En abril de 1963 se estrenó en la Argentina El satánico Dr. No, la primera película de la larga saga del comandante Bond; con Sean Connery en el rol principal y la despampanante Ursula Andress como la primera chica Bond. La franquicia, la más larga de la historia del cine, ha logrado llegar hasta nuestros días: el próximo estreno fue anunciado para el 2028, bajo la dirección del canadiense Denis Villeneuve.
James Bond –oficial del Servicio de Inteligencia Secreto y comandante de la Royal Naval Reserve, conocido también por su código, 007– es un personaje creado por Ian Fleming, escritor, periodista y ex agente de inteligencia británico. Nieto del banquero escocés Robert Fleming e hijo del parlamentario Valentine Fleming, el futuro novelista creció en el medio mullido de la clase alta británica, aunque su escolaridad fue un poco turbulenta. Estudió en el Eton College, uno de los internados más exclusivos del Reino Unido, por cuyos claustros pasaron más de veinte primeros ministros británicos y varios miembros de la familia real. Siguió sus estudios en Austria, Alemania y Suiza, antes de dar sus primeros pasos como periodista en la agencia Reuters. Luego vendría su ingreso al mundo del espionaje, antes de dedicarse de lleno a la escritura. La primera novela del espía “con permiso para matar” fue Casino Royale, publicada en 1953.
Bond es un producto químicamente puro de la Guerra Fría. Así lo considera M, la jefa del servicio de inteligencia británico del MI6, interpretada por Judi Dench, en GoldenEye (1995). M lo trata de “reliquia de la Guerra Fría”, además de “dinosaurio sexista y misógino”, subrayando cómo el mundo y la geopolítica habían cambiado tras la caída de la Unión Soviética, y en el fondo cuestionando la relevancia del agente, interpretado por Pierce Brosnan.
En efecto, el Muro de Berlín había caído seis años antes y los productores de la saga decidieron enviar un mensaje a sus espectadores a través de la jefa del MI6: no teman, Bond puede sobrevivir a la Unión Soviética. En todo caso, la crítica era dolorosamente justa: los mejores malos de la saga fueron siempre los rusos. La Unión Soviética fue un rival a la altura del Servicio Secreto de su Majestad, un adversario respetado que mantuvo alerta a los agentes británicos. Ni SPECTRE, la organización global de terrorismo y extorsión, ni los malos notables como Elliot Carver –el magnate de la prensa de El mañana nunca muere (1997), interpretado por el gran Jonathan Pryce– o Goldfinger, el villano de la película homónima de 1964, interpretado por Gert Fröbe, lograron equiparar la amenaza soviética.
Ocurre que la rivalidad entre agentes británicos y rusos incluía algunas premisas básicas. La primera, tal vez la más importante, era la mutua certeza de que el otro no podría ser vencido por las armas. Ambos bandos aceptaban “el equilibrio del terror”, para retomar la fórmula del filósofo francés Raymond Aron, referida a que los dos bloques rivales poseían armas nucleares de aniquilamiento, lo que, según el francés, aseguraba que ninguno quisiera usarlas. Aron, asesor del Presidente De Gaulle, también definió a la Guerra Fría como un período de “paz imposible y guerra improbable”. Esa fue la edad de oro de Bond, reflejada en Desde Rusia con amor (1963), interpretada por Sean Connery junto a la italiana Daniela Bianchi, que hacía de agente rusa, y al mexicano Pedro Armendáriz como un improbable, aunque eficaz, agente turco del Servicio Secreto británico.
En ese capítulo de la saga, SPECTRE intenta engañar a la vez a la KGB y al MI6 para enfrentar a dichas agencias y sacar provecho. No tiene éxito, justamente, por aquel acuerdo tácito entre espías, cuya rivalidad no estaba exenta de acuerdos mutuos reflejados en el principio de realpolitik “paz imposible y guerra improbable”.
Pero la Unión Soviética no se limitó a inspirar películas y novelas de espías con sus malos de antología: también impulsó beneficios sociales y políticos innegables hacia las mayorías de Occidente. Lo hizo de forma indirecta. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y luego de terminar con la amenaza nazi –encarcelando o ajusticiando a unos pocos líderes y “extrayendo” a miles de científicos del Tercer Reich hacia los países aliados– el problema para el bloque occidental pasó a ser la Unión Soviética. Winston Churchill lo advirtió en su estilo florido: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro. Tras ella se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y Oriental”. Los soviéticos eran los nuevos adversarios, pero tanto Churchill como sus aliados norteamericanos descartaban un conflicto armado. El “equilibrio del terror” era una garantía de paz.
