión de protegerlo y difundirlo? ¿Qué inspiran las aventuras y desventuras de Odiseo —o de Ulises, como lo rebautizó la versión romana—, de importancia tal que explique por qué tanta gente coincidió en protegerlo de la destrucción, primero, y eventualmente del olvido?

 

Fragmento de "La Odisea", siglo III A. C.

 

La tradición atribuye La Ilíada y La Odisea a un presunto poeta ciego llamado Homero, de cuya existencia histórica no hay prueba alguna. Existen referencias a Homero en historiadores del siglo VII A. C. (Arquíloco, Calino de Éfeso), pero de carácter implícito, no directo. El único testimonio directo de su existencia serían los textos. Pero lo que revela su entrelínea tampoco es claro al respecto. Por forma y estructura, los poemas insinúan que en su composición intervinieron narradores orales. Los tiempos en los que presuntamente tuvo lugar la Guerra de Troya eran ágrafos, la transición entre la Era del Bronce y la Era del Hierro. Por aquel entonces, quienes daban forma a los relatos y los popularizaban eran los bardos, que recitaban y cantaban ante una audiencia. Pero nadie puede componer en el aire, y a continuación memorizar, un poema tan largo. Por eso se presumió que se trataba de una colección de poemas que alguien —compiladores, editores— se había tomado el trabajo de coser y presentar como una unidad. Las partes en que está dividida La Odisea responderían a un imperativo material, antes que narrativo: el relato no cabía en un rollo de aquellos en los que se los escribió en tiempos tempranos, sino que requirió veinticuatro — que es la cantidad de capítulos (Libros) en que hoy se estructura.

Hay elementos en el poema que remiten a épocas distintas y, por ende, sugieren que fueron creados durante más de un tiempo histórico. (En una característica efusión pre-romántica, el filósofo Gianbattista Vicco —1668-1744— afirmó que los textos eran obra no de un hombre ni de un puñado de co-autores sucesivos, sino del pueblo griego en su totalidad.) También hay rastros de otras tradiciones. Como el protagonista de la Épica de Gilgamesh —de origen sumerio, compuesta entre los siglos XXI y XII A. C.—, Odiseo viaja hasta los confines del mundo conocido, recibe el consejo de adivinas o hechiceras y visita la tierra donde moran los muertos. Pero aun cuando aceptemos que de su composición original participaron muchas manos, tal vez durante siglos, la versión que conocemos señala en la dirección de una única mente creadora. Si existió alguien que desempeñó el papel del Homero legendario, es aquel que tomó la tradición que llegó a él —lo que escuchó y lo que pudo haber leído en forma fragmentaria, en tabletas o rollos— y le dio la forma que conocemos, asentándola personalmente o encargándose de que algún copista lo hiciese. Porque, si bien es cierto que el verso hexámetro respeta la forma del relato épico oral, el resultado final —por estructura, por lenguaje, por coherencia narrativa— apunta a la labor de una sola mano material, que ya conocía la diferencia entre improvisar y cantar y plasmar un texto por escrito.

 

 

Ambos textos se convirtieron en material de la formación del pueblo griego, generación tras generación, a pesar de que no eran textos fáciles, sino de un lenguaje elevado. ("Artificial y poético", dice Bernard Knox, en su introducción a la traducción de Robert Fagles.) Durante siglos no trascendieron las fronteras, ya que, a la caída del Imperio Romano, el griego dejó de usarse en el resto de Europa. Recién en el siglo XIV se lo reintrodujo en Italia vía Bizancio, donde existía un imperio cristiano que hablaba en griego. Eso permitió que volviese a extenderse la enseñanza del idioma y a difundirse sus clásicos, justo a tiempo. Poco después, en mayo de 1453, Bizancio cayó en manos de los turcos.

La supervivencia del poema no está, pues, por debajo del milagro. En griego, la palabra Odusseia significa "la historia de Odiseo". Pero los lenguajes modernos dicen que odisea significa algo más: "Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero", según la Real Academia. Dadas las peripecias que atravesó hasta llegar al presente, no es presunción sino justicia poética decir que el viaje del texto homérico hasta la cima de nuestra cultura fue una odisea, coronada por una gloria similar a la que obtiene el protagonista, una vez que recupera su trono.

