El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) es la unidad de élite más influyente de Irán, surgida tras la revolución de 1979 como resguardo político-militar del nuevo orden. Nació no sólo como fuerza armada, sino como garante de un proyecto estatal que buscaba protegerse de injerencias externas y de la repetición de episodios como el golpe de 1953 que derrocó a Mohammed Mossadeq. Desde entonces, su función ha estado ligada tanto a la defensa del régimen como a la proyección regional de la política iraní. Sin embargo, en el discurso occidental, el CGRI y su Fuerza Quds aparecen reducidos a una sola categoría: terrorismo. Esa simplificación borra que se trata de una estructura estatal, inserta en una lógica de soberanía, disputas regionales y equilibrio de poder. Nombrarlo únicamente desde la matriz “civilización versus barbarie” no describe una realidad, sino que construye un enemigo. El comunicado argentino se inscribe en esa lógica: adopta un lenguaje moral y civilizatorio que transforma una decisión geopolítica en una verdad ética incuestionable.
El problema no es discutir las acciones del CGRI, sino la operación ideológica que convierte a ciertos actores estatales en encarnaciones del mal, mientras invisibiliza la violencia estructural de otros ejércitos cuyas intervenciones han dejado devastación prolongada. Esa asimetría en la forma de nombrar no es jurídica: es política, histórica y profundamente colonial en su modo de ordenar el mundo. Lo que aparece como defensa de valores universales es, en realidad, una disputa por el derecho a definir quién tiene legitimidad para ejercer la fuerza y matar, y quién queda automáticamente fuera de la comunidad “civilizada”. Allí el lenguaje deja de ser descripción y se vuelve herramienta de poder.
La máquina de poder iraní
La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán es uno de los núcleos centrales del poder del país y su función excede ampliamente lo militar, ya que combina influencia política, económica, ideológica y estratégica tanto dentro del territorio iraní como en distintos escenarios de Medio Oriente. Fue creada con el objetivo de proteger al nuevo régimen, y a diferencia del ejército regular su lealtad no se orienta al Estado en términos institucionales clásicos sino al sistema político-religioso encabezado por el líder supremo y el clero chiíta, un rol que quedó establecido en la Constitución y que le dio carácter permanente. Su transformación decisiva ocurrió durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), un conflicto que obligó a esta fuerza a convertirse en un cuerpo de combate más convencional, con estructuras de mando, logística y organización comparables a las de ejércitos modernos, consolidando desde entonces un peso similar al de las fuerzas armadas regulares. Lejos de reducirse tras la guerra, su poder se expandió cuando el líder supremo Alí Jamenei habilitó su ingreso en sectores clave de la economía como la construcción, la energía y la infraestructura, lo que le otorgó autonomía financiera y la convirtió en un actor económico de gran escala además de militar. Dentro de su estructura, la Fuerza Quds cumple la función de brazo exterior y es la encargada de sostener redes de aliados y actores armados en la región, en el marco de lo que Teherán denomina un “Eje de la Resistencia” frente a Israel y a la influencia de Estados Unidos; su participación ha sido señalada en el respaldo al gobierno sirio de Bashar al-Assad, en la relación estratégica con Hezbolá en el Líbano, en el apoyo a los hutíes en Yemen y en la articulación con milicias chiítas en Irak, especialmente después de la invasión estadounidense de 2003, que amplió su margen de acción. Funcionarios de Estados Unidos han acusado a la Guardia de entrenar a milicias iraquíes en el uso de explosivos improvisados contra tropas estadounidenses y de participar en operaciones encubiertas en el exterior, incluidas acciones contra disidentes iraníes. La organización funciona en paralelo al ejército regular y posee ramas propias que incluyen fuerzas terrestres desplegadas en las 31 provincias del país con más de 150.000 efectivos, la fuerza paramilitar Basij que afirma poder movilizar cientos de miles de voluntarios y que cumple funciones de seguridad interna y control social, fuerzas navales separadas de la marina regular con foco en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz —zona clave para el tránsito mundial de petróleo—, una fuerza aeroespacial responsable del programa de misiles balísticos iraníes y un comando cibernético vinculado a empresas asociadas a la Guardia que opera en espionaje digital y acciones de información. Por su alcance y autonomía, la Guardia Revolucionaria es considerada por numerosos analistas como un poder dentro del propio Estado iraní, pieza clave para comprender tanto la dinámica interna del régimen como la proyección regional de Irán.
El comandante de las sombras
Qasem Soleimani es presentado por sus seguidores como uno de los mayores símbolos contemporáneos de la resistencia islámica revolucionaria, después del ayatolá Jamenei, a quien se definía como servidor y soldado. Más que un militar, fue convertido en figura emblemática de un combatiente que trascendía fronteras, asociado a la defensa de los aliados regionales de Irán y a la proyección de su influencia en Medio Oriente. Nacido en 1957 en una familia humilde de la provincia de Kermán, su trayectoria quedó ligada desde joven a la Revolución Islámica. Ingresó al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica tras 1979 y su formación decisiva se dio en la guerra entre Irán e Irak, conflicto que marcó su perfil como comandante y lo integró a la estructura central del poder militar iraní.
Durante ese conflicto se consolidó como comandante de terreno y en 1983 asumió el mando de la 41ª División Zaralá, participando en algunas de las operaciones más duras de la guerra, como Valfajr-8, Karbalá-4 y Karbalá-5. Aquella experiencia no solo definió su perfil militar, sino que lo integró a la generación de cuadros que transformó a la Guardia Revolucionaria en una fuerza con peso estructural dentro del Estado iraní. En la posguerra, su actividad continuó en tareas de seguridad en las fronteras orientales, hasta que en 1998 el líder supremo, Alí Jamenei, lo nombró comandante de la Fuerza Quds, la unidad encargada de las operaciones externas. Desde ese cargo, su figura quedó asociada a la red de alianzas regionales que Teherán denomina “Eje de la Resistencia”. Para la narrativa iraní, estas acciones formaban parte de una estrategia destinada a sostener a los aliados de Teherán frente a la presión israelí y estadounidense.
