Durante los siete años y monedas que duró (1976-1983) le decíamos, por lo bajo, dictadura. Ellos, los dictadores, se autopercibían proceso (de reorganización nacional), denominación que en demasiados espacios continúa pronunciándose (como si a la Alemania actual se la siguiera llamando Tercer Reich). Cuando dejaron el gobierno, el 10 de diciembre de 1983, ya fue dictadura militar. Especificidad destinada a subrayar la principal responsabilidad de una atrocidad cuyas sucesivas capas salían a plena luz. Entonces se consagra dictadura cívico militar; se instalan los mandantes, beneficiarios directos de la reciente masacre. Pronto llegó la denominación dictadura eclesiástico cívico militar para completar protagonismos; causales ideológicas, sostén y justificación.
Lo cívico de modo alguna alude a la población sin uniforme ni sotana y, menos, procura representar la condición de ciudadano, esa consagrada dentro de los parámetros de libertad, igualdad, fraternidad establecida en 1789 por la Revolución Francesa, tan repudiada por el liberalismo de ayer y de hoy. Para la milicada, más aún, el civil era potencial mano de obra esclava, un amenazante subversivo latente, por debajo del protozoario y el colimba en la escala biológica, por ende pasible de exterminio.
El cívico militar dictatorial apunta a todos aquellos colaboradores, cómplices de los aparatos castrense, económico y político, que gustosamente brindaron sus servicios. “El orden de los vocablos marca la prelatura de sus hacedores”, rubrica con idoneidad y precisión el investigador y periodista Vicente Muleiro (Buenos Aires, 1951) en el monumental 1976, el golpe civil – Una historia del mal en la Argentina, recientemente reeditado. También autor junto a María Seoane (Buenos Aires, 1948- 2023) de la excepcional biografía no autorizada (2001) de Jorge Rafael Videla El Dictador, trabajos periodísticos, narrativa, poesía, teatro, infantiles, ensayos, Muleiro encara con solvencia y esmerada prosa un recorrido tan puntilloso como hoy necesario. Publicado por primera vez en 2011, este detallado recorrido en torno a los principales aspectos de las políticas dictatoriales admite una mirada retrospectiva de aquellos acontecimientos y sus demasiadas continuidades. Al mismo tiempo, proyecta hacia el presente (que se advierte futuro) un hilo conductor con más recurrencias que alteraciones, dentro de lo habitualmente previsible en medio siglo de devenir histórico. El genocidio y demás estragos perpetrados por la dictadura son de dominio público y evocados en multitud de libros y textos como los expuestos en El Cohete a la Luna y demás medios en forma asidua, así como, en especial, con motivo del cincuentenario del 24M. Razón por la cual en esta ocasión evitaremos redundancias.

Por eso mismo, oportunidad insoslayable de estudiar una historia que de lo contrario escapa al entendimento y falsea los hechos hasta confundirlos y hacerlos inocuos. Algunos aspectos se han modificado: Videla halló su destino aledaño a un inodoro. A buena parte de su tropa y funcionarios la naturaleza les dispuso la justicia de los platelmintos, otros persisten en sus prédicas con diversa repercusión. En otro orden, las mutaciones fenotípicas hicieron de los Chicago Boys de Martínez de Hoz el JP Morgan y BlackRock del presente, Jaime Smart se halla preso a perpetuidad, los 500 Centros Clandestinos de Detención,Tortura y Exterminio registrados hace quince años ahora trepan a ochocientos y así sucesivamente. No obstante, la escasez de discontinuidades históricas se torna más preocupante en un marco de democracia degradada. “Microfísica autoritaria”, la describe en 2011 Vicente Muleiro al instalar en los antecedentes del golpe de Estado de 1976 el contubernio entre el Consejo Empresario Argentino (CEA) y la runfla militar, ya en el arranque de la investigación.
