La Gran América del Norte

La soberanía ya no se negocia en foros diplomáticos, sino que se administra en salas de guerra

La iniciativa fue anunciada por el secretario de Guerra, Pete Hegseth.

 

Han pasado cinco semanas desde que los primeros misiles de la operación Furia Épica asesinaron, en el primer día, al líder supremo Alí Jamenei, a 150 niñas de una escuela y personal educativo, y a la mayor parte de la cúpula militar (40) y política de Irán. El estallido ha derribado algo más que infraestructura en el Medio Oriente y, a la fecha, más de 3.500 vidas solo en Irán: ha terminado de demoler las aspiraciones de coordinación y defensa común de la soberanía en América Latina y el Caribe. Lo que hasta hace poco más de una década se proyectaba como un conjunto de naciones capaz de definir o negociar parámetros comunes mínimos para preservar la autonomía en su política de inserción internacional, hoy está hecho añicos. Los rayos que guiaron la cooperación regional con gran éxito en el continente sudamericano, en el marco de la UNASUR, como a nivel regional en la CELAC, se han extinguido. La región se ha fracturado y una parte de América Latina y el Caribe confluye hacia la conformación de la “Gran América del Norte”.

Se trata de una nueva iniciativa enmarcada en la estrategia de seguridad hemisférica del continente americano, que va desde Ecuador hasta Groenlandia e incluye a todo el Caribe, Centroamérica, México, Colombia, Venezuela y Guyana. Si bien se trata de una nueva y prepotente delimitación geográfica, el propósito estratégico de esta redefinición busca fortalecer la influencia y el control de Washington en el continente, considerando a los países latinoamericanos y caribeños que engloba como socios clave.

La iniciativa Gran América del Norte fue anunciada por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, la víspera de que el Presidente Trump informara a la nación que golpearían extremadamente duro a Irán durante las próximas dos o tres semanas hasta devolverlos a la Edad de Piedra, que es a donde pertenecen, y que habían “diezmado” la marina, la fuerza aérea y las comunicaciones iraníes. Así, ante la inestabilidad en el Medio Oriente, Estados Unidos busca aceleradamente consolidar un bloque económico y energético continental que no dependa de cadenas de suministro de otras regiones.

 

Adiós Sur Global

En la nueva Gran América del Norte se establece que dichas naciones no son parte del denominado Sur Global puesto que se ubican al norte de la línea ecuatorial y están dentro de la zona de interés directo de defensa estadounidense. De esta forma se busca garantizar la seguridad de recursos críticos, rutas marítimas y el Canal de Panamá con el argumento de reforzar la cooperación en defensa y el control de rutas de narcotráfico que impactan directamente la seguridad de Estados Unidos.

El Sur Global es un término geopolítico y socioeconómico, no puramente geográfico, que agrupa a países de África, América Latina, el Caribe, la mayor parte de Asia y Oceanía. Representa a naciones históricamente marginadas, con pasado colonial y que buscan reformar el orden mundial desigual. Concentran cerca del 85% de la población mundial. Aunque la mayoría está en el hemisferio sur, incluye a países del norte como China o India. El término ha evolucionado de significar “subdesarrollo” a representar una fuerza multipolar que busca autonomía y equidad en la economía global. Se trata de un contrapeso al Norte Global, que suele referirse a países desarrollados (Europa, Estados Unidos, Japón, Canadá, Australia). Con la Gran América del Norte, Estados Unidos ha decidido que más de una docena de países latinoamericanos y caribeños dejen de ser parte de este Foro.

¿Y qué han dicho los Presidentes de México, Colombia y Venezuela, ahora que Estados Unidos les ha dicho que son parte de la Gran Norteamericana? Los tres gobiernos han optado por el silencio estratégico, sin emitir declaraciones directas de rechazo o validación específica sobre el nuevo mapa de Pete Hegseth, probablemente para ignorar una decisión geográfica y geopolítica que no ha sido consultada ni acordada, y que no merece la pena tomar en serio. El Presidente brasileño, a pesar de ser un crítico constante de la política exterior de Estados Unidos hacia la región y un defensor de la soberanía y de la búsqueda de intereses comunes mínimos para defenderse de los conflictos hegemónicos, ha mantenido la misma posición.

Cabe señalar que al día siguiente del anuncio de Hegseth, la Presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, agradeció y valoró positivamente la decisión del gobierno de Donald Trump de retirarla de la lista de sancionados de la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros). Esta remoción de la “Lista Clinton” (SDN) eliminó las restricciones financieras y comerciales que pesaban sobre ella desde 2018, permitiéndole ahora interactuar libremente con empresas e inversionistas estadounidenses. Delcy calificó la medida como un “paso en la dirección de la normalización y fortalecimiento de las relaciones” entre Venezuela y Estados Unidos.

