El domingo pasado el diario inglés The Guardian publicó un artículo que planteaba una tesis sugestiva. Su título es el siguiente, largo para nuestros parámetros: Los estadounidenses no se están enfrentando a (la posibilidad de) un colapso democrático. Están viviendo sus consecuencias. Su autor es Eric Reinhart, un señor que yo nunca había sentido nombrar, y al que el diario presenta como psicólogo, psiquiatra y —esto es más raro, lo admito— antropólogo político. La foto que el diario adjunta lo revela como un tipo joven, con pinta de hipster. (Bohemio de clase alta con look decontracté, si prefieren.) Pero eso es lo de menos. Lo importante —esto es lo que yo creo, dirán ustedes si me equivoco— son sus ideas.
Reinhardt arranca con una descripción del constante sobresalto que viven los ciudadanos de USA, en la convicción de estar asistiendo en tiempo real a la agonía de su país. También señala que la prensa que no fue cooptada por Trump vive alertando sobre la violencia que se ensaña con el espíritu y la letra de la Constitución, desangrándola de a poco, pero constantemente. "Los ciudadanos ansiosos —dice Reinhart— hacen refresh a sus pantallas, esperando el colapso de la democracia estadounidense".
Lo novedoso, que el título ya anticipaba, es que Reinhart cree que ese colapso ya ocurrió. Que el estado de zozobra permanente es consecuencia de una ilusión, que en este caso sería la de que los Estados Unidos todavía cuentan con una democracia que pueden perder.

"Para millones de personas —dice don Eric, el vikingo moderno —, la vida democrática brilló por su ausencia durante décadas, mientras toleraban viviendas precarias, cobertura de salud inaccesible, poderes políticos sin control ni límites, deudas esclavizantes, bienes públicos dilapidados y ser excluidos casi totalmente del poder político formal. Para otros —los ricos, los políticamente conectados, los oligarcas—, el mismo sistema les ofrece aislamiento, desde el cual racionalizan el despojo al que someten a los demás y se despegan de toda responsabilidad al respecto... Estos no son signos de una democracia amenazada. Son los síntomas de una que resultó erosionada —si es que existió alguna vez—, mucho tiempo atrás".
Reinhart remite al psicoanalista D. W. Winnicott y su estudio sobre pacientes consumidos por el miedo a un desastre inminente. Dice Reinhart que, según Winnicott, esa gente proyecta en el futuro la ansiedad producida por una crisis que ya ocurrió pero nunca asumieron, porque, en vez de experimentarla, la reprimieron. "Lo que retorna —explica Reinhart— es el eco de ese evento no vivido, disfrazado de amenaza futura".

Mucha gente presume que en los Estados Unidos existe todavía un orden democrático, hoy amenazado por una figura sin precedentes: "Una aberración de la Historia americana, cuando en realidad se trata de su culminación", razona Reinhart. En consecuencia, la reacción adecuada ante Trump y su tendencia a llevarse todo por delante sería la defensa de las instituciones y el restablecimiento de las normas. Bastaría con volver al funcionamiento previo a Trump, para que todo se encarrilase. Pero Reinhart se pregunta entonces: "¿A qué democracia, exactamente, estaríamos tratando de retornar?"
"¿La construída sobre el colonialismo de los conquistadores, la esclavitud y el despojo genocida del que fueron víctimas los pueblos originarios, hasta bien entrado el siglo XX? ¿La que excluyó a las mujeres hasta 1920, a los afroamericanos hasta los '60, y a la gente trans hasta hoy? ¿El gobierno que expandió derechos formales para vaciarlos a través de masivas encarcelaciones, supresión de votantes, el despojo racialmente organizado y la captura —bancada por la Corte Suprema— de las instituciones públicas y de las elecciones a manos de las corporaciones? ¿La democracia que salvó a los bancos y los ejecutivos de las automotrices, mientras el crimen corporativo hacía que millones de trabajadores perdieran sus casas, sus trabajos y sus jubilaciones, lanzándolos a niveles históricos de adicción, depresión y suicidio? ¿El sistema político que —bajo Barack Obama, Joe Biden y Trump del mismo modo— presidió el mayor incremento de la desigualdad económica y la mayor concentración de poder anti-democrático en la Historia, mientras redoblaba la apuesta doméstica por un Estado policial y la violencia imperial?"
Reinhart afirma que los Estados Unidos eran una oligarquía mucho antes de que Trump llegase a la presidencia por primera vez: "Décadas de privatizaciones, combate al sindicalismo y demolición del Estado de Bienestar desmantelaron las infraestructuras públicas que permitían que el pueblo se experimentase como participante de la vida colectiva, para transferir paulatinamente el poder del pueblo a las corporaciones, a los jueces que nadie elige y a los billonarios".

