Ficciones

¿Dinamarca en el centro de un conflicto internacional?

Militares de Estados Unidos y Canadá en la base militar Pituffik, en Groenlandia, en febrero pasado.

 

Dominique de Villepin es un personaje extraño en la política global. En el mundo se lo recuerda como canciller de Francia por su discurso de 2003 en las Naciones Unidas contra la invasión de Estados Unidos a Iraq cuando todo Occidente se postraba ante Bush Jr. y daba por buenas las frágiles demostraciones de la amenaza planetaria que significaba Saddam Hussein. La tradición diplomática autónoma iniciada por De Gaulle parecía todavía viva en aquella época y permite un notable contraste con la penosa sumisión de la era Macron.

De Villepin proviene de una familia tradicional, su padre fue embajador, él mismo nació en Venezuela y domina el español. Su carrera política no fue luego todo lo exitosa que se presumía: no llegó a postularse para la presidencia, aunque logró ser Primer Ministro del acosador de mujeres Jacques Chirac entre 2005 y 2007. Por cierto, en un creciente clima de lawfare global fue acusado ante los tribunales de una cosa u otra por sus adversarios. Parece un político de otra época; escribió una cantidad de libros de diversos temas. Para comprender nuestro tiempo recomienda leer una obra de un autor de la primera mitad del siglo XIX: Pandora, de Gerard de Nerval, figura relevante del romanticismo francés.

 

Dominique de Villepin. Foto : Joel Saget.

 

Hay una pequeña paradoja en el hecho de que un conservador francés de la vieja escuela, ferviente colonialista, recomiende un relato de un escritor del siglo XIX por la red de un magnate bestialmente reaccionario como Elon Musk. Pero esas contradicciones definen nuestro mundo.

En la línea del movimiento que representa, Nerval habla de un hombre loco de amor por una actriz vienesa un tanto imaginaria. Para De Villepin este relato entraña una profunda lección sobre el presente. A riesgo de sonar un poco ridículo, sentimiento al que la clase alta parisina es totalmente inmune, expresó lo siguiente:

 

Para acompañar a Nerval en su camino, hoy les propongo leer o releer Pandora. Es una obra magnífica, que habla de la humillación social, de la necesidad de elevarse, de la mirada a veces distorsionada del otro. Y nos da brújulas para remediar las durezas del mundo: nunca tomemos las puestas en escena por verdades; no dejemos que la mirada de los demás oscurezca nuestros propios juicios; nunca dejemos que la vergüenza nos gobierne.

 

Sus inspiradas palabras resuenan un tanto enigmáticas; se podrían leer con el trasfondo de la presidencia de Trump y sus efectos en el panorama mundial. O no.

 

Canada Dry

La profesión de banquero parece ser un nuevo requisito para acceder al poder en Occidente: Macron, Merz, ahora también Mark Carney, otro ex Goldman Sachs, presidente de Canadá. Pero Carney tiene algunos problemas con Trump, quien designó a Canadá como el futuro estado 51 de Estados Unidos (el embajador estadounidense en Islandia dijo que ese país sería el número 52, para estupefacción de los nativos que por supuesto no quieren saber nada). El caso es que el matonismo de Trump dirigió al versátil hombre de negocios basado ahora en Ottawa a visitar Beijing, donde lo recibieron con pompa y circunstancia. Quizá entre inversión e inversión, Carney se hace un tiempo para leer a Neval (o a de Villepin): “Nunca tomemos las puestas en escena por verdades; no dejemos que la mirada de los demás oscurezca nuestros propios juicios”.

Canadá es una potencia económica, pero apenas aparece en las noticias internacionales. Tampoco esta vez la prensa prestó atención a las declaraciones de Carney en Beijing hablando de un nuevo orden internacional. Sería multilateral, o sea, no centrado en su vecino Washington. Toda una definición.

 

 

Un imperio aterriza

Un brillante analista italiano, Marco D´Eramo, por desgracia poco conocido en nuestro país en contraste con otros cuya vocación empírica es mucho menos intensa, señaló en una charla que el imperio americano ha decidido, hablando en términos un poco eufemísticos, aterrizar. Esto significa que reconoció los fracasos bélicos de los últimos años cuando había preferido utilizar la fuerza aérea para difundir la democracia.

Las bombas abrían paso al espacio público, según la concepción de la Casa Blanca. Tras las explosiones la gente se abalanzaría sobre los libros de Jürgen Habermas, un caso ejemplar de desnazificacion generacional; o, con suerte, también a los de John Rawls, un poco socialista para el paladar de Wall Street pero mucho más wasp original (blanco, anglosajón y protestante, según las siglas en inglés). La Teoría de la justicia de Rawls fue el segundo éxito de ventas de la filosofía estadounidense después de La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, el célebre teórico de la historia de la ciencia. Aunque al final de cuentas Wall Street no se ocupa de esos números y mucho menos de esos prestigios.

Con todo, y por alguna razón, la fuerza aérea no fundaba con sus bombardeos una sociedad civil democrática. Esto llevó a los analistas del Pentágono a considerar alguna forma de intervención terrestre. La gente no entendía los explosivos mensajes republicanos enviados desde el cielo. Con la asunción de Trump todo cambió. La retórica de Washington no necesitaba edulcorarse. Era directa y brutal. De nuevo los comentaristas moderados hablaban de prepotencia, o de bestialidad, o de imperio. Algunos llegaron a pronunciar una terrible palabra: imperialismo.

 

Aire y tierra

Marco D’Eramo es un sociólogo con una amplia trayectoria periodística, formado en física, y luego ilustrado en París por las vedettes de la época: Bourdieu, Foucault, Barthes. Su inquietante tesis es que el imperialismo yanqui quiere pisar el terreno y conquistarlo. Parece obvio, pero tiene una historia.

Desde Vietnam, y sobre todo desde las frustraciones de Iraq y Afganistán, los Estados Unidos no quieren enviar tropas a las zonas de conflicto porque en el frente interno cae muy mal recibir bolsas con soldados muertos. La prioridad número uno de cualquier operación es que no haya bajas. Por eso celebraron en primer lugar que el secuestro de Maduro no hubiera producido ninguna. Jamás sabremos si eso es cierto, pero interesa notar que hayan subrayado tanto ese aspecto. Casi como un éxito equivalente al propio secuestro.

Pero Estados Unidos quiere ahora conquistar, ganar territorio. La fuerza aérea no basta, dice D’Eramo. Ahora desean ocupar Groenlandia. Y eso no se consigue con la aviación. La inmensa isla ártica tiene muchos tesoros a los que Trump aspira: las famosas tierras raras entre ellos. Pero también será un sector fundamental para la navegación cuando el Ártico habilite a los rusos y especialmente a los chinos a enviar cargas a Europa ahorrando costosos días de flete. Casi un tercio menos de tiempo entre una ruta posible y la habitual hoy, según The Guardian.

Por las imágenes que trascendieron tras la reunión del Ministro de Relaciones Exteriores dinamarqués y su homóloga de Groenlandia, la conversación no fue muy fluida. Comenzaron a fumar como locos. Fumar es muy caro en escandinavia. Quizá menos caro que las exigencias dementes de Trump.

 

 

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¿Quién podía imaginar que el próximo conflicto internacional iba a tener a Dinamarca en el centro? El panorama mundial es imprevisible. Gracias a Dios el Partido Comunista Chino le imprime cierta estabilidad. El resto es caos.

 

 

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