Números sin Marco

No era necesaria la renuncia de Lavagna hijo al INDEC para advertir el país real

 

No hacía falta esperar la renuncia de Marco Lavagna al INDEC para evitarse los esfuerzos por encontrar en el gobierno méritos económicos que ya se atribuía por sí mismo. Alcanzaba con consumir con sentido crítico sus propios números, dejando a un costado la confusión entre ilusión y optimismo. El segundo no requiere necesariamente aceptar lo que sucede como lo mejor o lo único que podría pasar.

Sólo de ese modo es comprensible que se haya concedido al elenco estable una celebración mensual que chocaba con la cotidiana percepción de los bolsillos mayoritarios. Algo similar ocurría con una grandilocuencia presidencial a la que pareció consentirse que en cada intervención sumase nuevos millones rescatados de la pobreza, mientras cada vez más personas dormían en las calles. O con la recesión, sospechosa y técnicamente eludida al límite en los registros, pero confirmada por la acumulación de cierres de fábricas y comercios. Bastaba con mirar alrededor para sosegar las ganas de creer o pertenecer.

No es necesario defender todas y cada una de las decisiones y políticas del kirchnerismo para reconocer que, tras haber pisado salarios y actividad, el actual oficialismo festeja una inflación más alta que la que sus talibanes calculaban y protestaban en 2015. La interanual que Patricia Bullrich y Federico Sturzenegger medían en la previa a las presidenciales de ese año era 5,6 puntos más baja que la que su gobierno presentó como gran victoria en 2025. Como la dictadura en 1977, eligen compararse con sus propios registros, de modo de encontrarse triunfadores.

 

“La inflación de un mes en la Argentina es la que registran varios países de la región en un año”, reclamaba Sturzenegger hace una década.

 

 

Crónicas de guerra

También puede fijarse en 2018 el punto de quiebre en la disparada inflacionaria, Luis Caputo mediante, sin que eso implique desconocer que el Frente de Todos no resolvió el paquete y subrayó su incapacidad con una de las tantas frases desafortunadas e hiperbólicas del Presidente de entonces.

 

 

Si el 8,3% de inflación que el INDEC midió antes del balotaje de 2023 ya marcaba una derrota frentetodista en la guerra y el 12,8% de noviembre añadió la volatilidad electoral, el 25,5% del devaluatorio diciembre le sumó responsabilidades que no tuvo. Sobre todo porque el salto de ese mes no fue seguido por alzas de los salarios en enero, sellando una gran pérdida de poder adquisitivo en el inicio del periodo de Milei. Si se pierde el dato de que el recambio presidencial es el 10 de diciembre, la simple sumatoria anual otorga a todo gobierno 21 días de gracia en materia inflacionaria.

Fue el lapso que aprovechó Caputo en su regreso triunfal, en versión anarcocapitalista. Dos años después, conserva su rol medular en el elenco, ahora avalado por el voto. Parece haber tenido éxito en su afán de ocultar la paternidad inflacionaria. El discurso opositor, en gran medida culposo, no se lo recuerda en la medida que debería. De ese modo, se ignoran las condiciones impuestas durante el periodo de Mauricio Macri, que modificaron el curso de los problemas previos con la apertura de un nuevo ciclo de endeudamiento y sus correlativas especulación financiera y fuga de capitales. La cuenta se paga con la merma de ingresos populares, por vía de la licuadora inflacionaria, los tarifazos de servicios y transporte, la retracción de la inversión pública y la destrucción o conversión en informal del empleo.

Si el esquema económico del kirchnerismo tenía deficiencias intrínsecas, sus derivaciones más allá del 10 de diciembre de 2015 pasaron a ser conjeturas de historia contrafáctica. Explorar sus senderos puede ser útil para diagramar proyectos futuros, pero no para explicar la última década argentina.

 

Lo barato sale caro

Incluso eludiendo una búsqueda de posibles dibujos a mayor profundidad, antes de la renuncia de Lavagna hijo lo publicado por el propio INDEC alcanzaba ya para matizar las ilusiones de una inflación galopando a la baja primero y sosteniéndose debajo del 3% mensual, después.

La anual cerró 2025, según el organismo, en 31,5%. Pero, como puntualiza el último informe que publicó en el año, el comportamiento fue disímil entre rubros. La tabla evidencia que el de alimentos y bebidas terminó 0,7 puntos por encima del nivel general, pero los gastos fijos de los hogares la sobrepasaron por diez y los de educación, por 21,2. En todos los casos, se trata de mediciones formuladas bajo los criterios del INDEC, con el sistema de ponderación defendido por el gobierno y prescindiendo de toda auscultación sobre su relevamiento y cálculo.

 

Porcentajes anuales de inflación, por rubros y regiones. Fuente: INDEC.

