“… los profesores de la universidad esperaban que yo contribuyera a una sociología durkheimiana, a la que los había llevado la tradición positivista –tan viva en América del Sur– y la preocupación por dar una base filosófica al liberalismo moderado, que constituye el arma ideológica habitual de las oligarquías contra el poder personal. Llegué en estado de abierta insurrección contra Durkheim y contra toda tentativa de utilizar la sociología con fines metafísicos. Por cierto, yo no podía ayudar a alzar las viejas murallas justamente cuando, con todas mis fuerza, intentaba ampliar mi horizonte”.
Esa porción de infinito abierta frente al puente del buque Mendoza en la rada del puerto brasileño de Recife en 1935, asombraba al novel filósofo de 27 años Claude Lévi-Strauss (Bruselas, 1908 - París, 2009) al coincidir con unas aspiraciones profesionales aún desordenadas que lo llevarían a convertirse pronto en sociólogo, de inmediato en etnógrafo y luego a generar una antropología revolucionaria. El azar le había deparado compartir la extensa travesía con el autor del Manifiesto Surrealista (1924), André Breton, y con Víctor Serge (Bruselas, 1890 - México DF, 1947), camarada de andanzas de Vladimir Ilisch Uliánov, más conocido como Lenin, factótum de la Revolución bolchevique de 1917.
Lévi-Strauss iniciaba así “la experiencia más importante” de la vida, no sólo para su persona sino para cientos, miles de científicos sociales para quienes sigue siendo una referencia ineludible. En la oportunidad lo acompañaba su flamante (primera) esposa Dina Dreyfus (Milán, 1911 - París, 1999), nada más lejano a una ama de cada burguesa; intelectual egresada de la Sorbona en derecho, filosofía y etnología. Se trasladaban a la vigorosa ciudad de San Pablo a fin de armar la carrera de sociología de la Universidad fundada el año anterior. Todo estaba por hacerse. Fértil terreno a fin de sembrar nuevas especies, no menos que para dejar en el pasado las togas, galas y los peluquines sajones que anquilosaban los cuerpos teóricos y arcanas prácticas de los estudios sociales en la academia europea. Poco más de un año retuvieron las aulas al inquieto profesor, antes de que se lanzara a articular sus argumentos en la práctica a través del trabajo de campo en la selva amazónica con las comunidades indígenas caduveo, bororo y nambikwara.

Lapso de urbe y jungla en el que el entonces etnógrafo escribe una serie de artículos, científicos y de difusión, un puñado de los cuales da lugar a Tristes trópicos (1955), libro liminar en la obra levistraussiana, tres años anterior a su fundante Antropología estructural. En el camino quedaron múltiples textos (de entre 1935 y 1942) esparcidos en publicaciones variopintas que, a la luz retrospectiva de la historia, aportan elementos que ilustran, cuando no suman o complementan, los exquisitos desarrollos de una producción monumental. En conjunto refulgen los diez artículos y cinco sinopsis fílmicas, incluidas en Los horizontes más vastos del mundo, título metafórico y no tanto, emergente de la proyección de sensaciones surgida desde la mentada cubierta del buque frente a la planicie abierta tras el puerto de Recife.
Compilada por los investigadores brasileños Samuel Titan (Belén do Pará, 1970) y Carlos Augusto Calil (Sao Paulo, 1951), son nueve escritos de 1935 publicados en portugués y uno inédito (“El fascismo en Brasil”), entre cuyas líneas resulta factible percibir los iniciáticos movimientos programáticos hacia una novedosa etnología, aún en temáticas que en aquel momento parecían ajenas a la perspectiva antropológica. Facilita la aproximación al universo de Claude Lévi-Strauss considerar su caracterización de la conservadora esterilidad de las antinomias estáticas (racional-irracional, intelectual-afectivo, etc.) ante la preeminencia del lenguaje, en cuyo interior tales dicotomías presentan sistemas inteligibles. En consonancia, lo social no se produce en el plano del acontecimiento sino en la dinámica relacional de las producciones intervinientes, cuya intensidad y magnitud supera y traspasa las distinciones convencionales en las acciones sociales.