Churchill perdió las elecciones que había convocado, seguro de su triunfo, pocos días después de la rendición nazi. Fue vencido por el laborista Clement Attlee ya que, para los electores británicos, la etapa que venía era de reconstrucción, no de guerra. Necesitaban un líder que pudiera resolver la grave crisis económica, el alto nivel de endeudamiento, el racionamiento severo y la destrucción de la infraestructura, antes que uno que los protegiera del supuesto peligro comunista. El Estado de bienestar fue la respuesta social de Occidente a ese peligro. El capitalismo debía mostrar mejoras reales en el bienestar de las mayorías, en el consumo, en la integración de las clases populares, para hacer frente al cuco soviético. Y fue un éxito: el período que va de 1945 (fin de la guerra) a 1975 (inicio de la crisis del petróleo) es llamado por los franceses Trente Glorieuses (Treinta Años Gloriosos). Fue una etapa de gran expansión económica, impulso tecnológico notable y aumento del nivel de vida de las mayorías. Un bienestar que se reflejó incluso en el aspecto demográfico (el famoso baby boom). También las economías periféricas se vieron beneficiadas por ese impulso de desarrollo con equidad, que en la Argentina se materializó durante el primer peronismo.
El fin del Estado de bienestar no se explica sólo por la crisis del petróleo de mediados de los años ’70, que encareció los combustibles fósiles hasta entonces relativamente baratos. El desplome del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, impulsó la discutible certeza de que ya no había enemigo, ni tampoco modelo alternativo al capitalismo. Por lo tanto, ya no era necesario invertir en el bienestar de las mayorías. El politólogo estadounidense Francis Fukuyama, en pleno frenesí, anunció “el fin de la historia”. En nuestro país, el Presidente Carlos Menem interpretó la caída del Muro como el fin del comunismo y el inicio de una era de “euforia capitalista”. Eso consolidó su giro hacia el neoliberalismo, el alineamiento con Estados Unidos y la reforma del Estado; es decir, la destrucción del tenue Estado de bienestar impulsado por Juan Domingo Perón que había sobrevivido a la dictadura cívico-militar de 1976. El “fin de la historia” no anticipó el fenómeno chino: contradiciendo el relato libertario y sus alucinaciones anticomunistas, la economía planificada de la República Popular de China es la que, por lejos, más ha crecido en el siglo XXI, y la que más ciudadanos ha sacado de la pobreza.
En todo caso, el desinterés del capital hacia el bienestar de las mayorías explica también la caída sostenida del poder adquisitivo de las clases medias occidentales a partir del fin del modelo del Estado de Bienestar y el inicio de la hegemonía neoliberal. La salida de cada nueva crisis financiera (la de las hipotecas subprime, la de la pandemia de COVID) implicó una mayor concentración de la riqueza y un nuevo ajuste en los ingresos fijos (salarios, jubilaciones y pensiones). Hoy, casi cuatro décadas después de la Caída del Muro, la dictadura del capital, para retomar una expresión de Amado Boudou, parece ir en contra del Estado de derecho y la democracia electoral. La llegada de Donald Trump, pero también la de Javier Milei, Jair Bolsonaro y tantos otros mandatarios reaccionarios que se presentan como liberales, no se explica sin ese cambio global. Los grupos de tareas de ICE, cuyas imágenes de violencia explícita saturan las pantallas del mundo, no afectan el apoyo que las grandes empresas tecnológicas (las Big Tech, como Google, Amazon, Meta o Tesla, entre otras) le aportan a Trump. La contrapartida de ese apoyo entusiasta es que los gobiernos tienden a transformarse en sus facilitadores de negocios. Con el pretexto de que sus compañías requieren de inversiones colosales y de largo plazo, los accionistas de las Big Tech argumentan que las elecciones cada dos o cuatro años generan “ruido electoral” (según la maravillosa expresión de un informe del J.P. Morgan del año pasado). Luego de desguazar el Estado de bienestar e imponer el modelo del ajuste permanente, la dictadura del capital va por el Estado de derecho y la democracia electoral.
El final no está escrito y dependerá de la capacidad de reacción de las mayorías populares y sus representantes, tanto políticos como sociales y sindicales; de los votos, de la oposición en el Congreso, pero también y, sobre todo, de la resistencia en la calle. La persecución al kirchnerismo y el encarcelamiento de su líder CFK es parte del disciplinamiento que busca desarticular dicha resistencia. Pero, más allá de los sueños húmedos de los poderosos y de las victorias coyunturales que los grandes conglomerados de comunicación nos venden como cambios de época irreversibles, la realidad también juega.
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