Las lecciones de la pandemia

¿Se aprendieron?

 

El gobierno transmite que la forma en que enfrentó la pandemia fue exitosa. Ese mensaje está internalizado en gran parte de quienes lo votaron, seguramente impulsados por la necesidad de no ceder ante el discurso y las acciones de una oposición inmoral. Sin embargo, a mi juicio, la realidad está muy lejos de dicha creencia y no reconocerlo tuvo y tendrá consecuencias profundamente negativas en lo que respecta a la salud y a la situación social y también política del país.

Para sostener la afirmación de que la Argentina no tuvo una política sanitaria consistente respecto a la pandemia, basta con observar que es el tercer país de las Américas con más muertes por millón, sólo por detrás de Perú y Brasil. Este resultado, además, se obtuvo generando un costo social inmenso. Si uno quisiera ver qué factores incidieron en la derrota electoral, quizás esa mala gestión sea uno de ellos, lo cual lleva a plantear cuán acertados estaban los que no querían cuestionar la política sanitaria oficial para no hacerle el juego a sus detractores.

Quizás, en otra circunstancia, hubiera sido mejor dejar pasar más tiempo para hacer este análisis, pero frente a la posible aparición de una nueva fase de la pandemia por el surgimiento de una variante del virus, me parece necesario adelantarlo. Los primeros datos indican que Ómicron es aún más transmisible que Delta (que recién está empezando a generar un aumento de casos en la Argentina), pero que, además, potencialmente por la ubicación de sus mutaciones, podría evadir la respuesta inmune generada por las vacunas. Si bien la aparición de una variante con estas características era previsible en el contexto de cómo el poder mundial está manejando la vacunación, no por ello deja de ser extremadamente preocupante.

Frente a este escenario, quiero plantear aquí los que considero errores fundamentales en el manejo de la pandemia por parte del gobierno, con el único objetivo de contribuir a una estrategia para afrontar una posible fase 2.

Los fenómenos pandémicos no son eventos sanitarios, sino esencialmente sociales. En una pandemia participan varios factores. El primero es la aparición de un agente infeccioso con alta transmisibilidad: el elemento biológico, que es el causante de una enfermedad. Pero que esa enfermedad se transforme en pandemia dependerá exclusivamente del momento sociocultural y político en el cual surge ese causante biológico.

Si analizamos la pandemia de influenza de 1918 podemos observar que su propagación se debió a su contexto político y social, en donde la disputa por la hegemonía mundial que se consumaba en la Gran Guerra hizo que se negara su existencia y que, luego de que surgiera el agente biológico (en Estados Unidos o en Francia), las tropas –principalmente– norteamericanas distribuyeran el virus por todas las latitudes (el primer brote aparece en las instalaciones militares de Funston, Kansas). Hay que tener en cuenta el contexto en que se generó la pandemia de 1918 para entender su extensión y sus consecuencias. Se la conoció como “gripe española” porque España no estaba en guerra, por lo cual allí había libertad de prensa y se informaba sobre la aparición de casos y la gravedad de la situación. La mayoría de Europa tenía una prensa censurada, al igual que Estados Unidos, donde se aprobó la Ley de Sedición. Para hacer cumplir la ley, el Departamento de Justicia emitió insignias a la Liga Protectora Estadounidense (APL), que fue identificada como servicio secreto. En el primer año, el fiscal general de Estados Unidos dijo que 200.000 miembros de APL estaban operando en 1.000 comunidades. Esa estructura represiva se utilizó también para censurar toda mención a la gravedad de la situación sanitaria. Como los focos habían surgido en cuarteles de las fuerzas armadas estadounidenses, eran los médicos militares los que daban la información, o mejor dicho, la desinformación. Lo mismo pasó en Europa, donde países como Francia, Inglaterra y Alemania negaban la gravedad de la gripe a pesar de que morían centenares de miles, de los cuales muchísimos eran niños y hombres jóvenes. En otro contexto político-social, posiblemente la pandemia de 1918 hubiera tenido una magnitud mucho menor o no hubiera ocurrido, por más que la aparición del agente biológico causante de la enfermedad hubiera surgido.

