Desde hace algún tiempo mi hijo de 17 me invita a que veamos películas clásicas. Eso genera una dinámica que contrasta reacciones distintas, pero complementarias. Enfrentarme a relatos que ya vi y amé me induce a redescubrirlos desde mi circunstancia actual —no soy el mismo que era cuando me fascinaron por primera vez—, y al mismo tiempo me arrima a la experiencia de la novedad que esa visión produce en él.
A veces los títulos los propone mi hijo. (Tal fue el caso de Lawrence de Arabia.) Otras veces los propongo yo. Esta semana se me dio por arriesgar un poco y acercarlo a una película que sabía distante de su zona de confort. Elegí La alas del deseo (en alemán, Der Himmel über Berlin, o sea El cielo sobre Berlín), que es del '87 y amé a simple vista cuando era un poco más grande que él. (En aquel entonces yo tenía 25... ¡y todavía era una criatura!) Me refiero a un film de Wim Wenders que transcurre en blanco y negro durante la mayor parte de su metraje, y cuyo estilo narrativo es más impresionista que argumental.

La anécdota es mínima: un ángel llamado Damiel (Bruno Ganz) ansía volverse humano. Está harto de ser un testigo celestial, quiere participar de la vida, experimentarla no sólo en el alma sino además en la carne. "Me gustaría sentir que mi cuerpo pesa", le explica a otro ángel, Cassiel (Otto Sander). "Sentarme en una silla vacía en la mesa de juego, que me saluden... Llegar a casa después de un largo día, darle de comer al gato como Philip Marlowe, tener fiebre, los dedos negros de leer el diario... Que te entusiasme no sólo una idea, sino una comida. La línea de un cuello o de una oreja... Caminar y sentir que los huesos se mueven dentro tuyo".
Wenders concibió Las alas del deseo después una temporada viviendo en los Estados Unidos, donde filmó Hammett (de 1982, que volví a ver días atrás, después de mucho tiempo) y París, Texas (1984), que le valió la Palma de Oro en Cannes. Necesitaba reencontrarse con su patria y con su lenguaje, para lo cual se abocó a releer los poemas de Rilke, abundantes en referencias angélicas. Entonces se le ocurrió escribir una historia sobre Berlín, ciudad que también preside una figura alada. El monumento llamado Siegessäule, la Columna de la Victoria, está coronado por una figura dorada que extiende sus alas sobre la ciudad. (Se supone que es la diosa Victoria, a quien los berlineses llaman Gold Else, pero todo el mundo la considera un ángel. Para llegar a ver lo que Gold Else ve hay que subir una escalera de caracol que existe en el interior de la columna y tiene 285 escalones. No es joda, se los puedo jurar.)

Según Wenders, Berlín "había conocido el infierno —durante la Segunda Guerra, se entiende— y se había convertido en un lugar único, una ciudad-isla dividida por una pared", en referencia al Muro que recién caería en el '89 y terminó siendo uno de los protagonistas de la película. Aspiraba a que el relato ofreciese diversos puntos de vista sobre Berlín. Por eso la imaginó recorrida por un bombero, después por un cartero, "y finalmente —dijo en 2018— di con la idea que me permitiría explorar la ciudad de mil formas: a través de ángeles guardianes. Uno de los cuales se enamora de una mujer y decide volverse mortal". Narrar a partir de ángeles que escuchan los pensamientos de los humanos —que leen nuestra mente— le concedía la posibilidad de asomar a la interioridad de infinidad de berlineses.
Dije que se trataba de una narración impresionista porque narra como quien acumula pinceladas, en el contexto de un relato contemplativo: los ángeles pasean por Berlín y husmean el alma de los transeúntes. La mayoría de ellos están sumidos en sus propias cuitas, enroscados, angustiados. Que un ángel apoye la mano en su hombro levanta su espíritu, los induce a la esperanza. Otras veces su proximidad no sirve de nada: Cassiel no puede evitar que un joven se lance al vacío.

