Pesa la deuda, Toto

Daño psicológico o desesperación por el financiamiento

 

“La economía está tremendamente en orden. Ahora, hay muchísima gente que no puede evitar pensar que a Argentina le tiene que ir mal. No es una queja, es descriptivo. O sea, el daño no solo económico, sino psicológico que ha hecho el kirchnerismo en la gente es brutal, brutal”.

Toto Caputo, 19 de marzo del 2026

 

La Argentina necesita conseguir dólares. El financiamiento es una condición, no una opción. El gobierno dice que ya tiene los dólares “identificados” y que va a salir a buscarlos. Pero ahí aparece el problema: si hay que salir a buscarlos, es porque no están.

Esa duda atraviesa todo el esquema. Las reservas no crecen porque el Banco Central funciona como un puente para pagar deuda, la estabilidad cambiaria depende de dólares que entran por endeudamiento privado y la próxima apuesta, la cosecha, llega con precios a la baja y costos en alza.

Al mismo tiempo, el frente energético suma presión: el gas se encarece por la guerra y obliga a recalibrar las expectativas respecto a las importaciones, mientras el petróleo sube pero no se traduce plenamente en más divisas. Y en el fondo, el Fondo Monetario vuelve a correr el arco y demora los desembolsos.

 

Dólares identificados

La Argentina necesita dólares. Es una cuestión aritmética, resultado del peso de la deuda. De acá a fin de año, el Tesoro enfrenta vencimientos por unos 15.000 millones de dólares. Cerca de 9.000 millones corresponden a capital. Y en 2027 la exigencia sube a unos 28.000 millones. Ese es el punto de partida. Y la pregunta con la que azotan al ministro de Economía es cómo se va a pagar.

Bajo ese yugo, Luis Caputo volvió a decir que no va a salir a Wall Street. Lo presenta como una decisión. Pero el mercado sabe que es una condición. Con un riesgo país por encima de los 600 puntos, y una suba semanal cercana a los 30 puntos, la puerta del crédito está cerrada. No es una elección. Es el límite.

Ahí aparece la novedad. Caputo dijo que va a conseguir dólares más baratos que los del mercado internacional. Y que ya los tiene “identificados”. Dijo que en tres meses se conocerán las fuentes de financiamiento y que serán más baratas que el mercado internacional. Pero el dato central es que esas fuentes todavía no se conocen. Es decir, los dólares están anunciados, pero no están.

Ahí aparecen los rumores. En la city hablan de negociaciones con Israel e Italia para conseguir entre 3.000 y 5.000 millones de dólares, a tasas cercanas al 7%. Al ver, verás.

Los contactos incluyen a legisladores italianos y a financistas del circuito del Boulevard Rothschild, en Tel Aviv, con llegada a la Knéset. El esquema tendría además un componente clave: evitar el Congreso.

En Roma, la relación con Giorgia Meloni dejó de ser solo institucional. Tiene algo de afinidad ideológica, algo de cercanía personal y algo de puesta en escena. Una especie de sociedad política con gestos, fotos y sintonía discursiva. En ese marco, la negociación financiera se mezcla con esa narrativa.

En Tel Aviv, el canal es distinto pero igual de cargado. El alineamiento con Israel es explícito. Político. Religioso, incluso, en la retórica presidencial. Y en ese terreno se activa otra red: la del financiamiento ligado a la llamada “banca pesada” de Israel, donde las finanzas, la política y la seguridad conviven sin demasiadas fronteras.

 

 

En términos formales, un préstamo entre Estados debería tener aprobación legislativa. Así lo marca la Constitución y la Ley de Administración Financiera. Pero existen zonas grises que el gobierno podría usar: autorizaciones generales del Presupuesto, estructuras financieras que no se presentan como deuda directa o incluso operaciones canalizadas por el Banco Central. No es un detalle menor. Es parte del diseño. El objetivo es conseguir dólares sin abrir un frente político interno.

En paralelo, se complica la situación con Estados Unidos. El swap enfrenta resistencias en la Reserva Federal, en sectores demócratas y también en el entorno del secretario del Tesoro, Scott Bessent. El Tesoro de Estados Unidos convocó para el 25 de marzo una reunión del Financial Stability Oversight Council, donde se evaluará la administración del fondo de estabilidad financiera del cual depende la Argentina.

