Mi ley: el fascismo

El fascismo y el nazismo fueron expresiones menos de clase que de sentimiento

 

Hay palabras que por la manera en la que son empleadas corren el riesgo de volverse genéricos dichos para injuriar. No es infrecuente que un insulto sea una palabra vaciada de historicidad. Al ser usada como buena (adecuada) en situaciones diferentes, si no se determina y no se examina su sentido histórico, político y lógico, corre el peligro de volverse volátil, un sonido dicho al pasar. Sin embargo, en el orden de las costumbres y en los pliegues mentales, un insulto nos habla de algo residual que puede volver y que, por eso mismo, si vuelve, debe ser examinado. Hay una palabra que en su justa referencia lógica e histórica debería ser dirigida a sujetos que dicen reconocerse en la identidad de “libertarios” menos como insulto que como signo descriptivo de prácticas y discursos específicos. Esa palabra es fascismo, porque los que se dicen “libertarios” predican el recurso a la violencia —bajo el ropaje de la libertad— en contra del Estado y de la nación popular, y porque despliegan prácticas y discursos basados en la contradicción.

El fascismo clásico no fue un movimiento de una clase o de un grupo de clases sociales en contra de otra clase u otro grupo. Es erróneo entenderlo de otra manera. Sus seguidores —en Italia, de hecho el año que viene se cumplirán cien años de la oprobiosa marcia su Roma— se encontraban en todas las clases, en todos los órdenes económicos e intelectuales, entre proletarios y clasemedieros, entre empresarios y campesinos, entre clericales y antiguos aristócratas, entre obreros y burgueses. Mussolini e Hitler fueron sostenidos necesariamente por individuos pertenecientes a todas las clases sociales. También es cierto que el fascismo encontró fervientes opositores en todas esas clases, conectadxs por un común sentimiento antifascista, un tejido de protección contra todos aquellos que integraban las mismas clases de lxs opositorxs pero que se habían conectado a esa experiencia violenta y contradictoria. Esto nos habla del origen no clasista del fascismo. Milei lo entiende muy bien, por eso sus manifestaciones remiten siempre a las libertades individuales. Sobre la base de esa interpelación agrupa a los seres según sus capacidades individuales y sus “libres” decisiones.

El fascismo y el nazismo fueron hechos y morbos intelectuales y morales, expresiones menos de clase que de sentimiento. El fascismo emergió en un momento de depresión, de catástrofe y en un instante de doble decepción: frente al liberalismo racional y al marxismo. La catástrofe emergía de la Primera Guerra Mundial que —como la pandemia— estalló de manera sorpresiva, como una sacudida imprevista y como tal conmovió el cuadro de orden, la razonabilidad, la “tranquilidad” que la civilización occidental venía cultivando desde siglo XIX. La guerra duró más de cuatro años, se combatió en el corazón y en toda la superficie europea e involucró a todos los pueblos de los países beligerantes, pero se refractó también sobre la vida de los pueblos de los países neutrales. Esa catástrofe provocó miedo en el ser humano, por la falta de protección y por la situación de aislamiento en medio de los peligros de la vida. Y cuando el ser humano tiene miedo, sólo se siente fuerte y seguro si entra a formar parte de un gran ejército o de las masas. Se trata de la seducción fascinante de la violencia. En la complejidad creciente del mundo, luego de la catástrofe sin precedentes de la guerra mundial, el asombro condujo a las masas a una impaciencia creciente y al desprecio de la racionalidad, del compromiso, de cierta idea de progreso. Y en el contexto de catástrofe, incomodidad y crisis emergió ese movimiento audaz, carente de un sistema positivo de ideas, pero capaz de atraer y fascinar a las masas incluso a pesar de la falta de fe de sus afirmaciones: el fascismo.

Sin la pretensión de explicar mecánicamente una escena invocando otra, Milei —con sus formas violentas, con su culto a la fuerza, acentuado por su puntero-influencia: Carlos Mas latón— surge en un contexto similar respecto del de los fascismos clásicos: la catástrofe de la pandemia y una crisis tanto del peronismo (no es casual que la Vicepresidenta invoque recurrentemente el devenir de esa identidad política popular y gran máquina imaginativa; tampoco lo es que Diego Conno diga que “con el peronismo no alcanza”) como del neoliberalismo mafioso. En las elecciones de medio término, de hecho, ni el peronismo ni el neoliberalismo mafioso (que quiere que el peronismo deje de existir, como las otras fuerzas de derecha) ganó. Tampoco perdió.