Mediante esta forma de narrar —que prescinde de la presentación dramática tradicional, porque te mete de una en lo profundo de un alma, en lo que alguien siente en su interior más hondo—, Wenders va presentando a otros personajes. Uno es el actor estadounidense Peter Falk, protagonista de la serie Columbo, que hace de sí mismo, al llegar a Berlín para filmar una película que transcurre durante la Segunda Guerra. Otro es un viejo a quien nunca se nombra pero los créditos llaman Homero, y que de algún modo representa al narrador de La Ilíada y La Odisea pero también, por extensión, el rol que desempeñamos los narradores en la historia humana.
"Con el tiempo —piensa el viejo—, aquellos que me escuchaban se convirtieron en mis lectores. Ya no se sientan en círculos, sino aparte, ninguno sabe nada del otro. Soy un anciano de voz rota, pero la historia todavía surge de las profundidades... Una liturgia en la cual nadie necesita ser iniciado". Los ángeles descubren a Homero en la Biblioteca Estatal, que hoy sigue siendo idéntica a aquella que filmó Wenders, con sus enormes plafones de luz en el techo, parecidos a platos voladores. Quien interpreta al viejo es Curt Bois, que fue actor desde niño y por eso mismo simbolizaba además el pasado y el presente del cine. (Las alas del deseo fue su última película.)
Creo que se van haciendo una idea: hablo de una película lírica, una suerte de collage al que Wenders le fue adosando cosas de Berlín que lo entusiasmaban de una forma y otra. Por ejemplo Nick Cave, que por aquel entonces vivía allí y daba conciertos de gran intensidad con su banda The Bad Seeds. (La película lo muestra interpretando dos canciones, The Carny y From Her to Eternity, que narra de otro modo la aventura de Damiel y su deseo de alcanzar otro tipo de eternidad a través del amor humano.) O el maravilloso poema Canción de la infancia (Lied vom Kindsein), de su amigo Peter Handke, de quien ya había adaptado la novela El miedo del arquero ante el tiro penal. En la voz del ángel Damiel, el poema adquiere una cualidad musical de melodía infantil, juguetona, que a la vez expresa verdades universales:
Cuando el niño era niño, caminaba balanceando sus brazos
Quería que el arroyo fuese un río, el río un torrente...
Y que este charco fuese el mar.
Cuando el niño era niño, no sabía que era niño
Todo estaba lleno de vida, y la vida era una.
Cuando el niño era un niño, era el tiempo de estas preguntas:
¿Por qué yo soy yo, y no soy vos?
¿Por qué estoy acá, en vez de ahí?
¿Cuándo empezó el tiempo, y dónde termina el espacio?
¿Es la vida bajo este sol un sueño y nada más?
En ese sentido, Las alas de deseo —que está en la plataforma Mubi, si les interesa— funciona como deben hacerlo las grandes películas: más que un entretenimiento es una experiencia singular, de efecto transformador. Se parece más a un viaje espiritual que a un mero pasatiempo. Y se formula la pregunta esencial, la misma que obras memorables de los '80 también quisieron responder. Días atrás, hablando con James Cameron, la directora de Hamnet, Chloe Zhao, le dijo que Terminator (1984) —escrita y dirigida por Cameron— le funcionaba de ese modo. También lo hace Blade Runner, que es del '82.
La pregunta es la siguiente: ¿qué significa ser humano?
En el trapecio

Como miran nuestras vidas desde afuera —con la ñata contra el vidrio, como en el tango—, los ángeles Damiel y Cassiel creen que el quid de la cuestión pasa por las pequeñas experiencias sensibles. Disfrutar de los colores. (Desde que ellos lo ven todo en blanco y negro.) Saborear un café caliente. Sentir frío y dolor físico. Quitarse los zapatos y mover los dedos de los pies debajo de la mesa. Sostener una manzana con dedos materiales. Pedalear en bicicleta sin las manos. Sentarse en la silla de un barbero turco, para ser afeitado. Por eso se juntan recurrentemente a compartir notas, contándose las pequeñas maravillas de las que han sido testigos. Una persona que, en plena lluvia, cierra su paraguas para empaparse. Una mujer ciega que, tocando el reloj de su muñeca, percibe la presencia de uno de ellos. El guardia del tren que, en vez de anunciar el nombre de la siguiente estación grita Feuerland – Tierra del Fuego.
Al mismo tiempo, los ángeles son capaces de desplazarse en el tiempo y visitar la ciudad en distintos momentos de su historia. El film se desplaza de su presente a imágenes documentales de la Segunda Guerra, que sólo exhiben destrucción, muerte y confusión. Los ángeles también comparten notas de esas excursiones. "Hace 20 años, un avión soviético de caza se estrelló en los lagos de Spandau... Hace 50 años fueron los Juegos Olímpicos... Hace 200 años voló el primer globo aerostático sobre la ciudad". Como son seres espirituales, no experimentan el tiempo. Por eso es una persona humana la que se pregunta: "Dicen que el tiempo lo cura todo, pero, ¿y si el tiempo es, en cambio, la enfermedad?"

