La malversación

Spinoza y la deriva criminal del Estado de Israel

Baruch Spinoza Oil on Linen, Mike Newton.

 

En un artículo recientemente publicado en la revista Seúl contra mi nota “Spinoza ante el espejo de Gaza” aparecida en Anfibia, la filósofa Diana Sperling se refiere a ella (dice que mi texto le hizo “pensar en todo ello”) con estas expresiones, un tanto incontinentes en mi opinión: “ventriloquista de feria”; “gestualidad digna de Harry Poter”; “buenismo pacifista”; ser autor de “un marketing apto para show business”; “configurar un hashtag” para “almas bellas”; adoptar máximas “más adecuadas para revistas femeninas actuales”; “rayano con el antisemitismo”; “demonización de la comunidad judía de ese entonces”; hacer de Spinoza “un Che Guevara en Ámsterdam”; ser “banal”, “maniqueo”, “irresponsable” (por usar la palabra genocidio para referir la matanza de miles de seres humanos en Gaza) y “grotesco”; que mi reflexión “resulta francamente sospechosa”; que desconozco “el espesor del lenguaje” filosófico; dar “consejos new age” y “una versión Disney (de Spinoza)”; “convertir al pensador en un personaje de telenovela y poner en su boca consignas buenistas”; “maniobra cómplice de siglos de acallamiento y eliminación de lo judío”; presentar “un Spinoza on demand que satisface al mercado bien pensante”… son algunas de las cosas que dice haberle motivado a pensar la lectura de mi escrito.

No creo que toda esta denostación sea fecunda en ningún sentido –como no lo sería una susceptibilidad que motivara una respuesta de mi parte en el mismo tono. En cambio, me gustaría tratar de dejar a un lado esas tosquedades sin darle importancia para considerar con seriedad algunos núcleos de la interpretación de Spinoza por Sperling, sin otro propósito que el de aclarar la diferencia con su posición, que es filosófica, historiográfica y lingüística, pero sobre todo política –bajo la convicción de que hay modos de tramitarla sin recurrir a los improperios que parecen haberse impuesto en todos los ámbitos.

Desde hace ya varias décadas, la investigación académica sobre la obra spinozista es muy intensa y de buena calidad en la Argentina y en América Latina (puede consultarse como simple muestra la página “Spinoza Américas” publicada por la PUC de Río de Janeiro. Pero una de sus riquezas no menores es que la obra de Spinoza nunca se dejó neutralizar como un simple objeto de estudio especializado (cosa que, como acaba de decirse, también es), ni pudo ser reducida a la investigación profesional, ni admite ser confinada a la autoridad de los doctos. Maravilla que una filosofía de extremada complejidad técnica como esta haya podido inspirar el pensamiento y la acción de tantos hombres y tantas mujeres comunes y sin mayor formación filosófica, y ello debido a que encuentran allí ideas de las que hacer uso en sus vidas concretas, aunque no necesariamente sean expertos en “su enigmático more geometrico”. Pero también muchos eruditos y estudiosos de esta obra (de taquito, Sperling refiere despectivamente a “los Negris y los Deleuzes”) han creído posible pensar con Spinoza nuestros dilemas políticos, lo que no significa hacerle decir nada que no dijo sino únicamente mostrar con argumentos la actualidad de sus ideas para construir una vida menos ultrajada y violenta. Encontrar en esa filosofía instrumentos de crítica para enfrentar la dominación y las supersticiones que, tanto como en el siglo XVII, sujetan a los seres humanos en la servidumbre, no es una extralimitación hermenéutica –como buscan presentarla quienes la conjuran confinándola al “contexto, la época y la circunstancia”-, y puede hacerse con todo rigor.