Dentro de este tópico se inscribe el primer, curiosísimo artículo dedicado al cubismo, redactado a los 18 y retocado en los años brasileños, modalidad de las artes plásticas en la que resalta la lógica interna de la imagen, su estructura, en detrimento de la cosa representada, instalando un acontecimiento emancipatorio. A continuación, el inédito acerca del fascismo –denominado “integralismo”– en Brasil durante 1935, advirtiendo su peligrosidad por la advocación de un Estado totalitario, aunque sin racismo dada la abundancia de “aglomeraciones políticas imprecisas e indecisas” donde se mezclan “–o se superponen, al contrario, a menudo, sin mezclarse– todas las nacionalidades y todas las razas, desde los mestizos de indígenas hasta los eslavos del este europeo”.
En el tercer texto Lévi-Straus hecha toda la carne al asador. Propone al detalle un “Instituto de Antropología Física y Cultural” que resulta nada menos que el boceto preliminar de lo que pronto se convertirá en la antropología estructural. Establece un espacio capaz de sintetizar enseñanzas, datos e investigaciones provenientes de fuentes etnográficas, arqueológicas, anatómicas, lingüísticas, históricas, etcétera, conformando una red articulatoria dinámica, exponente de su funcionamiento social. “Los horizontes más vastos del mundo”, cuarto artículo, dador de título al volumen, otorga un respiro comparativo –no podía ser de otra manera– de índole literaria, mediante un despliegue ejemplar de esa prosa inimitable con que el autor embellece y refresca las reflexiones más adustas. Recreos, licencias, juegos evocadores de los tradicionales relatos de viajeros, instalan sabor y color que el lector agradece.

Ya de lleno en la experiencia del trabajo de campo en tres aldeas bororo, el etnógrafo y su equipo se abocan al estudio de las dos principales fratrías exogámicas, cada una a su vez dividida en varios clanes. La determinación del sistema de parentesco emerge como un paradigmático ejercicio de análisis estructural al constituir la vía de acceso a los regímenes de intercambio, división del trabajo, calificación diversificada; confección y uso de utensilios de confección representativa de las imágenes epónimas del universo simbólico y sus rituales, estratificación social, derechos y obligaciones. Apasiona observar las representaciones gráficas de todas y cada una de estas funciones inscriptas en arcos, flechas y cápsulas pénicas ceremoniales y de uso cotidiano.
Intercambio epistolar de impostada paridad profesional, elegante hasta la cursilería, el establecido entre el joven investigador y los sexagenarios hermanos franco-argentinos Emilio y Duncan Wagner debate en torno a una supuesta civilización chaco-santiagueña descubierta por estos últimos arqueólogos aficionados a mediados de los años ‘30 del pasado siglo. Colaborador independiente del diario O Estado de Sao Pâulo, Lévi-Strauss encara bajo el mordaz título “Una gran obra” (1937) los resultados de la recolección de cacharros y las correspondientes conclusiones efectuadas por los hermanos. No es improbable que el interés del etnólogo se base en que las tesis wagnerianas hayan honrado más la épica del músico homónimo que al rigor de la ciencia. Director y vice del extinto Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas de la provincia de Santiago del Estero, basan su desopilante tarea difusionista en una monumental colección de vasijas decoradas que sus descubridores emulan a la de las culturas helénicas y del Oriente prehistórico del viejo continente. En otros términos, representan todo aquello que Lévi-Strauss aborrece; con educación y gentileza les espeta, sin que acaso tomen cuenta de la ironía. Es en este aspecto donde reposa la merecida atención de la interlocución, en los puntos donde amplía las distancias en torno a lo más retrógrado del pensamiento colonial de la época, que aún hablaba de “pueblos sin historia”, cuando no “recién salidos de la barbarie”, por cierto “desgraciados, sin cualidades de ninguna clase”. En fin, el joven profesor desconfía “de una historia que se presenta bajo el rostro de la adivinación”. Esta última consideración abreva en el mentado combate contra la metafísica y se extiende a lo que luego comprenderá la “indigencia intelectual”, presentes en el esoterismo new age del estilo Castaneda, Kusch o Campbell, entre tantos.
Como para redondear su posición en términos para ese momento actuales, la séptima entrega se encarga de distinguir la sociología de una filosofía de las ciencias humanas para abocarse al estudio de los “modos de vida de las colectividades” mediante las herramientas etnológicas que pongan en evidencia los sistemas de relaciones donde “los hechos son susceptibles de ser involucrados”, es decir, su estructura. Pone en práctica dichos principios en el estudio de las muñecas karajá, para seguir en el análisis de los cuentos de Jaques Perrault (París, 1628-1703), el de Caperucita, demostrativos de la pérdida del ritual religioso, coherente con la desintegración del mito y su conversión en cuento popular. En contraposición, al concluir la recopilación, relata los pormenores del correlato entre guerra e intercambios comerciales entre los indígenas.
Respecto a las cinco de las seis películas que se lograron restaurar merced al trabajo de Carlos Augusto Calil, ilustran con meridiana claridad distintos aspectos de la expedición al Mato Grosso entre noviembre de 1935 y enero de 1936 por Dina Dreyfus y Lévi-Strauss. De mayor atractivo histórico que etnográfico, muestran a la pareja trabajando con los indígenas en distintas locaciones. Pueden verse en forma gratuita aquí.

