Trump y Milei en el atolladero

El gobierno se aferra a un globo que se desinfla

Pastores evangélicos oran por Trump, en 2025.

 

El gobierno argentino depende, en buena medida, del gobierno norteamericano. No es que la Argentina, como un todo, como un conjunto político-económico, dependa totalmente de Estados Unidos. Es el gobierno, este gobierno de Milei, el que depende en un grado extremo del gobierno de Estados Unidos. De este gobierno norteamericano, el de Trump. Y ambos gobiernos están transitando por un plano inclinado que tiene mal pronóstico.

 

El mundo Milei barranca abajo

Varios son los elementos que convergen en un escenario muy malo para la mayoría de los argentinos.

La contracción de actividades económicas fundamentales como la industria, la construcción y el comercio está a su vez impactando en el aumento del desempleo y en los niveles salariales en caída de la población.

Empieza a llamar la atención la ola de cierres de pequeños comercios en los centros urbanos, al tiempo que crece la importación masiva de bienes baratos provenientes de China.

El derrumbe de pequeñas y medianas empresas no encuentra un piso, mientras que la inflación parece estacionada en el 3% mensual, y a la expectativa del impacto de los precios externos empujados por la crisis en el Golfo Pérsico. Mientras tanto, las paritarias están sometidas a un cepo de incremento mensual del 1%.

Los ingresos de franjas crecientes de la población no permiten cubrir los gastos que hasta hace poco más de dos años parecían “normales”. La gente que se endeuda “transitoriamente” descubre que la deuda personal no sólo no se revierte, sino que continúa creciendo. No casualmente, las empresas de electrodomésticos registran niveles de morosidad de hasta el 40% de su clientela. No estamos hablando de viviendas. Estamos hablando de electrodomésticos.

Signos de creciente malestar se registran en el sector de los empleados, desde personal docente y de la salud hasta fuerzas de seguridad en todo el país, que no alcanzan a cubrir sus gastos mínimos, producto de los tarifazos, los congelamientos salariales de hecho y el encarecimiento constante de los bienes de consumo masivos.

El tema de las dificultades financieras de las provincias comienza a emerger con fuerza creciente, ya que sus ingresos disminuidos pueden provocar dificultades incluso para cubrir los salarios de las administraciones públicas provinciales.

Mientras tanto, ante la insólita indiferencia del Poder Judicial –que evidentemente no está para proteger a los ciudadanos comunes–, el gobierno se permite incumplir la ley 27.793, promulgada en septiembre de 2025, que declaró la Emergencia Nacional en Discapacidad.

De igual forma, sin ningún inconveniente, el gobierno nacional no respeta la Ley de Financiamiento Universitario. Las universidades públicas están siendo agredidas económicamente, sus docentes expulsados o empobrecidos por los pésimos salarios. El argumento oficial, mentiroso, es que no hay fondos. Está más que demostrado que hay fondos, pero que se dedican a otros fines que sí le interesan al gobierno, como los gastos para equipar y entrenar a las fuerzas de seguridad para la represión, o comprarle material bélico a Estados Unidos, no importa si nos sirve o no.

Sigue sin haber claridad alguna sobre cómo se logrará obtener las divisas para cubrir los pagos de deuda e intereses correspondientes a este año.

Es en ese contexto económico sombrío donde se empiezan a notar los escándalos por corrupción, como el caso LIBRA o las coimas en la ANDIS, condimentados ahora por los gastos del cruzado moral Manuel Adorni y los créditos abultadísimos y fuera de toda proporción concedidos por bancos públicos a viejos y nuevos libertarios.

No cabe duda de que existe una minoría poblacional, relacionada con el mundo del capital, que disfruta de la actual gestión. A esta minoría de negocios se le debe agregar otra minoría ideologizada, sin los mismos intereses económicos, de condición social media, que también adhiere a un imaginario gobierno neoliberal que sería exitoso.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Pero quienes aún sostienen en las encuestas la adhesión a Milei por arriba del 35% son una masa importante de gente de clase media baja o baja, que insiste en sostener una esperanza que no quieren que se apague, contra toda evidencia empírica.

La economía es una ciencia social, distinta de la física, pero que también tiene sus leyes. Cuando se lleva a una economía productiva a una situación de quiebra, de paralización, se pueden hacer muchas cosas, menos ignorar la realidad y taparla con insultos.

