En 1972 sale Transformer de Lou Reed, una auténtica declaración de rebeldía, grabado en el verano londinense en los Estudios Trident del Soho. Una vez más Lou Reed corría los límites de lo culturalmente correcto, esta vez de la mano de David Bowie, que produjo el disco junto a su guitarrista Mick Ronson. Un disco lleno de mitos que Bowie y Reed se encargaron de alimentar con sus excentricidades, la comidilla favorita de críticos, tanto fanáticos como detractores. El disco combina el rock con el cabaret, lo gótico y lo cool, la pornografía con El fantasma de la ópera, T.S. Elliot y la galaxia Warhol.
El disco está lleno de platos fuertes, vaya por caso Vicious, Satellite of Love o Perfect Day” (“Día perfecto”), que Wim Wenders eligió hace poco como leit-motiv para su último film. Otro de los hits, acaso una de las canciones más emblemáticas de toda su carrera, es Walk on the Wild Side” (“Date una vuelta por el lado salvaje de la vida”). De hecho, fue el único tema que alcanzó el Top 20 en la lista de los Estados Unidos en los 46 años de su carrera solista. Existe una versión del cantante catalán Alberto Pla, más sarcástica, que la tradujo como “El lado más bestia de la vida”, donde le devuelve una dosis de grotesco y humor negro.
Walk on the Wild Side fue escrita originalmente para un musical basado en la novela de Nelson Algren que nunca llegó a los escenarios. Reed transformó la canción en una suerte de documental musical de la escena underground de New York que frecuentaba la Factory de Warhol.
Como dice su biógrafo, Anthony DeCurtis: Walk on the Wild Side es más que una canción, es un slogan, una invitación”. No solo nos muestra a personajes que suelen estar levitando a tres metros de la tierra, que nunca vemos o queremos ver y cuando lo hacemos volteamos la mirada con desprecio y reprobación, sino que los cuenta para ser seducidos por ellos y ganar nuestra curiosidad. Reed ponía a prueba los prejuicios que subsistían agazapados detrás del flower power y el compromiso político de la juventud maravillosa. La canción está poblada de personajes de alto voltaje: travestis, prostitutas, yonkis y maricas, que a su vez se cruzan y mezclan con otros que habitan en las canciones de los surcos contiguos: celosos asesinos, proxenetas y borrachos, chupasangres, depresivos con ánimo suicida, tarotistas y mocosas consentidas, golpeadores y haraganes, libertinos, buscavidas y ladrones de baja estofa. En otras palabras, y parafraseando a Marx, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman bohemia y él lumpen-proletariado.
¿Por qué todo este rodeo? ¿A dónde apunta? Al lado B de la vida, ese costado que solemos cargar a la cuenta de la irracionalidad y que convierte a los jóvenes plebeyos en seres bárbaros, candidatos a convertirse en pequeños mussolinis. Cuando la pobreza golpea otra vez los barrios, lo hacen también las interpretaciones culposas y edulcoradas a la altura de nuestras bienpensadas intervenciones públicas. Si robó es porque estaba desocupado, porque tenía hambre, nunca para divertirse o pasar el rato, para motorizar la grupalidad, o mostrar los dientes y devolver el golpe que los dejó fuera del ring.
No es que esto no pueda ser cierto, que la carestía no sea un factor importante. Pero hay otros ingredientes que tampoco deberían subestimarse, sobre todo cuando se trata de jóvenes muy jóvenes: la adrenalina y la dopamina que liberan los cuerpos lanzados hacia adelante por el vértigo de la aventura y el deseo, por la fuga en moto y el escroleo infinito por las redes sociales, pero también el odio y la rabia que fueron guardando o acumulando en el tiempo, y que ahora están dispuestos a movilizar para pasar a la acción.
El criminólogo norteamericano Jack Katz, autor del clásico libro Los encantos del delito, nos enseñó que los delitos suelen tener una cara oculta o salvaje que solemos sepultar debajo de los zócalos de la televisión escritos para sostener nuestra indignación diaria. No hay que apresurarse a cargar el delito a la cuenta de las necesidades insatisfechas, mucho menos a la cuenta del libre albedrío, como les gusta imaginar a los abogados burguesitos que se aprendieron el cuento y lo repiten una y otra vez frente a su señoría, sin pensar ni ponerse nunca en el lugar del otro.
Los jóvenes, sobre todo cuando son muy jóvenes, aman emboscarse. A veces lo hacen por pura curiosidad, otras para llevar la contra a los adultos con los cuales no suelen entenderse muy bien. Forma parte de la educación sentimental non sancta, sobre todo de aquellas asignaturas informales, paralelas al universo familiar, escolar y recreativo formal. No es por bajarle el precio a sus travesuras y fechorías. El problema no son los jóvenes o sus acciones picantes, sino aquellas instituciones que estaban orbitando a su alrededor (la familia nuclear o monoparental, la escuela formal y el club) y ya no están o han ido implosionado.
No hace falta aniñar a los jóvenes para defender sus derechos o estar cerca de ellos, pero tampoco para comprenderlos y compadecerse. Si queremos cuidarlos no hace falta un código penal, ni si quiera un régimen penal especial, sino proponerles otras prácticas que canalicen el lado salvaje de la vida. Si los jóvenes están en la calle, si estos jóvenes hicieron del delito un laboratorio para saber lo que puede un cuerpo, un dispositivo para modelar y expresar sus emociones profundas, es porque los jóvenes se fueron quedando solos, porque las instituciones que trataban con ellos están en otro planeta, fueron despresupuestadas o se vaciaron de ideas, y se quedaron dando vueltas en el mismo surco, sin darse cuenta que los jóvenes no siempre son los mismos jóvenes, ni tienen los mismos gustos o les atraen las mismas cosas.
Si estos jóvenes están en la sociedad a través de la violencia será porque los adultos les fuimos dando la espalda, porque los roles de cuidado tradicionales están en crisis. Una manera de llamar la atención, pero también de devolver el golpe en incómodas cuotas, será a través del bardo o el robo violento o atrevido.
Bajar la edad de punibilidad, institucionalizarlos, solo contribuirá a subculturizarlos, y será un incentivo extra a la hora de derivar hacia el delito y la violencia, un estímulo que hará más atractivo el lado salvaje de la vida.
* El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros, de Temor y control; La máquina de la inseguridad; Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil, Prudencialismo: el gobierno de la prevención; La vejez oculta y Desarmar al pibe chorro.
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