 

 

 

La ley de Zeus

¿Qué cuenta La Odisea? Lo que le ocurre a Odiseo —el rey de Ítaca— después de la Guerra de Troya en la cual desempeñó un rol descollante, como socio renuente del agresor Agamenón. (La invención del caballo hueco que definió la lid se le atribuye, confirmando su fama como el más inteligente e ingenioso del bando de los aqueos.) Lo que debió ser un simple regreso a casa se complicó en esa instancia, duplicando el tiempo de su ausencia: la guerra duró diez años, y su retorno le tomó otros diez.

En el origen de la demora está el fatídico encuentro de Odiseo y sus hombres con el cíclope Polifemo. (Verdaderamente escalofriante, en el film de Christopher Nolan.) Para escapar del gigante antropófago, Odiseo ciega su único ojo con la punta afilada de un tronco incandescente. En el poema, Odiseo mantiene su identidad oculta, diciéndole a Polifemo que su nombre es Nadie. Eso permite que, cuando los otros cíclopes le preguntan quién lo mutiló, Polifemo explique que Nadie lo hizo. Pero el mismo Odiseo mete la gamba a continuación, arruinando su ardid. Ya en su nave, una vez que se asume a salvo de los cíclopes, les grita su verdadero nombre: "Odiseo / el saqueador de ciudades, él te sacó el ojo / ¡El hijo de Laertes, que vive en Ítaca!" Lo cual habilita a Polifemo pedir venganza a su padre: Poseidón, el dios del mar, identificando a su victimario por el nombre correcto.

 

Odiseo ciega a Polifemo.

 

El film de Nolan prescinde de la anécdota en torno al nombre Nadie, pero hace que su Odiseo (Matt Damon) incurra en un gesto igualmente innecesario, propio del héroe de Troya pagado de sí mismo. (Por algo los griegos inventaron el concepto que seguimos llamando hubris, o hibris: el orgullo desmedido, la arrogancia que lleva a la tragedia.) Nolan asume que, tratándose de un dios, Poseidón podía saber que el mutilador de su hijo era Odiseo, sin que nadie más se lo dijese. Pero aun así necesitaba que Odiseo metiese la gamba, de tal modo que la venganza del dios no fuese caprichosa —después de todo, Odiseo tenía derecho a evitar que él y sus hombres terminasen como cena del cíclope—, sino que estuviese justificada. Y por eso mismo, de ahí en más, Poseidón se dedica a hacerle la vida imposible. Lo cual está a su alcance, porque la única vía por la cual regresar a Ítaca es el mar. A pesar de lo cual Odiseo persevera, sin dejar de ser consciente de que merece la ira divina.

Su viaje se torna episódico, a medida que él y sus hombres enfrentan dificultades. Nolan prescinde de algunas peripecias (la isla de los comedores del loto que produce amnesia, la tripulación que, llevada por la codicia, libera los vientos que les regaló Eolo para facilitar su viaje), pero conserva las más notorias: el encuentro con otros gigantes antropófagos, los Lestrigones, en este caso nietos de Poseidón; la visita a la hechicera Circe; el descenso al Hades para consultar al adivino Tiresias; el cruce con las sirenas, cuyo canto induce a los marinos al suicidio; el escape del remolino Caribdis; el ataque del monstruo Escila, de doce patas y seis cabezas; el sacrilegio en que incurre la tripulación, al sacrificar las reses que pertenecían a Helios, el dios del sol; y la llegada, ya en solitario, a la isla de la ninfa Calipso, que lo conserva como amante y le impide irse durante siete años, hasta que una intervención divina lo ayuda a partir. Lo que resta es el climax de la historia, que tiene lugar en Ítaca, a su regreso.

 

Odiseo (Matt Damon) frente a los Lestrigones.

