El 9 de enero de 1977 Rodolfo Walsh celebró su cumpleaños número cincuenta en San Vicente. Cuenta Lilia Ferreyra, su compañera, que esa noche brindaron mirando las estrellas, que por un rato se olvidaron de la clandestinidad y fueron similares a cualquier pareja, y que, en otro momento de nocturna intimidad, él le dijo que quería llegar al 24 de marzo con la Carta a la Junta y el cuento terminados. Se refería, en este último caso, a “Juan se iba por el río”, escrito entre enero y marzo de 1977 y que, en aquel verano, le leyó en voz alta: fue lo último que había escrito. El cuento –que permanecería inédito– formó parte de un botín que el Grupo de Tareas 3.3.2, que lo buscaba por cielo y tierra, se llevó de un allanamiento, donde también desaparecieron otros cuentos bocetados, una carpeta llamada “Las memorias” y una recopilación de notas periodísticas. Poco tiempo después, los escritos llegaron a la ESMA, donde también habían entrado los restos de Walsh después de su asesinato el 25 de marzo de ese año, “con el pecho cocinado a balazos” por el siniestro 3.3.2.
Así lo narra la escritora cordobesa María Teresa Andruetto en su último libro, Como si fuesen fábulas, pequeños relatos de no ficción, a la manera de las viñetas de prensa de Clarice Lispector, Ana Basualdo o, más acá en el tiempo, de Leila Guerriero. En “Juan se iba por el río” Andruetto parte de una anécdota personal, cuando un 24 de marzo, desde la Marcha por la Memoria, se metió en un bar de Colón y Cañada para contar por la radio un cuento desaparecido de Walsh. Supo que el original del cuento –que narraba la vida de un soldado de las luchas civiles del siglo XIX en el Río de la Plata–, desapareció en la ESMA, que Lilia había pasado a máquina el manuscrito y, como si fuera poco, que después un prisionero, Martín Gras, lo leyó durante su cautiverio en ese centro clandestino. Lilia había pasado en limpio el texto en la máquina Olympia portátil, la misma que Walsh usaría para escribir la Carta Abierta a la Junta Militar.

“Lilia y Martín se conocieron en 1982 en Madrid, y allí supieron que los dos habían leído ese cuento, que eran sus únicos lectores, y a partir de sus recuerdos intentaron reconstruirlo, hacerlo reaparecer”, repasa Andruetto, escritora anfibia nacida en 1954, autora de novelas como La mujer en cuestión y Los manchados, la antología de cuentos Cacería, ensayos como La lectura, otra revolución, crónicas (Extraño oficio), poesía como Beatriz y Sueño americano, libros álbum del estilo de Clara y el hombre de la ventana y El vestido, y numerosos textos para niños y jóvenes lectores, como Stefano, La niña, el corazón y la casa y El anillo encantado.
Tomando como origen el nombre de unos versos de Rita Baldassarri –“Aquí se cuentan las penas de los otros como si fuesen fábulas”–, las breves crónicas-ensayos de Andruetto, surgidas de columnas radiales que luego fueron reelaboradas narrativamente, se anclan en pequeñas y grandes historias argentinas y del mundo, en el contrapunto –en su mayoría– de memoria, destino trágico y lucha social. Puede ir desde el rescate de los apellidos de soldados mapuches que pelearon en la guerra de Malvinas a relacionar –en la viñeta “El alma”– a un amigo médico que trabaja en un centro de salud comunitario con un relato de Pascal Quignard, en el medio toques de Martín Kohan y Felisberto Hernández, hasta llegar a la flauta de filo que prospera en los Andes, la quena, ese instrumento de las culturas andinas preincaicas “que acompaña en la soledad a sus habitantes, expresa sus penas, sus alegrías y los sentimientos hacia la amada, hacia el amado, y se construye con caña, arcilla, piedra, tibio o costilla de llama, con un sonido agudo que se escucha a kilómetros de distancia y que se enlaza con el viento y con el cóndor”. Como también poner en escena la curiosa vida de Vivian Maier, la gran fotógrafa americana del siglo XX, y luego continuar con la trilogía de Primo Levi y conectarla con Gaza y el informe “Anatomía de un genocidio” publicado por Francesca Albanese, relatora especial de la ONU, sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados.
Y, en el medio, como ágil lectora de materiales diversos, relaciona al cineasta ruso Andrei Tarkovski, con aforismos de su célebre Esculpir en el tiempo tales como “del hombre me interesa sobre todo su disponibilidad para servir a algo superior, su rechazo a conformarse”, con un poema del nicaragüense Ernesto Cardenal y la realidad de los profesores que dan clases en cárceles argentinas; de un cuento de Tolstoi, “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” a la trama judicial donde el basquetbolista Emanuel Ginóbili se involucró en un negociado inmobiliario en perjuicio de la comunidad mapuche Paichil Antriao; y, como deslizamientos retóricos, articular Albert Camus con Leonardo Favio, el 12 de octubre y su deconstrucción histórica, desempolvando viejas crónicas con los pájaros migratorios que viven en las sierras argentinas.