Según Reinhart, reconocer este estado de cosas no significa bajarle el precio al proyecto autoritario de Trump. Lo fundamental, dice, es "tratar de entenderlo con la claridad necesaria para oponerse a él con eficacia, en vez de seguir atrapados en los loops que inmobilizan a la elite política que se niega a confrontar con su propia complicidad".
Como aclaré al principio, Reinhart habla de los Estados Unidos. Algo que no habría que minimizar, porque lo que ocurre allí suele impactar en el mundo entero. (Fíjense en los precios del petróleo, que el ataque a Irán disparó a la estratósfera en estos días.) Pero entre los territorios más condicionados por la política estadounidense se encuentra SubAmérica, que Trump concibe como su feudo personal. Tal como están las cosas, un estornudo en Washington significa múltiples gripes en el Congourbano.
¿Podríamos, entonces, extender la tesis de Reinhart a nuestro país? Si los Estados Unidos son una oligarquía desde hace rato, ¿qué podríamos decir de la Argentina? ¿Existió alguna vez nuestra democracia y terminó erosionándose —en cuyo caso, importaría saber cuándo y por qué—, o simplemente no existió nunca?
Los Picassos del autoengaño
Reinhart aclara que el estudio de Winnicott se refiere a personas individuales. Pero eso no impide extrapolarlo a un contexto social. "Las naciones —dice— también generan defensas contra la realidad: negación, idealización, desplazamiento, proyección, regresión, amnesia colectiva".
¿Cuál sería el colapso nervioso que la sociedad argentina decidió negar, del cual rechazó hacerse cargo, y que resurgiría ahora, como angustia ante la perspectiva de la disolución nacional?
Yo propongo dos momentos históricos como candidatos.

El primero es el bombardeo de la Plaza de Mayo, en 1955. Un hecho de violencia institucional inédita: la flamante aviación nacional, destruyendo el corazón de la ciudad —en día hábil, y durante horario de trabajo— con el objetivo de asesinar al Presidente Perón. El artero ataque produjo más de 300 muertos: hombres, mujeres y niños, una barbarie nunca antes vista en nuestro país y nunca repetida así, a plena luz del día; perfecta heredera de las atrocidades de los unitarios, que —por ejemplo— en 1863 asesinaron al Chacho Peñaloza aun cuando se había rendido, clavaron su cabeza en una pica delante de su familia y exhibieron una de sus orejas durante mucho tiempo, en una casa de la alta burguesía de San Juan. En términos emocionales, la Casa Rosada bombardeada y ametrallada es una imagen tan conmocionante como la nevada extraterreste que cubre Buenos Aires en El Eternauta. Pero la prensa canalla y la historia oficial barrieron el hecho debajo de la alfombra, la Justicia consideró que el ataque no le competía y gran parte del pueblo aceptó que lo mejor era mirar hacia adelante. La oligarquía había hecho tan buen trabajo, demonizando a Perón y a los peronistas, que la muerte de algunos escolares, bancarios y maestras parecía un precio razonable a cambio de la expulsión de los demonios.
El segundo hecho es la última dictadura, de cuyo inicio se cumple medio siglo en pocos días más. Esta vez encararon la faena a escondidas, por lo general de noche. Ese disimulo fue funcional al mejor rendimiento: ya no fueron 300 sino al menos 30.000, los muertos. Para no exponerse al horror del que el mundo fue testigo a partir del '45, cuando Europa abrió las puertas de los campos de concentración, nuestros militares y policías se deshicieron de los cuerpos y ocultaron la información. La prensa canalla miró a otro lado, la Justicia hizo propio el razonamiento videlesco que impide juzgar un crimen en ausencia de un cadáver y gran parte del pueblo hizo de cuenta de que no vivía a pocas cuadras de un Auschwitz criollo sino en un país normal. La oligarquía había hecho tan buen trabajo, al redoblar la demonización de Perón y los peronistas —en particular de los jóvenes de izquierda—, que la muerte de algunas monjas, estudiantes, escritores, periodistas, cineastas y mujeres embarazadas parecía un precio razonable a cambio de la expulsión de los demonios.