 

Trump, el improvisado impredecible

Trump es la figura mundial que es no por sus capacidades empresariales, intelectuales o humanas, sino por haber llegado a ser Presidente de los Estados Unidos de América.

Muestra todos los días su precariedad personal, con una impudicia que sigue sorprendiendo. Durante la semana pasada atrajo la atención mundial anunciando un discurso en el que revelaría novedades trascendentes en el conflicto en el Golfo Pérsico. Sin embargo en la alocución se limitó a repetir imprecisiones varias, volviendo a limar una vez más su credibilidad como estadista.

En principio, luego de recordar la duración de las larguísimas guerras que Estados Unidos ha sostenido desde la Segunda Guerra Mundial, resaltó la brevedad comparativa del actual conflicto y señaló que en dos o tres semanas la participación norteamericana estará concluida, con la victoria (por supuesto). Amenazó, entre tanto, con demoler a Irán en base a bombardeos que podrían volver a ese país a “la Edad de Piedra”. Señaló que está en conversaciones secretas con gente del gobierno iraní más razonable, mucho más flexible que los que fueron asesinados cuando inició el ataque, hecho que según su sorprendente interpretación significa que hubo un “cambio de régimen”.

Esta es, sin duda, una de las partes más llamativas de su alocución, ya que lo que los especialistas norteamericanos llaman cambio de régimen es el derrocamiento de las autoridades políticas de un país determinado –país percibido como hostil o no colaborativo por Estados Unidos– y su reemplazo por personal confiable y favorable a los intereses norteamericanos.

Típicamente fue un “cambio de régimen”, por ejemplo, el derrocamiento promovido por Estados Unidos y el Reino Unido en 1953 de Mohammed Mossadegh, el primer ministro nacionalista y democrático de Irán, y su reemplazo por un dictador pro-occidental, como fue el llamado “Shah” Reza Pahlevi.

El asesinado Ayatollah Jamenei fue reemplazado ¡por su propio hijo!, lo que no parece ser precisamente un “cambio de régimen” en la acepción utilizada hasta el presente.

En su alocución, Trump planteó que no es Estados Unidos quien tiene que abrir el Estrecho de Ormuz al libre tránsito de cargas, sino los países interesados. Según sus palabras, Estados Unidos no necesita nada de lo que allí se exporta, cosa que es relativamente falsa, ya que es afectado por los saltos en los precios de una gran cantidad de productos que Estados Unidos necesita y consume.

También insistió en que él logró la completa destrucción de las capacidades militares iraníes. “Están diezmadas”, dijo literalmente, tratando de crear una imagen de completa derrota del país persa.

Pero cualquier persona que busca informarse con seriedad encontrará que el Estado iraní sigue funcionando, no sólo en el terreno militar, sino que mantiene conversaciones y negociaciones con diversos actores regionales y globales, cobra tributos a determinadas embarcaciones que atraviesan el estrecho de Ormuz, mantiene el orden interno a pesar de la destrucción efectiva de partes de la infraestructura del país y sostiene una línea político-diplomática mucho menos errática que la de Estados Unidos.

En el terreno específicamente militar, según un informe del New York Times de esta semana, la inteligencia estadounidense estima que Irán está desenterrando con éxito búnkeres subterráneos y plataformas de lanzamiento que fueron atacados durante la guerra por Israel y Estados Unidos, para volver a ponerlos en funcionamiento. Según la inteligencia militar norteamericana, Irán sigue poseyendo un gran número de misiles y lanzadores móviles. Sería bueno que traten de acercarle el informe al Presidente, para que no siga relatando escenarios militares imaginarios.

Las novedades militares de estos últimos días deberían preocuparlo: Irán logró la destrucción de un avión E-3 Sentry de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en un ataque contra la base aérea norteamericana de Prince Sultan, en el centro de Arabia Saudita. El avión E-3 es un puesto de mando aerotransportado, además de una plataforma de vigilancia, para rastrear aviones, misiles y drones a distancia.

También se produjo el derribo de un avión de guerra F-15E norteamericano, y el posterior impacto contra un helicóptero Black Hawk que acudía en rescate de la tripulación.

 

 

En el mismo día se registró la caída de otro avión de combate A-10 Warthog en un sitio cercano al Estrecho de Ormuz, aparentemente por una falla técnica.