Dicho esto, ¿por qué hacer hincapié en que las pandemias son fenómenos sociales y no médicos? La respuesta es porque el abordaje tiene que ser tomado desde esa perspectiva y eso implica que sea un equipo interdisciplinario el que diseñe las acciones. Entonces aquí nos encontramos con el primer error del gobierno, que nombró a un grupo de médicos infectólogos como asesores, los cuales –por su formación– no estaban en condiciones de dar las respuestas necesarias ante un fenómeno de tal magnitud y complejidad. Para enfrentar una nueva pandemia o una repetición de la que vivimos es necesario que se forme un equipo asesor interdisciplinario con la participación de biólogos (virólogos, inmunólogos), sociólogos, psicólogos, economistas, físicos, matemáticos y médicos. Ese equipo tiene que estar en condiciones de informarse con todo lo que salga publicado, relacionado no sólo con el tema médico y biológico, sino con aquello vinculado a las formas de organización social y económica que puedan ser aplicables a esas circunstancias extraordinarias.

 

 

El comité de expertos debió tener carácter interdisciplinario porque el fenómeno pandémico excede el abordaje sanitario.

 

 

En ese sentido, la gestión de la primera parte de la pandemia fue altamente defectuosa. Se negó sistemáticamente evidencia científica, siendo la negativa a aceptar el rol de los asintomáticos en la transmisión del virus uno de los hechos que más daño ocasionó para la contención de la pandemia. Tampoco se instrumentaron políticas agresivas de testeo y rastreo de contactos estrechos, cuando los números indicaban que era posible realizarla por la baja circulación del virus. En realidad, más allá de la temprana decisión de definir restricciones de circulación, se evidenciaba una clara contradicción interna cuando a 15 días de iniciadas las medidas el entonces ministro de Salud sostenía en un reportaje en el diario La Nación que la gripe era peor que la Covid-19. También al principio de la pandemia, tanto el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires como el de la Nación manifestaban que el problema de la Argentina era el dengue y el sarampión y no la Covid-19, como si uno excluyera a lo otro. Esa falta de convicción llevó a que los controles de ingreso al país durante marzo y abril fueran absolutamente deficientes.

Un segundo error, de carácter político, es no haber involucrado a la población en una participación activa cuando se contaba con una alta confianza de la gente. Recuerdo que al inicio de la pandemia, el director de El Cohete a la Luna entrevistó a Alberto Fernández. Durante la conversación, Verbitsky le preguntó varias veces sobre la necesidad de hacer participar a las organizaciones sociales. Todas las veces, el Presidente eludió dar una respuesta. Hubo siempre miedo de dar capacidad de decisión a la gente. No creo que pueda abordarse un tema tan complejo y con tantas implicancias en la vida cotidiana sin involucrar a la sociedad para que tenga una participación activa y sienta ese desafío como parte de una comunidad.

En un principio, el gobierno optó por aprovechar la confianza de la gente para lograr que se cumplieran las normas de aislamiento, pero pasado el tiempo y ante la prolongación de las mismas, tuvo que terminar recurriendo a la imposición en un contexto de falta de recursos en grandes sectores de la sociedad. El periodo de restricciones severas se extendió y se agudizó, al mismo tiempo que se quitaban los apoyos económicos a los sectores más desguarnecidos. Es decir que la principal medida de salud pública que tomó el Ministerio de Salud fue el confinamiento, el cual no fue acompañado de medidas activas para detectar los focos de contagio y testear y aislar a contactos estrechos de personas sintomáticas y asintomáticas. Con el tiempo estas medidas se volvieron ineficaces por la imposibilidad de ser cumplidas, perdiéndose la oportunidad de contener la circulación con acciones de búsqueda activa de casos cuando la baja circulación del virus lo permitía.

Lo paradójico es que en otros países el problema principal fue la negativa de los gobiernos y/o los sectores de poder de recurrir a confinamientos para no tener una desaceleración económica, mientras que en la Argentina esa decisión difícil y fundamental se tomó rápidamente, pero las medidas específicas técnicas que se tomaron para aprovechar esa voluntad política fueron equivocadas.

Un tercer error fue la continuidad en el tiempo de medidas de restricción severas sin una continuidad en el desembolso económico para paliar las consecuencias. A fines de 2020, el gobierno disminuyó significativamente los aportes económicos a los sectores que más sufrían los efectos económicos de las medidas de restricción. Con soberbia o ingenuidad, creyó que podía seguir exigiendo sacrificios a una población que no tenía más margen para el ajuste, confiando absurdamente en una vacunación mágica.