Me consta, porque lo experimenté en carne propia, que el miedo indujo algo parecido a una psicosis colectiva en la sociedad argentina de los '70. En respuesta a las desapariciones y los cuerpos que reaparecían donde no debían —encallando en playas, por ejemplo—, había que sobreactuar normalidad. Lo he dicho ya otra vez, pero insisto: la expresión fingir demencia, que hoy usamos al vernos expuestos a una situación que aparece como irracional e inmodificable, es engañosa. Oculta aquello que debería denunciar. Porque, ante la circunstancia inusual, lo que en realidad hacemos es fingir normalidad, pretender que no está pasando nada fuera de lo común. Y cuando fingís normalidad ante una locura, eso te hace cómplice. Sugiere que estás tan demente como el loco que se cargó el acting sobre sus hombros.
A partir del 24 de marzo del '76, los argentinos fingimos normalidad a pesar de que no existía nada parecido, sino todo lo contrario: una situación extrema, aberrante. E imagino que a partir del 16 de junio del '55 —la fecha del bombardeo sobre la Plaza— debe haber ocurrido lo mismo. El terror tenía un doble propósito: eliminar la presunta amenaza del modo más salvaje posible, y capitalizar esa atrocidad a modo de advertencia. La cabeza de Chacho en la pica, las bombas sobre la Pirámide de Mayo y el Cabildo y los operativos nocturnos de secuestro emitían un claro mensaje: Esta vez le toca a otro que hizo méritos para convertirse en víctima, pero de ser necesario te vamos a hacer lo mismo a vos, porque estamos dispuestos a todo. Aunque eso suponga degollarte, colar una bomba por tu ventana o secuestrarte a vos y a tus hijos. Y entonces, claro, la sociedad fingía normalidad. Porque el pánico ya la había vuelto loca.

La charada ayudó a eludir el trauma que significaba vivir bajo esas condiciones. No fue una situación límite que asumimos en todo su dramatismo, para acto seguido plantearnos: "¿Qué vamos a hacer para salir de esta?" Simplemente la disimulamos, la barrimos bajo la alfombra. Y ser contemporáneos de horrores semejantes, mientras volteás la cara y silbás bajito, nunca es gratis. Una vez que pasa podés pretender que en su momento no comprendiste la gravedad de lo que ocurría y sobreactuar indignación. (Que es lo que sucedió en la mayoría de los casos, porque la situación ya había dejado de ser tan peligrosa.) Pero eso no es lo que Reinhart llamaría una crisis asumida, metabolizada y superada, sino más bien negada, reprimida, pateada hacia adelante. Y por eso el evento no vivido retornó, a través de una figura sin precedentes —en este caso, Milei— que antes que una aberración supone la consumación de un proceso, signado por una enfermedad social nunca tratada.
Milei no sería el colapso tan temido y anunciado (¡la reencarnación de Atila!), sino apenas el actor ideal para nuestro psicodrama. El ganador del casting para el papel del culpable, a quien, llegado el momento, haremos responsable de romper la democracia... cuando la capitulación ocurrió antes, en el '55 y en el '76, ante la mansedumbre del pueblo que no reaccionó como debía. Pusimos a Milei allí donde está para señalarlo cuando se derrumbe y decir: Fue él... cuando fuimos nosotros. Los que tenemos la cabeza tan cagada por la propaganda de los poderosos, que hoy somos incapaces de distinguir quién podría ayudarnos y quién nos va a hacer mierda. Y como se nos condicionó para que no atinemos a votar en beneficio de las mayorías —como nos convencieron de que nuestros representantes más naturales eran, en realidad, demonios—, elegimos al personaje más esperpéntico e impresentable que encontramos, para culparlo cuando la cosa estalle — porque estallará y lo sabemos, dado que no hicimos lo que debíamos haber hecho en su momento.
Tal vez esto ayude a entender por qué dimos lugar a un proceso que en el futuro será recordado como un mal sueño. Porque no hay duda de que la presente es una de las etapas más lamentables de la historia argentina, de una bajeza insondable, cuyo fondo no tocamos todavía. Una grotesquería que incluso Arlt hallaría extrema, de la que mañana nadie se hará cargo, como nadie se hizo cargo del '55 ni del '76.

