DIBUJOS DEL ARCÓN FELLINIANO

De los sueños al celuloide, en la ruta de la creación

Es de rigor que los directores de cine, en la factoría de cada película, cumplan con una cadena de producción que, apretadamente, más o menos es: guión, producción, dibujitos de las secuencias llamados storyboard, rodaje, edición, su ruta. Federico Fellini (Rímini 1920-Roma 1993) lo hace. (En tiempo presente; lo sigue haciendo cada vez que alguien ve uno de sus films. No prescriben.) Técnica felliniana: dormir, tal vez soñar; soñar, tal vez dibujar. En función de lo anterior compone la trama, bosqueja un guión al que siempre altera, filma, corta, pega, se manda.

Al extraer las escenas que constituyen la médula de sus films de los propios juegos oníricos, corre con una ventaja imposible de emular, pues cada cual sueña lo suyo. Su arte es formular con ese material un producto tan libre como original de entre la maraña de lo que a cualquier mortal aportan: se puede estar y no estar a la vez, se mezclan las dimensiones de tiempo y espacio, puede derogarse la ley de gravedad, en fin, en la galaxia onírica está permitido hacer lo que en la vigilia llevaría al éxtasis, al oprobio o a la cárcel. Todo por el mismo precio y, más que mejor, protegiendo el dormir al impedir el acceso a la motilidad y clausurar momentáneamente el estímulo de los sentidos. Ámbito de libertad por antonomasia, cuando no se torna pesadilla, el sueño es para Fellini genio femenino de la lámpara, musa inspiradora, que da lugar a otras musas, voluptuosas, cachondas, tan soñadas como esas escenas inolvidables dentro de historias profundas que hubiesen sido delirantes de no haber reflejado la vida misma con singular expresionismo.

Ilustrador, caricaturista, dibujante en su juventud antes de metamorfosear en cineasta, Fellini encontraba en la expresión plástica sobre el papel, con sus crayones, luego con marcadores de colores y el amado lápiz Faber Nº2, refugio, regocijo y experimentación sobre la luz. Se relata en el libro que, internado por un accidente cerebrovascular del que se salvó de milagro, hacia el final, detectó una joven neuróloga que encajaba en el modelo de belleza femenina que lo hizo célebre. La médica le instaba a confeccionar combinaciones de dibujos destinadas a medir la recuperación cerebral. En una oportunidad le solicitó plasmar una mesa servida para la cena con todos los detalles posibles. El artista recostó sobre el mantel una voluptuosa dama de generosas caderas y a sí mismo en la cabecera, en una silla de ruedas, con cuchillo, tenedor y expresión hambrienta. “¿Pusiste todo?”, preguntó la médica. Federico, con un toque de elegancia, completó el banquete con dos brillantes velas encendidas, una en cada nalga.

Dícese que su última obra fue La voz de la luna (1990), una joya de romanticismo apocalíptico que denuncia la alienación suicida de la humanidad en los ídolos de la vulgaridad y la chatura tecnológica, principalmente a través de la televisión. Temática que concurre en este film, último, sí, del tríptico comenzado en 1985 con Ginger y Fred y continuado en Entrevista (1987). Pone en la voz de uno de sus personajes: “Si todos guardáramos un poco más de silencio…”

Pero no; no fue lo último. En el otoño europeo de 1992 Fellini volvió al set de rodaje para dirigir nada menos que tres spots publicitarios de un nuevo banco, resultado de la fusión de otros tres. Menuda sorpresa por parte de sus admiradores, en especial, por parte de quien colaboró como guionista en lo que se considera el manifiesto del neorrealismo italiano, Roma, ciudad abierta (R. Rosellini, 1945); así como en Paisà (ídem, 1946) y dirigió Los inútiles en 1953. Todas denuncias anticapitalistas, reivindicaciones proletarias, intensos paisajes de los desposeídos.

Un túnel que se derrumba sobre el conductor de un coche que escucha Rossini; el león que llora encerrado en un sótano frente a un hombre maduro vestido de niño; el erótico almuerzo campestre que se arruina cuando el varón se percata que su pie está atrapado en la vía de un tren que se aproxima, concluyen con que se trataba de sueños, presentados frente un psicoanalista personificado por el actor español Fernando Rey. Tales las contundentes tramas de los tres comerciales que, con el tiempo, público y especialistas han caratulado como el testamento cinematográfico del inmenso Fellini. Caracterización que puede ser puesta en duda, como todo, si se consideran las veinticuatro películas realizadas a lo largo de su vida, el medio centenar que lo tuvo como guionista, los cuatro Oscar (más uno honorífico), la Palma de Oro de Cannes y todos los otros galardones habidos y por haber.

Las tres piezas de orfebrería visual surgen del libro de dibujos que el creador de Amarcord confeccionaba con su dotación onírica y que buena parte fuera publicado por la fundación que lleva su nombre en 2007. Resultan de la elección entre ocho propuestas que el propio Fellini le envía al titular del banco, la última de las cuales por supuesto no fue concretada y otorga varias claves, más o menos sutiles. Se titula Gran robo en las arcas de El Banco de Roma, y sintetiza: “Una banda supertecnológica trabaja con instrumentos refinadísimos durante toda la noche para llegar a la caja fuerte: martillos neumáticos, lanzas térmicas e incluso rayos láser agujerean la gruesa capa de cemento y acero. Los bandidos entrar en la cámara acorazada, pero se la encuentran completamente vacía. Solo ha una pequeña grabadora con una cinta magnética que dice: ‘Lo sentimos, en este banco no queda dinero porque se lo hemos dado todo a Fellini para que ruede este anuncio’”.

Los pormenores de la filmación, los dibujos y bocetos, fotos y testimonios diversos confluyeron el año pasado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dentro de la muestra Federico Fellini, Sueño y Diseño, cuyo deslumbrante libro/catálogo arriba a nuestras playas tardía pero afortunadamente. Incluye no sólo las láminas que sirvieron de storyboard a los tres cortos, sino también otros dibujos que no habían ingresado en el Libro de los sueños publicado, así como bosquejos a mano alzada, caricaturas y esbozos guardados por amigos del cineasta. Textos de quienes rodearon a Federico Fellini a lo largo de su vida otorgan un plus al despliegue del patrimonio onírico que otorga el marco creativo a la producción cinematográfica. El contexto desarrollado en la apertura por el curador de la muestra, Gianfranco Angelucci, así como la breve nota biográfica con que el mismo cierra el lujoso volumen, resultan imprescindibles junto a los demás textos —algunos desparejos, ya que no fueron escritos por especialistas— para obtener una semblanza no sólo de la persona sino del proceso creativo del genio fellinesco. Precisamente una obra que impone el nombre de autor; como kafkiano, dantesco, copernicano o peronista.

Nosotros tuvimos nuestro Fellini. Fue Leonardo Favio.

 

 

FICHA TÉCNICA

Fellini, Sueño y Diseño

Federico Fellini.

Curaduría de Gianfranco Angelucci

Madrid, 2017

165 págs.

 

Los cortos publicitarios pueden apreciarse en https://www.youtube.com/watch?v=adWtpqgmm_8 , y https://www.youtube.com/watch?v=3JoXDe3zjNI

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