El aleteo de una mariposa

Escuchar a la sociedad y crear comunidad es la tarea

Foto: Luis Angeletti.

 

La definida posición de sumisión del Presidente argentino nos obliga a pensar en alternativas más soberanas para nuestro pueblo, como comer, tener un techo y una vida sin deudas, cosas mundanas.

La de pueblo puede sonar a categoría vacía o pasada de moda, como también la de ciudadanos, reemplazada hoy por la de consumidores. Este es un momento triste, con dos caras: una de un futuro inalcanzable donde viven los híper-millonarios y que remite volver a los imperialismos del siglo XX y XIX; y otra mayoritaria, de los que miran endeudados por las pantallas del celular.

Un Estados Unidos en decadencia intenta revertir su situación, apropiándose del mundo bajo cualquier pretexto. Primero apareciendo como negociador amigable, como hizo con Venezuela e Irán, mientras iba con el cuchillo de Coto, para violar cualquier norma del derecho internacional.

 

 

En Irán se prolonga la guerra y en Estados Unidos se vienen las elecciones de medio término en noviembre. Parece que Trump tiene un horizonte cercano de tormenta perfecta.

La situación modificaría la coyuntura y promete una esperanza temeraria para empezar a cambiar el rumbo, gracias a la desmesura con la que se ejerce el poder. Es un escenario internacional que sostiene el orgullo del Presidente argentino, el más sionista del mundo según sus propias palabras; el mismo que desarrolló una vinculación estratégica con Estados Unidos e Israel de modo personal, pues no está refrendada por ningún cuerpo diplomático, político, partidario, ni parlamentario. Esa es su estrategia: una defensa ideológica en base a sus diatribas, un compendio de citas económicas, de una hermética poderosa e ininteligible, que no le preocupa explicar, mientras toda su claque aplaude fingiendo entender.

Otros factores a tener en cuenta, para quienes dicen que “no se los llevaran puestos como a Macri”, tienen que ver con ciertas alertas.

Los bancos están muy atentos respecto del crecimiento de la morosidad y las deudas de muchas familias.

La imposibilidad de financiarse en el exterior, en medio de este contexto bélico. El riesgo país sube, la recesión avanza y lo único que “tenemos a favor” es al grandote anaranjado como garante del sostén.

También la inflación crece sin parar desde mayo y el número que cantó el INDEC, 2,9%, dice que no baja. Debe quedar claro que el gobierno intervino el INDEC, no permitiendo que se difunda la inflación con un método actualizado, que es mejor para dar cuenta del aumento de precios. El jueves los trabajadores del INDEC, radio abierta mediante, denunciaban estas manipulaciones en la transmisión de datos, de las cuales obviamente no son cómplices. Son celosos guardianes de su organismo, que cuenta con una planta altamente capacitada y comprometida con su función, castigada como todos los trabajadores del Estado. Pero estos saben que la manipulación estadística es lo que miran los organismos de financiamiento y crédito internacional, y exigen respetar. Saben que su seriedad y sentido dependen de su credibilidad.

 

 

La Unión Industrial Argentina ya no puede disimular el malestar interno, pero sus movimientos van sobre zapatillas de ballet, sin hacer ruido, a pesar de la ridiculización que les propina el Presidente dentro y fuera del país. Es una agremiación de gente quebrada, sin proyectos de liderazgo industrial y desarrollo de ningún tipo. Es imposible para ellos plantarse y defender un plan. Ni hablar de recuperar algo de la gloria del pasado cuando algunos querían ser una burguesía nacional y no una estructura al servicio de la especulación. Los empresarios también están llamados a movilizar a la sociedad. La crisis de representatividad también los abarca a ellos, que acompañan a este gobierno. Esto es para quienes no creen en las ideologías. ¿Qué más ideológico qué inmolarse por los valores en los que uno cree y lo están destruyendo?

La CGT regula su escualidez para el combate, eligiendo vías judiciales. El tiempismo perplejo es una práctica nueva de la central obrera, que no sale de su desconcierto ante la realidad de un informal mercado de trabajo que le queda lejos de su entendimiento y representación.

Es un momento para escuchar a la sociedad, lo cual parece una acción de debilidad para muchos y muchas. La posibilidad de construir está en salir, en ir por los demás, en sumarnos a una discusión, en buscar apoyo; en no quedarnos solos, empezando a ejercer compañía.

No se pueden esperar las respuestas que queremos si antes no comprendemos el dolor de una sociedad.

