Juguemos en el bosque

La música que escuché mientras escribía

Sarah Vaughan

Uno de los momentos más ricos de la versión radial del Cohete son los veinte minutos de Guillermo Hernández, que es la persona que yo conozca que más sabe de jazz. Es una delicia escucharlo en el final del programa los domingos en la Radio de las Madres de Plaza de Mayo, porque siempre nos enseña algo que no conocemos, o nos explica mejor algo que ya conocíamos. Su disquería Minton's, en la galería de la calle Corrientes que está al lado de la impresionante pizzería Guerrín, es un lugar de cita de enfermos de jazz, que compran, escuchan, chupan y morfan allí. Pero hay un problema. Desde que está Guille en la radio, le cedo el paso y me abstengo del jazz. Bueno,  no cien por ciento, porque a mi también me pierde, aunque no sea un erudito como él. Pero tengo oreja y digo pocas burradas, luego de aclarar que pongo lo que me gusta y no hago competencias de este es mejor que aquel. Entonces le meto al tango, a Bach, a Slava, a Barenboim, a mi amado Pau Casals, porque el jazz es de Guille.  Pero en la semana de Año Nuevo, el amigo se fue lejos para pasarlo con su mamá, y yo, que me quedo a gozar del termómetro en Buenos Aires, aprovecho la ausencia del lobo para jugar en el bosque de asfalto.

Y como venimos con las chicas, esta semana escuché a las tres que me enamoran. Voy a ir por orden alfabético porque no me sale de otra manera. En cada caso trato de poner a cada una con aquellos músicos con los que me parece que mejor les salió. Empezamos con Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, que recién grabaron juntos en 1956 y 1957, cuando ya eran grandes figuras mundiales, y llevaban décadas maravillando con su arte. Él ya tenía 54 y ella rondaba los 40.

 

Sigue Billie Holiday, con sus grabaciones entre 1935 y 1942, acompañada por la orquesta de Teddy Wilson, un gran pianista muy conocido pero no tan reconocido como merece. Como aparcero de Lady Day, el nombre que le puso su íntimo amigo (pero no en el sentido sentimental), el saxofonista Lester Young, Prez,  también está en las mejores grabaciones de ella, igual que Harry Sweets Edison en la trompeta.

 

Y para terminar, mi preferida, Sarah Vaughan, en este album también de 1955, con el conjunto de Clifford Brown, un trompetista descomunal.  Sassy o La Divina, tenía 31 años, y Brown era un pendejo de 25 que pocos meses después se estroló con el auto y nos dejó con las ganas de varias décadas de genialidad. Ella hace cosas increibles, no hay octava que se le resista, ni para arriba ni para abajo. Y además en este album tiene una picardía encantadora, cuando pronunshia como María Elena Walsh, from may to dishember. Lo que hace con Jim, con Misty o el Lullaby of Birdland es fenomenal.

 

Volvé Guille, que te extrañamos, pero no podrás decir que desaprovechamos tu Año Nuevo lejos.

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