2001/21: memorias y olvidos

Los ecos del 2001 y la trampa de no visualizar la originalidad de estas horas

 

En el tórrido verano de 2002 comencé a dictar la materia La construcción social de la memoria colectiva en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. El primer ejercicio que propuse consistió en dos preguntas. Cuál era el hecho de la historia argentina que consideraban más significativo y cuál era el hecho que consideraban más significativo que habían vivido.

Los interrogantes procuraban distinguir la memoria histórica, transmitida a partir de diversos medios, de la memoria biográfica. Mientras ante la primera pregunta las respuestas se concentraron en el surgimiento del peronismo, ante la segunda lo hicieron señalando el 19 y 20 de diciembre de 2001. Desde entonces, hasta 2017, esos días constituyeron el hecho seleccionado por sucesivas camadas de estudiantes.

El ejercicio demostraba que Maurice Halbwachs, quien con su libro Los marcos sociales de la memoria (1925) [1] fundó el concepto de memoria colectiva, estaba en lo cierto. La concentración de respuestas evidenciaba un proceso social que explicaba cierta representación común del pasado de un grupo, localizado temporal y espacialmente, con valores políticos y culturales comunes.

A pesar de esa memoria compartida, los recuerdos individuales de aquellos días, por supuesto, diferían. Una chica rememoró con orgullo que, embarazada, participó de un piquete en una ruta patagónica, con neumáticos ardiendo en la barricada ante el avance de tropas de Gendarmería. Un estudiante recordó el enfrentamiento con la policía en Plaza de Mayo. Una joven su participación en una asamblea en la que rápidamente decidieron enfrentar el Estado de Sitio, cacerolas en mano, dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. Otros, lejos de imágenes épicas, mencionaron la zozobra económica que vivían sus familias, la pérdida del empleo, el recorte de salarios, el cobro en bonos, la precarización de la vida, los saqueos, la idea de emigrar en busca de un futuro mejor. Otra porción recordó haber contemplado los hechos por televisión.

Como decía al comienzo, desde 2002 hasta 2017 los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron seleccionados por una mayoría de estudiantes como el hecho más significativo de sus vidas. Esta constancia evidenciaba la centralidad del acontecimiento en la memoria de este grupo. Sin embargo, no sería aventurado afirmar que trascendía a esos universos de estudiantes. De hecho, en el discurso político era reiterada la apelación al estallido social, a la crisis del 2001 o al “Argentinazo” según las diferentes claves ideológicas con las que eran leídos esos días. Puede decirse, también, que estas apelaciones permearon las confrontaciones políticas desde este acontecimiento hasta casi fines de la primera década de los 2000.

Revisando las evocaciones de los alumnos y las que circularon en la escena pública, la lectura del 2001 estuvo atravesada por tres claves.

En la primera, el evento se enmarcaba en un escenario signado por una crisis devastadora, de pauperización acelerada, pérdida de empleo, un contexto asfixiante que parecía no tener fin. Una metáfora sobresalía al calificarlo: el infierno. Precisamente, pocos años después del suceso Néstor Kirchner retomará esa metáfora para describir la ruinosa experiencia neoliberal. “Estamos en el purgatorio” decía, ante el comienzo de la recuperación económica y social de inicios de su mandato. El 2001, con su desempleo, pobreza y endeudamiento exorbitantes, se convirtió en el anverso de las políticas de inclusión social, consumo e impulso del mercado interno de su gobierno. De este modo era resignificada la metáfora infernal utilizada por el menemismo que basó su política de la memoria en la agitación del temor a regresar a 1989, el año de la hiperinflación, los saqueos y la mega devaluación y, mediante ese recuerdo, legitimó sus políticas de ajuste y privatizaciones.

Pero a medida que la recuperación económica progresaba, el 2001 entraba en un cono de sombra. Se iba tornando difuso en un escenario que ya no era el de la catástrofe. Algo similar había sucedido durante buena parte de los años '90. La presencia en el debate público del “descenso a los infiernos”, como retrató el Nunca Más al sistema de desaparición forzada, se vio eclipsada por el impacto de la hiperinflación, los saqueos y las transformaciones estructurales del gobierno de Menem. Aunque, luego, fruto de la lucha, la memoria del horror volvería a emerger con toda su potencia.