 

La forma en que el poeta narra todo esto es de una modernidad apabullante. Porque comienza in medias res, describiendo la circunstancia en Ítaca, poco tiempo antes del retorno de Odiseo. Así entendemos que durante su larga ausencia el reino ha sido asediado por tipos poderosos que quieren desposar a Penélope, esposa de Odiseo, para hacerse con la corona. Penélope se niega a considerarse viuda, pero la presión es grande. Es una mujer sola, con un único hijo —Telémaco, que era una criatura cuando Odiseo partió— cuya juventud e inexperiencia le impiden reclamar el trono para sí. Este arranque, que puede parecer anticlimático, plantea lo que está en juego a partir del retorno, o no, de Odiseo, y presenta a los personajes que serán esenciales en el clímax de la historia: Penélope, Telémaco, el sirviente ciego Eumeo, la criada Euricleia y los pretendientes más notorios —villanos hechos y derechos—, Antínoo y Pólibus. A la vez, demora la aparición del héroe. Como estos personajes, nos preguntamos: ¿dónde está Odiseo? ¿Vive aún, o ha muerto?

Odiseo aparece recién en el Libro Quinto, ya prisionero de Calipso. La diosa Atenea reclama a Zeus por su liberación, y Zeus dictamina: "Odiseo vuelve a casa. ¡El exiliado debe retornar!" Y así Odiseo emprende el tramo final de su viaje. Todas las peripecias que ocurrieron previamente a ese momento son narradas mediante lo que hoy llamaríamos flashbacks. Estas idas y vueltas en el tiempo, de gran efecto dramático, hacen que el poema parezca el borrador de un guión de Christopher Nolan, director que, de Memento (2000) a Oppenheimer (2023), ha demostrado su predilección por los relatos de una estructura temporal, y por ende narrativa, compleja.

La película es deslumbrante. Sólo pude verla una vez hasta hoy, en una pantalla convencional, aunque espero volver a verla pronto en IMAX, el formato gigantesco —digno de Polifemo— para el que fue concebida. (Es la primera película que ha sido filmada en su totalidad por las enormes cámaras del sistema IMAX.) Lo que puedo decir hasta el momento es que se trata de lo mejor que haya hecho Nolan, y que también es la película sobre La Odisea que llevo más de medio siglo esperando ver, desde que me picó el bichito de la mitología griega para ya no soltarme.

 

Penélope (Anne Hathaway) y Telémaco (Tom Holland), ante el vacío de poder.

 

Con inteligencia digna de Odiseo, Nolan entendió hasta qué punto el poema es de una modernidad absoluta y aprovechó cada una de sus fortalezas en ese terreno, tanto formales como temáticas. Yo recomiendo leer el poema, pero creo que basta ver el film para apreciar cuán sabios y sofisticados eran ya los griegos de la Edad Oscura. Por supuesto, el texto incluye elementos que hoy parecen bárbaros. Saquear un pueblo para aprovisionarse era perfectamente lícito para Odiseo. El rey de la imaginaria isla de Eea casa a sus seis hijos con sus seis hijas. Y además están los múltiples dioses, afectos a intervenir en nuestras vidas, a veces con buena intención y otras sin disimular cuánto les hinchamos las pelotas. Pero, a excepción de estas idiosincracias, la forma en que esos griegos se plantaron ante el fenómeno de la vida —valorando la importancia de la virtud, cuidando la relación con el prójimo— es de una profundidad envidiable. Si algo queda claro al leer La Odisea, es cuán poco evolucionamos como especie desde entonces. Esos analfabetos que vivían casi en bolas y se achuraban de lo lindo eran infinitamente más dignos que nosotros.

Pero, a la vez que honra la esencia del relato homérico, Nolan lo hace propio, lo integra a su obra. De algún modo La Odisea es una prolongación de Oppenheimer. Aquella película se centraba en el proceso por el cual el científico —otro de una inteligencia a la altura de Odiseo— consiguió pasar de la teoría a la práctica de laboratorio que permitió a los Estados Unidos producir, y lanzar, bombas atómicas. Pero el film se detiene en el punto en que Robert Oppenheimer empieza a considerar las consecuencias de sus actos, a sentir en el alma el peso del genocidio que ha hecho posible. La Odisea, en cambio, se dedica por completo a las consecuencias de la destrucción sobre el alma del protagonista. Sólo que en este caso no se trata de Hiroshima y Nagasaki, sino de Troya. En Oppenheimer, Nolan eligió no mostrar la devastación atómica, tal vez porque hubiese convertido el film en algo insoportable — y, en consecuencia, nos habría impulsado a repudiar a su protagonista, uno de los grandes anti-héroes de la Historia. Pero en La Odisea elige mostrar la masacre que los aqueos desataron sobre Troya, porque necesita que esté claro, a la vista, aquello que atormenta el alma de este otro anti-héroe. Si Odiseo tolera la tortura de esos diez años en los que se le impidió volver a casa, es porque se sabe responsable de un crimen atroz. Ha entendido que merece penar. No hay redención posible sin asunción de la culpa y pago de la condena consecuente. Por eso apechuga, Odiseo: cumple una condena de diez años y recién entonces se le permite —se permite— volver a casa a ocupar su sitial.

