En 1925 John Maynard Keynes hizo una declaración de principios en un artículo titulado “¿Soy un liberal?” aparecido en la revista The Nation & Athenaeum. La guerra de clases, declaró allí, me encontrará del lado de la burguesía educada. [The class war will find me on the side of the educated bourgeoisie]. Daba por descontada dicha “guerra”, solo proclamaba su alineamiento en ella.
Es evidente que la “burguesía”, como sea que se defina ese término, no hizo más que degradarse en todo el mundo. En otro tiempo, la concentración del capital se reunía en lugares como el Jockey Club de Buenos Aires, con accesos exclusivos y selección minuciosa de integrantes, siempre masculinos. Es inútil disimular su brutalidad general. Pero una fracción, afín a la cultura, frecuentaba el Teatro Colón, de hecho, lo erigió, y asistía a eventos culturales o incluso los sostenía. Todo eso quedó atrás, no fue el único caso en la escena local.
Otros ámbitos
Un ámbito de discusión informal de las clases dominantes, se crea o no, pasó ahora a los palcos de las canchas de los clubes más importantes. Por raro que parezca, las plateas de Boca y de Ríver, incluso sus comisiones internas, son lugares de decisión y de intercambios. Allí se concentra la nueva “burguesía culta” de la que hablaba Keynes o, dicho en términos realistas, los brutos con poder.
¿Es preciso aclarar que el gusto por el fútbol es una pasión popular, que no implica por sí mismo poder y que no significa ninguna brutalidad? Fútbol, en el caso que enfocamos, significa una coartada para la reunión de gente influyente que en realidad hace una especie de mímica de la pasión del pueblo por el fútbol. El deporte, escribió Norbert Elías, es pasión para una vida que carece de ella. Es un insumo vital para una burguesía sin tradiciones, sin inteligencia, sin otra cosa que ambición y dinero a cortísimo plazo. Y sin pasión alguna digna de ese nombre.
En el primer tercio del siglo pasado el deporte de los pudientes era otro: Jockey Club, caballos de carrera. Algo ligado a la tierra, a la conquista, a los gauchos, al ganado, a la propiedad. El historiador Roy Hora explicó el tránsito que esos monstruosos dueños de caballos hicieron hasta que los jinetes y no sus animales fueran el centro del deporte. Leguisamo y no su caballo. Hoy parece obvio, pero no lo era.
El hecho de que los herederos de hoy hayan adoptado el fútbol habla, finalmente, muy mal de esos dueños: no inventan nada, se adhieren a los consumos populares porque no tienen ninguna reputación ni liderazgo, no vienen de ninguna parte. Son gente afín al espectáculo, quiere exhibirse. Cerca del pueblo triguero, pero en sus plateas, cada vez más exclusivas. También sucede en el plano musical. Mucho cheto cumbiero. Al Teatro Colón van turistas y diplomáticos extranjeros, y por supuesto los más o menos clasemedieros y los más o menos melómanos de toda la vida. Los burgueses, si se puede seguir hablando así, abandonaron esa escena. Ni keynesianos ni la burguesía culta, imperialista y colonialista que rodeaba al economista. Simplemente ignorante y ávida de mayores sometimientos.
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