(Paréntesis. Esta semana me topé con una descripción de Trump escrita por un inglés llamado Nate White, que se le aplica a Milei admirablemente: "Carece de clase, de encanto, de la condición de cool, de credibilidad, de compasión, de ingenio, de calidez, de sabiduría, de sutileza, de sensibilidad, de conciencia de sí, de humildad, de honor, de elegancia... Nunca es divertido y nunca se ríe: sólo se mofa o se burla. De forma acojonante, no es que sólo profiere insultos crudos y estúpidos: piensa a partir de esa categoría... El tipo convierte la ausencia de arte en una forma del arte; es un Picasso de la mezquindad, un Shakespeare de la mentira. Sus defectos son fractales: hasta sus imperfecciones son imperfectas, y así ad infinitum. Dios sabe que siempre ha habido gente estúpida en este mundo, así como gente repugnante. Pero raramente la estupidez ha sido tan repugnante, y la repugnancia tan estúpida". Cierro paréntesis.)

Uno querría pensar que los jóvenes de hoy —pata esencial del sostén a Milei— no tienen nada que ver con las generaciones que eran adultas cuando llegaron la Fusiladora y más tarde Videla. Pero estos jóvenes son los nietos del '55 y los hijos del '76. La descendencia directa de una sociedad enferma a causa de mezquindades y miedos que no se atrevió a combatir, cuando era el momento de enfrentarlos. Han sido criados en una atmósfera de pánico, negación, racismo (porque todos los estratos eligen un inferior al que desprecian) e irresponsabilidad civil. De los abuelos y padres que somos, ¿qué otra herencia podían obtener, pobrecitos, más allá de la prodigiosa capacidad para el autoengaño que venimos desarrollando desde hace 80 años?
La Matrix criolla
No es Milei quien va a fracasar sino nosotros, los que ya nos damos por fracasados y lo pusimos donde está, para desplazar la culpa. No quisiera estar en sus sucias zapatillas, por cierto. Cuando caiga, el odio del que se volverá objeto será directamente proporcional a la suciedad de la conciencia de millones de argentinos, que sobreactuarán su rechazo como si no lo hubiesen votado ni celebrado nunca. En ese momento estaremos todos en la lona, casi sin excepciones. Y eso nos regalará dos satisfacciones perversas: la de haber obtenido el castigo que creemos merecer, en tanto sociedad cobarde y negadora, pero depositando la culpa de la situación en otro. Gozaremos del dolor, como buenos masocas, mientras seguimos eludiendo la responsabilidad sobre nuestra realidad.
"Si seguimos imaginando el colapso democrático como algo que todavía puede ser evitado —dice Reinhart—, vamos a permanecer paralizados, aferrándonos a normas, líderes y procedimientos cuya autoridad se ha evaporado". Ojo acá, que lo que el hipster dice se refiere tan sólo a los Estados Unidos, de cuya oligarquía son tan responsables Republicanos como Demócratas: por eso habla de "la elite política que se niega a confrontar con su propia complicidad". Yo sé que la cita va a convencer a más de un argento de hacerse los rulos, pero más allá de ciertas similaridades del proceso actual, nosotros no somos Estados Unidos. Acá todavía existen normas, líderes y procedimientos cuya autoridad puede haber mermado, sí, pero está muy lejos de evaporarse. Porque, a diferencia de Republicanos y Demócratas, que comparten y defienden un mismo proyecto de país, en la Argentina el peronismo y la derecha-o-como-se-llame-hoy defienden proyectos antitéticos.