 

Odiseo (Matt Damon) y la diosa Atenea (Zendaya).

 

Otro elemento esencial de la modernidad del poema es la importancia que concede a lo que se llama "la ley de Zeus". Una ley no escrita, pero aun así vinculante, que instaba a recibir y bientratar a todos los viajeros. El relato de Homero está lleno de estas escenas, donde alguien abre la puerta a un recién llegado —que puede ser un mendigo o un príncipe—, le ofrece comida, bebida y un baño y recién después lo invita a contar su historia o a conversar. En ese marco, el Odiseo del film considera que la caída de Troya es una afrenta a la ley de Zeus, porque produjo destrucción no a consecuencia de la guerra frontal, sujeta a reglas consensuadas, sino del ardid del caballo hueco. Pergeñada por Odiseo, la jugarreta permitió que los aqueos ingresasen en la ciudad hasta entonces infranqueable, no a cuenta de una invitación o de la victoria en batalla abierta, sino de un engaño. (Que, además, involucraba una falsa ofrenda a los dioses — porque eso es lo que era, en teoría, el maldito caballo.) Es verdad que el ardid permitió poner fin a una guerra que ya llevaba diez años. Pero también es cierto que Odiseo podría haberse hecho el pelotudo un par de años más, hasta que Agamenón diese la guerra por perdida; de ese modo habría regresado a Ítaca mucho antes. En ese sentido, Odiseo y Oppenheimer también son almas afines: gente que no entendió a tiempo que ser muy inteligente puede funcionar, a veces, como una maldición.

Nolan se prende de la ley de Zeus no sólo porque le parece clave para entender el vía crucis —con perdón del anacronismo— que su Odiseo acepta acometer. También tiene claro que se trata de un tema de actualidad. Cuando un pueblo se arma hasta los dientes con la excusa de la amenaza que provendría del exterior, y ataca preventivamente al pueblo vecino o, en respuesta a una agresión, devuelve otra desproporcionada, está vulnerando la ley de Zeus. (Hoy Gaza es Troya.) Cuando los extranjeros e inmigrantes son rechazados aunque no hayan cometido crimen alguno o se convierten en víctimas de la violencia racista, estamos vulnerando la ley de Zeus. Piensen en los asesinatos a quemarropa que cometen constantemente los parapoliciales de ICE, apañados por Trump. (Hoy Trump y Netanyahu son Agamenón, aquel que usó como excusa el secuestro de Helena para apoderarse de un puerto que convenía a la expansión de su poder.)

Insisto: no evolucionamos mucho en los tres mil años que nos separan de Odiseo. Lo único que se desarrolló exponencialmente es la ambición de algunos dementes y la tecnología que destruiría Troyas en segundos.

 

 

 

Príncipe y mendigo

Hay otro concepto que, aunque ajeno a la literatura, es útil para leer La Odisea: la homeostasis. (Combinación de hómoios, "igual", "similar", y stásis, "estado", "estabilidad". ¡Qué sería de nosotros, si los griegos no lo hubiesen experimentado y pensado todo antes, con una profundidad hoy inalcanzable!) La homeostasis es la capacidad de los organismos para regular su temperatura, presión arterial, pH y niveles de glucosa. Un mecanismo que mantiene el cuerpo en equilibrio, entre sus condiciones internas y lo que ocurre afuera.

Como los seres humanos somos relativamente libres, no existe nada parecido a la homeostasis en nuestra vida consciente. Ningún mecanismo automático sostiene nuestra alma en buen ánimo, compensando lo que ocurra afuera, en el mundo exterior. Cada ser trabaja en pos de su propia homeostasis anímica, del equilibrio entre la circunstancia y el estado de su alma. Porque del afuera puede provenir la satisfacción material, pero no necesariamente la plenitud. Para que la experiencia de vida sea positiva, uno debe encontrar el modo de metabolizar todo lo que le ocurre, bueno y malo, y convertirlo en experiencia que propulsa a vivir mejor.