A mis 25 años, me pareció comprensible que un ángel quisiese volverse mortal y experimentar el amor. A la edad que tengo ahora, me preocupé por Damiel por primera vez. Porque, aunque es cierto que su condición de ángel le impedía sentir en carne propia, no le negaba acceso a las penurias que supone vivir esta vida, y en este mundo. Los ángeles no podían dejar de entender cuánto se sufre acá abajo. La gente que circulaba por esa ciudad gris, partida en dos por una nervadura de ladrillos, no era un monumento a la dicha de existir. Estaban atenazados por la soledad, el miedo a la muerte, la pobreza, la falta de norte y de sentido. Eran un muestrario de la especie harto desolador. Sólo los niños, que en su inocencia todavía pueden ver, o al menos percibir, a los ángeles, existían en algo parecido a la plenitud. (De algún modo, al volverse humano Damiel se convierte en un ser orgánico de sabiduría milenaria pero que, a la vez, experimenta su cuerpo como una novedad — al igual que los críos, lo cual lo habilita a escribir y canturrear la Canción de la infancia.)
Esa diferencia entre ambas formas de ser la expresa también la música original del film. Por un lado está la banda sonora de Jürgen Knieper, sostenida por un coro majestuoso y los arpegios de un arpa. El suyo es el color de la eternidad, de lo que existió antes y existirá todavía después de nosotros. Pero además está la partitura que compuso Laurent Petitgand, pensada para las escenas que ocurren en el circo donde trabaja la enamorada de Damiel, que es trapecista. Esos sonidos —música circense, ciento por ciento— expresan la finitud que nos caracteriza, son en parte alegres y en parte trémulos, transmiten tanto gozo como inquietud, porque en último término la vida es eso mismo: una pista circular a la que salimos a hacer nuestra pirueta —acto de magia, caminata sobre la cuerda floja, exhibición de dominio sobre fieras salvajes—, para eventualmente despedirnos. Si la cosa salió bien, uno hace su reverencia y recibe un aplauso. Si la cosa sale mal, uno sucumbe antes de tiempo: el truco falla, caemos al vacío, nos morfan los leones.

Esta vez no pude evitar preguntarme: ¿qué sentirían los ángeles que circulasen hoy por Buenos Aires? (Lo pregunto así porque estoy en Buenos Aires, no como expresión de una mirada porteño-céntrica. Tengo claro que, en la hipótesis de su existencia, también habría ángeles pululando por Mendoza, Posadas y Quemú Quemú.) ¿Qué cosas nos escucharían pensar y sentir? La Berlín del film de Wenders es un lugar árido e inhóspito, herido por el pasado y sus consecuencias aún palpables. (No ha cambiado tanto, se los puedo jurar. El muro ya no está pero la ciudad sigue aplastada por la tragedia, o por un peso que es inescindible de la carne, aquel de la culpa. Es una zona liminar, una frontera, el umbral que conduce a experiencias-límite, como en su momento las vivieron Christopher Isherwood —el autor de Goodbye to Berlin, de donde salió la obra y el film Cabaret, David Bowie en los '70 y hoy la Rosalía que compuso Berghain — que por cierto, no desentonaría en la película de Wenders.)
Pero la Buenos Aires de hoy es el más desangelado de los territorios. Temo por la cordura de las criaturas espirituales que paren la oreja ante nuestra existencia actual.
Casi todo lo que escucharían serían gritos desgarradores. Gente acuciada por la miseria. La falta de perspectivas de futuro. La enfermedad que no puede tratar como se debe. La ignorancia monumental, considerada como un valor en sí mismo. La confusión, la imposibilidad de hacer sentido en un panorama donde todo parece estar patas para arriba. La violencia física y mental. La falta de solidaridad. La agresión que se respira en las calles. La ausencia de un valor que no pase por la guita. La alienación de las pantallitas y la creciente negación a sentir de verdad, a vivir aunque duela. La abulia generalizada, los brazos caídos. La sensación de habitar un mundo que se está derrumbando, para no revelar detrás nada nuevo — sólo ruinas y desolación.
Pobrecitos ellos, nuestros ángeles imaginarios, porque pobrecitos nosotros. Las últimas estadísticas de que disponemos dicen que un argentino se suicida cada dos horas y cuatro minutos, lo cual lo convierte en la principal causa de muerte violenta en nuestro país. Pero eso se midió en 2024. Aun así significa un récord, en un mundo donde la tendencia es a la baja. No quiero ni imaginar lo que serán las cifras de 2025. (Si es que se las mide en serio, quiero decir. Por las dudas, nadie convoque a Marco Lavagna.)

