En octubre del 2006, un año después de las elecciones de medio término que consagrarían al kirchnerismo, se estrenó en la Argentina La conquista del honor (Flags of our Fathers, en el original). Junto a Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima) conforma el díptico que el director Clint Eastwood le dedicó a la batalla de Iwo Jima, uno de los combates más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial. Ambas películas reflejan las visiones antagónicas: La conquista del honor ilustra el lado norteamericano, Cartas describe el temor de los soldados japoneses frente al desembarco inminente. Unas quinientas embarcaciones estadounidenses atacaron la isla durante largas horas, preparando el desembarco del 19 de febrero de 1945. Ocupar Iwo Jima, ubicada a unos mil kilómetros de Tokio, le permitiría al general Douglas MacArthur (el futuro Comandante Supremo de Japón, que le impondría una nueva Constitución al emperador Hirohito) contar con una base para el bombardeo de los centros neurálgicos japoneses. “La conquista del honor (un título que tergiversa e incluso traiciona el original: Flags of our Fathers, que significa Las banderas de nuestros padres) parte de ese episodio para profundizar en un tema que ha sido siempre una preocupación en la obra de Clint Eastwood: la pregunta por la construcción de la figura del héroe. ¿Qué es un héroe? ¿Cómo se alimenta su leyenda? ¿De qué está hecha? ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mito?”
Como señala Luciano Monteagudo, la figura del héroe es una constante en la obra de Eastwood, tanto delante como detrás de la cámara. Desde Harry Callahan, “el Sucio”, policía solitario que en las calles de San Francisco se enfrenta tanto al delito como a la burocracia, hasta el inolvidable William Will Munny, protagonista del western crepuscular Los imperdonables, pasando por Walt Kowalski, el jubilado de armas tomar de Gran Torino. Lo interesante en La conquista del honor es que el heroísmo no está ahí donde lo esperamos. Eastwood relata la historia detrás de la foto icónica de los seis marines izando la bandera norteamericana en la cima del monte Suribachi, en plena batalla de Iwo Jima. Fue tomada por Joe Rosenthal, de Associated Press, el 23 de febrero de 1945 y ese mismo año le hizo ganar el Premio Pulitzer de Fotografía. Es, junto a la del soldado ruso agitando la bandera roja en el techo del Reichstag, una de las imágenes más reconocibles de la Segunda Guerra Mundial.

Paradójicamente, ambas resultaron ser montajes. Inmortalizaron para la posteridad hechos reales a partir de su reconstrucción. En el caso del monte Suribachi, un primer grupo de soldados colocó la bandera de Estados Unidos, la primera que flamearía en territorio japonés. Pero esa no fue la bandera icónica sino otra, hoy olvidada, que James Forrestal, el secretario de Marina norteamericano –que observaba la batalla desde la playa– pidió llevarse como recuerdo. El coronel Chandler W. Johnson, que lideró el asalto a ese sector, ordenó sacar la primera bandera y cambiarla por otra, que quedaría en manos de su batallón. El izamiento de esa segunda bandera es el que logró fotografiar Rosenthal, a las apuradas, sin comprender lo que había logrado, hasta que su jefe reveló los rollos que le envió desde el campo de batalla. Esa fue la que luego se transformó en el símbolo que los Estados Unidos necesitaban con cierta desesperación.

