UNA BOCHA DE LABURO

El sociólogo Renato Ortiz ofrece un manual para abordar las ciencias sociales y la tarea intelectual

 

A diferencia del conjunto de los mortales que son (somos) su objeto, principio y fin, las ciencias sociales están marcadas por un pecado original. En su prehistoria, la sociología nace dentro del interés del Príncipe por quitarle al clero el control sobre los cuerpos. La antropología, por su parte, es un subproducto del colonialismo, como el gin-tonic. Hermana desairada, la economía resulta de la obsesión compulsiva del recaudador de impuestos al momento de rendirle cuentas al monarca y mantener la cabeza unida al cuello. En sus sueños húmedos (llega al éxtasis segundos antes de exponer ante la AmCham), se autopercibe hija natural de las ciencias exactas, separada al nacer de sus descocadas hermanas.

Ahora, entrando en la vejez y mirándose con desconfianza, a disgusto todas reconocen cierta genética burguesa, descubierta durante la primera Revolución Industrial. A pesar de la experiencia que dan los años, en un rinconcito de sus respectivos y gélidos corazones se agazapa la ilusión de lograr definirse por su objeto y método de análisis, a imagen y semejanza de arcaicas idealizaciones morales: las ciencias exactas y naturales. De poco sirve la evidencia de que 2+2 da 4 aquí, en Villa Elisa, en Melburne, Tlôn o Uqbar, y lo mismo sucede con la germinación del poroto, con variantes de humedad, presión y temperatura. Con tamañas limitaciones, las ciencias sociales a menudo no tienen otra opción que reconocer en su labor el imperio de las diferencias por sobre las recurrencias, condicionando a sus hacedores —los cientistas— un espacio diferencial dentro de la división del trabajo. Lejos pero no distantes de naturalistas y exactofílicos, se apartan del trabajo manual cuando asumen lo suyo como trabajo intelectual propiamente dicho, aún a pesar de haberse pelado las nalgas en el empírico campo y ensuciado las uñas manipulando objetos materiales. Su laburo transcurre dentro del bocho.

 

El autor, Renato Ortiz.

 

Cómo ese enmarañado juego se produce es tema de Renato Ortiz (Sao Paulo, Brasil,1947) destacado académico en actividad, situado por el mundillo sociológico dentro de una escuela clásica, sin ser arcaica ni reaccionaria, tampoco revolucionaria, en una mixtura de formación afrancesada y posterior abrevadero en las corrientes convergentes al norte del Río Bravo. Publicado a fines del año pasado en una tirada siempre escasa (por más necesidad que voluntad) por la muy prolífica Universidad Nacional de Quilmes, en Sobre el trabajo intelectual condensa una tan intensa como extensa trayectoria a la manera de reflexión, provocación y legado. Concibe la ciencia social al modo de una artesanía ejercida por profesionales cuya función se centra en —aunque de modo alguno se restringe a— “enunciar y resolver un conjunto de problemas concernientes a la vida social”. Sin embargo, Renato no la deja picando ahí, tan fácil. Tampoco la hace engorrosa; mantiene en menos de cien páginas una profundidad elocuente y a la vez discreta, implicada en el hacer, nunca indiferente.

Cumple con rigor con el protocolo académico de ingresar al planteo mediante un paneo histórico; antecedentes, hitos, fundamentos y estado del arte tanto del trabajo como de la disciplina, con epicentro en los padres fundadores. Mientras recorre los antecedentes clásicos, Ortiz se va referenciando en autores, procesos, discusiones e investigaciones de creciente actualidad; mojones que le sirven a fin de aproximarse al meollo del asunto. Que, tal cual corresponde, llega fragmentado, permitiendo al lector realizar la sumatoria sin dejarlo en banda, desde ya. Ducho en estas lides, el autor va generando redondeos concéntricos. La materialización del oficio en el acto final de la escritura sobre la investigación y/o la experiencia que se trate, allí donde se postulan las propuestas, la puesta en práctica, el salto a la acción, la exposición de resultados a la comunidad (la científica, al sujeto del trabajo y para divulgación), jalonan lo expuesto. A tal propósito, ilusiona una tajante distinción: mientras naturalistas y matemáticos (& afines) aspiran a un lector universal, idóneo en el tema que se trate, en ciencias sociales se expone presuponiendo “dos tipos de interlocutores, uno genérico, otro contextualizado”. E ilustra con material objetivo, coincidentes universos de interés y disímiles recortes, categorías y conceptos determinados por la diversidad de dimensiones contextuales. Transparente relación cuando expone, por ejemplo: “En Italia, un politólogo difícilmente se apartaría de los conceptos de derecha e izquierda para analizar la política del país: él pertenece a una tradición en la que los términos son comprensibles y necesarios (el fascismo de Mussolini, el papel del Partido Comunista, la importancia de la socialdemocracia). Este no es el caso de sus colegas norteamericanos, que analizan los conflictos partidarios sin ningún interés en tal tipo de categorización; el lector sabe, de antemano, que se encuentra ante un bipartidismo histórico en el que las concepciones de derecha e izquierda no tienen sentido”. Con gusto a poco, enfatiza: “Los textos de las ciencias sociales no son equivalentes y de ello derivan las dificultades que existen para traducirlas”.

 

 

 

Renato Ortiz de seguro no ignora que esta ultima afirmación emparenta la ciencia social con la poesía en el mismo acorde que opone al mito; hacia allí va. Lo mismo con el anteúltimo párrafo, estimulante en el ardor por saltarle a la yugular y discutirle lo taxativo con creciente vehemencia. Pues tiene muy en claro cómo “la cuestión de la objetividad está permeada por el sujeto: la ideología, los valores, las inclinaciones personales”. Pícaro movimiento con el que instala el requisito ético, metódico, de tal advertencia como precondición a cualquier acto atinente a la reflexión sobre lo social. Si bien al comienzo de Sobre el trabajo intelectual se encarga de sugerir que lejos está de su intención ofrecer un manual de principios sociológicos, lo logra de la mejor manera: sin proponérselo. El lector por completo ajeno habrá de encontrar un ameno vehículo de aproximación a una perspectiva en la que el común se atreve a incursionar y estallar en pavadas. El estudiante podrá remitirse a sus páginas y encontrarse en un despliegue a la vez conocido y novedoso; un brasileñismo, diría. El profesional se topará con un frente de entrañable evocación y furibundo debate, que nunca viene mal.

Por estos lares, no permanece ajeno el hecho de que el trabajo intelectual (que incluye el de la creación artística) es ante todo, un trabajo. Por ende, trabajo remunerado en el que quien trabaja, cobra y quien cobra, trabaja. También (Ortiz no firmaría lo que sigue) que es un compromiso activo con la sociedad, cuya función es descular sus dispositivos y mecanismos internos a los fines de una transformación en beneficio de la justicia social, la soberanía política y la independencia económica. Ponele.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Sobre el trabajo intelectual

Renato Ortiz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

Universidad Nacional de Quilmes

86 páginas

 

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