Hasta ahora se suponía que la capacidad de defensa antiaérea iraní estaba destruida, por lo que los aviones enemigos podían operar sin inconvenientes.

Un cálculo militar reciente de fuentes occidentales estimó en un 50% la destrucción de las capacidades iraníes de lanzar misiles de larga distancia. Es decir, Irán cuenta aún con capacidad para dañar intereses occidentales y regionales, y seguir incidiendo en el curso de los acontecimientos políticos y militares.

El efecto concreto del promocionado discurso, que estaba destinado a generar entusiasmo en los mercados financieros –para que baje el galón de gasolina–, fue el contrario, ya que diversos actores financieros lo vieron errático, sin un plan claro y sin dar garantías de que el conflicto realmente terminará en poco tiempo.

Los mercados saben que si se concretara la amenaza trumpista de avanzar con la destrucción de las fuentes energéticas de Irán, el país aún estaría en capacidad de producir severos daños a la infraestructura productiva y energética regional, volviendo permanentes los impactos que ya se están notando en diversas cadenas de suministros internacionales.

El otro problema que tiene Trump es cómo logra que su socio en esta guerra, Israel, se acople a las necesidades diplomáticas y a los tiempos políticos trumpistas. Mientras el norteamericano tiene una agenda mundial –en la cual la preocupación por no ser superados por China tiene un lugar central y decisivo– y también serias preocupaciones políticas y judiciales en su frente interno, el gobierno derechista israelí tiene su propia agenda basada en sus prioridades regionales y en la supervivencia política de Netanyahu.

El gobierno israelí pretende llevar la guerra lo más lejos posible, en cuanto al daño que pueda ser causado a la economía iraní, y no sólo limitarse a destruir su complejo industrial militar. Ocurre que la ilusión de un “cambio de régimen” fácil y rápido en Irán se ha develado imposible, dado que un 40% de la población apoya al gobierno, otra parte no se involucra en política, y que los opositores, que no son pocos, pertenecen a fracciones muy diversas, entre las que figuran los monárquicos que desean entronizar al hijo del fallecido Shah, los socialdemócratas, los comunistas, y miembros de diversas minorías religiosas y grupos étnicos. No aparece un elemento unificador potente capaz de voltear, desde adentro, al gobierno teocrático. Al menos en este momento de bombardeos incesantes.

 

Efectos internacionales

Pero los israelíes no son los únicos que están presionando a Trump para que profundice los ataques, incluso promoviendo una incursión terrestre con marines para ocupar la estratégica isla de Kharg, o para arrebatar por la fuerza los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% en poder del ejército iraní.

También países del Golfo, que han recibido impactos de misiles y drones tanto en bases norteamericanas locales como en importantes instalaciones productivas, quieren la derrota completa de la República Islámica. Han sentido el efecto concreto del poder militar iraní, y pretenden que la guerra elimine por completo la amenaza que representa una potencia hostil en las inmediaciones, que perciben como condicionante para sus propias políticas e intereses.

La Federación Rusa ha sido beneficiada de diversas formas por el conflicto. No sólo porque subió el precio de sus exportaciones, y porque Estados Unidos debió levantar las sanciones que había establecido contra las exportaciones petroleras rusas para aumentar la oferta y así “enfriar” el alza internacional del precio del barril, sino porque Estados Unidos ha debido retirar armamento del “frente” ucraniano, para trasladarlo a la zona de Medio Oriente.

A su vez, el Presidente francés Emmanuel Macron ha señalado en estos días: “Nosotros no queremos depender de la dominancia de China, y no queremos estar demasiado expuestos a la impredictibilidad de los Estados Unidos”. Y añadió: “Los países europeos han compartido una agenda con países como Japón y Corea del Sur, en temas tales como ley internacional, democracia, cambio climático y salud global”.

Ni qué decir que son temas completamente rechazados por la agenda de la administración Trump. Señaló también Macron: “Otros países con una alineación similar son Australia, Brasil, Canadá e India. Conjuntamente, esta coalición puede trabajar en inteligencia artificial, espacio, energía, energía nuclear, defensa, seguridad, en lo que sea”.

Es decir, Francia, hace décadas muy alineada con los norteamericanos, está hablando concretamente de generar coaliciones temáticas con potencias intermedias, para fortalecerse frente a las súper-potencias actuales. Esta posición tiene fuertes semejanzas con la estrategia nacional planteada hace pocos meses por Canadá en la cumbre de Davos, frente a las agresiones y maltratos de la actual administración estadounidense.

