Contra viento y marea, literales y metafóricos, Fernando Spiner acaba de presentar su nueva película. No es un triunfo menor. Weser vio la luz (y la cámara, y la acción) en un contexto de grandes restricciones para el cine nacional, que incluyen a la motosierra presupuestaria pero también la exceden, porque la voracidad económica y cultural de Hollywood reina por vías diversas.
Como su primera parte, La boya (2018), la recién estrenada relata dilemas esenciales y abstractos, o situados y concretos. Panópticos de la vida, la muerte y la Historia, ambas películas se interrogan sobre –por ejemplo– la finitud, pero también los duelos del exilio y las supervivencias del reencuentro.
El estreno es singular y, a la vez, coherente con una obra previa. En el subsuelo de la originalidad se mueven las placas tectónicas que fueron habituales en el cine posdictatorial hasta el comienzo de este siglo. Hoy, encontrarlas es una excepción.
La producción de Spiner previa a Weser puede verse gratuitamente en la plataforma Cine.Ar, que aún porfía su supervivencia. En las salas comerciales es más difícil que nunca, porque Javier Milei derogó por decreto las regulaciones que en 1973 y 2022 aseguraron mínimos de exhibición nacional en las carteleras. De ese modo, quedó fortalecido el poder cuasi extorsivo de los proveedores de “tanques” sobre los exhibidores. La derrota se agrava con la eliminación del acompañamiento económico a las realizaciones nacionales.
Pese a todo, Weser se estrenó en el Gaumont y se proyectó en Villa Gesell, patria chica de Spiner y escenario de las historias que cuenta. En diciembre inició sus presentaciones en el Malba, donde todavía quedan al menos dos funciones: los sábados 24 y 31 de este mes.
La pre-historia
La boya marítima aludida llevaba el “Weser” grabado, porque así era el nombre del vapor alemán en que el bisabuelo del cineasta llegó a América, en el escape de un pogrom en Ucrania. La historia se cuenta por la propia boya, que lo ayudó a mantenerse a flote tras arrojarse del barco, frente a las costas argentinas. La voz del ancestro comparte en Weser versos del poeta hebreo Hayim Nahman Bialik, a quien el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu tergiversó en 2024 para clamar por la venganza que el poema maldice expresamente, incluso ante crímenes atroces de los que el escritor fue un horrorizado contemporáneo.
La inclusión de aquellos versos en la película no es antojadiza. De esa historia de violentas persecuciones proviene Spiner, admirador de Leonardo Favio y formado junto a los últimos tótems de Cinecittà, que valoraron lo que por entonces era su única producción. El cortometraje Testigos en cadena (1982) plasmó una temprana denuncia cinematográfica sobre la dictadura argentina, el capítulo de la opresión represiva que tocó en suerte al bisnieto del árbol genealógico.
En buena parte de su obra se detecta una continuidad ética y política. La sonámbula, recuerdos del futuro (1998) se vale de la ciencia ficción para narrar contradicciones y espesores de la resistencia y la opresión, desde un guion escrito junto a Ricardo Piglia. Aballay, el hombre sin miedo (2011) visita el poco explorado siglo XIX argentino y sus crueldades, en déspotas y justicieros de pago chico. Otro gran escritor está tras imaginarias bambalinas: el autor del cuento original fue Antonio Di Benedetto, cuyos editoriales periodísticos le valieron la persecución de la dictadura, tal como se lee en los reeditados documentos de Rodolfo Walsh y la prensa clandestina. Di Benedetto, que trabajaba en el diario Los Andes, fue objeto de las furias de la policía mendocina del vicecomodoro Julio César Santuccione. Como ha contado El Cohete, la matriz policial cuyana gestada entonces se prolongó en democracia y sigue valiendo al país condenas internacionales por violaciones a los derechos humanos perpetradas mucho después de concluida la dictadura.
Weser incluye, por su parte, varias referencias a la historia universal del cine. Una de ellas, joya del nuestro: Soñar, soñar, la obra predilecta del propio Favio, que acabó de rodarla antes del exilio al que lo empujó la dictadura que acababa de irrumpir en aquel 1976. Es sabido que los 17 años que pasaron hasta su siguiente película (Gatica, el Mono, 1993) nos dejaron sin conocer, por ejemplo, su versión de Severino Di Giovanni.