Para empezar, necesitaríamos una legión de ángeles que apoyasen manos etéreas sobre nuestros hombros e insuflasen esperanza. Un bien más escaso que el dinero, en este país. Es difícil alentar esperanzas cuando el proyecto alternativo a la realidad actual ha sido convertido en anatema por el establishment, ante la anuencia bovina de millones de tontos. Pero los poderosos y sus sicofantes no se han contentado con maldecirlo, no. Además lo han secuestrado, preso y amordazado, ante nuestra impotencia y falta de imaginación política. (¿O será mera cobardía, nomás?)
Estamos balanceándonos en el vacío, como la trapecista de la película. Y cuando estás ahí arriba, existen sólo dos opciones: o creás belleza o te estrellás.
Continuará
Entre otras cosas, Las alas del deseo es un canto al poder transformador de las narraciones. Esa es una de las respuestas a la pregunta de qué nos hace humanos. Somos la única especie que pone pausa y procede a contar o a exponerse a historias ajenas, para entretenerse, claro, pero ante todo para aprender a sentir y pensar más y mejor. Narrar es desdoblarse: crear una realidad alternativa, paralela a la material; una suerte de espejo mágico donde las imágenes, las palabras y los sonidos despliegan una historia que parece no tener nada que ver con nosotros, pero, a la vez, incluye claves secretas que pueden ayudar a que salgamos airosos de los desafíos que presenta la vida. Esa es la liturgia en la cual, como dice el Homero del film, no necesitamos ser iniciados, porque la especie tiene acceso a ella desde que somos pequeños. Todas las culturas se cuentan a sí mismas a través de historias. Por eso somos algo más que homo sapiens, la especie que puede entender cosas. Más bien somos vir qui narrat, la especie —hombre, mujer— que para entender no sólo razona, sino que además cuenta cosas.
Pero el Homero de Las alas del deseo está perdido, desorientado. Para empezar, le cuesta reconocer el paisaje que lo rodea. "No puedo encontrar Potsdamer Platz", dice, mientras pasea por las viejas coordenadas. "Potsdamer Platz, donde estaba el Cafz Josti", piensa. "Ahí tomaba café y charlaba con la gente por las tardes... Antes me fumaba un cigarro en Loese und Wolf, acá enfrente... Era un lugar animado, con tranvías y carros a caballo... Y entonces llegaron las banderas. Toda la plaza se cubrió con ellas. Y la gente dejó de ser amable, y la policía también".

Es lógico que ese Homero no reconozca el lugar. (Tampoco lo reconocería hoy, reconvertido en un enclave súper-moderno, que incluye las salas donde se exhiben las películas del festival de Berlín, hoy en curso.) Lo encuentra desconocido porque, aunque ha sido testigo de mil guerras, la última —que desató un alemán, llamado Adolf Hitler— ha sido de una violencia inédita, y por ende de una capacidad transformadora inédita. Este Homero no identifica a la Berlín que conocía porque los ejércitos vencedores arrasaron con todo, descargaron sobre la ciudad y sus habitantes una lluvia de bombas. (Las imágenes documentales no nos ahorran la visión de niños muertos.)
No es sólo la edad lo que condiciona el poder del narrador: es la tecnología de destrucción que el hombre creó y transforma la realidad con una eficacia que ninguna narración alcanza. Porque, por definición, las narraciones que nos mejoran son sutiles, confían en el ser humano, plantan en su alma una semilla y esperan a que una noción germine, todo el tiempo que sea necesario. La violencia, en cambio, no confía en el ser humano. Lo borra de cuajo o lo esclaviza, reescribe la historia sin arte, a lo bestia. Y la tecnología de comunicación que los poderosos desarrollaron para apoyar su proyecto es igual de brutal. Aunque no la vayas a buscar, te asalta, te invade, martilla una idea primitiva hasta que te entra en la cabeza pero no porque te persuadió, sino porque te violó. Y así estamos. Rodeados de gente que, con una sonrisa en los labios, le pide a sus amos que la haga mierda.
A pesar de su chochera, el Homero del film alcanza a identificar el problema. "Nadie ha triunfado, hasta ahora, a la hora de crear una épica de la paz", piensa. "¿Por qué será que la inspiración que produce la paz no dura nada, y que su historia es contada raras veces?"