La vulnerabilidad de este gobierno es muy grande y algún movimiento no previsto, derivado de esta guerra o del aleteo de una mariposa, podría acelerar su hecatombe. Por eso Wall Street y sus bancos advierten sobre la debilidad financiera de la Argentina y su angustiante realidad social. Ellos son un verdadero “tester de violencia”, como diría el Flaco Spinetta.

Crear comunidad en todo lugar que podamos es la tarea, hablar entre nosotros y escucharnos: no mentirnos con verdades ilusorias. Debemos hacerlo en charlas callejeras, con laburantes informales; en “ranchadas” de pibes que expresan sus pareceres mientras descansan sus cuerpos calientes y surgen cuestiones como las de las coberturas sociales o las vacaciones pagas. Derechos laborales que no perciben como algo propio. Dicen no tener acceso a nada de eso, ni nada que los ampare. Son ellos solos y la sensación que da es la de tratar con quienes sólo se defienden con rabia e impotencia. Para ellos, la vida es subsistencia y consumo, no se piensan como sujetos de derechos. Por lo tanto, hablar del Estado, por ejemplo, es hablar de algo ausente y ganado por la mala prensa, la mala práctica… y Milei. Saben que no tienen derechos, pero tampoco saben muy bien qué son los derechos. Intuyen su falta cuando dejan de jugar al fútbol con amigos ante el miedo de una fractura que los baje de la bici. Hay una fuerte autopercepción de ser artífices de su vida. Esta actitud genera también una menor demanda del Estado: no creen en él, ni lo necesitan. La mayoría son monotributistas a la espera de una changa o algún rebusque. Pero en esa ausencia del pasado que estructuraba vidas hay un sentido de nueva búsqueda, que ya no mira atrás, marcha hacia adelante, donde las geografías mutaron y son distintas las calles por donde se camina. Entonces se avanza y se lucha contra la pobreza con lo que se tiene, sin esperar una mano del Estado.

Las últimas encuestas plantean que el miedo a perder el trabajo desplaza a la inflación como preocupación. Es lógico, porque saben que los que quedan por fuera del modelo dejan de ser consumidores, por lo tanto pierden su condición de “gente”.

Tomas Hobbes planteaba que ante la ferocidad lobuna del “todos contra todos” era necesario un lazo social, algo que nos regule y nos ordene: esa es la tarea del Estado. Pero la realidad nos indica que hoy ese lazo está roto, y que aún no afloran los principios alternativos que nos organicen en una experiencia superadora.

Si los ciudadanos son consumidores porque el Estado le transfirió al mercado toda su capacidad de regulación, ¿quién gestiona los desajustes, las protestas y reclamos? Así aparece este desconcierto, donde no hay a quién interpelar, ni reclamar. Esa es la ley del mercado.

Un movimiento que nos junte debería sacarnos de la máxima velocidad, ampliada por la virtualidad en la que vivimos, lo que evita el desarrollo de un pensamiento y una acción surgidos del diálogo y la búsqueda de acuerdos. El vacío que deja el Estado y la menor demanda sobre él hacen que este no sea un tema para pensar a la hora de vivir y de votar. Esto obliga a replantear nuestra acción.

Todos los cambios surgidos en la sociedad deben ser abordados por la política y observados, si queremos que ésta vuelva a tener la habilidad de articular a distintos sectores. Capacidad que solo tiene el peronismo como referencia máxima del campo nacional, y que además puede llevar adelante. Muchos sugieren hacer un frente anti-Milei como el de Lula contra Bolsonaro. Ok, pero primero Cristina libre. Claro, después tenemos que gobernar, y para eso necesitamos una mirada de reinterpretación sobre la inflación, las políticas públicas y la deuda, por ejemplo.

Cuando nos apuramos y cada cual juega por su lado para atender su juego hay que parar la pelota y jugar a juntar en conjunto, única forma de que aparezca un camino con el liderazgo esperado.

La vieja y denostada política sigue apareciendo y convocando como puede, a 50 años del golpe cívico militar. Hay que parar la aceleración vacía, que nos hace mover sin sentido al ritmo de los algoritmos. Un grupo contiene, requiere de discusión, de ordenamientos; en él nos demoramos y pensamos cara a cara. Hacemos la pausa. Por eso debemos buscar sociedades posibles que no nos dejen solos, girando en la calle, con la mirada extraviada.

Tenemos la necesidad de frenar la caída fuera del mundo de muchas personas forzadas por los agentes del orden a marchar interminablemente por las calles, para destruirles el sueño y el descanso, hasta que enloquezcan, o que se vean forzados a cuidar trabajos inmundos sin alternativas, por miedo a terminar en las calles, locos y desesperanzados.

 

 

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