Desde el vamos, intriga y “pacto de silencio criminal” corrieron por idéntica vía para los conspiradores en la totalidad de los rangos, incluido —por supuesto— Robert Hill, el embajador norteamericano. El autor desenvuelve en forma amplia las premisas directrices del “nacionalismo clerical, preconciliar y antisemita” salpicado del enervado antiperonismo prevalente en las fuerzas golpistas. Coincidentes en una lisérgica batalla macartista, el paquete ideológico comprende la guerra a “los enemigos de la libertad” materializado en sindicatos, universidades, medios de difusión; “al psicoanálisis, a la minifalda, a las temibles transgresiones del lunfardo y hasta el melancólico bordoneo que hablara de quejas y desagravios”, propias de “los psicóticos, con pocas ideas pero fijas”.
En la exhaustiva enumeración de tan dañinos como patéticos personajes, el autor destaca, con nombre, apellido y función tanto la distribución de cargos entre los mandos de las fuerzas como las tareas concretadas por los colaboracionistas provenientes del universo privado. Singular listado, abundante en apellidos de disímil lustre aunque recurrente persistencia en los círculos de mayor poder. Economía, educación, relaciones exteriores y Poder Judicial son las áreas en que los uniformados ceden siempre controladas funciones a los civiles afines, simplemente por escasez de cuadros.
Un capítulo inicial dedica Muleiro por entero a la “comprobada participación activa de los cristócratas en la matanza dictatorial”, reciclada extensión de “aquella matriz de la cruz y la espada que atravesó la conquista con su secuela de exacción, sujeción y exterminio”, una tradición bimilenaria. El triunfante integrismo católico abarca de los más altos signatarios vaticanos a los curas de menor incidencia, una vez asesinados los escollos como Carlos Mujica, los palotinos y las monjas francesas, entre otros. En cada dependencia represiva figura un sacerdote encargado de dispensar a asesinos y torturadores, como ocurría con un médico para cada CCD. Propietaria del mundo celestial y reguladora de la muerte, la iglesia católica monopoliza tal vez, no la mayor aunque por seguro, la más siniestra de las perversas justificaciones asesinas: la ”forma cristiana de morir” con seres vivos arrojados desde aviones.

Ya hace tres lustros se denuncia al menos dos deudas institucionales de la iglesia católica: “1) una revisión seria y creíble sobre su participación represiva que, como ya está comprobado en estrados judiciales, excede el pecado de omisión, y 2) en consonancia con ese gesto, la apertura de sus archivos con los informes de sus capellanes militares”. En su defecto, mientras propagandiza pedidos de “reconciliación”, instala cerca de sectores marginalizados distintas versiones 2.0 de órdenes de curas en diversas opciones, ataviados de raídas vestimentas civiles, comprometidos en el pacto de silencio y con el deber de sentenciar “¡qué barbaridad!” frente a la miseria, antes de retornar al cobijo de sus altares donde continuar gozando de prebendas clericales y privilegios estatales, sin dejar de sermonear “pobres los pobres”.
La construcción de marcos ideológicos acordes a los sectores dominantes ocupa un didáctico capítulo dentro de 1976, el golpe civil. El recorrido arranca a principios del signo XX y traza un paralelo con el surgimiento, afianzado, mutación, decadencia y extinción de una presunta burguesía nacional. Clubes, asociaciones, grupos, círculos de proyectos encontrados mas nunca demasiado divergentes ni excluyentes fuentes nutricias, confluyen en las ansias por la conquista del poder. Avanzado el siglo, aquellas tendencias ocupan lugares de acumulación política en las universidades privadas e instituciones empresariales, en la táctica de cooptar cuadros gerenciales afines. Los cinco experimentos dictatoriales previos al '76, en este aspecto sirvieron de laboratorios tanto de troupes de funcionarios ejecutivos como de modelos administrativos. Experiencias confluyentes en el equipo comandado por José Martínez de Hoz, erudito mas heteróclito, formado en universidades norteamericanas, auspiciado por conglomerados multinacionales, a menudo ávidos por trasplantar el éxito de la industria del pelado de mejillones del arroyo Chatanugachuchu del condado de Afaning a la esquila de guanacos salvajes en el cerro Curroleufú. Para sorpresa de aquellos muchachos, el fracaso de tamaños planes les resultaba asombroso, si tanto éxito había obtenido en Chatanugachuchu.
