Robar a los laburantes

Del chorro trabajador al ladrón de trabajadores

Ilustración: Ramiro Galeliano.

 

En la última década se han producido algunas transformaciones al interior de la cultura criminal plebeya, adulta y profesional. No solo los ladrones son cada vez más jóvenes sino más atrevidos. Sus ampulosas acciones contrastan con el botín, cada vez más exiguo. ¿Qué está pasando acá? En este artículo se intentará describir y analizar este aspecto que está trastocando las expectativas que existen sobre los jóvenes ladrones en los barrios plebeyos.

 

Los trabajadores de la noche

A principios de siglo XX el objetivo de los ladrones profesionales, esto es, de todos aquellos que habían hecho del robo una fuente de ingresos estable –una tarea que se perpetuaba en el tiempo–, eran los burgueses y pequeños burgueses, pero también sus aspirantes. Por eso se autopercibían como “trabajadores de la noche”. A ningún ladrón se le ocurría robar a los trabajadores. El objetivo no eran los trabajadores sino los patrones. Un remanente de conciencia organizaba todavía sus fechorías. Los ladrones no estaban para ponerles las cosas peores a los trabajadores. Sus acciones eran una forma de distribución forzada de la riqueza. Si después la repartían entre el resto de los trabajadores, como hacían los bandoleros con los campesinos, era otro cantar.

El dinero tampoco se disponía para ser disfrutado. El goce vuelve impolítico al crimen y egoísta al ladrón. La respuesta a la pregunta de si estamos frente a ladrones o expropiadores hay que buscarla en el destino que se daba al dinero. Tal vez el uso individual lo acercaba a la moral burguesa, sin embargo, el blanco de sus acciones nunca fueron los trabajadores, mucho menos los del barrio donde vivían.

Alexander Marius Jacob fue un ladrón profesional pero también un anarquista. Había inventado el “robo científico”, un robo lleno de teorías, que estaba para desplumar al burgués. Sus golpes no eran al azar, sino que estaban hechos de justicia social, es decir muy bien planificados. La victima nunca se elegía al boleo: se robaba al burgués para cuestionar su propiedad, pero también para ayudar a sus pares que les había tocado perder.

Después de un escruche frustrado y delatado por campesinos, él y sus compinches fueron atrapados y llevados a juicio. La sentencia lo llevaría hasta la Guayana, donde permaneció 20 años. Intentó fugarse varias veces, pero siempre fue descubierto. En 1925 su condena fue finalmente conmutada y regresó a París. Cuando salió se dedicó a la venta ambulante, pero nunca se alejó de las ideas anarquistas.

Se cuenta que sus acciones fueron la fuente de inspiración de Maurice Leblanc para tallar a uno de los personajes legendarios de la literatura policial francesa: Arsenio Lupin. Este caballero ladrón es particularmente conocido por su talento para disfrazarse, maquillarse y asumir múltiples identidades para cometer sus delitos. De hecho, la devoción que tuvo Lupin entre los sectores populares llevó a Leblanc a utilizarlo desde 1905 hasta su muerte, en 1941, en 18 novelas, 39 cuentos y cinco obras de teatro. Su fama en el extranjero, solo comparable con el detective británico Sherlock Holmes, le valió unas cuantas adaptaciones cinematográficas estadounidenses y otras adaptaciones de manga de autores japoneses.

Jacob escribía mucho, no para justificarse sino para que alguien levantase el guante y siga con la tarea que él, entre otros, había emprendido. Uno de sus ensayos más conocidos, publicado hace unos años por la editorial Pepitas de calabaza, se llama Por qué he robado. Son páginas extraordinarias por su lucidez y provocación. Permítanme compartir algunos fragmentos. Resulta que el día de los alegatos Jacob se levantó y habló delante de todos: “Ahora saben ustedes quién soy: un rebelde que vive del producto de los robos. (…) He expuesto en carne viva toda mi existencia de lucha; la someto como un problema a las inteligencias de ustedes”. (…) “Ya que me acusan sobre todo de ser un ladrón, conviene definir lo que es el robo. A mi juicio, el robo es una necesidad de tomar que siente todo hombre para satisfacer sus apetencias. (…) La sociedad sólo me concedía tres medios de subsistencia: el trabajo, la mendicidad y el robo. El trabajo, lejos de repugnarme, me gusta. El hombre no puede vivir sin trabajar. (…) Lo que me ha repugnado es derrochar sangre y sudor por la limosna de un salario y crear riquezas de las que me iba a ver privado. En una palabra, me ha repugnado entregarme a la prostitución del trabajo. La mendicidad es envilecimiento, la negación de toda dignidad. Todo hombre tiene derecho al banquete de la vida. El derecho de vivir no se mendiga, se toma. El robo es la restitución, la reapropiación. Antes que verme enclaustrado en una fábrica, como en una cárcel, antes que mendigar aquello a lo que tengo derecho, he preferido sublevarme y combatir metro a metro a mis enemigos, haciendo la guerra a los ricos, atacando sus bienes. (…) En cuanto tomé posesión de mi conciencia, me dediqué al robo sin ningún escrúpulo. No caigo en la presunta moral de ustedes, que enlaza el respeto a la propiedad como una virtud, cuando en realidad no hay peores ladrones que los propietarios”. “Si me dediqué al robo no ha sido por una cuestión de principios ni de derechos. He preferido conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, antes que hacerme artífice de la fortuna de un amo. En términos más crudos, sin eufemismos, he preferido robar antes que ser robado”.

