Un Ministerio para los poetas

Poesía de autores desaparecidos y asesinados por la dictadura

Luisa Marta Córica, poeta y actriz editada por la colección Versos aparecidos.

 

Pensemos en un juego de mamushkas. Dentro de la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires se encuentra el Ministerio de Justicia. Dentro de dicho Ministerio está la Subsecretaría de Derechos Humanos de esa misma provincia. Y dentro de esa Subsecretaría una pequeña editorial, que a su vez contiene en su interior un área de recuperación de poesía que se encarga de publicar a poetas desaparecidos y difundir su voz.

En ese minúsculo espacio ministerial, en esa oficina perdida entre tantas otras, reside lo mejor que ha dado la gestión de Axel Kicillof desde su cartera de justicia: un espacio dedicado plenamente a la poesía.

“Soles como dardos”, “La niña que sueña con nieves”, “El camino del pueblo”, “Una sangre para el día”, “Un minuto de historia”, “Dolores, bufandas y recuerdos”, “Bocapájaro”, “Banderas reunidas”, son solo algunos de los títulos que lleva publicados la colección “Versos aparecidos”, que hace honor al nombre del primer libro editado del poeta Carlos Aiub, secuestrado en junio de 1977, y que da nombre a este espacio ministerial.

En realidad, Me.Ve.Ju. (por memoria-verdad y justicia), es el proyecto editorial bajo la órbita de Matías Facundo Moreno, actual subsecretario de derechos humanos, quien junto a Pablo Roesler, Clara Becerra y Ramón Inama conforman el equipo que hace posible una política pública dirigida a reparar, sacar del olvido y poner en circulación textos inéditos, vedados por la última dictadura cívico-militar. Un trabajo archivístico de hormiga, que implica contactar a familiares, rastrear manuscritos, analizarlos y evaluar la forma de darlos a conocer en el esquema de versos ya aparecidos. Una tarea que implica una conexión absoluta con el presente.

Es decir, no tratarlos como meros testimonios o restos fosilizados del pasado sino como voces activas que siguen buscando conectividad con las luchas del presente y las voces poéticas actuales.

 

La colección.

 

 

En El archivo arde, el filósofo Didi-Huberman reflexiona: “¿Qué otra cosa debería hacerse ante un genocidio, que no sea la construcción de un archivo, que escondido, enterrado, desperdigado, pueda sobrevivir a la aniquilación de los mismos testigos?” [1]. Un interrogante que es, al mismo tiempo una afirmación, una propuesta: volver audible lo “inaudible”, sacar a la luz las imágenes supervivientes, las palabras silenciadas.

La Colección Versos Aparecidos edita libros en papel que después se regalan en las escuelas, se reparten gratis en las ferias, y se distribuyen en bibliotecas populares y casas de cultura. Se trata de una respuesta posible a aquella pregunta que apuntamos de Didi-Huberman, y una intervención crítica que va más allá del documento escrito. La prueba para poner en valor las obras de poetas desaparecidos o asesinados por el terrorismo de Estado [2].

De allí la importancia de que existan este tipo de espacios ministeriales, tan imperceptibles para muchos, pero tan cargados de potencia para otros. Iniciativa que radica en reponer la construcción de conocimiento y el intercambio de ideas apostando a la pluralidad, y que esos mensajes encontrados en forma detectivesca, salgan a la luz con fuerza, porque su valor radica en estar cargados de pistas, cargados de un tipo de aura que representa todavía un enigma sobre qué pensaban los desaparecidos y cómo proyectaban sus sueños a cincuenta años vista (cómo nos soñaban, o mejor dicho, cómo los soñamos nosotros a ellos).

Textos proféticos, mensajes espectrales de generación a generación que deben ser descifrados a tiempo, para cualquier reconstrucción posible de un proyecto político futuro que no fracase.

Tener un cargo de poeta parece una contradicción, o sería la muerte de la poesía. Distinto es promover la poesía desde un cargo. Esto lo sabía más que nadie el mejor discípulo latinoamericano de Ezra Pound, el único que llegó a ser –a la vez– poeta y Ministro de Cultura de un país. Me refiero al gran Ernesto Cardenal, que aplicó el apotegma de que la revolución sin poesía, tarde o temprano, se convierte en una cáscara vacía que deviene casta; que es –en definitiva– lo que le pasó al Sandinismo por no seguir sus sabios consejos.

 

Ernesto Cardenal.

 

Por eso los talleres populares de poesía eran células de creación y discusión colectiva de la producción poética de aquellos jóvenes radicalizados en la lucha por la defensa de la Revolución. También la recuperación del acervo literario mítico es lo que –entendía Cardenal– debía promoverse desde el Ministerio a su cargo. Además de editar gratis y hacer circular la voz de todos los poetas de Nicaragua [3].

Claro que estamos lejos de todo eso de lo que hablaba Cardenal. Pero aun así, si una nueva sinfonía política se pretende para el provenir, o cincela en sus cimientos desde los sueños, o no se cincela nada, y lo que viene es más de lo mismo.

Lo textos recuperados por Me.Ve.Ju. y su colección conservan el “misterio del ministerio”; una especie de cábala para la atenta mirada desde la diversidad de los restos de un pasado que irrumpe. Pueden ser leídos en las escuelas o recitados en los plenarios. Pueden rellenar bibliotecas en los barrios. Y esos gestos nos recuerdan que la belleza puede ser parte de la política, y no un mero anacronismo. No una pieza del museo.

En tiempos del orwelliano Ministerio de la Verdad, bajo el pueril fachada de “Oficina de Respuesta Oficial” mileísta, nada mejor que contraponer el concepto de Ministerio de la Poesía; aun cuando éste sea una pequeña oficina perdida e infravalorada de una provincia, rescatando poetas del pasado, acaso memorias de un porvenir próximo. Apostando a la esperanza de salir de una vez de la neolengua en la que nos enredan día a día, y de la que se contamina toda la política.

En tiempos de mediocridad tecnocrática, de funcionariado estéril, de amenazas negacionistas, de discursos que prometen privatizar hasta el aire que respiramos, nada más urgente que defender y reivindicar el poder de la palabra y la utopía. Nada más necesario que insistir en lo público al servicio de la poesía.

 

 

 

* Los libros pueden descargarse en pdf, desde aquí.

 

[1] Didi-Huberman (2007). “El archivo arde”. En Georges Didi-Huberman y Knut Ebeling (Eds.). Das Archiv brennt. 7-32. Traducción de Juan Ennis para la cátedra de Filología Hispánica. Disponible aquí.
[2] Agustina Catalano, Un Ministerio para la Poesía. En Reseñas/CeLeHis. Año 10, número 28, agosto – diciembre 2023- ISSN 2362-5031.
[3] Véase, Ernesto Cardenal, Memorias II. Las ínsulas extrañas y Memorias III. La revolución perdida; FCE, 2003, 2004. Véase también, Cardenal, E. (1983). “Talleres de poesía: socialización de los medios de producción poéticos” en Poesía de la nueva Nicaragua. Talleres populares de poesía. México: Siglo XXI. También: “Los talleres de poesía del Ministerio de Cultura en la Nicaragua de los 80”, aquí.

 

 

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