Más que en lo económico y aún en tal rubro, lo represivo fue la variable preponderante en el grupo ultra reunido en torno al gobernador dictatorial Ibérico Saint Jean en la ciudad de La Plata, con monseñor Plaza al timón del altar y Ramón Camps comandando la fábrica de cadáveres. Jaime Smart (asiduo concurrente a centros de tortura) y Alberto Rodriguez Varela conducían un Poder Judicial “dominado por abogados con formación académica, cátedras, escritura de tratados de una especificidad y erudición que darían cuenta de una intensa vocación por el Derecho. La prestación de su conocimiento, sin embargo, solo los llevó a bendecir el más profundo destripamiento que conoce nuestra historia”. En la actualidad, jurisconsultos de tamaña ralea se reúnen en la cruzada en pos de la “memoria completa” , cuyo propósito es la liberación de los genocidas sentenciados por delitos de lesa humanidad.

Ávidos por aproximarse a las migajas caídas desde las comisuras militares, entre los tradicionales oportunismos, Muleiro destaca el del partido Radical. Desde su otrora jerarca Ricardo Balbín a su más aislado intendente, brindaron sin resistencias y regocijante beneplácito sus servicios a lo que la prepotencia uniformada gustara ordenar. Duplicaron con holgura el número de colaboracionistas brindado por otros espacios como justicialistas, demoprogresistas, socialistas, etc. Con el creciente desgaste político de la dictadura y el manotazo de ahogado que procuró extender el Terrorismo de Estado a las islas Malvinas, se sucedieron apurados rejuntes de restos cadavéricos de la partidocracia burguesa, así como por parte de agrupamientos poco circulantes mas de rápidos reflejos.
En esta movida salió favorecido, como se sabe, Raúl Alfonsín, cuya prudencia le valió la primera magistratura. Es de singular interés apreciar en su justa medida los diversos reacomodamientos efectuados durante el temeroso y condicionado retorno democrático. La distancia con el conglomerado dictatorial casi siempre redundó en el mayor reconocimiento popular. El ímpetu de dirigentes sindicales como Saul Ubaldini, así como los organismos defensores de los derechos humanos, obtuvieron una injerencia sobre la opinión popular jamás alcanzada por nadie en el siglo.
Acordes y disonancias resuenan en las cercanías al trasplantar al presente las trágicas experiencias del genocidio imperante entre 1976 y 1983. Renovadas modalidades de aniquilación sobrevuelan no solo la clase más desposeída, acechan bajo la forma de industricidio, destrucción de las fuentes de trabajo, anulación de derechos largamente conquistados. Vicente Muleiro lo resume en conclusiones de hace quince años, con amenazante actualidad. Señala la oscura vigencia de la dictadura “en la presión permanente para que el Estado se desdibuje y todo el espacio de poder quede ocupado por el vínculo entre sectores dominantes locales y los representantes de los negocios transnacionalizados. Asociados, buscan rearmar una rueda de la felicidad que necesariamente en nuestros países se completa con su par conocido: pérdida de derecho y feroz disciplina social o degradación del trabajo y represión, lo que es lo mismo”.
La historia nunca se repite, tampoco se entiende sin conocerla, no obstante muchos sucesos desde hace más de medio siglo dicen más de la gigantesca operatoria del anónimo capital financiero global hegemónico que de sus efectos recurrentes en los sembradíos marginales. Es en esta opaca mano de obra donde alguna alternativa vital puede llegar a surgir por fuera del interés del poder central. 1976, el golpe civil es un libro de historia política que alberga similitudes y diferencias en el transcurso de sucesivas fases de acumulación. Por lo tanto, contiene acontecimientos y discursos con los que elaborar otras propuestas. Diez capítulos, un epílogo concluyente, la bibliografía detallada y el índice de nombres e instituciones son elementos respetuosos y completos que honran el talento del investigador y actualizan la memoria. Una tipografía liberada de la tiranía de la ampliadora acorde a una abigarrada encuadernación poco apta para la manipulación humana, empañan contenidos inicialmente destinados a erguirse a la condición de clásicos.
FICHA TÉCNICA
1976, el golpe civil – Una historia del mal en a Argentina
Vicente Muleiro

Buenos Aires, 2026 (2011)
456 páginas
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