En los clásicos, ese mecanismo regulador era la virtud, o sea la disposición de una persona a obrar de acuerdo con el bien, la verdad, la justicia y la belleza. Si uno se apega a esos ideales, conserva el equilibrio homeostático del alma, le vaya como le vaya en términos materiales.

 

 

Odiseo es un personaje complejo. Lleno de virtudes que lo convierten en favorito de algunos dioses, pero imperfecto como todo ser humano. En manos de Nolan, su búsqueda de expiación se hace más explícita que en el poema, pero de todos modos el deseo existe, está presente en la entrelínea de los versos. Hasta que no paga el precio y se compromete a realizar una ofrenda para sanear su relación con Poseidón, Odiseo no interviene en la acuciante situación actual de su reino. Como si necesitase asegurarse de que reconquistó la gracia de los dioses, antes de sentirse en condiciones de volver a conducir el destino de su patria chica.

Que la cuestión de la virtud es central lo dice Penélope, en un pasaje clave del Libro Décimonoveno. (Otro rasgo de la modernidad de La Odisea es la potencia de sus personajes femeninos. En La Ilíada las mujeres son apenas detonantes de la acción: Helena, Briseida. En La Odisea brillan con vida propia: Atenea, Penélope, Circe, Calipso. Penélope es tan inteligente como su marido, Antínoo la describe como "la reina impar de la astucia". Este es otro de los tantos sentidos en los que La Odisea funciona como corrección de los pecados de La Ilíada. En un rasgo de osadía, Nolan modernizó además el inglés que hablan los actores, al punto de que Odiseo se permite decir fuck, cuando la ocasión lo amerita. Coherente con su decisión de persuadirnos de que Odiseo es —porque lo es— un hombre moderno.)

 

La hechicera Circe, según J. W. Waterhouse.

 

En ese pasaje, Penélope habla con Odiseo sin saberlo conscientemente, porque su marido ha vuelto a Ítaca pero sin identificarse, caracterizado como un mendigo. Pero aun así le dice algo que tiene que resonar en el Odiseo que considera haber pagado el precio de sus faltas durante los diez años de su exilio: "Si un hombre es cruel por naturaleza, cruel en la acción, este mundo mortal lo llenará de maldiciones mientras vive, y se burlará de su memoria después de la muerte. Pero si un hombre es amable por naturaleza, amable en la acción, sus invitados difundirán su fama en toda la tierra y la gente lo alabará desde su corazón". De forma intuitiva, Penélope le aclara al "extranjero" cómo es la cosa en Ítaca y cuál es la talla que tiene que dar, si pretende permanecer allí.

Ítaca es un reino modesto, periférico a bastiones como Esparta. Una isla de superficies ásperas, "tierra de cabras, no de corceles", la describe Homero en el Libro Cuarto. Pero aun así, hay muchos que la codician. Y durante veinte años ha experimentado un vacío de poder. Noche tras noche, los pretendientes se abalanzan sobre la residencia real y son agasajados —la ley de Zeus es inexorable—, mientras esperan que Penélope opte por uno de ellos. Pero ella no elige a ninguno. Al contrario, procrastina, con la excusa de que decidirá cuando termine de tejer el sudario que usará el viejo padre de Odiseo, Laertes, cuando muera; trama que, sin embargo, desteje cada noche, postergando su puntada final.

Odiseo regresa a Ítaca cuando siente que recuperó la gracia de los dioses, pero no retorna como un rey. Ayudado por una ilusión creada por Atenea, vuelve convertido en un pordiosero. Desde ese sitial de indefensión extrema, retoma el contacto con su hijo Telémaco y con su sirviente Eumeo y conversa con Penélope, sin revelar su identidad: Odiseo vuelve a ser Nadie, esta vez de verdad. Así se interioriza de la situación y estudia a quienes pretenden usurpar el trono, mientras prepara su reaparición.

 

Penélope (Anne Hathaway) propone a los pretendientes pasar una prueba usando el arco de Odiseo.