 

 

Y luego agrega: “Desde luego que también yo desapruebo el hecho de que un hombre se apodere con violencia y engaños del fruto del trabajo del prójimo. Pero precisamente por esa razón les he hecho la guerra a los ricos, ladrones de los bienes de los pobres. Yo también quisiera vivir en una sociedad en la que el robo hubiera sido desterrado. No apruebo ni he utilizado el robo sino como medio de rebelión propia para combatir el más inicuo de todos los robos: la propiedad individual”. “Para destruir un efecto, primero hay que destruir la causa. Si hay robos, no es porque haya abundancia por un lado y hambre por el otro; sino porque todo pertenece sólo a unos pocos. La lucha desaparecerá cuando los hombres pongan en común sus alegrías y sus penas, sus obras y sus riquezas; cuando todo pertenezca a todos”. (Jacob; 2004: 180-187)

“Pienso, luego robo” es la gran máxima acuñada por este anarquista y ladrón. El robo es una distribución forzada de la riqueza cristalizada y apropiada por los ricos y los profesionales que blindan a los ricos. Si la vida de los trabajadores se la roba el burgués, los anarquistas expropiadores se proponen robarle al burgués, es decir, restituir al proletario lo que también le pertenece a ellos. Como dice un refrán muy popular: “Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”. Siempre y cuando lo robado no se disponga para ser acumulado individualmente sino distribuido al resto de la comunidad.

Historias semejantes fueron investigadas y contadas por Osvaldo Bayer en Los anarquistas expropiadores, historias de los Robin Hood de la clase obrera, publicado en 1975 y reeditado recientemente por Siglo XXI en una edición muy cuidada.

El ladrón anarquista, entonces, un ladrón profesional, es el que pone al descubierto no solo la moral burguesa del trabajador, sino la doble vara del derecho penal. Una institución que ensaya un tratamiento desigual y selectivo para perseguir a los ladrones. Un timador de guante blanco, un financiero que arruina a mil familias para evitar una quiebra, no merece la atención de los jueces. Es listo y sobre todo “honrado”, dice Jacob. Pero si se trata de un pobre que, empujado por la necesidad –o la lógica impecable de Jacob–, comete un acto de rebeldía, hurtándole cien francos a un rico, es un bandido y le caerán diez años de condena.

 

 

 

 

Los pibes chorros: el desenfoque de una tradición

En 2003, Cristian Alarcón publicó un libro pionero y maravilloso: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, vida de pibes chorros, una novela non fiction donde volvía sobre las crónicas escritas para Página/12 los años anteriores. El libro gira en torno a la vida de Víctor Manuel “Frente” Vital, un joven del Gran Buenos Aires acribillado por la policía, que se ganó la devoción de sus pares, pero también el respeto de su barrio. Es que el Frente, nos cuenta Alarcón, era un pibe que no rastreaba en el barrio y tampoco robaba a los laburantes. Más aún, lo que robaba lo repartía en el vecindario. Su generosidad le valió la protección de los vecinos. Alarcón nos cuenta que el Frente repartía lo robado para financiar la fiesta de cada fin de semana, pero también los pañales y medicamentos de los hijos de otros pibes chorros. Un día se robó un camión de La Serenísima y lo distribuyó por los comedores del barrio, otro día un camión con ropa Lacoste y puso cheta a la villa. Cuenta la madre al periodista: “El Frente tenía la idea fija de que los chiquitos comieran yogur y no caramelos. Cuando iba al kiosco se le paraban al lado, le pedían y él les compraba. Con el camión la villa se llenó de lácteos, de yogur, de leche cultivada, de cosas que nunca se había podido tener”.

Ese era “el Frente” y también sus amigos o seguidores que se identificaban con él: gente que veía a los transas como problema, no solo porque mantenían vínculos abyectos con la policía, sino porque estaban empezando a pudrir el barrio. Poniendo las drogas –las peores drogas– al alcance de los pibes, estos empezaron a rastrear en el barrio para luego salir corriendo a lo del transa y comprar su dosis diaria: “Pibes que sacados por las pastillas roban en el mismo lugar en el que viven”.