Soleimani ganó protagonismo en las guerras de Siria e Irak al coordinar milicias locales, fuerzas estatales y apoyo iraní frente al avance de grupos yihadistas. Su papel fue clave en la articulación de fuerzas como Al-Hashd al-Shaabi y en la defensa de los gobiernos de Bagdad y Damasco. Para sus aliados, fue decisivo para evitar el colapso de ambos Estados; para sus adversarios, representó la expansión de la influencia iraní en la región. Con el tiempo, su figura se volvió un símbolo estratégico del eje que vincula a Irán con Irak, Siria, Líbano y Palestina, y uno de los principales blancos políticos de Estados Unidos e Israel.
En marzo de 2019 recibió de manos del ayatolá Jamenei la condecoración Zulfaqar, la más alta distinción militar iraní, un gesto que selló su lugar dentro del relato oficial como comandante emblemático de la República Islámica. Para unos, fue un símbolo de resistencia; para otros, la personificación de la política exterior más dura de Irán. En cualquier caso, su nombre quedó inscrito en el tablero mayor de las disputas de poder en Medio Oriente, donde las figuras militares se transforman en actores políticos y los comandantes pasan a representar proyectos geopolíticos enteros. Fuertes como la muerte, estos hombres, entregados a una causa de liberación anticolonialistas, son perseguidos, estigmatizados y ocultados por la historia.
Es en ese sentido que debemos recordar que el martirio del Hach General del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán (CGRI), Qasem Soleimani, quien fue asesinado junto al comandante interino de las fuerzas voluntarias shiíes iraquíes, considerado el responsable adjunto de las Fuerzas de Movilización Popular Iraquí (Hash al-Shaabi) Abu Mahdi AlMohandes, y otros militares en ese mismo ataque aéreo estadounidense en la ciudad de Bagdad, Irak, fue ordenado por Trump, en concomitancia con Israel, de acuerdo a sus propias declaraciones. Trump afirmó que ordenó matar al poderoso comandante de la Fuerza Quds para “parar una guerra, no para comenzarla”. Sin embargo, las pruebas indican todo lo contrario, según dieron a conocer varios líderes, entre ellos el de Hezbolá, Seyed Hasan Nasralá, quien ha afirmado que la guerra comenzó la noche del asesinato, dado que no se trata de un caso “únicamente iraní, sino que es un caso que atañe al eje de la Resistencia y a todo el mundo islámico”.

El espíritu como territorio de resistencia
Para Occidente, categorías como el islam, el martirio o la resistencia no solo resultan ajenas: son sistemáticamente deformadas. El imperialismo no se limitó a ocupar territorios; colonizó el lenguaje, las imágenes y la forma misma de interpretar el mundo. Desde los grandes medios de comunicación hasta la industria audiovisual, las plataformas de entretenimiento, los manuales escolares y la producción editorial, se consolidó un relato único donde el “terrorismo” siempre tiene un rostro extranjero, oriental, musulmán. La violencia siempre viene de afuera; nunca de las potencias que bombardean, invaden, bloquean y desestabilizan países enteros bajo la retórica de la democracia.
En ese marco, el mundo iraní —y por extensión los pueblos que no se subordinan al eje occidental— aparece reducido a caricatura. Se habla de ellos sin conocer su lengua, su historia ni su tradición intelectual. Se los condena sin comprender qué significan la fe, el honor, el sacrificio o la defensa de la soberanía. Son sociedades cuya escala de valores no está organizada alrededor del consumo, sino de la pertenencia, la memoria y la convicción colectiva. Y esa diferencia es intolerable para el imaginario dominante, porque demuestra que existen formas de vida que no giran alrededor del mercado ni aceptan ser reeducadas por él.
Mientras tanto, en el propio Occidente se engendra puro vaciamiento: la sustitución de sentido y lucha por simulacro espiritual. La cultura del New Age, el horóscopo como identidad, las terapias milagro, las constelaciones, las energías, las promesas de sanación instantánea, funcionan muchas veces como productos diseñados para administrar la angustia sin tocar las causas. No provienen de una tradición viva ni de una ética colectiva, sino de un mercado que convierte el malestar en negocio. Estas prácticas reemplazan la reflexión crítica, el pensamiento político o incluso la resistencia. Es en este choque de cosmovisiones donde aparecen figuras y estructuras que Occidente no logra —o no quiere— comprender. La Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní surge de esa matriz histórica donde religión, política y soberanía no son esferas separadas. Para Teherán y sus aliados, no se trata de expansión abstracta, sino de defensa estratégica frente a un orden regional moldeado por intervenciones extranjeras, guerras preventivas y cambios de régimen. Lo que el relato occidental simplifica como “injerencia”, para sus protagonistas se inscribe en una lógica de protección de aliados, continuidad histórica y resistencia frente a la hegemonía. Allí la figura del combatiente no se entiende como mercenario ni como individuo aislado, sino como parte de un cuerpo colectivo, una comunidad de destino. Esa idea resulta opaca para sociedades donde el horizonte simbólico está fragmentado por el consumo permanente, la híper-exposición y la distracción infinita. La libertad avanza en Occidente y ya no necesita cadenas visibles: se produce a través del entretenimiento constante, la saturación de pantallas y la espiritualidad convertida en mercancía.
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