Juro que dudé en escribir esto, porque justo esta semana el pelotudo de Wenders —el director de Las alas del deseo— protagonizó un papelón. Se desempeña como presidente del jurado del Festival de Berlín, y cuando le preguntaron por qué el festival no condenaba el genocidio de Palestina y sí protestaba contra la guerra en Ucrania, no tuvo mejor idea de decir que el arte debe ser apolítico. Lo cual no sólo es una pelotudez supina —todo arte es político, la única diferencia pasa por si lo es expresamente o de manera tácita—, sino que además contradice su propio pensamiento de años atrás. La misma Las alas del deseo es política, aunque hable de ángeles. Toda película que muestra cómo era el verdadero Muro de Berlín —kilómetro tras kilómetro, recamado de graffitis— es política, lo quiera Wenders o no.
En fin: prefiero no condenar a un artista por su hora más baja. Por definición, una obra es el destilado producido por un ser humano común y corriente, tratando de estar a la altura de sus mejores virtudes y dejar constancia de ellas. No voy a cancelar las películas de Wenders porque se haya vuelto un viejo forro. La edad es así, en algunos magnifica las mejores cosas y en otros las peores. (Mucho más digna fue la escritora india Arundhati Roy, que también formaba parte del jurado pero renunció en desacuerdo con la negativa oficial a hablar de Palestina — donde también abundan los niños muertos.)
Por suerte el Homero de Las alas del deseo no es un viejo forro. Se lo ve débil y en momentos confuso, por eso se pregunta: "¿Debería rendirme ahora?" Pero de inmediato responde: "Si me rindo ahora, la humanidad perderá a su narrador. Y si lo pierde, perderá también su infancia". Este Homero comprende que aunque el tiempo juegue en contra del ser humano individual, puede ser buen socio de la especie en el largo plazo. Y por eso decide no aflojar. "No voy a rendirme —concluye—, hasta encontrar Potsdamer Platz" o su equivalente simbólico, un escenario ideal para una épica de la paz.

Esa es la razón por la cual Las alas del deseo no se presenta como una obra aislada, sino como parte de una tradición, de una continuidad. En lugar del clásico The End que cierra las películas, Las alas del deseo pone esta leyenda: To be continued, o sea, Continuará. Un film individual y un ser humano individual terminan, porque sus duraciones son finitas por ley del universo. Pero eso no significa que la historia del cine y la humanidad misma deban terminar. Un capítulo se cierra y otro nuevo se abre siempre.
A mi hijo le gustó Las alas del deseo, aunque como aclaró en slang adolescente, "no lo mató". No importa. Yo no quería "matarlo", como imaginarán. Sólo aspiraba a sembrar esa película en su alma, desde la consciencia de que, cuando mi historia se cierre, la suya continuará.
En lo que a mí respecta, volver a verla me devolvió cierta tranquilidad. No en lo que hace al presente, pero sí en el derrotero de la humanidad. Hay que tener paciencia, mientras se trabaja incesantemente para alcanzar una paz duradera. Pero una paz semejante, que constituya el cimiento de una civilización nueva, sólo se obtiene mediante la justicia. Porque la paz no es algo que se decreta o se firma. Es algo que se obtiene cuando acabás con las diferencias innecesarias, arbitrarias, que el dinero y el poder imponen a los hombres. Y hoy en día, la Argentina es uno de los lugares más injustos del planeta, apenas por debajo de Gaza. Para acceder a esa paz digna de ser cantada por los nuevos Homeros, hay que hacer justicia: legal, económica, social. No nos queda otra. Hoy no existe la posibilidad de bajarnos de esta, de irnos a vivir a Marte y empezar de nuevo. Estamos en el trapecio, y sin red. O nos hamacamos, o caemos al vacío.

Las palabras finales las dice el viejo, en francés: "Nous sommes embarqués".
Estamos embarcados en una travesía estelar, en pos de una forma de existir que no violente el universo sino que viva en armonía con él.
Eso es, entre otras cosas, lo que significa ser humanos.
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