Sus robos se inscribían en una tradición de larga data, tal vez la última generación de ladrones profesionales. Las transformaciones de la cultura de control y el sobrepoliciamiento de la ciudad fueron llevando a los pibes chorros a tener que robar en su barrio o muy cerca de donde vivían. Y lo que robaban tampoco alcanzaba para demasiado. Pero estos pibes chorros todavía se identificaban con la cultura criminal plebeya, aunque empezaban a fracasar, les costaba adecuar sus acciones al canon tradicional. Cuando los pibes empiezan a moverse como cazadores furtivos, aprovechando las oportunidades que se les presentan, se alejan de la tradición, comienzan a ganarse el disgusto de sus familias, la desconfianza y la bronca de sus vecinos, pero también la reprobación de las viejas cohortes de ladrones profesionales.

 

Las transformaciones del canon

Los ladrones profesionales siempre vivieron al robo como un “trabajo”. Acaso por eso mismo, nunca se metieron con los otros trabajadores. De hecho, uno de los criterios que organizaba el mundo del delito plebeyo fue que no se robaba a los trabajadores, es decir, estaba mal visto robar en la parada del bondi o a sus pasajeros y cuando se entraba a afanar a un negocio tampoco se le sacaban las pertenencias personales al laburante. Se iba por la plata del patrón, nunca por el celular, la mochila o el dinero de los trabajadores. Incluso cuando los piratas del asfalto robaban un camión nunca dejaban tirado al camionero en el medio de la ruta, siempre le dejaban unos pesos para que regrese a destino. Ahora todo eso cambió: no solo le van a robar al laburante que llega en bicicleta al barrio, reventado después de una jornada extenuante; no solo van a robar la recaudación del almacén, sino que le van a manotear el celular a la persona que atiende, tal vez como souvenir.

Esa era una de las máximas de los ladrones profesionales y cualquiera que la transgrediera, tarde o temprano, debería rendir cuentas frente a sus pares, sobre todo cuando le tocara perder y lo pusieran a lavar tupper por gil, antichorro o rastrero en la prisión.

Acaso por eso mismo, la actualización de esos criterios colocó a los chorros muy cerca de los rebeldes. No es que el robo fuese un acto de protesta, pero la indignación que generaba entre los burgueses contrastaba con la satisfacción de los sectores populares o gran parte de ellos. Al menos cuando la prensa nacional miraba para otro lado y la inseguridad no se había convertido todavía en un problema público.

 

La ley de la selva: malditos

La pobreza crónica y la desigualdad social, por un lado, y la identificación con el mercado y sus mercancías, por el otro, pero también la segregación y compartimentación en los barrios donde viven, la estigmatización vecinal y el hostigamiento policial, han llevado a los jóvenes a apartarse del canon y hacer del robo un acto miserable, egoísta y cada vez más reaccionario, revanchista.

No interesa si se trata de trabajadores registrados o no registrados, si son varones o mujeres, adultos o viejos. Ni la clase, ni la edad, ni el género son los criterios de victimización que organizan sus acciones. Los rastreros no tienen piedad, han borrado todas las escalas. Ya no les interesa si están frente a un niño, una mujer o anciano, tampoco si se trata de un laburante. Cuando el delito no se vive como un trabajo tampoco importa que el otro sea o no un trabajador. Al rastrero lo movilizan otras cosas, no tendrá demasiados horizontes, pero tiene expectativas inmediatas que cubrir (la joda y los insumos para celebrar la joda, el vestuario para ostentar en el barrio, etc.)

Los rastreros son hijos de su época, otro signo del tiempo que nos toca. El mercado les enseñó que estamos en una selva y que si pones la otra mejilla vas a cobrar por el campeonato. En el neoliberalismo se salva el más fuerte, pero también el más atrevido, el más astuto, el que tiene menos escrúpulos, el más violento. Ya no hay empatía entre los jóvenes rastreros, sino prepotencia, ostentación y ecpatía. Los jóvenes no solo suelen ser incapaces de ponerse en el lugar del otro; tampoco les interesa. No es que sean psicópatas y no tengan conciencia de las emociones y sentimientos de los demás, sino que no conectan con ellos, y neutralizan sus propios sentimientos piadosos: se vuelven malditos. La sociedad les enseñó que son ellos o los otros, y no hay que ceder a la compasión. En esta suerte de guerra civil que llamamos “mercado”, la única afición puesta en práctica será el riesgo y la aventura, pero también el goce frente al sufrimiento ajeno.

 

 

 

 

* Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros, de Temor y control; La máquina de la inseguridad; Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil, Prudencialismo: el gobierno de la prevención; La vejez oculta y Desarmar al pibe chorro.

 

 

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