En julio de 1993, antes de las elecciones legislativas que tras cuatro años de gobierno de Carlos Menem ganaría el Partido Justicialista, se estrenó en la Argentina Parque Jurásico (Jurassic Park), dirigida por Steven Spielberg. La trama está basada en la novela homónima de Michael Crichton, quien también participó en la adaptación cinematográfica. La historia trata sobre la creación de un enorme parque temático construido en una isla frente a Costa Rica, cuya principal atracción consiste en dinosaurios recreados genéticamente. La obra es la realización del sueño de un multimillonario iluminado, John Hammond (interpretado por Richard Attenborough), quien se rodea de un grupo de genetistas para llevarlo a cabo. Luego de que uno de los cuidadores fuera devorado por una criatura clonada, los inversores del parque exigen que una comisión de expertos verifique la seguridad del lugar antes de abrirlo al público. Es así que llegan a la isla los paleontólogos Alan Grant y Ellie Sattler (interpretados por Sam Neill y Laura Dern), y el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum), experto en la teoría del caos y sin duda el personaje más lúcido de la película.
Como ocurre en Tiburón (Jaws, 1975) o incluso en Reto a muerte (Duel, 1971), Spielberg, gran conocedor de las reglas del thriller, potencia el miedo del espectador al retrasar la aparición de la fuente de ese miedo. En Reto a muerte nunca llegaremos a ver al camionero desquiciado que persigue por rutas desoladas al conductor de un automóvil. En la primera escena de Tiburón sólo vemos hundirse a su víctima y nos imaginamos el resto. En Parque Jurásico los dinosaurios sólo aparecen en un diez por ciento de la película, pero sentimos su presencia de forma constante. En una escena icónica, un Tiranosaurio Rex se acerca a la camioneta donde los nietos de John Hammond buscaron refugio en medio de una fuerte lluvia. El director no nos muestra la amenaza, sino que nos la hace percibir (a nosotros y a los protagonistas) a través de las vibraciones concéntricas de dos vasos de agua.
El temor que nos generan los dinosaurios contrasta con el optimismo panglosiano (en referencia al Dr. Pangloss, personaje de Voltaire que enseñaba que todo sucede para bien en “el mejor de los mundos posibles”) de Hammond y su equipo. Un diálogo entre el matemático Malcolm y dicho equipo refleja bien las dos miradas contrapuestas. Según Malcolm, los científicos de Hammond “estaban tan preocupados por si podían o no hacerlo (realizar una mescolanza de genes de especies diferentes para recrear una especie extinta) que no se detuvieron a pensar si debían hacerlo”. Para el matemático, experto en la teoría del caos, la isla se comportará de manera impredecible, ya que “los dinosaurios tuvieron su oportunidad y la naturaleza los eligió para la extinción”.
Un genetista le explica que, por razones de seguridad (es decir, para evitar que se reproduzcan), todos los dinosaurios del parque son hembras. Malcolm, asombrado por lo que considera una postura cándida, le explica que “si hay algo que la historia de la evolución nos ha enseñado es que la vida no se puede contener. La vida se libera, se expande a nuevos territorios y rompe barreras, dolorosamente, quizás incluso peligrosamente, pero, eh… bueno, ahí está”. Ante una pregunta del genetista (“¿Estás insinuando que un grupo compuesto completamente por hembras... se reproducirá?”), el personaje interpretado por Jeff Goldblum concluye con una de las réplicas más recordadas de la película: “No. Simplemente digo que la vida... encuentra un camino”. Para Malcolm es ilusorio pensar que los sistemas de seguridad implementados puedan frenar la evolución de esa especie resucitada. Lo que vendrá es impredecible, sólo sabemos que ocurrirá.
El miércoles el Senado dio media sanción a una nueva ley laboral que, si bien no nos lleva a la época de los dinosaurios, nos desplaza un poco antes de la Asamblea del Año XIII, el Congreso soberano que abolió –entre otras calamidades– la esclavitud, el yanaconazgo, la mita, la encomienda y las torturas. Hace más de dos siglos, los constituyentes escribieron: “Nadie extrañará que los esfuerzos del nuevo mundo por su independencia hayan sido combatidos, no solo por sus antiguos opresores, sino también por una gran parte de los mismos oprimidos”, una declaración de gran actualidad en estos tiempos de extrañas alianzas entre opresores y oprimidos.
Desde el 10 de diciembre del 2023 nos gobierna Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, quien más allá de sus excentricidades caninas y su entorno de cleptómanos, no representa más que un nuevo capítulo del manual neoliberal que nos asola regularmente, desde que fue impuesto a sangre y fuego por la última dictadura cívico-militar. Con la ayuda de los dos gobiernos fallidos anteriores (el de Cambiemos y el del Frente de Todos), que defraudaron a sus propios electores, y el apoyo entusiasta de nuestras élites empresariales, el gobierno nos vende algunos éxitos asombrosos: una inflación que baja subiendo, un crecimiento que se traduce en caída del consumo y destrucción del aparato productivo, y una libertad recuperada que se manifiesta con la represión sostenida a la protesta social.
Como ocurrió en su momento con los gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri, el oficialismo está dulce. Se siente eterno y considera que por fin los argentinos entendieron que nuestro país sufre de un exceso de derechos (“Una orgía de derechos”, para retomar la expresión del sindicalista gastronómico Dante Camaño). Es cierto que en estos dos años ha conseguido avances inesperados, incluyendo una reforma constitucional de queruza, a través del DNU 70 y de la Ley Pasta Base, que por ahora no ha generado la menor alerta en la Corte Suprema o entre los entusiastas de Carlos Nino, quienes solían denunciar crisis institucionales semanales durante los gobiernos kirchneristas. El modelo, una colosal transferencia de abajo hacia arriba, parece tener las de ganar frente a una oposición sin rumbo claro a partir de la proscripción y encarcelamiento de CFK, su principal líder, y una dirigencia sindical en gran parte narcotizada. Así como en 2017 un febril Eduardo Fidanza consideraba que “Macri es un líder de otra galaxia, que constituye una completa novedad”, para analistas políticos como Marcelo Longobardi, “Milei tiene la reelección asegurada”.
Contar con una oposición desorientada, un Congreso amable, un sindicalismo disciplinado, los medios a favor y un Poder Judicial –al menos por ahora– de su lado, genera sin duda un gran optimismo en el gobierno y lo invita a recrear dinosaurios. El problema es que, como Menem, De la Rúa o Macri, no ha encontrado una forma de hacerlo de forma sustentable y vuelve a aplicar un plan de negocios de saqueo, que enriquece a unos pocos y condena a la miseria planificada a los muchos. Es decir, un proyecto insostenible en el tiempo, a menos que las grandes mayorías acepten morir en silencio, algo que nunca ha ocurrido en nuestro país.
Como nos enseña Ian Malcolm, la vida –el pueblo– siempre encuentra el camino: “Rompe barreras, dolorosamente, quizás incluso peligrosamente”. No sabemos si será a través de las instituciones políticas, sociales o sindicales existentes o por fuera de ellas, pero de lo que podemos estar seguros es que, más allá del candor oficialista, encontrará el camino.
Lo que vendrá es impredecible, sólo sabemos que ocurrirá.
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