Bombas sobre las masas plebeyas

A 67 años del bombardeo, la historia del Muñeco Adradas y el (mal) uso de la aviación contra el pueblo

 

Crimen de lesa humanidad que jamás prescribirá, se acaban de cumplir 67 años de ese funesto mediodía en que 48 aviones de la Armada arrojaron nueve toneladas de bombas y miles de tiros sobre la Plaza de Mayo y otros puntos de la ciudad. Querían matar al Presidente Perón pero –pedazo de criminales– asesinaron a más de 300 civiles indefensos e hirieron a otras 800 personas. Y ni hablar de la destrucción material que provocaron, de la que todavía quedan huellas en edificios vecinos. En las últimas semanas vi el documental Piloto de caza y leí el libro Batallas aéreas (Aviación, política y violencia, Argentina 1910-1955), los dos de Alejandro Covello, piloto aerocomercial, investigador de accidentes aéreos, docente y escritor.

Así como a Rodolfo Walsh le resultó reveladora la frase “hay un fusilado que vive” y eso lo encaminó hacia su ejemplar investigación Operación Masacre, a Covello le abrió los ojos un comentario del piloto Conan Doyle que en 2012 le confió: “En el combate del 16 de junio de 1955 un piloto de la Fuerza Aérea derribó un avión naval”. El dicho de Doyle lo instaló en la pista de un personaje singular: el piloto Ernesto Jorge El Muñeco Adradas. En aquella dolorosa jornada, Adradas interceptó a uno de los aviones sublevados y le disparó a la cola, lo que generó un incendio. Antes de que la nave cayera al río una generosa maniobra de Adradas le permitió al piloto naval Arnaldo Román eyectarse y salvar su vida.

 

 

Teniente Jorge Adradas, leal al Presidente Perón.

 

El del teniente Adradas fue uno de los varios Gloster Meteor afines al gobierno que despegaron con la orden de interceptar a los atacantes, demorar el despegue y detener la emboscada golpista. Solo cuatro permanecieron leales. Los otros tres estaban al mando de Osvaldo Rosito, Juan García y Mario Olezza. Muchos de sus compañeros se plegaron a la asonada. Por eso merecieron el mote de “panqueques”, porque se dieron vuelta en el aire. La mayoría, incluso muchos civiles armados que aguardaban en los alrededores de la Casa de Gobierno, huyeron al Uruguay, en donde fueron bien recibidos y protegidos. En septiembre, alcanzado el objetivo de máxima que era el derrocamiento de Perón, retornaron al país y el gobierno de facto los aclamó como héroes. El filósofo Cristian Ferrer da en el film su interpretación de los hechos: “Fue un ataque a traición, pero no solo traición política. No ignoraban que iba a haber muertos. Fue un verdadero escarmiento sobre una zona simbólica de la ciudad, el lugar de reunión de las masas plebeyas”.

Covello agrega: “No hubo remordimientos y eso dice mucho sobre la historia argentina”. Y también: “Es asombroso y triste con cuánta facilidad en la Argentina se absorben las masacres”. El ex canciller y actual embajador en Chile, Rafael Bielsa, aporta su testimonio: “Hasta hoy, los agresores siguen pensando que los muertos fueron daños colaterales”, dice y compara la figura de Adradas con la de los militantes asesinados en los basurales de José León Suárez o con los héroes de Malvinas.

Adradas padeció incontables represalias desde que los militares tomaron el poder. Lo persiguieron, lo detuvieron, lo agredieron físicamente y lo descalificaron de su grado militar “por falta gravísima”. Como consecuencia, se la tuvo que rebuscar primero manejando remises y piloteando aviones fumigadores, hasta que pudo ingresar a Aerolíneas Argentinas. Allí volvió a probar sus dones profesionales, pero siguió siendo un resistente: en numerosas ocasiones llevó y trajo correo secreto de Perón a Madrid y a Buenos Aires. Finalmente tuvo una merecida reivindicación: integró la tripulación del Boeing 707 que trajo a Perón de regreso al país.

 

El defensor, de Pablo Albornoz.

