En su editorial “Bombas”, en El Cohete a la Luna, Horacio Verbitsky utiliza la figura de Juan B. Justo, el fundador del socialismo argentino, para reflexionar sobre la política económica del Presidente Javier Milei. Al referirse a Juan B. Justo reconstruye con fidelidad el librecambismo del fundador del socialismo argentino, su oposición al proteccionismo aduanero y su caracterización de los industriales beneficiados por el Estado como una casta parasitaria. El problema es que sugiere que ese Justo sería el “neanderthal del que desciende Milei”. Esa opinión, formulada con la ligereza de la analogía periodística, no ilumina el pasado ni el presente.
La línea que traza Verbitsky parte de la idea de que tanto Justo como Milei celebran el libre comercio. Pero la historia de las ideas no funciona así. El mismo enunciado puede tener significados políticamente opuestos según quién lo pronuncia, desde qué posición de clase lo expresa y en defensa de qué intereses se posiciona. En el caso de Justo, esos factores son decisivos.
José Aricó, a quien el propio Verbitsky cita como autoridad intelectual sobre el tema, lo explicó con una precisión que ninguna analogía puede permitirse ignorar:
“En la medida en que el nivel de ingreso de los trabajadores argentinos estaba estrictamente vinculado a la continuidad de todo el proceso, era lógico que tendiera de modo más o menos consciente a oponerse a todo cambio estructural que implicara el crecimiento de la industria nacional sobre la base de proteccionismo estatal y arancelario. La lucha en el interior de este mecanismo productivo tenía como horizonte una redistribución de la renta y nunca un cuestionamiento teórico y práctico de la misma, lo cual explica la arraigada concepción librecambista que impregna todo el movimiento obrero en sus diversas tendencias. [...] Empeñados en la defensa de las condiciones de vida de los trabajadores, tanto socialistas como anarquistas, sindicalistas y luego comunistas, se opusieron a medidas proteccionistas que provocaran el encarecimiento de los medios esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo”. — La Hipótesis de Justo, Editorial Sudamericana, 1999, p. 103.
Lo que Aricó describe es la lógica de un movimiento obrero inscripto en una economía agroexportadora, donde el salario real dependía del abaratamiento de los bienes de consumo importados. En ese marco, oponerse al proteccionismo era defender el poder adquisitivo concreto de la clase trabajadora frente a la posibilidad de que una transferencia de ingresos —vía aranceles— enriqueciera a una minoría de “industriales de aduana” a expensas del conjunto. Era, en las propias palabras de Justo que Verbitsky recupera, combatir “el pillaje y la plutocracia” desde una agenda de legislación social, organización sindical y reforma estructural.
Milei, en cambio, no habla desde la defensa del movimiento obrero ni del salario real. Su libre comercio no es la respuesta táctica de una clase subordinada que busca redistribuir la renta: es la doctrina de un proyecto que ha venido desmantelando sistemáticamente los derechos laborales, la negociación colectiva, el empleo público y la protección social. Cuando Justo atacaba el proteccionismo, lo hacía en nombre de los trabajadores y contra las rentas de los propietarios. Cuando Milei lo hace, es en nombre del capital concentrado y contra las conquistas históricas del movimiento obrero. Como se observa, las semejanzas son superficiales y el antagonismo es claro.
La crítica rigurosa a Justo —la que Aricó elaboró con mucho mayor rigor que cualquier analogía retroactiva— es otra. No la de haber anticipado al libertarianismo, sino la de no haber podido trascender los límites de esa lógica distributiva inscripta en el modelo agroexportador. El socialismo de Justo comprendió con lucidez la cuestión obrera, pero no logró articular una respuesta al problema nacional ni elaborar un proyecto alternativo de desarrollo frente al capitalismo periférico argentino. Esa es la insuficiencia: no haber encontrado el puente entre la defensa del salario y la transformación de la estructura productiva.
Reducir esa insuficiencia a una proto-versión del mileísmo es, además de impreciso, políticamente contraproducente. Justo construyó durante décadas una fuerza política para defender los intereses de la clase trabajadora, impulsó la legislación social, formó cuadros obreros e intelectuales, peleando por el sufragio universal y contra el fraude oligárquico.
* Federico Tonarelli es presidente de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajadores Autogestionados (FACTA) y miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Unidad Socialista (US).
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