En 1983, el escritor libanés Amin Maalouf publicó su primer libro: Las cruzadas vistas por los árabes (Les croisades vues par les Arabes, en el original en francés). Como su nombre lo deja sospechar, se trata de un ensayo sobre el período histórico abarcado por las cruzadas, “esos dos agitados siglos que dieron forma a Occidente y al mundo árabe, y que hoy en día siguen condicionando sus relaciones”. La peculiaridad de la obra es que describe una realidad poco conocida, al menos para los lectores de Occidente: la mirada de quienes vieron llegar a aquellos cruzados, bárbaros inquietantes cubiertos de armaduras que venían a “liberar” el Santo Sepulcro. Fueron llamados frany, ya que los azorados árabes los consideraron a todos francos.
Maalouf recurre a crónicas árabes de aquella época. En el prólogo, relata los lamentos de un cadí (magistrado en el sistema judicial islámico) frente al califa de Bagdad. Según relata, “el viernes 22 de shaban del año 492 de la hégira, el 15 de julio de 1099, los frany se han apoderado de la Ciudad Santa tras un asedio de cuarenta días. Los exiliados aún tiemblan cada vez que lo refieren, y la mirada se les queda fija, como si todavía tuvieran ante la vista a esos guerreros rubios cubiertos de armaduras que se dispersan por las calles, con las espadas desenvainadas, degollando a hombres, mujeres y niños, saqueando las casas y las mezquitas”. El cadí, enfurecido, explica que la suerte de los judíos también fue atroz: “la comunidad entera, repitiendo un gesto ancestral, se reunió en la principal sinagoga para orar. Los frany bloquearon las salidas y, a continuación, apilando haces de leña todo alrededor, le prendieron fuego”.
Maalouf cita al cronista árabe Usama Ibn Munqidh, quien, hacia 1140, se asombraba por la justicia expeditiva que los frany denominaban “el juicio de Dios”. Ese juicio abreviado consistía en enfrentar al denunciado y al denunciante en un duelo singular, para que Dios señale con su muerte al culpable. El suplicio del agua era otra variante de esa justicia tan expedita como divina: “Habían instalado una enorme cuba llena de agua. Al joven sospechoso, lo ataron, lo colgaron por los omóplatos de una cuerda y lo arrojaron a la cuba. Si era inocente, decían, se hundiría con el agua y lo sacarían tirando de esa cuerda. Si era culpable, no conseguiría hundirse en el agua. El desdichado, cuando lo echaron a la cuba, se esforzó por llegar hasta el fondo, pero no lo consiguió y hubo de someterse a los rigores de su ley. ¡Dios los maldiga! Le pasaron entonces por los ojos un punzón de plata al rojo y lo cegaron”. Maalouf señala, por oposición a la barbarie cruzada, que “los jueces, los cadíes, eran unos personajes sumamente respetados que, antes de dictar sentencia, tenían la obligación de atenerse a unos procedimientos muy concretos que fija el Corán: requisitoria, defensa, testimonios”.
Usama describe otro ejemplo de la brutalidad de los invasores. Un día, el gobernador franco de una localidad del Líbano le pidió ayuda al emir de Shayzar para tratar a un enfermo de su comunidad. El emir envió a un médico cristiano nacido en Siria. De regreso, el hombre contó que el enfermo tenía un absceso en la pierna, algo no muy grave, pero que el final había sido trágico: “Le puse un emplasto al caballero; el tumor se abrió y mejoró (...) Pero llegó entonces un médico franco y dijo: ‘¡Este hombre no sabe tratarlo!’ Y ordenó: ‘Traedme un caballero fuerte con un hacha bien afilada’. Pronto vi llegar al caballero con el hacha (...) Ante mi vista, el hombre le asestó a la pierna un primer hachazo y, luego, como la pierna seguía unida, le dio un segundo tajo. La médula de la pierna salió fuera y el herido murió en el acto”.
Pese a esas experiencias dolorosas, Usama no pierde la esperanza: “Entre los frany hay algunos que han venido a afincarse entre nosotros y que han cultivado el trato con los musulmanes. Son, con mucho, superiores a los que se les han unido recientemente en los territorios que ocupan”. Las cruzadas vistas por los árabes no es una crónica del horror sino del asombro. El asombro de un pueblo que observa a unos invasores tan poderosos en lo bélico como limitados en la cultura. No hay en Usama ni en Maalouf la idea de una lucha entre el Bien y el Mal, sólo la descripción de costumbres que pueden parecer extravagantes o incluso crueles, pero que no le quitan su condición humana a quienes las practican.
Detrás de la crítica a la pasividad de los musulmanes frente a los frany se percibe una cierta admiración por la pasión que demuestran los invasores. Incluso el propio Saladino (el legendario sultán de Egipto y Siria) saluda el coraje enemigo: “¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa”. Esta supuesta pasividad tiene que ver con las internas regionales ya que, contrariamente a una idea muy establecida en Occidente, el islam nunca fue una entidad homogénea. El cisma entre chiitas y sunitas, que data del siglo VII a partir de un conflicto en el seno de la familia del Profeta, nunca dejó de impulsar luchas encarnizadas entre los musulmanes. Incluso a los hombres de Estado como Saladino, la lucha contra los chiitas les parecía por lo menos tan importante como la guerra contra los frany. Es por eso que, muchas veces, algunos líderes musulmanes acordaron alianzas con los invasores para enfrentar a otros líderes musulmanes. Los frany podían ser enemigos o aliados circunstanciales, pero nunca la personificación del Mal.
Recordé Las cruzadas vistas por los árabes a partir del inicio de los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán. Los discursos febriles del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y del Presidente norteamericano Donald Trump, describen una guerra santa, una lucha a muerte contra el Mal, hoy representado por Irán; como antes por Venezuela y mañana tal vez por Cuba. En pleno frenesí moralista, es bueno recordar que la Corte Penal Internacional (CPI) solicitó el arresto de Netanyahu por crímenes de lesa humanidad en Gaza desde octubre de 2023, una invasión presentada también como guerra santa.
En todo caso, ambos mandatarios no están solos en esa gesta. Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, apoya su visión maniquea de la política: “Irán es el enemigo y vamos a ganar la guerra”, anunció envalentonado como un matón de barrio en la Universidad Yeshiva, institución privada judía de Nueva York. Una afirmación extremadamente peligrosa si recordamos nuestro pasado reciente. La Argentina ya fue impulsada a participar en un conflicto que excedía sus capacidades. Ese error fatal nos legó dos atentados atroces, el de la embajada de Israel y el de la AMIA, encubiertos por la propia justicia argentina y nunca resueltos.
Lo que nos ofrece Milei, secundado por la mayoría de los medios de nuestro país, es un mundo binario, una contienda entre el Bien y el Mal. El dilema es que, si la lucha es moral, si se trata de enfrentar a Belcebú, no hay negociación política alguna, la única salida es el exterminio de ese Mal que nos acecha o de ese “enemigo existencial”, como define Netanyahu a cualquier Estado de la región que no apoye sus alucinaciones bélicas. Existe otra versión posible, la de un mundo multipolar, tan complejo como el que describía Usama Ibn Munqidh hace casi mil años, en el que la solución de los conflictos territoriales pase por la política y la diplomacia, no por la deshumanización de quien está enfrente y la fantasía desquiciada de su desaparición.
Josep Borrell, político español y alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, afirmó: “Si alguna vez fuimos faro moral del mundo, está enterrado bajo las ruinas de Gaza”.
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