La segunda clave de lectura del 2001 fue muy diferente. Estaba atravesada por el prisma del encantamiento. Se sostenía en una memoria atravesada por grandes expectativas que se sostenían en la unión de piquetes y cacerolas, síntesis de la alianza de las clases medias con los movimientos de desocupados; el estado asambleario en parques y esquinas de Buenos Aires; las fábricas “recuperadas” y autogestionadas por sus trabajadores; la crisis política que parecía dar la bienvenida a nuevos liderazgos, el desafío popular al estado de sitio y a la represión y la embestida de los ahorristas contra los bancos. Entre algunos se conformó la ilusión de que asistíamos a un Cordobazo de alcance nacional. Que se transitaba un estado pre revolucionario. De allí que la reiteración del 2001 fuese agitada como profecía no sólo por la izquierda. Aún años después, la imagen del helicóptero con un Presidente huyendo de la Casa de Gobierno empujado por un estallido social integraba las expectativas de quienes imaginaban la imposibilidad de pervivencia del gobierno neoliberal de Macri.

Sin embargo, la ilusión de un nuevo 2001 también se fue descomponiendo. Fue deshaciéndose al calor de los acuerdos de los movimientos sociales con el Estado, de su dependencia de los subsidios y planes, del distanciamiento y el rechazo político y moral de buena parte de las clases medias hacia los movimientos de protesta, del regreso de los depósitos a los bancos, de la disolución del movimiento asambleario, de la recomposición de la confianza en representaciones políticas tradicionales, en la expansión del agronegocio, la megaminería, la concentración y extranjerización de la propiedad y del retorno del modelo de endeudamiento y fuga de capitales.

Una tercera clave de lectura, ausente en los recuerdos de los estudiantes, presente en corrillos políticos, fue la identificación del 2001 como fruto de una gran conspiración. Las teorías conspirativas, como mostraron Susanna Nanni para la literatura y Leonardo Senkman y Luis Roniger respecto de las luchas políticas, tienen diversos antecedentes en América Latina [2]. Esta lectura, que circuló entre la militancia, factores de poder e interesados en la política, asoció el estallido con la meta de grupos devaluacionistas que buscaban multiplicar el valor de sus activos líquidos depositados en el exterior. Fruto de un movimiento de pinzas promovido por sus representantes políticos, Alfonsín y Duhalde, el estallido social de 2001 derrumbó la convertibilidad y, a la vez, cerró el paso a la dolarización de la economía. Fue, desde este prisma, la contracara del golpe de mercado sufrido por Alfonsín en 1989. En ambos casos, los sectores populares habrían sido meras fuerzas de choque de la puja en las alturas entre fracciones dominantes.

Vuelvo a mi encuesta. Como señalé, desde 2017 la mención al 2001 fue desplazada para casi extinguirse en 2019. La grieta política, el conflicto entre el gobierno de Cristina Kirchner y las patronales agropecuarias, la tensa escena del traspaso del poder en diciembre de 2015, comenzaron a tornarse los eventos que, según los estudiantes, habían conmovido sus biografías.

¿Cómo explicar este cambio?

Lógicamente, mediaba un proceso de tránsito generacional. La mayoría de las nuevas camadas eran niños cuando el país ardía en aquel verano que jaqueaba un cuarto de siglo neoliberal y parecía abrirse en abanico de futuros posibles. Sin embargo, no todo obedecía a las cohortes generacionales. El 2001 tampoco era mencionado entre los hechos más significativos de la historia nacional. Es decir, no pertenecía ya a las memorias biográficas y no se incorporaba al panteón de la memoria histórica.

No propongo con esto que estos procesos se repliquen entre otros grupos generacionales ni entre otras fracciones sociales. Entonces, ¿qué ha quedado en la memoria social del 2001? ¿Cuánto de su recuerdo se ha integrado a una representación de la historia nacional que la contempla como un infierno recurrente signado por la decadencia y las crisis? ¿Qué de esa memoria se subsumió en el lamento por la Argentina perdida, frustrada en sus promesas irredentas por culpa del populismo propuesto como un régimen que, sin interrupciones, atraviesa fatalmente a la historia nacional? Y, como contrapartida, ¿qué de esa memoria de furiosa rebeldía, antiautoritaria y antineoliberal de aquellos tórridos días de diciembre aún perdura?