Aquí llegamos a un cuarto error: el haber transmitido a fines de 2020 que la pandemia estaba controlada porque entre enero y febrero se vacunaría a 20 millones de personas. Tanto el Presidente como el ministro de Salud sostuvieron que no habría una segunda ola debido a la vacunación. Cualquiera que estuviera en el tema podía predecir lo compleja que iba a ser una campaña de vacunación mundial con vacunas que aún estaban en desarrollo y en medio de una alta circulación del virus. Nuevamente la falta de asesoramiento adecuado hizo que el gobierno prometiera lo que no podía dar y, a su vez, que no tomara las medidas que sí podía tomar aprovechando la baja en la circulación del virus que ocurrió a fines de ese año.

Uno de los logros que plantea el gobierno durante ese periodo es haber reacondicionado el sistema de salud pública, destruido durante la epidemia macrista. Es cierto que fue un logro importante, pero las enfermedades tienen una tasa de mortalidad más allá de la atención médica que se pueda suministrar. Por no tomar medidas efectivas para contener la pandemia, la Argentina esperó a los afectados en el hospital, ignorando que la forma de prevenir que la gente se muera es prevenir que se enferme.

En la práctica, excepto China y Nueva Zelandia, ningún país –por más que tomara medidas adecuadas– pudo salvarse de varias olas pandémicas. Sin embargo, los números indican que las acciones acertadas tuvieron consecuencias en la mortalidad observada. Se sabía que la contención de la pandemia podría lograrse solamente cuando llegaran las vacunas, entonces el punto era de qué manera teníamos la menor cantidad de muertes (y para eso la única forma es tener la menor circulación del virus posible, es decir, que se enferme la menor cantidad de gente), mientras disponíamos de esas vacunas que estaban en desarrollo y que eran una incógnita (y que en muchos aspectos lo siguen siendo). En los hechos, los países que tomaron las medidas más acertadas llegaron al momento de contar con vacunas con muchos menos muertos por millón de habitantes que la Argentina, y en muchos casos a pesar de haber priorizado la actividad económica y de haber transitado, por su posición geográfica, de olas pandémicas que la Argentina probablemente está aún por experimentar.

Vuelvo al principio y planteo: ¿por qué este análisis ahora? En primer lugar, creo que en algún momento había que hacerlo, ya que estamos en una época en la que la frecuencia de fenómenos pandémicos puede verse incrementada por diferentes razones. Pero la previsible aparición de variantes que pueden potencialmente poner en jaque nuevamente a las sociedades obliga a plantearse en forma acelerada los errores cometidos.

En caso de que la nueva variante Ómicron tenga la potencialidad de evadir la respuesta inmune inducida por las vacunas y sea significativamente más transmisible, es necesario tener en claro qué acciones tomar y cuáles no. Las condiciones ya no son las mismas que al inicio de 2020. La aplicación de confinamientos estrictos, hoy por hoy, parece que fuera un último recurso. En caso de que se decidiera tomar esa medida, debería ir acompañada de una enorme movilización económica por parte del Estado, pasando a segundo plano las macro-negociaciones económicas que el gobierno lleva con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Sin la posibilidad de confinamientos estrictos, la detección de casos y el aislamiento de contactos –tanto sintomáticos como asintomáticos– es fundamental. Detectar los casos asintomáticos a su vez permitirá avanzar en el aislamiento de sus contactos. Continuar en piloto automático no es una buena opción. Pongo un ejemplo: hoy se hace el control con tests de antígeno, que son menos sensibles que los test moleculares. Esto ya era discutible en su momento, pero como se había visto que los casos en que este test daba un falso negativo eran en individuos con muy baja carga viral, a los cuales se consideraba incapaces de transmitir el virus, se priorizaba la simplicidad de su ejecución. Sin embargo, ¿sabemos hoy, con los nuevos virus que tienen mucha más capacidad de transmisión y que tienen más afinidad por el receptor de la célula, si sigue siendo cierto que los casos que dan negativo por baja carga viral no son capaces de contagiar?

No detectar personas que tengan las nuevas variantes es potencialmente el inicio de una pandemia descontrolada. Este ejemplo es simplemente para advertir sobre temas que requieren discusión y opiniones desde diferentes ángulos para poder tomar las decisiones correctas. Lo principal es tener ya una comisión asesora multidisciplinaria que ayude a trazar la hoja de ruta. Si esperamos a tener una situación descontrolada para tomar decisiones, volveremos a pasar por el infierno.

No se puede afirmar que la nueva variante abra inexorablemente la puerta a una fase 2 de la pandemia, pero en circunstancias como estas debe primar el principio precautorio. Frente a una posibilidad cierta de que ocurra, ponerse a analizar con anticipación las medidas para evitar –o al menos amortiguar– sus posibles consecuencias parece esencial más que alarmista.

 

 

 

 

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