El gran malestar diplomático con Estados Unidos de parte de sus aliados europeos se ha expresado también en la negativa a permitirles utilizar bases militares en sus países, e incluso negarles el uso de espacios aéreos, para concretar las operaciones de guerra en el Golfo Pérsico.

La administración Trump está resultando muy perjudicial para Estados Unidos en términos de sus capacidades hegemónicas. No sólo ha vapuleado el ya débil discurso de un “orden internacional sujeto a reglas” que durante tanto tiempo había servido para darle una argamasa “teórica” a un orden hecho según las necesidades de los países centrales, sino que ha introducido una duda profunda sobre la confiabilidad a largo plazo de los Estados Unidos.

Trump logra acumular problemas sociales, económicos y políticos, externos e internos, sin resolver ninguno, ni obtener ninguna gran victoria que pueda exhibir verdaderamente.

Su lógica de comportamiento aliena cada día más a socios políticos republicanos, a las bases del movimiento MAGA y de la extrema derecha norteamericana, al tiempo que radicaliza el rechazo de sus opositores. La propia Corte Suprema, de características conservadoras, no acompaña plenamente su accionar y sus deseos.

Hasta ahora la gestión Trump es un fracaso económico para el norteamericano común, en términos de los altos precios minoristas, el costo de la gasolina, la modesta creación de puestos de trabajo. Son datos que no se podrán ocultar en las elecciones de noviembre.

 

Globos agarrados de globos

Esta semana el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Jerome Powell, refiriéndose a la espiral de deuda pública norteamericana, dijo textualmente: “It will not end well”, es decir, “esto no va a terminar bien”.

 

Chairman of the US Federal Reserve Jerome Powell,"US National Debt is growing faster than the US economy""It will not end well if we don't do something soon"

Farrukh (@implausibleblog.bsky.social) 2026-03-30T21:13:37.165Z

 

La deuda pública estadounidense crece a mayor velocidad que la economía de ese país. Los intereses que tiene que abonar el Estado norteamericano por su deuda pública ya superan 1.000.000.000.000 (un billón) de dólares anuales.

No casualmente, dos agencias de crédito norteamericanas no tuvieron más remedio en los últimos años que bajarle la calificación crediticia a la primera potencia mundial, lo que incrementa aún más el costo de seguirse financiando con nueva deuda.

Powell está reclamando una acción inmediata en ese frente, para salvar al dólar y al crédito estadounidense. Una acción política seria sólo puede implicar dos medidas en lo inmediato: la baja del gasto público norteamericano, o el aumento de los impuestos. Sin embargo, ninguna administración norteamericana reciente estuvo en condiciones de encarar con firmeza esas medidas.

La razón es sencilla: la política en Estados Unidos está atrapada entre los poderosos lobbies corporativos que presionan sobre el gasto público –y que tienen en el bolsillo al sistema político bipartidista– y los lobbies de los súper millonarios que vienen logrando, desde Reagan en los ‘80 hasta ahora, más y más reducciones impositivas al estrato más rico del planeta. El resultado: déficit público creciente e imparable.

El Presidente argentino y el grupo lumpénico que lo apoya y acompaña están apostando en forma totalmente imprudente y entregada por ese gobierno que está generando estos peligros políticos, diplomáticos y financieros.

La troupe que nos metió en un nuevo episodio –recargado– del modelo rentístico financiero que tanto aprecian a las elites dominantes locales, nos lleva a un fracaso, sostenida desde otro proyecto fallido en el norte, destinado a fracasar.

Hay que prepararse porque la aventura delirante, irreal, pletórica de cuentos del tío y estafas ideológicas que está dañando severamente a la Argentina, puede terminar antes de lo que establecen los tiempos institucionales. Hay un desacople entre el desbarranque económico y los tiempos de la política convencional, que debe ser advertido.

El gobierno, para sostener su ficción de logros –tan mentirosa como los triunfos de Trump en el mundo–, se aferra a un globo en el norte que se está desinflando rápidamente.

Hay que prepararse para volver a poner los pies sobre la tierra y empezar a caminar, sabiendo esta vez a dónde queremos ir.

 

 

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