Al llamarla Gran América del Norte, Hegseth delimita un espacio que puede controlar de forma efectiva y rápida, dejando al Cono Sur como una zona de influencia amiga, pero externa al núcleo de seguridad nacional. La mayoría de los gobiernos de la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Uruguay y Bolivia, que siguen perteneciendo al Sur Global, por su ubicación geográfica, son considerados como socios de la retaguardia estratégica enfocados principalmente en asegurar el suministro de recursos naturales. Washington les exige asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa para que así ellos puedan concentrar sus recursos en el nuevo núcleo de la Gran Norteamérica y en el conflicto en el Medio Oriente. Así, Estados Unidos evita la responsabilidad de defender territorios tan distantes, mientras que líderes como los Presidentes de la Argentina, Chile, Paraguay o Bolivia operan como aliados externos bajo el marco del Escudo de las Américas.

 

Sinfonía en tres actos

El despliegue del plan Gran Norteamérica es la culminación de una política de dominación regional que comenzó a gestarse con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional el 4 de diciembre de 2025, tal como comentamos en El Cohete. Este documento oficializó la llamada “Doctrina Donroe”, que restablece el control absoluto de Washington sobre el hemisferio occidental para asegurar recursos críticos y frenar la influencia de potencias rivales. Producto de dicha estrategia, han tenido lugar tres iniciativas importantes que también informamos en El Cohete:

  • La Conferencia de las Américas contra los Cárteles. El 5 de marzo, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, recibió en la sede del Comando Sur en Doral a los ministros de defensa de 17 países. En esta reunión, en la que también participaron el secretario de Estado, Marco Rubio, y el asesor Stephen Miller, se sentaron las bases para justificar ataques militares directos contra el narcoterrorismo en suelo regional.
  • La Cumbre del Escudo de las Américas. Dos días después, el 7 de marzo, en la reunión en el Doral Miami, los Presidentes suscribieron la Carta del Doral que selló una alianza que institucionaliza la cooperación militar y el intercambio de inteligencia.
  • La Directiva del 31 de marzo. Finalmente, la formalización de la Gran Norteamérica cerró el círculo, fragmentando el continente y enterrando, por ahora, las aspiraciones de autonomía de la UNASUR y la CELAC. En efecto, la Gran Norteamérica es la definición de una zona de influencia en la que todo lo que sucede desde Groenlandia hasta Ecuador es un asunto de seguridad interna de Estados Unidos. Así, la cooperación voluntaria es reemplazada por el establecimiento de un bloque de seguridad integrado donde la soberanía local se supedita a la seguridad de Estados Unidos.

 

Nada nuevo bajo el sol

La voracidad de Estados Unidos por el acceso a los recursos naturales de la región no es nueva y las intervenciones militares en la región y en el mundo siempre han tenido sabor a petróleo o a algún recurso natural. Los objetivos nunca han sido la democracia, la libertad, el respeto a la institucionalidad o algunos de esos valores que han servido siempre de pretextos.

Recordemos a la generala estadounidense Laura Richardson, ex jefa del Comando Sur, cuando, sin eufemismos, se refirió en enero de 2023 a la riqueza de recursos naturales de la región y cómo estos constituyen un tema de seguridad nacional para su país frente a sus adversarios China y Rusia. Entonces señaló que “la región era importante por todos sus ricos recursos y elementos de tierras poco comunes, el triángulo del litio en la Argentina, Bolivia y Chile, donde se concentra el 60% del litio en el mundo, tan necesarios para la tecnología”. También dijo que “tenemos 31% del agua dulce del mundo en esta región y el Amazonas como los pulmones del mundo (...) Con ese inventario, a Estados Unidos le queda mucho por hacer”. Por eso, Richarson señalaba, en una conferencia en el think tank Atlantic Council, la necesidad de “controlar la región” a cualquier costo.

Lo que la administración de Trump ha hecho es simplemente acelerar los tiempos y avanzará sin tregua en medio de la poca resistencia que ofrece una región mayormente doblegada, y en medio del estruendoso fracaso de su aventura guerrerista conjunta con Israel en Irán, más allá de sus mensajes triunfalistas.

 

Conclusión

La Gran Norteamérica es el nombre del nuevo tablero donde la soberanía ya no se negocia en foros diplomáticos, sino que se administra en salas de guerra. A cambio de una supuesta paz, tutelada, la región entregará recursos naturales y seguridad fronteriza. El enunciado de esta nueva denominación no es una propuesta de cooperación, sino una orden de partición.

En medio de la atención del mundo a una guerra que Donald Trump dice haber ganado, y que tiene un catastrófico impacto económico mundial –que en el plano interno le está pasando factura con una mayor caída de respaldo a su gestión, situada en 31%–, el anuncio de la nueva partición de América Latina y el Caribe ha pasado desapercibido.

A diferencia de la Unión Africana, que pese a las diferencias de idioma, credos, historia y orígenes de sus 55 miembros ha logrado posiciones comunes frente al cambio climático, el comercio global o un asiento en el Grupo de los 20, la región latinoamericana y caribeña ha consolidado el quiebre de la CELAC y, con ello, su dignidad y soberanía como región. Así, volvemos a ser un archipiélago de naciones compitiendo entre sí para ver quien agrada más al Pentágono.

 

 

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