Eddie

Lo quise y me quiso, aunque éramos muy distintos.

 

A los 85 años murió en Buenos Aires Eduardo Calcagno, Eddie, mi más antiguo amigo, desde la adolescencia. Fernanda Mistral, que fue una de las protagonistas de una de sus mejores películas (Los enemigos, de 1983) me dijo que había hablado con él hace pocos días y que lo escuchó bien. Pero casi no salía, porque no veía bien y tendía a perder el equilibrio. Y por primera vez en muchos años no estaba entusiasmado con el guión de una nueva película. Sabía que no volvería a filmar. Era de una sinceridad poco común en ese medio. En la nota de despedida que escribió Marcelo Stiletano, Eddie habla de su cine: "Se dice que uno hace sus primeras películas por amor y sus últimas películas por dinero. Yo, por suerte, todavía no llegué a las últimas. Trato de seguir haciendo un cine honesto. Soy bastante obvio y bastante cursi, lamentablemente. Me gustaría tener un poco más de talento, pero creo que filmo bien". Claro que filmaba bien, y fue reconocido en el cine publicitario. Una de sus piezas más conocidas fue la serie del hombre de Marlboro. También le encargaron todos los videos sobre la carrera deportiva que Daniel Scioli usó después para su lanzamiento político, aunque Eddie no fue peronista, salvo un breve lapso a principios de la década de 1970.

Seguía siendo un adolescente, con lo bueno y lo malo que eso implica. Tuvo una vida muy dura e hizo todo lo posible por negarlo o disimularlo, siempre entre la sonrisa y la carcajada. Antes de sus veinte años habían muerto su mamá y su hermano. En aquella época los tratamientos contra el cáncer eran devastadores. Eddie no podía olvidar los gemidos nocturnos que lo obsesionaban. La tercera hermana, Susi, se casó muy poco después, y padre e hijo quedaron solos, en la misma casa y en el mismo trabajo, el diario El Mundo. Calki era el crítico de cine y Eddie entró a trabajar allí, con el pseudónimo de Rai. Poco después llegué yo, y ahí los conocí. Calki era un gourmet e hicimos una ronda en la que nos turnábamos los tres y se agregó Paco Urondo. Ahí aprendí a bajar los tubos de buen tinto, que explicaban el brillo rojizo de la nariz de Calki. Así una noche montó su Fissore sobre la plazoleta central de una avenida en Avellaneda, porque no podíamos convencerlo de que archivara el volante. El auto se hizo pomada, pero él salió ileso. Me tocó cocinar a mí el día de 1970 en que el Brasil de Pelé le metió 4 en la final a Italia en el estadio Azteca.

Habia inventado un juego al que nadie se resistía. Cuando alguien decía una obviedad o un lugar común, Eddie invitaba a bailarlo. En El Siglo nos tocó parar las maquinarias poco después de las tres y media de la tarde de un viernes, cuando la teletipo escupió un cable urgente que informaba que un tirador le había acertado en la nuca al Presidente John F. Kennedy en Dallas. Creo que en El Mundo, donde pasamos cuando cerró el vespertino, me tocó cubrir la censura en acción, cuando Juan Martín Biedma y Ramiro de la Fuente interrumpieron la función del cine Libertador para secuestrar las latas de Morir en Madrid,  de Frederic Rossif. Con Eddie armamos una serie titulada "El hombre de la bolsa" con la foto en la que los dos censores huían con las latas embolsadas, y yo de 22 años, lapicera en mano, la usaba como señalador para indicarle al fotógrafo adónde disparar. Seguíamos así la lucha de Calki contra la censura, que había sido procesado por cuestionar la prohibición de una película de Bergman.

Eddie no solía mezclar sus amistades. Tenía una barra de atorrantes para jugar al fútbol. Otra, de intelectuales y cinéfilos. De fierros hablaba con su cuñado. Fierros con ruedas, digo. Y aparte, las chicas. Era muy pintón y se dejaba querer. Pero estaba casado desde los 21, y Puppi se las cobró más adelante. Después le fue peor, y no digo más porque hay sobrevivientes. Era muy ingenuo para los negocios y perdió todo, la casa, el coche, los derechos sobre sus películas. Pero ni se corrompió ni perdió una pureza esencial que te desarmaba.

Lo quise y me quiso, aunque éramos muy distintos. Ahora estoy muy triste, y sólo me queda evocarlo y sentir su ausencia.

 

 

 

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