Cuando Caputo dice que los dólares están “identificados”, lo que se escucha es otra cosa. Que no están. Que se están buscando. Que todavía no llegaron. Por eso la frase que buscó calmar, generó lo contrario.

Caputo atribuye esa desconfianza al historial argentino. Habló de los defaults y aseguró que los fundamentos van a prevalecer. El ministro sostuvo que la posición técnica entre oferta y demanda no es la correcta y que los bonos deberían estar más demandados. Pero en Wall Street no miran el pasado, miran el balance. Y ahí aparece el problema de fondo: las reservas netas caen.

La razón es simple: sin acceso al financiamiento internacional, el Tesoro depende del Banco Central para afrontar los pagos de deuda. En ese esquema, buena parte de los dólares que compra la autoridad monetaria terminan transferidos al Tesoro para cancelar vencimientos externos.

En los primeros dos meses del año, el Banco Central compró cerca de 3.100 millones de dólares en el mercado oficial. Pero en ese mismo período vendió alrededor de 3.500 millones al Tesoro. De esta manera el Banco Central no está fortaleciendo su posición de reservas internacionales netas. Funciona como un puente entre el endeudamiento privado y los pagos de deuda pública. Un circuito que sostiene la operatoria diaria, pero no construye reservas. Y eso es lo que el mercado no compra.

El resultado es un circuito cerrado. El Banco Central actúa como intermediario: absorbe dólares del mercado y se los pasa al Tesoro para cumplir vencimientos. Las reservas netas no aumentan. Lo que aumenta es la deuda del Tesoro, que saltó el equivalente a 17.068 millones de dólares solo en los dos primeros meses del año.

La clave es que, en este esquema, cada dólar que entra tiene dueño. El Banco Central compra divisas, pero el Tesoro las usa para pagar deuda. Las reservas no crecen y el mercado vuelve a preguntarse cómo hará el gobierno para pagar los próximos vencimientos.

 

Flujo de dólares

Mostrar reservas es condición excluyente para conseguir financiamiento. Porque en el mercado hay una regla básica: nadie presta si no ve cómo le van a pagar.

Durante largos meses, el gobierno evitó comprar dólares. La lógica era preventiva. Si el Banco Central salía a demandar divisas, el precio podía subir. Y si el dólar sube, sube la inflación.

Esa decisión tuvo costos. Sin acumulación, generó desconfianza. Entonces, desde diciembre, el gobierno cambió. Empezó a comprar dólares. Sin embargo, ocurrió algo que en otro contexto hubiera sido automático: el tipo de cambio no se disparó.

La explicación no está en la política monetaria. Está en el flujo. Hay una oferta de divisas que no viene de la economía real. No viene del comercio exterior. Viene del financiamiento.

Desde el triunfo electoral de octubre de 2025, las empresas argentinas emitieron más de 8.000 millones de dólares en deuda. Salieron a los mercados internacionales. Consiguieron financiamiento. Trajeron dólares.

A ese movimiento se sumaron las provincias. Emitieron cerca de 2.500 millones de dólares en deuda sub-soberana. También en el exterior. También con necesidades urgentes de caja.

Esos dólares ingresan. Se vuelcan, en parte, al mercado local. Generan oferta. Y esa oferta es la que compensa la demanda del Banco Central. Ahí se arma el equilibrio. El Banco Central compra. El sector privado abastece. El precio se mantiene. Funciona. Pero no se sostiene solo.

El resultado es una estabilidad que depende de un flujo transitorio. Es financiamiento. Y el financiamiento, por definición, tiene límites. Por eso, el foco empieza a correrse. La próxima apuesta es la liquidación de la cosecha. Pero ese frente llega con dudas.

Esta semana la soja tuvo la mayor caída intradiaria de 25 dólares. Es un movimiento fuerte. Sobre todo en un contexto donde durante buena parte de 2025 el precio promedió los 450 dólares por tonelada. En cambio, actualmente, cotiza por debajo de los 380 dólares.

No es solo volatilidad. Es una corrección. Un ajuste de expectativas. Una señal de que el precio que sostenía la ecuación empieza a ceder. Y con eso se desinfla también una parte del programa.

La cotización de la soja durante 2025 arrastraba un componente de sobrevaluación. Las propias estimaciones productivas anticipaban una oferta global récord: Estados Unidos en torno a 180 millones de toneladas, Brasil cerca de 112 millones y la Argentina alrededor de 48,5 millones.

Con esos volúmenes, el precio debería haber tendido a moderarse. Pero no lo hizo. Se sostuvo más arriba por un factor exógeno: la expectativa de una distensión comercial entre Estados Unidos y China, apalancada en la posibilidad de una bilateral entre Donald Trump y Xi Jinping. Esa expectativa funcionó como sostén artificial del precio. Esta semana, ese soporte empezó a ceder. Trump enfrió públicamente esa instancia y dejó abierta la posibilidad de que el encuentro no se concrete. El mercado tomó nota. Y el precio reaccionó: lo que estaba inflado por expectativas, empezó a desinflarse.

En simultáneo, se disparó el precio de la urea. Como derivado del petróleo, pasó de cotizar 470 dólares la tonelada antes del conflicto bélico, a 700 dólares la tonelada el último viernes. Se trata de un insumo central para la producción agrícola. Ese aumento cambia la cuenta.

Hasta la semana pasada, con 1,3 toneladas de soja se compraba 1 tonelada de urea. Hoy la relación se deterioró: se necesitan 2 toneladas de soja para comprar lo mismo. El impacto es directo. Suben los costos. Se achican los márgenes. Y cambia la lógica de decisión.

A eso se suma el tipo de cambio. Un dólar por debajo de los 1.400 pesos. Bajo en términos reales para el sector exportador. El cuadro es claro: precios internacionales que corrigen, costos que suben y un tipo de cambio que no compensa.

En ese escenario aparece otro factor. Menos visible, pero decisivo. El componente especulativo.

El sector agroexportador, las grandes comercializadoras que concentran la liquidación, no son actores pasivos. No liquidan automáticamente. Deciden. Y cuando el dólar luce barato, no liquidan: retienen. Se sientan sobre los granos y esperan. No es ideología. Es negocio.

Por eso, la liquidación ya no es una certeza. Es una incógnita. La estabilidad cambiaria muestra entonces que, dentro de los parámetros actuales de la economía argentina, es apenas un equilibrio transitorio.

 

Dólares bélicos

Se ven las costuras. Necesidad de financiamiento. Dólares que entran por deuda. Dudas sobre la cosecha. Una estabilidad sostenida más por flujo que por estructura. Y en ese cuadro aparece otro frente. La energía. No solo como precio. También como demanda de dólares.

El gobierno venía con una hoja de ruta clara: correrse de la importación de GNL, desregular, dejar que el mercado resolviera el abastecimiento. Pero la guerra alteró los planes. Ese esquema entró en crisis.

Los misilazos cruzados en Medio Oriente explotaron mucho más allá de la región. Esta semana la guerra cruzó una línea que hasta ahora parecía intocable. Tras el ataque a la planta de gas en Asaluyeh, Irán respondió alcanzando con misiles la refinería de Ras Laffan, en Qatar, el principal centro de producción de gas natural licuado del mundo.

 

 

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No fue un objetivo militar más. Fue otra cosa: la entrada del conflicto en el sistema circulatorio de la economía global. Lo que quedó bajo fuego no es solo una planta. Es un nodo central del sistema energético del mundo.

South Pars, del lado iraní, es la misma estructura geológica que en Qatar se conoce como North Dome. De ese mismo reservorio sale el gas que alimenta Ras Laffan, el mayor polo gasífero del planeta.

La cotización del GNL se disparó más del 50%. Los contratos a mayo superan los 20 dólares por millón de BTU. Eso empujó a una contramarcha. La desregulación, al menos por ahora, queda en suspenso.

Pero esa contramarcha no viene acompañada de una definición clara. Cómo se va a importar. Bajo qué mecanismo. En qué condiciones. Y, sobre todo, cómo se va a trasladar ese costo a las tarifas locales.

No hay definiciones. Y el tiempo juega en contra. El GNL no se compra de un día para el otro. Se licita. Se contrata. Se aseguran los cargamentos con anticipación. No es lo mismo cerrar contratos a término que salir a comprar al mercado spot. Y en un contexto bélico, esa diferencia es crítica.

Si la Argentina llega tarde y tiene que salir al spot, el riesgo es alto. Precios más caros. Y, en el límite, problemas de abastecimiento. Porque gran parte de la oferta está afectada.

Pero hay otro plano relevante. La situación interna expone límites a un nuevo salto en las tarifas.

El sistema energético argentino ya estaba en tensión antes del conflicto. Por una decisión doméstica. El cambio en el esquema de subsidios.

La reducción de la cobertura: se alteró la estructura de tarifas de manera abrupta, con recorte del consumo subsidiado a un bloque mínimo de 150 kWh, lo que equivale a menos de la mitad del consumo promedio de un hogar tipo de la Argentina. El excedente se paga a tarifa plena, atadas a una fórmula de actualización que resulta por encima de la inflación. Eso es la corrección tarifaria.

Con esto generó un shock en provincias bajo temperaturas extremas donde el consumo es mayor. El senador santiagueño Gerardo Zamora lo expuso en el Congreso. Un jubilado que cobra 400.000 pesos y pagaba 50.000 de luz pasa a pagar cerca de 200.000. La mitad de su ingreso. Habló de aumentos de hasta el 5.000% entre diciembre de 2023 y febrero de 2026. Apuntó contra el recorte en la cobertura.

La contracara del aumento del costo de bienes energéticos producto del conflicto bélico aparece en el precio del petróleo. El barril se disparó y eso, en principio, debería jugar a favor de la Argentina, que hoy es exportadora neta. Mejores precios implican, en teoría, mejores cuentas externas.

Pero esa mejora llega con matices. No todo ese aumento se traduce en más dólares. Parte de la producción ya está comprometida. Por ejemplo, Pampa Energía tiene vendida prácticamente toda su producción para el resto del año y Vista más del 50% a precios fijados con anterioridad. Es decir, no capturan el precio pleno del momento.

A eso se suma otra decisión. YPF va a absorber parte del costo de oportunidad. No trasladará de inmediato el salto del crudo a los surtidores. Lo explicó el presidente de la petrolera, Horacio Marín: no habrá aumentos “especulativos”. La apuesta es que el conflicto se desactive rápido y que el precio del barril se acomode. En los hechos, YPF vuelve a cumplir un rol conocido: desacoplar el precio local del internacional como ancla inflacionaria. Marín lo llamó “pacto con el consumidor”. El mercado lo reconoce como otra cosa.

El problema es que el mercado va en sentido contrario. El Brent ya superó los 110 dólares, pero ese no es el dato más extremo. La referencia que empieza a mirar el sistema es el crudo de Omán, clave para Asia, que ya cruzó los 150 dólares. Un nivel inédito. Nunca visto.

En ese contexto, la mejora potencial para la Argentina existe. Pero llega diferida, recortada y condicionada.

 

Dólares retaceados

En ese límite estructural del esquema aparece otro actor determinante: el Fondo Monetario. Y ahí el panorama suma incertidumbre.

El FMI le volvió a correr el arco al equipo económico. La revisión prevista para este mes se postergó. Sin fecha cierta. En los pasillos se habla de abril. Pero no hay confirmación.

No es un detalle burocrático. De esa revisión depende un desembolso de 1.000 millones de dólares. Dólares frescos. De los que el programa necesita.

El acuerdo ya venía corrido. La revisión debía resolverse en noviembre. Tampoco ocurrió. El problema no es el calendario. Es el contenido.

En el staff técnico del Fondo la evaluación es clara. El ritmo de acumulación de reservas no alcanza. No muestra una mejora sustancial. Y ese punto es central para evaluar la sostenibilidad externa.

Dicho en términos simples: el Fondo, como Wall Street, no ve los dólares. Por eso, lo que está en juego no es la revisión. Es el waiver. La dispensa que el organismo debe otorgar para tolerar el incumplimiento de la meta de reservas.

Una escena conocida. En la última revisión comparable, en julio de 2025, el desvío había sido de 3.000 millones de dólares. La mitad. En ese momento, el directorio del Fondo decidió aprobar igual. Otorgó el waiver. Liberó unos 2.000 millones. Y, además, ajustó las metas. Admitió que el programa había sido demasiado optimista.

Hoy la distancia es mayor. 6.000 millones de dólares. El doble. Y el margen político, menor. La señal del Fondo es ambigua. No rompe. Pero tampoco firma.

 

 

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