 

Dentro del rubro de alimentos, las principales subas ilustran un empeoramiento de la dieta de los argentinos y argentinas, en ocasiones con diferencias sustanciales entre regiones. Siempre de acuerdo al INDEC:

  • las frutas aumentaron entre un 34,3% (en la Patagonia) y un 48,4% (en el Gran Buenos Aires);
  • las carnes y derivados sufrieron una inflación de entre 41% (también en la Patagonia) y 59,2% (en el Noreste);
  • la carne picada común –el producto más accesible del conjunto– subió en un año 59% en la región Pampeana, donde pastan las vacas; y
  • el precio del aceite de girasol aumentó un 53,39% en las góndolas del Gran Buenos Aires.

No sólo el relevamiento del INDEC de la inflación reproduce porcentuales a observar. Otros indicios pueden buscarse en los saltos en las canastas de consumo medidas por el organismo. La Canasta Básica Alimentaria (CBA), que considera la mera subsistencia y fija la línea de indigencia, había aumentado 86,7% durante 2024. En el mismo periodo, el INDEC calculó el nivel general de inflación en 117,8%. En cambio, el año pasado cerró con un incremento del 31,2%, casi en línea con la inflación general.

La conclusión es que la presión inflacionaria sobre la canasta de productos alimentarios esenciales se aceleró en 2025, encareciendo la vida de los sectores más vulnerables a un ritmo igual a la de estratos superiores. Los más pobres ya habían pagado con creces el impacto de la devaluación inaugural del gobierno anarcolibertario, que se sumó al alza de precios de alimentos que venía del de Fernández:

Ese comportamiento de los precios, que se mantuvo durante todo aquel año electoral, puede ayudar a comprender la derrota de la rebautizada Unión por la Patria. Asociada de modo ineludible a una continuidad del Frente de Todos, pagó el deterioro acelerado de los sectores populares. En 2024 la tendencia se revirtió, con la CBA corriendo por debajo de la inflación general y la motosierra oficial enfocada en los sectores medios.

El economista Francisco Cantamutto calculó, sobre datos del INDEC, los acumulados de la segunda mitad del gobierno de Fernández y la primera del de Milei: entre octubre de 2021 y noviembre de 2023 el alza de alimentos fue de 462%, contra 415% del nivel general; mientras que en el primer bienio anarcocapitalista el rubro alimentario subió 234% y el general, 259%. El cálculo no cargó sobre las espaldas del FdT el impacto devaluatorio posterior a su salida, y de igual modo arrojó resultados elocuentes, de insuficiente abordaje aún en la desorientada autocrítica de algunos sectores opositores.

Considerando 2025 por separado, sin embargo, ambos índices empataron. Que ser pobre vuelva a resultar cada vez más caro explica la preocupación del gobierno y el Fondo Monetario Internacional por sostener y robustecer programas como la Asignación Universal por Hijo, que pasó de conformar una herramienta de acompañamiento en la salida de la pobreza o la indigencia a convertirse en un paliativo en el reingreso a ellas.

 

Alquileres sin techo

Aunque atemperados por el calendario electoral, los tarifazos en las facturas de los mal llamados servicios públicos fueron combustible del salto inflacionario en los gastos fijos de los hogares, aunque una porción de la población sufrió aún más el pago de alquileres. Ambos ítems, y en particular el referido a los monopolios energéticos, muerden porciones crecientes del ingreso, se retraen del consumo de sus localidades e impactan sobre el resto de los precios. Sólo la paz de los cementerios, que hace un cuarto de siglo se presentaba como “enfriamiento”, los contiene. En gran medida, por la merma del consumo: se mantienen en precio productos que cada vez menos personas pueden comprar.

En el caso de los servicios hogareños y el transporte, representan un rubro constante de recorte para conseguir los endebles y relativos superávits que el oficialismo celebra cada mes. Según consigna el resumen de la Oficina de Presupuesto del Congreso, en 2025 los subsidios energéticos retrocedieron un 37,6% y los de transporte, un 25,2%. El resultado fiscal primario fue superavitario en 9,6 billones de pesos, pero cuando al cálculo se agregan los compromisos del país endeudado cae a -1 billón. La socialización de la mishiadura no alcanza a pagar la adicción ministerial al endeudamiento.

En materia de alquileres, los saltos afectan a una porción de la población, pero son colosales. De acuerdo al censo 2022, también recogido por el INDEC, en la Argentina casi ocho millones de personas residen en viviendas alquiladas. Equivale al 17,4% de los habitantes. El incremento de alquileres evidenció extremos muy superiores al nivel general de inflación. Según el propio organismo, representó subas de entre el 70,8% en el Gran Buenos Aires y 120,3% en la Patagonia, contra un alza inflacionaria general que el INDEC estimó en 31,5%.

Esos aumentos en las rentas de viviendas fueron sufridos por el 15,29% de los habitantes del Conurbano bonaerense y el 22,12% de los del extenso y todavía despoblado territorio patagónico. Ni el bienestar popular ni la soberanía nacional conmueven al Excel oficial.

 

 

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