En relación a cuestiones de época y contexto, Diana Sperling afirma que “Spinoza no fue excomulgado” sino “expulsado” de la comunidad judeo-portuguesa de Ámsterdam, y que “el jerem no es un motivo central” que contribuya a la comprensión de su filosofía. La excomunión –es decir la puesta fuera de la comunidad– de la que Spinoza fue objeto (“Advertimos que nadie puede comunicarse con él en forma oral o por escrito, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro varas, que nadie lea ningún texto o escrito por él”, finaliza el herem), significaba en el siglo XVII una condena a la muerte social, a que ningún judío pudiera hablarle en ningún caso, ni socorrerlo, ni admitirlo en su casa o sus reuniones. Expulsado de su religión para no entrar en ninguna otra, Spinoza se propuso ser un “ciudadano de Ámsterdam” y reivindicar una pertenencia política en vez de confesional, un anhelo de concordia entre seres humanos de distintas procedencias y una atenuación de exclusivismos que redundan inexorablemente en odio.

 

Spinoza excomulgado, Samuel Hirszenberg, 1907.

 

En la biografía antigua de Jean-Maximilien Lucas se lee que, al enterarse de su excomunión, el joven Baruch la tomó “con júbilo”, en tanto que la pintura de Samuel Hirszenberg (Lodz, Polonia, 1865 – Jerusalén, 1908) muestra al filósofo caminar tranquilamente concentrado en la lectura de un libro mientras los rabinos murmuran y recogen piedras para arrojarle. Sin embargo, ni júbilo ni tranquilidad es lo que Baruch habrá sentido cuando todo se derrumbaba y por delante se abrían el abismo material y el vacío social. No fue como lo quiere Lucas ni como lo muestra Hirszenberg. Spinoza conservó siempre una memoria del odio (pero no un rencor); sin ella, sólo quedaría apenas una alegría ideológica (coincido con Sperling en que nunca se trató de eso), una pura retórica insustancial y resentida porque carente –en efecto– de la pregunta por el significado de “ser con otros”. Esa memoria fue acaso lo que le permitió al joven filósofo de veinticuatro años dejar atrás lo que se derrumbaba con una sabiduría de la pérdida, y pasar a sus cosas. A sus nuevas cosas. Sin júbilo. Al menos al comienzo. Luego, nacida de esa experiencia tremenda, escribió una ética de la alegría que hunde sus raíces en la negatividad humana (Uriel da Costa, en cambio, no logró hacerlo). El herem sí es importante para comprender la filosofía de Spinoza, y dejó una marca en ella.

En otro pasaje, Sperling afirma que el Compendio de gramática de la lengua hebrea que el filósofo dejó entre sus papeles es “el corolario de un programa” y un libro “estructural” que “revela su pertenencia, las líneas maestras y el sentido último de su obra” (sic). Exabrupto evidente que fuerza las cosas para hacer de Spinoza algo que no fue: un filósofo del judaísmo. Fue desde luego un filósofo nacido judío y formado en la cultura judía, luego puesto violentamente fuera de la comunidad a la que pertenecía por las autoridades rabínicas, que construyó su pensamiento junto a Descartes, Maquiavelo, Hobbes, Bacon, Lucrecio además de la cultura científica de su época y –para la crítica de la Biblia en el TTP– en diálogo con filósofos judíos en los que fue formado como Maimónides, Abravanel o Crescas. En mi opinión, ese hecho efectivamente misterioso de escribir una gramática hebrea hacia el final de su vida debe ser comprendido como un acto de amistad; un tributo dejado a sus amigos cristianos para estudiar la Escritura de manera científica. Es decir un instrumento, no un “libro estructural”. Pero todo ello es opinable y no es el centro de nuestro asunto.

Sperling afirma que “su filosofía (de Spinoza) contribuye a acentuar el desencanto” (sic). A lo que esa filosofía contribuye no es a ningún desencanto (ni encanto) sino a la vida activa; al trabajo de pensar las adversidades para revertirlas y a organizar la vida en común con una lucidez de la circunstancia (sin burlarse, sin quejarse y sin denostar, según una de las ideas más hermosas del Tratado político). Y el horizonte de su contribución es el de un universalismo democrático, paradójico, realista, maquiaveliano e irreductible a ningún “buenismo” –lo que no significa que la política y la vida humana deban ser pensadas como puras relaciones de fuerza. Su ruptura expresa precisamente una voluntad de apartarse de los particularismos y los exclusivismos: cuando desmonta la idea de “pueblo elegido”, Spinoza considera que se trata de una creencia “puramente infantil”, producto de la “envidia” o del “mal corazón” (TTP, cap. III). No era un nacionalista ni un identitario fanático, sino alguien que pensó un horizonte posible para que los seres humanos no se masacraran unos a otros por ideologismos idiosincráticos y religiosos. Aunque conociera muy bien “las crueldades del deseo mal orientado”. O precisamente debido a ese conocimiento.