 

El desenlace es conocido. (No se puede spoilear una historia que viene contándose desde hace 3.000 años.) Penélope comunica que se desposará con quien se imponga en una prueba de destreza: encordar el arco de caza de Odiseo y atravesar con una flecha el pasadizo creado por la intersección entre hachas. Nadie puede hacerlo, y cuando el mendigo pide una oportunidad, todos se mofan de él. Pero la reina se lo concede y Odiseo, arco en la mano, pasa la prueba y castiga a aquellos que lo deseaban muerto y planeaban asesinar a Telémaco.

Este es uno de los pasajes más memorables de la literatura épica universal. Y lo es no sólo porque permite que el héroe tradicional exhiba su destreza, sino porque saca a luz la cuestión de quién merece el poder y quién no. No hay nadie perfecto, aquí. Los pretendientes son parásitos que quieren capitalizar una oportunidad dorada. Y Odiseo es el hombre que desprotegió su reino durante veinte años, para servir —parafraseando al Mío Cid, si se me permite el nuevo anacronismo— como buen vasallo a un mal señor. Pero Odiseo ha purgado sus faltas, y por eso los dioses lo conducen a la victoria. Lo del arco no es sólo cuestión de maña y fuerza, sino del mérito que le reconocen desde el Olimpo. No cualquiera puede encordar el arco del poder. Tenés que ser Odiseo para hacerlo, porque sólo Odiseo posee la capacidad que hace falta... y además se la banca.

Sobre el final, Nolan se toma libertades respecto del poema, para que la cuestión sea inequívoca. En Homero, Odiseo batalla contra los pretendientes codo a codo con Telémaco y los sirvientes que aún le responden. En el film de Nolan, Odiseo pide a Telémaco que se mantenga al margen de la violencia. Remover la escoria es su tarea exclusiva, como responsable de la situación: las manchas debe quitarlas el hombre manchado. De ese modo preserva a su hijo, para que, cuando asuma el trono de Ítaca como heredero, lo haga sin haber comprometido su virtud.

 

Antínoo (Robert Pattinson): el pretendiente al trono que carece de lo que hay que tener.

 

Homero le pone a la cosa otro epílogo, en un pasaje íntimo de enorme belleza. Después de la batalla busca a su padre Laertes, que en la pena por su ausencia se ha abandonado, viviendo casi como un animal. Pero en vez de presentarse como Odiseo, vuelve a fingir ser otro. Muchos lectores manifiestan desconcierto ante esta escena, por lo que aparece como una crueldad: ¿por qué sigue haciendo sufrir al viejo, en vez de relevarlo de su pena? Pero lo que Odiseo hace entonces revela su conocimiento del alma humana. Le pregunta al viejo de quién es esclavo, para quién trabaja. Y lentamente, al enrostrarle su degradada condición actual, lo ayuda a que salga del aislamiento y la apatía en los que se ha sumido. Recién entonces, cuando Laertes reacciona y reclama su dignidad, le confiesa quién es y se abrazan. Ese pasaje se convierte en el cierre emocional de La Odisea, porque es allí que Odiseo demuestra que ha dejado de ser el más inteligente, para convertirse en algo superior: un hombre sabio.

En el formato que sea, La Odisea sigue hablándonos porque cuenta la más esencial de las historias: que nuestras vidas son un largo retorno a casa (porque al morir volvemos a integrarnos a la trama del universo), complicado por las circunstancias y las falencias de cada uno; al mismo tiempo sostiene que, si nos atamos al mástil de la virtud para no sucumbir al canto de las sirenas, se nos concederá lo máximo a que puede aspirar un ser humano. Que es aquello que obtiene Odiseo, el más sagaz de los héroes, que conoció la gloria pero rechazó la inmortalidad que Calipso le ofreció, para retornar a los brazos de su mujer y su hijo. Lo que lo espera más allá del poema es lo que anticipó Tiresias, cuando lo visitó en el Hades: "Una muerte indolora y gentil... cuando ya estés agobiado por la vejez madura, con toda tu gente en paz bendita, a tu alrededor".

Eso pretende la mayoría de los seres humanos: vivir en paz, amando y siendo amada, sin que nada esencial le falte y a resguardo de los caprichos de los dioses y de los tiranos, que no viven ni dejan vivir. En ese sentido, todos somos Odiseo. Y esa es la razón por la cual La Odisea es eterna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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