El fascismo es un movimiento contradictorio, de afirmación y negación: este es un punto nodal. Supo defender la religión y el ateísmo, cobijar la cultura y elogiar la anticultura, cruzar tradición literaria (decadentismo) y vanguardia —D’Annunzio y Marinetti—, custodiar la propiedad privada y el capital y hablar de estatización de la propiedad, reverenciar las leyes y su violación, acuñar conceptos ultramodernos y ponerlos en diálogos con categorías mohosas de la historia de las ideas. Mussolini se contorneó de la peor burguesía —la especuladora— y ordenó una campaña contra esa misma burguesía, incluso lingüísticamente con el uso del plebeyo voi por sobre el elegante lei. Y, violento como era, le ofrendó al mundo la ramita de olivo de la paz. El puntero-influencia Carlos Mas latón tiene plena coincidencia con el arte de la guerra-de la paz: “Amo la carrera armamentista, hoy y siempre. Es muy pero muy bullish diseñar y fabricar armas. Beneficia económicamente a la sociedad y garantiza la paz mundial” (tuit del 30/11/2021). Las contradicciones del fascismo —su simulación de la racionalidad argumentativa— despiertan sensaciones psíquicas también de orden contradictorio, que fascinan y atraen sobre la base de la angustia. Ahí reside su eficacia en términos de adhesión y a través de esos mecanismos logra agregar por un lado y por su contrario. Es la táctica de la tenaza. Estas contradicciones se escenifican en la proxémica de Milei, que contrapuntea violencia y empatía, reacción y rebeldía. Se escenifican también en sus acciones: recibió dos dosis de Sinopharm pero en el debate televisivo previo a las elecciones declaró no querer inmunizarse por la “evaluación de renta-riesgo”. Lo mismo se verifica en su discurso: “En el capitalismo vos sólo podés ser exitoso sirviendo al prójimo”, 26/11/2021). El corazón de la explotación es convertido en servicio al prójimo y la repulsa, en solidaridad. Sigue Milei: “Cuando castigás al exitoso, castigás el proceso de acumulación de capital y le arruinás la vida a los que menos tienen porque son los que no tienen capital y lo necesitan para ser más productivos, tener salarios reales más altos y salir de la pobreza”. La extorsión de la plusvalía que es lo que condena a las grandes mayorías a la pobreza, aquí ¡la resolvería! En esta serie de cosas, la misma tónica contradictoria —el simulacro de la racionalidad argumentativa— es asumida por el puntero-influencia Mas latón: “Patricia Bullrich es completamente comunista” (twitt de 30/11/2022) y pocas horas más tarde retuiteó esta imagen:

 

Carlos Mas latón es el triunfo de los magos y los taumaturgos. Es el Astrólogo de Arlt, que ya no atiende en la quinta de Temperley sino desde el central Kavanagh potenciado por el nuevo embrujo que pesa sobre la humanidad a través de las consignas berretas y el control del pensamiento descerrajado por las empresas comunicológicas y las redes sociales que desarrollan nuevos mitos. Y el mito no es objeto de discusión: es o no es. Interpela menos la razón que la complicidad. Nos captura a través de nuestros deseos. Los mitos se desarrollan cuando son capaces de justificar los deseos, mientras que las experiencias políticas que son capaces de acuñar mitos se desarrollan cuando logran dirigir/conducir los deseos colectivos. En la escena contemporánea, el cogito, ergo sum parece haber sido sustituido por el agituamus, ergo sum. El descalabro de la razón ha profundizado los conflictos y las cisuras que dividen la humanidad hasta transformarlos en abismos infranqueables a través de las cuales parece imposible una comprensión recíproca. Sobre la grieta cambiemita, colocada en la escena pandémica, se ha montado ahora la contradicción fascista, que apelando al simulacro de la racionalidad argumentativa logra decir cualquier cosa. Es Milei declarándose “antisistema” mientras se pasea por cuanto programa de televisión existe sin que ningún periodista le pregunte qué quiere decir antisistema.

Esta es la índole del fascismo: el tobogán, el movimiento pendular entre extremos opuestos, la mezcla bizarra, estéticamente sintetizada en lo grotesco, categoría de la filosofía de la historia del arte, que en Italia se remonta a la Domus aurea de Nerón, pasando por el Renacimiento, y en la Argentina, a los dramas sociales y culturales de la inmigración clásica, al teatro de Armando Discépolo, al tango de Enrique Santos, a la convivencia entre gauchos y papolitanos (Martín Fierro), al fileteado porteño o a Los siete locos de Arlt. Esto es, el fascismo encuentra resonancias en los subsuelos de la historia y la cultura por más que las niegue. Es lo que la lengua popular llama el “enano fascista”: una latencia, adormecida pero presente, que adecuadamente estimulada puede volver de modo enérgico. Su emergencia en la Argentina —y en una parte conspicua de América Latina— habla de la gran crisis histórica de nuestro tiempo, de la crisis política y cultural nexada con el peronismo y el antiperonismo, y con la crisis desmesurada —perceptiva y humana— sobredeterminada por la pandemia. El culto de la fuerza y su eventual aplicación por tramos más o menos largos de tiempos, ¿qué puede generar sino el más desenfrenado reino del terror, que amenaza con descalabrar los cimientos de una civilización y disgregar un pueblo? Con pudor, puesto que la filosofía hurga menos en las soluciones que en los problemas vitales: se precisa la movilización de las fuerzas más avanzadas de la nación popular, de las fuerzas racionales, de las facultades críticas y sagaces que vibran en la fe de la dignidad humana, en la igualdad de los seres de todas las clases y en la justicia social para evitar catástrofes —aún— de mayor gravedad.

 

 

 

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