O partir desde las ciudades imaginadas de Ítalo Calvino a desembocar en el 14 de junio, Día del Barrendero y de los Recolectores de Basura en memoria de Mauricio Silva, sacerdote uruguayo que, a los 45 años, renunció a todo para atender a los musulmanes que estaban en total abandono. Andruetto se detiene pacientemente en su historia. Cuenta que luego Silva misionó en El Impenetrable, conoció a Jaime de Nevares y Enrique Angelelli, organizó a cirujas en Rosario, donde empezó su tarea de barrendero, y en Buenos Aires trabajó como barrendero municipal y reclamó por sus derechos, como tener una ducha para bañarse antes de regresar a sus casas. En junio de 1977 fue secuestrado por la dictadura mientras barría la vereda de unas calles del barrio Villa Mitre de la ciudad de Buenos Aires: en la iglesia de Nuestra Señora de Caacupé de la villa 21-24 de Barracas, honrando su trabajo barrial, lo recuerdan todos los años.
Entre historias marginales, borradas y recobradas, irrumpe el texto “Skyvan”, los aviones que entre 1976 y 1983 hicieron aproximadamente 315 vuelos de la muerte y arrojaron al vacío aproximadamente a seis mil personas, enlazando el trabajo de Miriam Lewin y el fotógrafo Giancarlo Ceraudo, los juicios de la megacausa ESMA, la desclasificación de archivos de la dictadura en 2010 y El vuelo, de Horacio Verbitsky, donde Adolfo Scilingo confesó por primera vez haber participado en los vuelos. Surgen pueblos fantasmas a raíz del “ferrocidio”, voces ancestrales perdidas en el tiempo, una huelga de prostitutas en la Patagonia trágica –“Las putas de San Julián”– y el nexo entre “Wakefield”, el cuento clásico de Nathaniel Hawthorne de 1835, y la historia de un hombre que salió a comprar cigarrillos en los ´90 en Comodoro Rivadavia, dejando en el hogar a su mujer y sus hijos, y fue encontrado treinta años más tarde en la misma ciudad como si nada hubiera ocurrido.
Como si fuesen fábulas se compone de más de cincuenta narraciones, textos cortos y dinámicos en un libro de 200 páginas que se leen con buen tino y como si fueran pinceladas de memoria colectiva en el cruce entre ficción, autoría, investigación periodística y testimonio. Suerte de radiografía del dolor argentino y a la vez universal, Andruetto se revela como canal por el que pasan las voces de los otros y con la curiosidad de quien se asoma por las hendijas de la historia, tal como cita del gran Guimarães Rosa: “Maestro no es quien siempre enseña sino quien de repente aprende”.

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