 

 

 

Dichos y desdichas

Son muchos los entrevistados en el documental (que co-dirigió Nicolás Dalmasso y que puede verse en la plataforma gratuita Cont.ar). Entre otros, los artistas plásticos Horacio Cacciabue y Daniel Santoro, la viuda de Adradas, Olga Migorena, los pilotos Tito Castelli y Pablo Biró. Cada uno apunta en una dirección similar, destacando que en Adradas “coincidían la lealtad y la rebeldía”. Las que siguen a continuación son otras frases de entrevistados:

  • “La fecha del 16 de junio es el antecedente criminal de lo que durante la dictadura fueron los vuelos de la muerte”.
  • “El bombardeo fue un intento de crear terror y disciplinamiento con el propósito de sacar definitivamente las patas de la fuente”.
  • “No existe en la historia de la humanidad un atentado con semejante desproporción de fuerzas”.
  • “Eso no fue un bautismo de fuego, como quisieron hacerlo pasar. Fue una locura”.
  • “Los muertos en el ataque nazi a Guernica fueron la mitad de los que murieron en la Plaza y alrededores”.
  • “Hubo más muertos allí que las bajas que tuvieron los ingleses en Malvinas”.

Luego de ver el documental y de leer el libro (dos obras de significativo valor), persiste en quien esto escribe la sensación de que todavía nos cuesta admitir la gravedad de esos sucesos, puerta de entrada al golpe de Estado. Covello resume: “La única inmortalidad que tiene nombre es la memoria”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde el libro

Batallas aéreas (Ciccus, 2019) contiene relatos sobre el uso político, militar y violento de la aviación desde la represión a una protesta indígena en el Chaco (la amargamente célebre matanza de Napalpí en 1924) hasta el magnicidio contra población civil desarmada, entre ellos niños, de 1955; desde la actividad paramilitar de la llamada Liga Patriótica Argentina, que con su brigada de aviadores hostigaron al Presidente Hipólito Yrigoyen hasta su derrocamiento en 1930, a la asonada pro-yrigoyenista en Entre Ríos protagonizada por Roberto, Mario y Eduardo Kennedy, según Covello, “especialistas en revoluciones que nacieron muertas”.

Entre 1941 y la pueblada del 17 de octubre de 1945 se registraron dos intentos de golpe de Estado de los que participaron aviadores. El Operativo Chapultepec, de ideología nacionalista y ultra-nacionalista, se propuso sin éxito arrojar una bomba sobre la cúpula del Congreso, en tanto que en los meses previos a las elecciones de 1951 y al mando del general Benjamín Menéndez se registró otro intento de deponer al Presidente Perón y posteriormente matarlo, recuperar la Constitución de 1853 y sepultar la de 1949. En esa ocasión la aviación golpista partió desde la base aérea de El Palomar. Este intento tuvo nombres que luego harían historia: la participación del miembro de la dictadura Orlando Agosti y quien años después fuera intendente de la ciudad, Osvaldo Cacciatore. Igual que en 1955, los sediciosos se refugiaron en Uruguay.

Covello no deja afuera de su investigación a un capítulo apasionante: la creación de los aviones de caza, interceptores, Pulqui 1 y Pulqui 2. Salieron de la fábrica Industrias Aeronáuticas Mecánicas del Estado (IAME) y fueron pioneros en navegación aérea a reacción en Sudamérica. Uno de los pilotos del Pulqui fue Conan Doyle, también conocido como “El justicialista del aire”. De este modo describe Doyle los acontecimientos de junio: “La aviación de la Marina de Guerra se subleva. Bombardea la Plaza de Mayo, la Casa Rosada y todos los edificios cercanos, en un criminal acto de genocidio, atacando a una población indefensa, sin previo aviso y desarmada. A este despiadado bombardeo se le suman aviones caza de la Fuerza Aérea. Este accionar produce la muerte de casi 400 personas, entre ellos niños que se desplazaban en un trole. El general Perón no quiso aplicar la justicia plena que hubiera correspondido, pretendiendo con esto pacificar el país y a los elementos subversivos”. En el final, Alejandro Covello razona con pertinencia: “El bombardeo a la Plaza, el mayor atentado terrorista de la historia argentina, abrió un camino irreconciliable”.

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí