Hace unos días, Pablo Gerchunoff publicó en el diario La Nación una columna de opinión sobre la política económica de la última dictadura militar. Se trata de un texto sumamente polémico, tanto por las cosas que allí se señalan como por los aspectos que se omiten.
En la caracterización del autor, el plan económico de Martínez de Hoz es considerado un fracaso, siendo su principal manifestación la incapacidad de contener el proceso inflacionario y logar equilibrios macroeconómicos. Así, se plantea que lo que “diferencia el experimento de Martínez de Hoz y lo convierte en especial, es una cuestión de percepciones colectivas: todavía hoy se escuchan voces que allí donde yo escribo ‘fracaso’, dicen ‘éxito’. Éxito en disolver en ácido una arquitectura económica y social de la que podíamos sentirnos orgullosos y que nunca pudimos reconstruir. En un sentido paradójico, estas páginas se ponen del lado de Martínez de Hoz. Destacan su impotencia, no su poder destructivo”.
En esa búsqueda por destacar la “impotencia” del ministro, y “no su poder destructivo”, el autor llega a argumentar algo realmente disparatado para uno de los procesos más sangrientos y violentos (en tantos sentidos) de la historia argentina: “La dictadura quería ser prudente en la gestión social y económica, combinar liberalismo económico con una pequeña dosis de humanismo cristiano. Así estuvo planeado, y así se lo intentó, en parte por la gran influencia que fue ganando Martínez de Hoz sobre Videla y –no una cuestión menor– sobre su esposa”.
Se trata de un intento burdo por “santificar” la figura de uno de los baluartes del proyecto refundacional con el que los militares usurparon el poder el 24 de marzo de 1976.
Como intelectual orgánico de las bases sociales del golpe militar, Martínez de Hoz fue una pieza central de un proyecto de largo plazo cuyo objetivo estratégico fue el de alterar radicalmente la relación de fuerzas sociales que se asociaba, en gran medida, a la presencia de una clase obrera organizada y movilizada en términos político-ideológicos. Y cuya fortaleza se potenciaba por su alianza con ciertos sectores empresarios vinculados a la expansión del mercado interno con eje en la industria.
Más allá de los vaivenes y las discontinuidades en la política económica, este proyecto logró modificar de cuajo las bases económicas que habían hecho posible la irrupción de una multiplicidad de manifestaciones y proyectos políticos de los sectores subalternos en la Argentina. Es el caso del peronismo, el Cordobazo, el Rosariazo, el Tucumanazo y la emergencia del sindicalismo clasista y combativo, así como de las Ligas Agrarias. De allí que contara con amplio respaldo del poder militar y del establishment nacional e internacional (rasgo, este último, llamativamente olvidado por Gerchunoff).
En palabras del propio ministro: “Yo diré que las fuerzas armadas son el pilar y el sustento del presente proceso. Puedo decir que he recibido toda forma de apoyo a mi gestión por parte de las fuerzas armadas, cosa que es natural que haya sido así porque este programa económico fue aprobado por las fuerzas armadas antes de hacerse cargo del poder, y yo estoy ejecutando un programa aprobado por las fuerzas armadas, de manera que ellos tienen plena conciencia de la importancia de mantener continuidad en la ejecución de este programa” (29/11/76).
La concreción de semejante proyecto refundacional en lo económico y lo político reconoce varios hitos, casi todos omitidos por Gerchunoff.
a) La reducción de los salarios reales en más de un 30% en el segundo trimestre de 1976 a raíz de las medidas implementadas: devaluación, congelamiento salarial y liberalización de precios (supuso un incremento del IPC del 87,5% en el período). Ello, en el marco del despliegue de una feroz estrategia represiva (incluso en grandes empresas: Acindar, Siderca, Ford, Ledesma, Mercedes Benz, etc.), la disolución de la CGT, la intervención de los sindicatos, la suspensión de las actividades gremiales y la supresión del derecho a huelga.
Como se ufanó Martínez de Hoz en su momento: “Hemos seguido durante el curso del año una política salarial que algunos han calificado de extremadamente dura, pero que desde el primer momento anunciamos que debía tener lugar, porque los salarios habían alcanzado un nivel demasiado alto en relación con la producción global de nuestra economía y debían sufrir una contención relativa. Esto era absolutamente necesario para quebrar la espiral precios-salarios y revertir la tendencia inflacionaria. Cuando anunciamos esta política sin esconderla, dijimos que la alternativa era o una desocupación masiva o la aceptación por los trabajadores de esta contención salarial relativa. Creo que en ese momento tuvimos un consenso tácito de aceptación, puesto que no hubo perturbaciones ni protestas en las fábricas ni en ningún otro lugar de trabajo porque la gente tenía miedo en ese momento a la desocupación” (14/12/76).
Visto en el largo plazo, se trató de uno de los mayores “logros” de la gestión dictatorial, porque se fijó un nuevo y mucho más bajo estadio de discusión respecto al nivel de los salarios, a la consiguiente distribución del ingreso y al lugar de la clase trabajadora en la disputa política y social.
b) La expulsión sistemática de trabajadores en la industria, durante la totalidad de la gestión de Martínez de Hoz, y la creciente precarización y explotación en el ámbito laboral. Pese a la virulencia de estos procesos, Martínez de Hoz remarcaba que los despidos habían sido escasos (Gerchunoff hace algo parecido): “A la apelación directa que hicimos a los empresarios, éstos respondieron positivamente y no causaron una desocupación masiva; ciertamente que han sido ayudados por dos factores económicos que mucha gente no creía cuando lo anunciamos, porque no se habían percatado de su existencia. Uno es que, siendo el nivel del salario real relativamente menor, era más fácil retener todo el personal porque la incidencia del costo salarial sobre el total de los costos era menor. En segundo lugar, las fábricas industriales cuidan mucho su plantel obrero y lo tienen muy depurado en relación al terrorismo” (19/8/76).
c) El desmantelamiento de las bases de sustentación del modelo de sustitución de importaciones y su correlato en una brutal desindustrialización, la reestructuración regresiva del sector fabril, la reprimarización del tejido productivo, la desaparición de numerosas pymes, la creciente concentración del poder económico en un acotado número de grandes actores económicos y la hegemonía de la valorización financiera como eje del régimen de acumulación. Todo eso, en el marco de un crecimiento exponencial de la deuda externa y la fuga de capitales. Procesos derivados de la reforma financiera de 1977 y la aplicación, desde fines de 1978, de la “tablita” con una acelerada y profunda apertura importadora.
d) La drástica redefinición del papel del Estado: de un precario Estado de Bienestar se pasó a otro que viabilizó distintas prebendas al gran capital y a constreñir, aún más, a los sectores populares. A partir de la dictadura irrumpe una nueva dinámica de funcionamiento estatal, también olvidada por Gerchunoff. Al respecto, si se hiciera una historia seria y rigurosa de la situación fiscal en la Argentina desde entonces, se corroboraría que cuando hubo déficit fiscal, casi siempre se explicó, en parte sustantiva, por las abultadas transferencias de recursos que el Estado nacional canalizó a diversas fracciones de la clase dominante con el trasfondo de una estructura tributaria regresiva y un cúmulo enorme de riqueza offshore (esto último al calor de múltiples mecanismos de evasión y elusión impositivas).
Sin pretender agotar la enumeración, se pueden consignar algunos de los mecanismos mediante los cuales el poder económico ha internalizado fondos estatales y beneficios extraordinarios:
- Los abultadísimos pagos de intereses de la deuda pública (externa e interna).
- Las fuertes y variadas subvenciones conferidas a actividades en extremo rentables controladas por capitales altamente transnacionalizados.
- El sacrificio fiscal implícito en numerosos instrumentos de intervención: franquicias impositivas, arancelarias y aduaneras en diferentes regímenes de promoción a la inversión, “devaluaciones fiscales” a través de una reducción importante de la carga impositiva que grava a las corporaciones líderes y a los sectores más ricos de la sociedad, etc.
- La estatización, la licuación o la condonación de deudas multimillonarias a grandes empresas y conglomerados económicos (como la que se instrumentó a comienzos de los años 1980, Domingo Cavallo y Fundación Mediterránea mediante).
Existe vasta evidencia de que semejante captación de excedentes por parte del capital más concentrado (nacional e internacional) ha movido muy poco el amperímetro en materia de inversiones y de ampliación y diversificación de la capacidad productiva doméstica. Antes bien, los recursos apropiados por las vías mencionadas por distintos estamentos del poder económico han alimentado la fuga de divisas (mayormente a guaridas fiscales) o se han “reciclado” en el plano interno hacia la esfera financiera a partir del aprovechamiento de los sucesivos festivales de bonos estatales.
Así, las mismas fracciones dominantes que se han beneficiado con las transferencias de ingresos estatales, también han obtenido pingües ganancias financieras por prestarle al sector público para financiar el déficit fiscal que las tiene como responsables centrales, consumando una verdadera captura del Estado que limitó y vulneró la vida democrática desde entonces.
A modo de balance, se puede concluir que, en vistas de los objetivos estratégicos de las Fuerzas Armadas y sus aliados civiles, se trató de un proyecto refundacional muy exitoso: en apenas cinco años se desarticularon las bases económicas y sociopolíticas de la industrialización sustitutiva y se logró alterar radicalmente la correlación de fuerzas; legados críticos que, en muchos casos, se consolidarían en democracia. Ello, con un saldo muy claro de ganadores y perdedores (balance que Gerchunoff no debe desconocer, pero que sin embargo oculta de modo manifiesto).
Como destacó ese gran economista que fue Oscar Braun: “En lo económico, el plan de Martínez de Hoz tiene como eje la transferencia masiva de ingresos a favor de una pequeña oligarquía de grandes propietarios agrarios, financieros e industriales, así como del capital financiero internacional. Esta política se articula mediante el aumento de la renta agraria, la suba de la tasa de interés real, la caída del salario y la aplicación de una política de total libertad en el mercado de cambios para los movimientos financieros… El plan tiene éxito en tanto pocas veces en la historia argentina o de otros países se ha visto operar una redistribución del ingreso regresiva de características tan masivas. Esto ha requerido la represión sistemática a la clase obrera, a sus organizaciones sindicales y a sus dirigentes combativos, así como a sus cuadros de base” (en Controversia, 1980).
Martínez de Hoz ocupará un lugar central en la historia de las ignominias argentinas y será recordado como tal en la memoria popular. Su experiencia previa ocupando cargos ejecutivos en importantes grupos económicos (Acindar, Bracht y Roberts, entre otros), su convicción en la capacidad autorregulatoria de los mercados, como si todos fueran de competencia perfecta (o regulables a sangre y fuego), lo convirtieron en uno de los ejecutores más “lúcidos”, indiferentes y despreocupados (por los efectos sociales) de las políticas de la última dictadura militar.
La verdad que hay que ser muy cínico –como mínimo– para ponerse de su lado, como lo intenta hacer Pablo Gerchunoff. El clima político afín a la reivindicación del accionar de la dictadura que impulsa la ultraderecha en la actualidad parece haber contribuido a desenmascarar la complacencia de este intelectual con el proyecto exterminador más extremo que impulsó el poder económico en la Argentina durante el siglo XX.
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