Más opacada que difundida, en la Argentina la perspectiva levistraussiana ha resultado amenazante para la fenomenología imperante en una academia monopolizada por el radicalismo cómplice de dictaduras y dictablandas, que le otorgaron protección a cambio de funcionarios. Por el contrario, tan intensos como breves han sido los aportes de los antropólogos Eduardo Menéndez y Eliseo Verón; publicaron Tristes trópicos y la Antropología estructural en la editorial universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) a fines de los años ‘60, hasta que la última dictadura cívico militar dejó caer los derechos, raudamente apropiados por las multinacionales del papel impreso. Otros difusores fueron Oscar Masotta, Enrique Pichón-Riviere, Ernesto Laclau y Blas Alberti. Marginado de Buenos Aires, el ideario perdura en cátedras aisladas en las universidades de Jujuy, Tucumán, Misiones y Olavarría.
Con Los horizontes más vastos del mundo se amplía un corpus teórico y metodológico expuesto en esa prosa transparente y elegante, accesible a públicos que rebasan la especificidad de las ciencias sociales. En muchos aspectos, la labor de Samuel Titan y Carlos Augusto Calil opera al modo de adenda, informe complementario que extiende y otorga mayor comprensión, como fue (y sigue siendo) Tristes trópicos respecto al conjunto de la obra de Claude Lévi-Strauss. Recorrido éste que excede el monumental aporte antropológico para constituir una ética defensora de la diversidad, mostrativa de ese espejo etnográfico en el que la humanidad puede constatar que cada modo de hacer las cosas deja de ser universal para asumir otras modalidades. Actitud fundante al tratarse de grupos etnográficos y pueblos originarios, merecedores de ser dejados en paz en sus costumbres, alejadas de toda pretensión metafísica, moral o didáctica.
* Nota: Evítese pronunciar levistró, pues Lévi-Strauss es de raíz belga judío: ergo leviestráus, como los jeans. Se bailan los valses de estráus, no los de estró.
FICHA TÉCNICA

Los horizontes más vastos del mundo
Claude Lévi-Strauss
Fotos y films: Dina Dreyfus
Compiladores: Samuel Titan y Carlos Augusto Calil
Traducción: Lucía Dorin
Buenos Aires, 2025
287 páginas
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