Finalmente, llegamos al punto de divergencia principal, que presumo fue lo que motivó la entrada en debate: no hay según Sperling datos fehacientes que autoricen el uso de la palabra “genocidio” en Gaza, sino una “victimización” producida por “fotos trucadas”, “fuentes altamente sospechosas” como “el Ministerio de salud de Gaza” y “fake news”, por lo que “la cuestión de si se trata o no de genocidio es algo sujeto a investigación, discusión y análisis, tema que llevará bastante tiempo elucidar”. Un filósofo no debería, afirma la autora de la nota, hablar “livianamente” y sin base.

Aluvionales sin embargo, los testimonios no son, como quiere Sperling, apenas fotos trucadas y fuentes sospechosas, y lo increíble es, al contrario, que no se les preste atención y se persista en su desestimación. Un sinnúmero de publicaciones académicas y jurídicas no dejan ya margen a ningún tipo de negacionismo. Particularmente significativos resultan testimonios como los de David Grossman –tal vez el más importante escritor vivo de Israel–, o el de la activista israelí Yuli Novak, o el del historiador israelí Omer Bartov.

Encargado en marzo de 2024 por la Comisión de derechos humanos de Naciones Unidas y finalmente publicado el 16 de septiembre de 2025, el informe de la ONU es asimismo contundente y abrumador. Dice textualmente: “Al matar, causar lesiones físicas o mentales graves, someter deliberadamente a condiciones de vida para destruir a los palestinos, e impedir la natalidad en Gaza, las autoridades y fuerzas israelíes perpetraron cuatro de los cinco actos genocidas definidos en la Convención [de 1948] para evitar ese crimen [genocidio]”. Otras muchas instituciones, como Amnistía Internacional, concluyeron que Israel comete genocidio. ¿Buenismo? Un total de 47 países –entre ellos Sudáfrica, Bélgica, China, España, Irlanda, Chile, Brasil, Colombia– han reconocido en documentos oficiales que las acciones del ejército de Israel contra la población gazatí constituyen formalmente genocidio y no un conjunto de “fotos trucadas”.

Se critica mi falta de mención de la masacre contra ciudadanos y ciudadanas israelíes el 7 de octubre de 2023 [1], que debe ser sin dudas condenada como un acto atroz sin ninguna minimización y sin ninguna relativización – pero sin que ello habilite, como pareciera a veces que sucede, a justificar una solución final de la cuestión palestina en la Franja de Gaza. No se habla de la atroz masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre como tampoco se habla de la Shoá, la Nakbá, la “devoración” de los gitanos o el genocidio contra los armenios, porque simplemente el propósito del texto no es enumerar los horrores de la humanidad, sino proponer –en línea con la reflexión de Daniel Barenboim que es allí citada– que la filosofía de Spinoza puede ser importante para que el odio y la deriva criminal adoptada por el Estado de Israel sean desplazados por el impresionante tesoro cultural que el pueblo judío ofrenda a la humanidad desde hace 4000 años (el pensamiento de Spinoza incluido) e impedir la malversación del legado de Israel, tan fundamental que cualquier ser humano de cualquier parte del mundo casi podría adoptar para sí el título de un texto con el que Borges respondía en los años '30 al ataque de una publicación antisemita: “Yo, judío”.

 

 

 

[1] Mientras escribo esta nota me llega el libro de Eva Illouz en su libro El 8 de octubre. Genealogía de un odio virtuoso, cuya crítica a la satisfacción de alguna izquierda académica frente a la masacre del 7 de octubre complementa la discusión con algo importante.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí