De Caracas a Teherán

El bloqueo comercial entre Irán y Venezuela profundizó la crisis en la República Islámica

Manifestación en Teherán, la semana pasada.

 

Varios días después de la agresión a Venezuela del 3 de enero pasado continuaron apareciendo publicaciones de intelectuales progresistas que destacan –palabras más o menos– lo “confuso” de la situación y que “no es con clichés ideológicos como pueden desentrañarse los hechos”.

Seamos claros: hubo un ataque militar; el Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la diputada de la Asamblea Nacional de ese país, Cilia Flores, fueron secuestrados, y el Presidente del país agresor, Estados Unidos, ha chantajeado públicamente al gobierno venezolano. ¿Qué tiene de confuso todo esto? ¿Estamos o no ante un golpe del imperialismo clásico? ¿Estamos o no ante una acción cruenta contra un país con abundantes recursos naturales de importancia estratégica que, en ejercicio de su soberanía, busca cierta autonomía del tutelaje imperial?

Los analistas que confunden se preguntan y/o afirman: “¿Hubo una conspiración?”; “Mmm… Delcy Rodríguez está negociando”; “Es que Maduro no es Chávez”… Quienes no tienen ni han tenido responsabilidades de conducción política o una experiencia militante pueden darse el lujo de detenerse en este tipo de especulaciones; pero quienes ejercen altas responsabilidades públicas saben que gastar energías en conjeturas flojas de fundamentos tiene el efecto práctico de debilitar a quienes han sido atacados y ya eran más débiles.

Cuando se sostiene que Trump “aceptó” o “eligió a Rodríguez como Presidente del país” y que “Trump gobierna Venezuela”, se está insinuando que Delcy es una colaboradora. El apoyo popular organizado, la cohesión del chavismo al frente del Estado y la probada inoperancia de la oposición son los factores que impusieron la sucesión tal como establece la Constitución bolivariana; además, Trump no gobierna Venezuela: hoy las grandes petroleras son renuentes a invertir en el país caribeño, y no sólo por razones económicas, pues pretenden cambios en el ordenamiento jurídico petrolero venezolano que, según el propio Trump, él no está en condiciones de satisfacer. Asimismo, hay indicios elocuentes de que Trump no tiene intenciones de gobernar Venezuela, sino de controlar sus relaciones comerciales en defensa del dólar.

Así, se desvía la atención de lo más importante: contribuir a enfrentar la ofensiva norteamericana contra América latina. En el momento en el que se insiste en tal o cual defecto de Maduro y se supone que fue traicionado en el más alto nivel, se está incurriendo en la lógica de criticar simétricamente a las dos partes; es nuestra conocida teoría de los dos demonios versión continental: “Está mal que Estados Unidos haya atacado” pero “el autoritarismo, la descomposición y la pérdida de legitimidad del régimen chavista –porque todo indica que en las últimas elecciones hubo fraude– lo hicieron inevitable”. En algunas opiniones se rompe la simetría, tanto que allí predominan las críticas al gobierno venezolano. Supongamos que estos déficits/características chavistas fueran reales, ¿acaso se produjeron entre la noche del 2 y la madrugada del 3 de enero, o están estrechamente relacionados con el implacable acoso del imperialismo por más de 20 años y la antidemocrática oposición venezolana? ¿A quiénes benefician las especulaciones sin pruebas, matizadas con afirmaciones falsas como “la reacción popular a la agresión es casi inexistente”? ¿Dónde está el origen de los sufrimientos del pueblo venezolano que emigró, en el “autoritarismo chavista” o en las criminales y prolongadas agresiones oligárquico-imperiales?

Se sabía que en caso de una guerra convencional Estados Unidos tenía ventajas, como quedó en evidencia el 3 de enero, y también que una invasión ponía a Venezuela en una situación menos desfavorable pero con costos enormes; por lo tanto, antes Maduro y ahora Delcy no tenían y no tienen otra alternativa más que negociar. En otras palabras, es indudable que los venezolanos prefieren un acuerdo a la guerra, y probable que Trump se incline por esta vía. La diferencia está en que los venezolanos buscan ganar tiempo mientras que Trump tiene urgencia en forzar un acuerdo, por eso lo busca pistola en mano y apuntando a la cabeza. Omitir este detalle y agregar que tal acuerdo incluiría “la permanencia de la camarilla gobernante venezolana en el poder” es otra apelación a la teoría de los dos demonios que –una vez más– no explica cómo se relacionan los hechos.

 

Maduro y Delcy Rodríguez no tienen otra alternativa más que negociar.

 

Trump y sus características personales no son el problema, el problema es el tradicionalísimo expansionismo de Estados Unidos que históricamente se ha apropiado de recursos o territorios ajenos, por las malas o por las no tan malas, invadiéndolos o comprándolos, siempre negociando con rifles, bombas o misiles en mano.

El ataque a Venezuela rompió la conexión entre Caracas y Teherán, que incluía el comercio de petróleo y oro, y permitía a países severamente sancionados independizarse en alguna medida de los norteamericanos y sus aliados comerciando parcialmente sin usar dólares. La destrucción de este tipo de cooperación Sur-Sur –en línea con el concepto de Sur Global– forma parte de los objetivos del gobierno estadounidense, por lo que el asalto sumó un éxito táctico desde la perspectiva de Washington, aunque los beneficios políticos internos y los efectos estratégicos sean inciertos. Se ve que las categorías derecha e izquierda y/o el latiguillo del “predominio de la extrema derecha” no definen ni explican por sí solos las disputas y cooperaciones geoestratégicas actuales: ni el gobierno venezolano es de derecha ni el régimen teocrático de los ayatolas es de izquierda; la India tiene un gobierno nacionalista-étnico-hindú de derecha y participa en los BRICS con Brasil y China…

El bloqueo comercial entre Irán y Venezuela profundizó la crisis en la República Islámica. Durante la Guerra de los 12 Días fueron destruidas instalaciones nucleares y refinerías, disminuyó la producción energética iraní y, ante la amenaza de nuevos ataques, se desviaron recursos económicos hacia la defensa afectando aún más otras ramas de la economía. El Banco Central de Irán perdió la capacidad de subsidiar el tipo de cambio para la importación de bienes esenciales, como alimentos y medicamentos; con la eliminación del subsidio, la élite económica que controla la importación de estos y otros productos de primera necesidad trasladó a los precios el incremento del dólar, desencadenando una inflación que disparó la reacción de los bazares que se expandió a toda la sociedad iraní en un típico movimiento multiclasista.

A los vendedores del Gran Bazar de Teherán se unieron un movimiento monárquico, sectores sindicales en huelga, intelectuales y estudiantes universitarios, organizaciones feministas y de derechos humanos, jóvenes que se identifican con la Generación Z y minorías étnicas, como los kurdos y los baluchis. No hay liderazgo ni programa opositor que unifiquen, lo que favorece al gobierno. Estados Unidos e Israel están trabajando para un cambio de régimen en Irán. Trump y Netanyahu han hecho declaraciones de apoyo a las manifestaciones y, por si faltaba algún condimento, apareció la María Corina Machado iraní: Reza Pahlavi, hijo del último Sha –vive en Estados Unidos hace 45 años–, apoyó públicamente los ataques militares israelíes en junio de 2025 e instó a la población a alzarse contra el régimen; los iraníes lo ignoraron y se opusieron a la agresión. El 29 de diciembre último, el Mossad publicó en su cuenta de X (ex Twitter): “Ha llegado la hora. Estamos con ustedes en la plaza”.

 

 

La violencia es difícil de evaluar por cuanto el gobierno iraní ha dispuesto un bloqueo digital. Se estima que en lo que va del año ha habido más de mil muertos. Lo que puede afirmarse es que el tándem estadounidense-israelí la instrumentaliza para consolidar el dominio de Israel en la región. Si en estas condiciones no se diera el derramamiento de sangre suficiente, podrá ser escenificado, exagerado o fabricado para justificar la mentada “intervención humanitaria”. Por eso las especulaciones sobre el número de muertos en protestas pacíficas que se tornaron violentas se han convertido en una frontera moral: separan a quienes realmente se preocupan por la suerte del pueblo iraní de quienes instrumentalizan su sufrimiento. Ya es hora de aprender que cada vez que las potencias occidentales invocan los “derechos humanos”, hay que preocuparse y mucho: la historia reciente es categórica, ahí están Yugoslavia, Irak, Libia, Siria, Afganistán, etc. En otras palabras, en ninguna parte una operación de cambio de régimen impulsada por la CIA, el Mossad o el servicio de inteligencia de otra potencia occidental ha mejorado las condiciones de vida del pueblo en cuestión, tampoco ha proporcionado el prometido incremento de las libertades personales y políticas.

Si la apuesta fue desatar el caos y una guerra civil, por ahora ha fracasado: ni las duras sanciones económicas, ni la Guerra de los 12 Días, el ataque militar norteamericano a instalaciones estratégicas y las actuales protestas han conseguido desestabilizar al régimen: durante un breve período, el gobierno iraní logró cierta unidad con sectores liberales prooccidentales, y la situación indica que es improbable la hipótesis de su caída inmediata. En cualquier caso, es evidente que en el corto plazo no hay una salida progresista posible.

¿Qué estamos presenciando? ¿Una sangrienta represión contra un levantamiento democrático o actos de guerra híbrida para derrocar a la República Islámica de Irán? Es probable que ambas cosas a la vez. El Presidente Masoud Pezeshkian y el “líder supremo” Alí Hoseiní Jamenei podrán señalar por la violencia a Estados Unidos, Israel, las fuerzas separatistas y otros grupos, pero no pueden ocultar la historia de represión del régimen contra manifestaciones populares, en particular la de la Guardia Revolucionaria Islámica: los intentos de desestabilización imperialistas no justifican semejantes acciones ante demandas legítimas.

Sin embargo, es importante destacar que Irán no puede reducirse a una simple dictadura islámica bárbara, como repite el discurso occidental; el mismo que presenta el genocidio en Gaza como un “acto de defensa de Israel”; el que, obsesionado con el derecho de las mujeres iraníes a no usar el hijab, los derechos de los homosexuales y el fin de las ejecuciones, nunca dijo una palabra sobre su aliado, el régimen de Arabia Saudita, que impone y practica exactamente las mismas torturas; el mismo que apoya a Al-Jolani, que las está imponiendo en Siria, donde el número de mujeres en el Parlamento acaba de caer de 28 bajo el régimen de Assad a seis con Al-Jolani; el mismo que nunca menciona que en Irán la mitad de los estudiantes universitarios son mujeres y que en las carreras vinculadas a las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas el porcentaje asciende al 60%. Respeto el derecho de las personas a vivir según los preceptos de la religión que practican, no la obligación de observarlos: rechazo la teocracia en Arabia Saudita e Irán y en cualquier otro país, como podría ser Estados Unidos, donde el sionismo cristiano aspira a imponerla; o Israel, donde el sionismo judío está cerca de lograrlo.

La sociedad iraní ha sido sometida a una asfixia lenta, una manipulación social diseñada para bloquear el crecimiento económico, la movilidad social ascendente y la evolución política. El principio de cualquier mejora podría obtenerse con el levantamiento de las sanciones, algo tan lejano como Caracas de Teherán.

 

 

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