En La conquista del honor, Eastwood relata cómo el gobierno aprovechó la popularidad generada por la imagen para enviar “de gira” a los tres sobrevivientes de la segunda foto, con el objetivo de recaudar fondos para la guerra. Para generar emoción e impulsar la venta de bonos, las autoridades llegaron a recrear la cima del monte Suribachi en los estadios de algunas de las ciudades visitadas, para que los marines volvieran a izar una y otra vez la bandera frente a las familias norteamericanas. Esa representación casi teatral y el equívoco que los incluía en una operación en la que no habían participados, sumió a los tres falsos héroes en una incomodidad creciente. La misma llegó a su apogeo cuando uno de los soldados explotó frente a Bud Gerber, funcionario del Departamento del Tesoro que los acompañó durante todo el periplo (interpretado por John Slattery) y le gritó que esa gira era una farsa. La respuesta de Gerber es antológica: “¿Sabes cómo llaman a esta campaña de bonos? La Poderosa Séptima. Podrían haberla llamado la campaña de bonos ‘Estamos jodidamente arruinados y ni siquiera podemos pagar balas, así que les rogamos por sus centavos’, pero no sonaba tan bien. Podrían haberla llamado así, porque las últimas cuatro campañas de bonos fueron tan malas que simplemente imprimimos dinero. Pregúntale a cualquier chico listo de Wall Street, te dirá que nuestro dólar casi no vale nada, hemos pedido prestado muchísimo. Y ya nadie presta. No se construyen barcos, no se construyen tanques, ametralladoras, bazucas, granadas de mano, nada. ¿Crees que esto es una farsa? ¿Quieres volver con tus colegas? Pues métete unas piedras en los bolsillos antes de subir al avión, porque es todo lo que nos queda para lanzarles a los japoneses. Y no te sorprendas si tu avión no despega, porque los depósitos de combustible están vacíos. Y nuestros buenos amigos, los árabes, solo aceptan lingotes. Si no recaudamos 14.000 millones de dólares, y eso es millones con ‘M’, esta guerra se acaba a fin de mes. Hacemos un trato con los japoneses, les damos lo que quieran y volvemos a casa, porque ya los has visto luchar, y desde luego no se rinden. ¡14.000 millones de dólares! Las últimas tres campañas no recaudaron tanto en total”.
Paradójicamente, es Gerber, el burócrata gris y la antítesis absoluta del héroe, quien señala con acierto cuál es el verdadero heroísmo de la historia: el de quienes sostienen la farsa necesaria para poder ganar la guerra. En política, la virtud individual no tiene un necesario correlato en el bien común. Si los tres soldados hubieran optado por descargar en público el peso de la mentira, sólo hubieran perjudicado a su país. Hubieran profesado una virtud tan contundente como destructiva.
Gerber tuvo razón: la campaña recaudó tres veces más de lo esperado.
El 1º de marzo, durante la apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, Javier Milei —el Presidente de los Pies de Ninfa— señaló con su retórica intermitente que el rol del Estado debe estar guiado por principios morales claros: “El cambio de época puede resumirse en un concepto central que es el que guía nuestra conducta y es el núcleo conceptual de lo que quiero hablarles hoy aquí: la moral como política de Estado”. Lamentablemente, como lo recuerda el Libro de los Proverbios –incluido en la Tanaj, Biblia hebrea que Milei dice querer estudiar a fondo—, “el ser humano hace planes, pero la palabra final la tiene el Señor”. En el mes y medio transcurrido desde aquel enunciado ético, el oficialismo se ha visto desbordado por denuncias verosímiles de corrupción. Desde el viaje en avión oficial de la esposa del todavía jefe de Gabinete, hasta los consumos suntuarios y las bienes inmuebles de los esposos Adorni, que no condicen con sus ingresos –ni siquiera con la ayuda de las jubiladas pródigas aportadas por la extravagante Dra. Nevechenko, la verborrágica escribana del ex Vocero de Adorno–, cada nueva explicación hunde un poco más al oficialismo. Los generosos préstamos hipotecarios otorgados a funcionarios del gobierno y aliados del Congreso no ayudan a contrarrestar el aroma a casta que desprenden quienes venían a combatirla. Tal vez la idea sea destruirla desde adentro, como al Estado.

En todo caso, el Presidente de los Pies de Ninfa pasó de enunciar la moral como política de Estado y amenazar con el “esquema persa” a defender a rajatabla a su todavía jefe de Gabinete y a considerar que los préstamos hipotecarios a tasa subsidiada otorgados por un banco público a funcionarios que –accesoriamente– proponían privatizarlo, no colisiona con ningún reparo ético ya que “tomar ese crédito no mató gente”. Al no haber asesinatos de por medio, el papá de Conan no percibe dilema ético alguno, ni tampoco conflicto de intereses.
En realidad, no deberíamos descartar que estas nuevas denuncias hayan sido ideadas para tapar las anteriores. Así, el escándalo de los créditos hipotecarios discrecionales vendría a tapar el escándalo de las propiedades y el nivel de vida incompatible con los ingresos declarados del todavía jefe de Gabinete Manuel Adorni; que vendría a ocultar los negociados de Demian Reidel en Nucleoeléctrica (Reidel, el que consideró que el problema de la Argentina es que hay demasiados argentinos); negociados lanzados para distraernos de la estafa liderada en la ANDIS por Diego Spagnuolo, amigo y abogado de Milei, y el correspondiente 3% para la Primera Dama; cuyo objetivo sería ocultar la causa $Libra, criptoestafa impulsada por el propio Presidente e ideada por su ex empleador Mauricio Novelli. Lo único ruso que podemos vislumbrar no es el espionaje imaginario denunciado esta semana por el gobierno nacional y sus repetidoras mediáticas, sino esta verdadera matrioshka delictiva, en la que cada día descubrimos una nueva capa.
Pero, más allá del pillaje hormiga de esta Armada Brancaleone de mostaceros, pungas, rateros, cacos y descuidistas, el drama relevante se juega en otro escenario. En ese ámbito aterciopelado, los operadores no se conforman con sumas acotadas robadas con premura a las personas con discapacidad, módicos vuelos privados o departamentos adquiridos en Caballito a la mitad de su valor de mercado. Se trata de una maquinaria bien aceitada de corrupción financiera de largo aliento, llevada a cabo por los mismos de siempre: Luis Caputo, el Timbero con la Nuestra, su alter ego en el desfalco Santiago Bausili y Federico Sturzenegger, además de sus socios y mandantes. Esos conforman la verdadera maldición cíclica de la Argentina, ya que, a diferencia del saqueo hormiga de los descuidistas recién llegados, la riqueza de la runfla financiera se nutre del freno al desarrollo del país.
Es por eso que, incluso si el enunciado moral del Presidente de los Pies de Ninfa se cumpliera, y si en lugar de estar rodeado de gente ávida de vaciar el frigobar, viajar en el avión presidencial o abusar de la banca pública, estuviera acompañado por monjes trapenses con voto de pobreza que, con vocación de ahorro, pernoctaran en los caniles vacíos de Olivos, el drama para los argentinos sería el mismo.
Como lo explica con honestidad brutal el funcionario del Tesoro Bud Gerber: en política, la virtud no se mide en actos individuales, sino en responsabilidad colectiva.
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