Veinte años después, los ecos del 2001, su presencia fantasmagórica, nos interrogan con otras modulaciones. Llegan convocados por una nueva y profunda crisis económica, social y política y, como novedad, sanitaria, que concentró aún más la riqueza e instaló un presente de urgencia e inmediatez que torna fútil la invocación al recuerdo del desastroso gobierno de Macri. Son sus huellas los negocios cerrados, la multiplicación de comedores populares, las personas que no acceden al mercado de trabajo y al alimento. Son los millones que, sorpresivamente, fuera de toda previsión, se inscribieron en 2020 para recibir el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y que asisten, con malestar, al deterioro de sus condiciones de vida. El impactante informe “El Conurbano en el segundo año de la pandemia. Cuarto relevamiento a referentes de los barrios populares en el contexto Covid-19”, dirigido por Verónica Maceira y Alejandra Beccaria de la Universidad Nacional de General Sarmiento, analizó este cuadro social. Menos perceptible es el dolor ante casi 120.000 muertos de una pandemia aún en curso.

Como contracara del 2001, en 2021 el escenario político no luce fragmentado y es el neoliberalismo desembozado el que vocea el rechazo a toda la clase política y, a la vez, el que se propone como una fuerte alternativa electoral enarbolando la supresión de derechos como estandarte y agitando la indisciplina social. Esta fuerza despliega un incesante programa de desestabilización política. Convocó, antes de la pandemia, a un nuevo lock-out agropecuario y luego redobló su apuesta mediante despidos apenas dispuesta la regulación que los limitaba, promovió concentraciones callejeras desafiando la cuarentena, reclamó el presentismo escolar más allá de todo cuidado, impugnó la expropiación de Vicentín, criticó el impuesto a las grandes fortunas, impulsa aumentos desenfrenados de precios y atizó la indignación y el resentimiento mediante teorías conspirativas sobre las vacunas. El gobierno, que incumplió su promesa de recuperar el poder adquisitivo y aplicó un fuerte ajuste fiscal, cedió ante esa voluntad hasta poner en juego la conducción del proceso político. Sólo tras las elecciones primarias logró reanimar a una porción de quienes desistieron de apoyarlo. Ahora, una deuda impagable promete profundizar la condición de la Argentina como colonia del capitalismo financiero internacional, potenciar la desigualdad social y amenazar las libertades democráticas.

Buscamos a tientas señales en la incertidumbre de la crisis. Las imágenes memoriales de la salida de infiernos pasados, entre ellos el de 2001, resurgen como fogonazos, y a ellas recurrimos buscando alumbrar el camino. Pero sabemos la trampa que ello conlleva: no visualizar la originalidad de estas horas. En su bello documental sobre la memoria, la verdad y la justicia, Nostalgias de la luz, Patricio Guzmán da cuenta de que siempre estamos viendo el pasado ya que las imágenes refractadas de objetos y seres vivos demoran en recorrer la distancia que media entre ellas y nuestros ojos. Pero, también, muestra como la lucha tenaz y el conocimiento del pasado transforman el presente y abren futuros.

Precisamente, ¿qué de viejo y qué de nuevo tienen estos tiempos? ¿Cuál será el derrotero de esta crisis inacabada, con capítulos complejos aún por escribirse? ¿Quién logrará quitarle su velo, descifrar sus dilemas, conducirla? ¿Y con qué orientación? Eso es lo que está, ahora, en discusión.

 

 

 

* El artículo es una versión ligeramente corregida de la exposición presentada en el marco de las jornadas “A veinte años del 2001: el futuro detrás” organizada por las Dras. Ana Longoni y Cora Gamarnik en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

 

[1] Halbwachs, Maurice (2004): La memoria colectiva, Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza.
[2] Nanni, Susanna (2017): Trame narrative intrighi di potere. La cospirazione nella narrativa ispanoamericana contemporanea, Roma: Aracne Editrice. Roniger, Luis y Senkman, Leonardo (2019): América tras bambalinas. Teorías conspirativas, Usos abusos, Pittsburgh: LASA.

 

 

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