Por principios, Guillermito, el ladrón, no robaba jamás en la jurisdicción de su barrio. Era el típico personaje de Roberto Arlt: vivía en la pieza de un conventillo, “trajeaba” como un empleado de escaso sueldo, y a los que querían escucharlo les contaba que su “tío”, un rico provinciano, le giraba mensualmente una escasa pensión “hasta que encontrara trabajo”. Lo cierto es que, por el contrario, Guillermito no encontraba nunca trabajo, ni pensaba encontrarlo.
Otro de sus códigos era no mantener relaciones con los individuos de su profesión. “Para robar me basto solo”, pensaba, y bajo esas reglas propias se aseguraba una vida tranquila, sin aventuras mayores. El ahorro no era su virtud, soñaba con robar un banco y su especialidad era el “descuido”, como ir pedaleando por la calle en una bicicleta que le había hurtado poco tiempo antes al dependiente de una sastrería. Hasta que contradijo su principio de no robar en el barrio: la tentación de robar un motor eléctrico fue demasiado seductora. Escribe Arlt: “Guillermito conocía varios trucos, y elaboraba un tercer y gran principio que el cronista de esta historia no tiene por qué mantener reservado. ‘Para robar se necesita capital’. De allí que la preocupación de Guillermito fuera procurarse una suma de dos mil o tres mil pesos. Con esa cantidad podía emprenderse un negocio en gran escala”.
El cuento “El gran Guillermito” es uno de los relatos de una nueva antología sobre el escritor y periodista Roberto Arlt (1900-1942), algunos de ellos nunca editados en formato libro. Son diecisiete cuentos policiales, en su mayoría publicados en revistas y diarios de la época, el hábitat cotidiano del autor de El juguete rabioso y Los siete locos. Con antología y prólogo de Gabriel Marcelo Wainstein, Con sudor de tinta (Mil Botellas) refleja la prosa plebeya y a la vez sofisticada de Arlt, en una relación con la literatura policial que había sido muy temprana en su vida, algo que comenzó en la infancia y tuvo forma epistolar. Los ladrones, en efecto, fueron desde siempre parte esencial de la nutrida galería de personajes que habitaron sus narraciones. Entre 1927 y 1940, a la par que construía su obra de ficción y periodística, Arlt continuó escribiendo cuentos policiales para las revistas El Hogar y Mundo Argentino. Su predilección fue cómo construir el enigma en tramas rioplatenses, y así se las ingenió en espacios breves, de no más de veinte páginas.

No había nada como un buen comienzo. Tal como explica Wainstein en el prólogo, el gancho de entrada fue otro de sus talentos, como cuando arrancaba, con pulso y audacia, sus crónicas urbanas de las diferentes ciudades que visitó. La obsesión por atraer al lector desde el vamos se lee en cuentos como “La jugada”, bajo la frase “Emilio Kraisler falleció de un balazo que recibió en la cabeza a causa de su excesivo amor a la ciencia de la psicología”. En la primera oración de “El misterio de los tres sobretodos”, donde se plantea una aparente contradicción: “De haberse sabido que fue Ernestina la que descubrió al ladrón, probablemente Ernestina hubiera ido a parar a presidio por un largo tiempo en su vida”. O la apertura de “La venganza del mono”, yendo al hueso: “Antonio Fligtebaud, término medio, asesinaba un hombre por año”. Y en “El enigma de las tres cartas” –que luego fue incluido en su libro El criador de gorilas–, todo arranca con una simple acción: “El señor Perolet volvió la cabeza. Justamente tras la columna que soportaba el arco de entrada a la calle del Pez y la Manzana acababa de descubrir la silueta de su perseguidor”.
En Con sudor de tinta se encuentran tópicos de su universo de los suburbios, la figura del inventor y sus creaciones, y personajes a la manera de su idolatrado Dostoievsky, humillados y ofendidos, al borde de la ley, entre la angustia, el odio, la venganza y el crimen. Sin perder una pizca de humor, de sentido del absurdo, de pensamientos ridículos y algo asfixiantes, en “El resorte secreto” un personaje confiesa: “En aquel momento no sé por qué se me ocurrió conceptuarla a mi tía responsable de la muerte de mi madre y de mi padre. La obsesión era ridícula, pero estaba abonada por el episodio del camisón. Yo la miraba y pensaba: ‘¡Miserable, le negaste un camisón a mamá! ¿Te das cuenta? ¡Un camisón!’”. Mientras que en “Epístola de un L.C., erudito jefe de policía”, publicado en la revista Don Goyo el 5 de octubre de 1926, Arlt se mueve como pez en el agua entre policías y ladrones, entre verdugos y víctimas, y escribe: “Nosotros somos nacionalistas, más que nacionalistas, porteñistas….y más que porteñistas, arrabaleros. La gloria debe quedar en casa. Para qué ir a chorrear a Vicente López, si tenemos a nuestra disposición esta bendita ciudad de Buenos Aires. Hasta su nombre lo dice: de Buenos Aires, o debonaire para los señores ladrones”.
Dice Wainstein en el final del prólogo, en una interpretación que impacta de lleno en esta reciente antología: “Arlt se ubica en el otro extremo del histórico eje sarmientino, es la irrupción de la barbarie, de los personajes que viven en la más profunda miseria, un mapa de la desesperación y un uso de la palabra donde conviven el idioma de la calle, las expresiones de literatura folletinesca, las lenguas híbridas de los inmigrantes y el lunfardo carcelario. Define un nuevo punto de partida para nuestra identidad cultural, distante del modelo artístico de las elites”.
Del pequeño delito a la traición, de la venalidad al castigo, de la abulia a la ferocidad, del entrecruzamiento de lo delictivo con lo social, Arlt lanza “un cross a la mandíbula” a la hipocresía civilizada, y no casualmente en el diálogo pretendidamente teatral del cuento “Nuestra policía, la mejor del mundo” se burla de la modernidad, “el progreso de las ciudades se pone de manifiesto por su opulencia, y su opulencia se comprueba por el número de atentados que se comenten contra ella”, y traza una línea directa con el género negro con “Las fieras”, publicado en 1928 en la Antología de cuentistas rioplatenses de Editorial Vértice e incluido por Arlt después en El jorobadito, de 1933.
Allí sucede el relato, en primera persona, de la decadencia de un proxeneta en el final de su vida, ligado a las formas degradantes de la explotación sexual de las mujeres. Así lo presenta el notable escritor argentino, en esta antología que es, como cada vez que sucede, una nueva oportunidad para conocer y revisitar su pluma, su mirada lacerante, su tono inconfundible: “No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspera que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me parece engastado en la arquitectura de un sueño que nunca ocurrió”.

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