Como todo artista, en Spiner también habita un universo hecho de obras que no llegaron a filmarse. Él menciona dos. Una, sobre la contraofensiva montonera de fines de los ‘70. Otra, centrada en la vida de José de San Martín, el patriota exiliado que padeció las calumnias del entusiasta endeudador Bernardino Rivadavia.
Ser y hacer
—Me parece que te vas a tener que apurar a filmarla —le decía Daniel Fanego, consciente de su estado, durante el rodaje.
No se refería a Weser, sino al guion que había escrito junto a Spiner sobre el Libertador. Con la muerte de Fanego, en septiembre de 2024, el proyecto pasó a engrosar la colección de tomas imaginarias, que sólo habitaron las cabezas de ambos amigos.
Pero siempre quedará Gesell, donde Fanego ejercitó hasta el final su ontología del hacer: fue actor hasta las vísperas de su despedida definitiva. Rodó las escenas en que interpretaba al propio Spiner y también a sí mismo, un talento obrero atento a las indicaciones del director. Ambos roles se saludan y superponen en Weser.
Retornados a la Capital Federal, Fanego insistió para grabar el doblaje de la película. Lo terminaron dos días antes de su muerte, que entristeció al ambiente artístico y al de la lucha por los derechos humanos. En 1999, el actor integró el núcleo de creadores del Teatro X la Identidad, definido como un “brazo artístico” de las Abuelas de Plaza de Mayo para buscar a sus nietas y nietos. También puso voz a “La verdad es la única realidad”, el poema de Paco Urondo elegido en un corto de las Madres de Plaza de Mayo para acompañar la narración de la masacre de Trelew.
La participación de Fanego en Weser, que ensambla aproximaciones sobre la muerte, completó un ciclo sugerente en la filmografía de Spiner. El actor había sido la voz en off del padre del director en La boya, y un personaje central en las exploraciones de ciencia ficción de El inmortal (2020), que descubren los agobiantes resultados de un eventual triunfo humano sobre la finitud.
Orfandades de exilio
La escena, cuenta Spiner, fue exactamente así. Como Fanego en la ficción, el director recibió un mensaje imprevisto de un perfil de redes sociales cuyo nombre llevaba tiempo sin pronunciar. Del otro lado escribía Verónica, la más pequeña de una familia que debió exiliarse tras un allanamiento ilegal de la dictadura en su casa geselina. En ambos mundos, el del cine y éste, Spiner le arrimó –con fotos y recuerdos– el viejo pago chico a Montpellier.
Desde allí, donde aún vive, ella repasa su historia con El Cohete. Se llama Verónica Makaroff, pasó los jóvenes 50 y le ha tomado tiempo sanar los desarraigos. Su padre, Jean, era la víctima buscada por la patota en aquella madrugada del otoño del ‘76. La militancia en el Partido Comunista Revolucionario y su condición de artista lo colocaban como blanco apuntado en una urbe muy tranquila. Gesell era pequeña en dimensiones e historia, porque acababa de cumplir 44 años. Todavía integraba el distrito de General Madariaga, y el municipio propio se crearía recién en 1978. En ese rincón marítimo, Makaroff complementaba ingresos entre su casa de discos y el oficio de carpintero.

Jean había nacido en el París de posguerra de una supuesta relación extramatrimonial. El marido presuntamente engañado y su familia, de la gran burguesía parisina, rechazaron al niño, a su madre y a su hermano. Con esa historia a cuestas llegaron a la Argentina, para vivir nuevos desgarros: la mujer fue internada en una institución para enfermos mentales, un destino común a muchas de la época, y él pasó a un orfanato. Una familia adoptiva, nucleada en torno a una empleada del hogar de huérfanos y expósitos, lo cobijó sin mudarlo de apellido.
Aquella noche de otoño en la Gesell de 1976, Jean no estaba en la casa allanada primero y saqueada después. Había viajado a la Capital Federal, para comprar discos, y unos buenos vecinos interceptaron su retorno en la ruta para contarle lo sucedido y ayudarlo a prever próximos pasos. Tras una estadía en Entre Ríos, provincia natal de su entonces esposa, la actriz y maestra Elsa Eula, la familia terminó su periplo en Montpellier. Llegaron en condición de exiliados políticos, concedida por el gobierno galo. En el sur francés recibieron en 1980 la visita de un joven Spiner, que comenzaba su experiencia europea. Su casa de Gesell también había sido objetivo de una patota militar, que hurgó en la biblioteca paterna.

Verónica nunca olvidó aquella visita que, cuando despuntaba la nueva década, acercó a su preadolescencia francesa algo de las brisas marítimas que apenas recordaba. Para entonces, Jean había reencontrado los adagios contestatarios que había iniciado aquí. Lo hizo con el grupo Quimantú, de exiliados latinoamericanos, con los que grabó temas que su hija todavía rastrea en cintas y discos.

—Me siento un poco extranjera aquí y allá —confiesa Verónica al Cohete, océano de por medio.
Es que la primavera democrática trajo consigo la posibilidad del retorno, pero no la garantía de reconstrucción de la vida previa, atrozmente amputada. La familia se quebró y una parte acabó cruzando nuevamente el Atlántico. Como en tantos casos, la nueva democracia no florecía en oportunidades de ejercer la libertad y la querencia. Jean y Verónica volvieron a la ciudad de la costa francesa del Mediterráneo.
—Sin aquella madrugada del ‘76, nuestro destino hubiese sido diferente, habríamos seguido anclados a una Gesell que mis padres amaban —agrega ella.
Con su historia, Weser enriquece su panóptico de vidas y muertes. Porque no todos los duelos machacan únicamente sobre despedidas biológicas. A veces también mueren, por mano ajena igual de irrevocable, caminos vitales como el de la geselina familia Makaroff.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí