EL MEJOR AMANTE DEL PIANO

La música que escuché mientras escribía

 

Entre los regalos que recibí por mi cumpleaños, atesoro el dibujo que abre esta nota, un retrato del pianista Vladimir Horowitz realizado a lápiz por Andrés Jaroslavsky. Andrés fue uno de los fundadores de HIJOS en Tucumán, donde su padre médico, Máximo, fue uno de los detenidos-desaparecidos de Bussi. En las pocas fotos que vi de Máximo Jaroslavsky, tiene un inquietante parecido con alguien a quien vos conocés muy bien.

 

 

Máximo Jaroslavsky.

 

 

Andrés tiene hoy por lo menos diez años más de los 36 que vivió su padre antes de que lo asesinaran en la tortura, y vive desde hace 25 años en York, a cuya universidad concurrí a dar una conferencia tiempo ha. Andrés es un dibujante y pintor estimable, que se mantiene dando clases en su taller. Pero además es un amante de la música, que interpreta como un buen aficionado al piano. Como buena parte de quienes padecieron en carne propia los horrores de la dictadura, tiene una visión negra del país y siempre tengo que decirle que no es inevitable que en cada coyuntura ocurra lo peor.

 

 

Andrés Jaroslavsky en su taller.

 

 

El dibujo estaba dentro de un libro que me mandó por correo: The Great Pianists, From Mozart To The Present, del ex crítico musical del New York TimesHarold Schonberg. Es el segundo tomo de otro libraco sobre los grandes compositores, que Andrés me trajo en su primer viaje post pandemia a la Argentina.

Luego de 25 conciertos en Leningrado, durante los cuales no repitió una sola pieza, Horowitz viajó en 1925 a Hamburgo, donde reemplazó a un pianista enfermo en un concierto de Tchaikovsky. Cuando Horowitz empezó a tocar, el director, Eugen Pabst, descendió del podio para observar de cerca las manos que producían esos sonidos asombrosos y que se harían famosas.

 

 

Las manos de Horowitz.

 

 

Ya precedido por su fama, en 1928 tocó el mismo concierto en Nueva York. Durante los ensayos, discutió con el director Thomas Beechan, que le imprimió a la obra un tempo mucho más lento del que le aplicaba Horowitz. Lo que el compositor vuelca en el papel es la relación entre las notas: el sonido de una redonda dura lo mismo que el de dos blancas, una blanca equivale a dos negras, y así sucesivamente con corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas. Pero el tempo es una decisión del intérprete, quien asigna una duración en segundos a cada figura. Probá con una cajita de música a manivela. La relación entre las notas no varía, pero podés tocarla más rápido o más lento. Cuenta Schonberg que sometido a la decisión de Beechan, Horowitz percibió que la audiencia se aburría. Arrancó el último movimiento con todo, ante el desconcierto del director, que nunca logró alcanzarlo. “Terminamos casi al mismo tiempo”, ironizó Horowitz. La crítica lo aclamó como el torbellino que era, agrega Schonberg, “un cosaco de las estepas desatado”.

Esta es una versión de Tchaikovsky que Horowitz grabó 15 años después con la Orquesta Sinfónica de la NBC dirigida por Arturo Toscanini, quien no sólo fue uno de los directores más afines con su pianismo, sino además su suegro. En 1933 Vladimir se casó con Wanda Toscanini, quien era una fotocopia de su padre pero sin bigote, y a quien Arthur Rubinstein llamó “una mujer de piedra”. Entre sus amigos de Nueva York estuvieron Woody Allen y Mia Farrow, que siempre se equivocaba el nombre del pianista, para desesperación de Woody. Cuando salían a comer, debían asegurarse que el restaurante tuviera lenguado con espárragos, que era lo único que comía Horowitz. En 1989, cuando Horowitz vivía sus últimos meses, Wanda interpretó un breve papel en Crímenes y pecados, una comedia estremecedora de Allen, que no es un oxímoron.

 

 

 

 

Su virtuosismo  y las largas interrupciones de su carrera durante años en que no se presentó ante el público hicieron que llegara a ser el músico mejor pago de su tiempo, y en las colas para comprar entradas, se mantenían en vela los pianistas más renombrados.

Otras de las obras que tocó como nadie fue este concierto de Rachmaninoff, con la orquesta dirigida por Zubin Mehta.

 

 

 

 

 

En 1986, a sus 82, volvió a Moscú, de la que había partido en 1925. No sólo su recital hizo historia. También el ensayo general, que hizo para un público de estudiantes que lo grabaron desde la platea.

 

 

 

 

 

 

Y aquí podés escuchar una opinión más autorizada que la mía sobre Horowitz, quien fue considerado por su colegas el pianista de su época. La que lo escucha y lo explica es Martha Argerich, en francés, con subtítulos en inglés. Vale la pena aunque no entiendas todo. La gran pianista argentina dice que ama cada cosa que Horowitz hace. Que su imaginación hace que para cada tema tenga cinco interpretaciones distintas, y que las toca todas.

 

 

 

 

Es el mejor amante del piano, concluye Argerich.

 

 

 

 

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