¿Qué percepción tenemos hoy del Estado después de dos años de motosierra? El cantante Joaquín Levinton, después de ser atendido por una descompensación en el Hospital Fernández, ponderó al Estado y expresó su agradecimiento. “Es muy importante que podamos atendernos, cuidarnos y educarnos gratis”.
Muchos años antes, el mismo hospital fue testigo de otro caso, pero en la ficción: el de Rabanito, hijo de Tita Merello (Paulina) en la película Mercado de Abasto. Allí el niño se salva de una picadura de araña sufrida en el mercado. Esto pone en escena a Pepe Arias, en su papel de Lorenzo, un pícaro evasor de impuestos que gambeteó toda la vida a los inspectores de réditos [1]. Pero ante lo que ocurre con Rabanito pregunta cuánto hay que pagar y le dicen que nada. Se le explica que ese hospital funciona con los impuestos que pagan los contribuyentes, y él reflexiona: “¡Ah! ¿Entonces el Estado no es solamente un señor que cobra réditos?”
En épocas del primer peronismo, el director Lucas Demare utiliza ese costumbrismo como base pedagógica. Así se visualizaban los alcances del Estado: la regulación de precios en un mercado tangible —el del Abasto—, los impuestos y su finalidad. Ese es el mensaje.
Hoy los libertarios no pueden cumplir con sus preceptos sacrosantos: regulan precios como el de la nafta, fijan retenciones e intervienen en el mercado del dólar. Se aprovechan de todo lo hecho por el Estado en gobiernos anteriores: gasoductos (con el extraordinario impuesto a la riqueza), anillos de fibra óptica, para luego privatizar y hacer negocios privados. Desfinancian la educación, la ciencia, la salud, la cultura. También al Servicio Nacional Meteorológico, en tiempos de cambio climático.
Es decir, en la faz económica y represiva hay intervención estatal; en lo que hace a la regulación, prevención y promoción de la vida social, motosierra.
El Estado representa un lazo social resquebrajado, pero que sigue dando batalla desde sus trabajadores, que lo entienden como un teatro de operaciones en tensión permanente, donde la correlación de fuerzas es política. Por eso hoy la derecha puede intervenir desde el Estado, como lo hizo antes de Perón creando las juntas reguladoras de carnes y granos para regular los precios a favor de monopolios y multinacionales.
Perón creó el IAPI e invirtió esa correlación de fuerzas en favor de las mayorías: fue el Estado el que pasó a controlar el comercio exterior, la regulación del mercado interno y el fomento de la industria nacional. Así fuimos y vinimos. En los sesenta, Krieger Vasena, el economista de Onganía, instauró las retenciones, un instrumento que va para acá y para allá y con el que el Estado puede favorecer a unos u otros.
Es notable cómo se configura el Estado en esta disputa. Muchas veces no colaboramos y confundimos a los trabajadores del Estado con quienes lo conducen. Incluso en las peores situaciones, los trabajadores del Estado atesoran conocimientos importantísimos a la hora de gestionar. Obviemos a profesionales con apellidos de “alcurnia” que andaban de festichola con elementos anestésicos: no representan esa tradición. Son el síntoma de hoy, como los jóvenes brillantes que viven denostando al Estado y luego se sirven de él alevosamente, sacando créditos del Banco Nación que venían a privatizar.
En ACUMAR los trabajadores sufren cuando tienen que poner la cara porque volvió el olor en el Riachuelo. Lo hacen convencidos de la importancia de su tarea y de que algo pueden cambiar en los espacios en los que actúan. Los de Vialidad sufren con las rutas destrozadas. Ellos fueron quienes advirtieron la existencia de un túnel por debajo del Riachuelo que permitió ahorrar una fortuna en hacer un gasoducto para retirar los caños de gas adheridos al Transbordador Nicolás Avellaneda y pasarlos por allí. Caños que una empresa privatizada de gas había colocado en el transbordador para evitarse construir el gasoducto y que impedían su reparación.
Los trabajadores del INDEC parecen ser los responsables de la manipulación estadística, pero son ellos quienes garantizan datos limpios que luego manipula el gobierno. Los números están ahí. Gracias a ese compromiso podemos probar, por ejemplo, que la pobreza no bajó y que está disparada y en alza.
Áreas como la salud, la educación y la cultura son más conocidas en sus padecimientos y grandezas.
No sólo hay en este gobierno un accionar claro para destruir al Estado, sino que ese es su fin confeso: lo utiliza de forma psicopática para manipular el hambre con el solo apoyo unidimensional de planes que dicen terminar con la pobreza, que ya es escandalosa.
Entonces, ¿en qué Estado estamos pensando? El primer consenso a buscar es uno que crezca en legitimidad social y sea refundado en todos sus aspectos.
Necesitamos una fuerte convicción para implementarlo cuando lleguemos al gobierno. No alcanza con administrar lo que quede de este Estado. Es preciso otro: efectivo y justo. Un Estado estratégicamente orientado para pensar y operar en el presente, destinado a obtener eficacia y legitimidad inmediata, al tiempo que construye un mediano y largo plazo. Un gran desafío estratégico.
Un Estado promotor del crecimiento productivo que se complemente y actúe en asociación estratégica con el sector privado, pero con un rumbo nacional y regional de crecimiento.
No alcanzan las mesas del hambre, ni los seminarios, ni los congresos. Hemos creado carreras para trabajar, pensar, investigar e intervenir desde el Estado; hemos avanzado en la academia. Pero llegó la hora de pasar a la práctica. Es falsa la separación entre pensamiento y acción: necesitamos nuevas y urgentes propuestas.
Las universidades deberían generar cadenas de valor estratégico del pensamiento junto con los actores de la sociedad civil, para empezar a pensar el nuevo Estado. Un plan. Uno que garantice primero un presente sin pobreza ni hambre y que, al mismo tiempo, se prepare estratégicamente para un futuro de avanzada, amparado en el conocimiento, la ciencia y la inspiración de nuestra cultura.
Debemos ser competentes, apasionados y activos en un plan que nos saque de la decadencia, y para eso hay que patear todo lo que obstaculiza, sacarlo del camino. El primer objetivo debe ser nuestro pueblo y su dolor.
Las nuevas arquitecturas de las redes digitales y del capital van erosionando las relaciones de cooperación y fragmentando a la sociedad. Debe pensarse un nuevo paradigma, con la tecnología adentro: los progresos deben ser para la sociedad, y debemos tener un pensamiento crítico, no denostar. No nos pueden ganar cualquier ley o estatuto burocrático: deben decir lo que necesitamos y no lo que debemos hacer. No podemos seguir repitiendo funciones que no cumplen función alguna. Hoy una organización que no es plástica se fosiliza, y lo que debe operar sobre la organización es el pensamiento del conjunto.
En un tiempo de adoración de la velocidad, el pensamiento, el diálogo y el grupo son estructuras de demora donde deben producirse las respuestas. La pelota siempre al pie: corazón y pases cortos, hasta que se abra el hueco que permita la aceleración de un pase gol. Aprendamos del fútbol argentino que nos gusta, de las demoras de las plantas para sobrevivir y florecer. Aprendamos que en la pausa está la gestación de lo que va a nacer. Ejerzamos cierta lentitud, para tener profundidad y certeza.
El Mercado de Abasto hoy es una meca del consumismo. El Hospital Fernández sigue en pie, aunque maltrecho. Sobre la tensión de esta metáfora es preciso construir un nuevo Estado. Abramos la discusión.
[1] En esa época existía la Dirección General de Réditos, encargada de cobrar impuestos a los réditos, es decir, a las ganancias.
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