La parálisis existe, esto es innegable. Pero sus características son otras. En los Estados Unidos se aproximan al estadio que nosotros denominamos que se vayan todos. (Hay líderes del Partido Demócrata, como el líder de la bancada del Senado, Chuck Schumer, cuya actitud acomodaticia ante el poder es tan vergonzante como la de nuestros radicales y peronistas tránsfugas.) Pero nosotros ya vivimos esa fase, de la cual salimos mediante un proceso histórico que demostró que no todos los políticos eran iguales y que no toda política era verso que enmascara la realidad.
Tan en claro quedó entonces, que al poder no le quedó otra que poner en juego todos sus recursos —que son aplastantes— para convencer a la gente de que las cosas no eran como les decían y que en realidad el agua quemaba y el fuego te empapaba. La propaganda y la presión social sobre los que aspiran a ascender —a cagar por encima del culo, diría mi abuelo— fueron y son tan grandes, que mucha gente empezó a cocinar en la ducha y a bañarse con brasas ardientes. Y eso que la evidencia estaba a mano, tan a la vista, tan transparente como en la explicación que Cristina dio una vez: "Cuando gobiernan 'los chorros', a la gente le alcanza el salario, comen cuatro veces al día, los pibes estudian, van de vacaciones... Cuando gobiernan los que el Poder Judicial dice que son honestos, se caga todo el mundo de hambre".
Pero claro, como sigue habiendo mucha gente que sabe que el agua moja y el fuego quema, no les quedó otra que sumar la acción a la propaganda. Primero intentaron matarla y después la proscribieron, para sacarla de la cancha política. Ante esta situación, no se puede fingir normalidad, a riesgo de volverte cómplice de la persecución política. La prisión de Cristina es la condición sine qua non de este estado de cosas. Sacá ese tapón, y los poderosos y sus lacayos políticos se quedan nadando en el aire. Por eso su liberación no concierne tan sólo a los peronistas y los kirchneristas, sino a todos los argentinos. Con Cristina presa, ningún gobierno, del signo que sea, puede reivindicarse democrático. Con Cristina presa, todo gobierno es una democracia condicionada, como lo fue cuando Illia y Frondizi.

¿Existe algún modo de salir de esta parálisis? Reinhart dice que, según Winnicott, el miedo al colapso futuro disminuye "si la verdad que permanecía oculta es experimentada al fin, en vez de reprimida. Cuando un paciente se enfrenta a la realidad, una nueva dirección se vuelve posible".
De ser cierto esto, a los argentinos nos esperaría un largo y profundo proceso de reencuentro con la realidad. Sería un acto de contrición saludable, ante el triste aniversario que está ad portas. Porque el tinglado de mentiras y ficciones que levantamos para disimular nuestra responsabilidad en la historia es tan vasto y espeso, que parece un universo en sí mismo. No fue una Inteligencia Artificial la que construyó la Matrix en que estamos inmersos, esa simulación en la que somos la Europa o la Miami de SubAmérica: fue nuestra mala conciencia, nomás. Para siquiera arrimar a la posibilidad de superarnos, habría que desandar el camino orwelliano que nos llevó a aceptar que 2 + 2 puede ser 5 y reconciliarnos con la verdad. Por ejemplo, cuestionando la contradicción que entraña el hecho de que el sector político a quien todos demonizan (como en los '50, como en los '70) sea precisamente aquel que no traicionó nunca al pueblo en el Congreso y cuyos dirigentes nunca nos cagaron.
Tenemos que elegir, dice Reinhart, entre una democracia que es apenas un arreglo constitucional, una convención —como la que hoy padecemos—, o una democracia que sea "una experiencia vital de destino compartido, de compromiso con la ética y de presencia cívica". Según este hombre, en los Estados Unidos la gente se cansó de esperar a los políticos y empezó a organizarse por sí misma. Cita, por ejemplo, la forma en que los vecinos de su barrio de Chicago se articularon para proteger a los inmigrantes de la violencia de ICE, la fuerza paramilitar de Trump. Yo comparto su valoración de la autogestión y la organización local, pero desde la Argentina creo que sigue siendo necesaria una representación política.

En lo que sí estoy ciento por ciento de acuerdo es en la idea con que cierra su artículo. Reinhart dice que la democracia comienza con la decisión de la gente de "no abandonar los unos a los otros". De eso se trata. La democracia no es el mercado, el darwinismo económico. La democracia es, por el contrario, el sistema que garantiza que todos cuidemos de todos, de buen grado y en el mejor espíritu, para que nadie deba languidecer en un umbral o descubrirse adicto a las drogas a los 9 años, como ocurre en estos tiempos —es más común de lo que piensan, créanme— mientras tantos fingen normalidad.
Como dijo el escritor Alexander Woollcott, uno de los cerebritos que formó parte de la Mesa Redonda del hotel Algonquin entre 1919 y 1929: "Estoy cansado de oír que la democracia no funciona. Por supuesto que no funciona por sí misma. Somos nosotros los que la hacemos andar".
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